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Tuesday, July 23, 2019

Orar en el Nombre de Jesús - Sexto Domingo de Pascua – Rogate


Sexto Domingo de Pascua – Rogate
Orar en el Nombre de Jesús
Recitamos juntos del Catecismo Menor: La introducción y primera petición del Padrenuestro, con explicaciones, (página C-6 del himnario).

De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.

     Orar en el nombre de Jesús es orar como el bautizado. Porque fue en y a través del agua que él puso su nombre en ti, reclamándote como suyo, un hijo o una hija de su padre, incluso invitándote a orar a su padre como tu padre. ¡Y cuan grandes son las promesas que Jesús hace con respecto a tus oraciones!

     Este domingo, el sexto después de la Pascua, se llama en latín “Rogate,” el único domingo en la Pascua o la Cuaresma que no toma su nombre de las primeras palabras del Introito.  Rogate” viene del evangelio de hoy.  Significa “rogad,” o como tenemos en nuestra traducción, “pedid.” Pedid, y recibiréis.  

     Pero, quizás las promesas de Jesús te parecen demasiado Bueno para creer.  Tal vez tu experiencia en la oración te hace dudar lo que Jesús de verdad quisiera decir acerca de la oración en su nombre.  O peor, tal vez tus oraciones te conduzcan a dudar tu fe, tu lugar en el reino de Dios, puesto que tus oraciones no parezcan ser respondidas.

    Entender la oración, especialmente como Jesús la describe, es difícil. 

    Hace siete años, tuve un vicario quien, predicando en el mismo texto, confesó en el sermón su propia lucha en oración.  Él fue un buen hombre y tenía muchos talentos, pero había estado orando muchos años que el Señor le provea una esposa.  Se fue de su año con nosotros todavía soltero.  Pero, la próxima primavera, al mismo tiempo que estaba graduando de seminario y recibiendo su primera vocación al ministerio sagrado, a través de un sitio web para luteranos también conoció, se enamoró y fue comprometido a su futura esposa.  De su experiencia aprendemos dos realidades, primero, que el Señor normalmente responde a nuestras oraciones a través de medios comunes.  El rol del cristiano es orar, y es también trabajar, hacer lo que sea bueno y lógico en búsqueda de tus deseos.  Segundo, hace falta la paciencia.  El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza.  Pero nuestro horario no es suyo, ni es nuestro el mejor.  El Señor es fiel, cumplirá sus promesas, en su tiempo.

     Al mismo tiempo, es cierto que el Señor no nos vayan a dar cada cosa que tú y yo pudiéramos pedir.  Hay otro posible problema, que debemos considerar. 

     Orar en el nombre de Jesús, quien es Dios, es orar como los bautizados, puros y santos, renacidos de Dios, con corazones nuevos que desean todo lo que Dios desea.  Por ende, si estamos pidiendo algo malo, hay que decir que tal oración no sale de ti como un santo, de la nueva persona que Dios ha creado, sino esta petición viene de ti como todavía pecador.  Tal petición no es de verdad una oración en el nombre de Jesús, ni es santificar al nombre de su Padre. 
     Sencillamente, podemos decir que Dios no responde a nuestros rezos si son malos.  Si mis oraciones son motivadas por la codicia, el egoísmo o la lujuria, entonces ciertamente no son hechas en el nombre de Jesús, aunque yo diga esta frase para terminar mi oración.   Por lo tanto, un rezo habitual que necesitamos es que el Padre nos ayude para que no oremos palabras desconsideradas o perversas, para que nuestras oraciones de verdad santifiquen al Nombre de Dios.  

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La segunda y tercera peticiones del Padrenuestro, con explicaciones. (página C-7 del himnario).

     Orar en el nombre de Jesús es orar por la Misión de Dios.  Como nos dice San Pablo hoy:  Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.  Y la verdad en la que nos regocijamos es que, en Cristo, hay salvación para todos, la que ha llegado a nosotros, y que Dios sigue ofreciendo a todos.  Venga a nosotros tu reino.  

     Orar en el nombre de Jesús es orar en unidad con Cristo.  Vosotros, los bautizados, habéis sido crucificado con Cristo, os habéis sido revestidos de Cristo, y habéis sido sellado con su Espíritu.  Por lo tanto, como Jesús ora, así también nosotros oramos.  Y la oración por excelencia de Jesús fue ofrecido en el Jardín de Getsemaní, cuando Jesús pidió a su Padre, que le quitara la Copa de Ira, la cual fue su sufrimiento inminente.  Pero, Jesús no terminó su oración allá. Continuó: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”  Hágase tu voluntad.  Por mucho que Jesús temía sufrir por los pecados de todo el mundo, todavía sometió su voluntad a la voluntad de su Padre.  Así también para nosotros, orar en el nombre de Jesús es siempre de acuerdo con la voluntad de Dios, y no la nuestra.  Hágase tu voluntad. 

     Oración en el nombre de Jesús es oración fiel que sabe que el Padre ha dado Jesucristo a la Cruz, para rescatarnos de una eternidad en el infierno.  Tal Padre, y tal Salvador, ahora resucitado y sentado a la diestra de su Padre, tal Dios nunca nos abandonará.  Nos dará su mejor, a pesar de que, como en la imagen de Cristo agonizando en la Cruz, muchas veces es difícil ver el bien en la forma externa de una cosa.  Pero, descansad tranquilos.  Así como la Cruz es de verdad un cuadro del amor de Dios para con toda la humanidad, así también la voluntad de Dios es siempre mejor para ti que la tuya.  Dios nos puede llevar a situaciones desconocidas y temibles, pero estará con nosotros, y nos llevará a su hogar celestial, pase lo que pase.

     Orar siempre “hágase tu voluntad” es realmente muy libertador.  Orar así es reconocer que somos al mismo tiempo santos y pecadores, que de vez en cuando erraremos con nuestras peticiones, debido a nuestra debilidad, o simplemente nuestra falta de entendimiento.  Al mismo tiempo, estamos libres para pedir cualquier cosa buena, confiando que al Padre le encanta dar regalos buenos.  ¡O él nos dará lo que pedimos, o algo mejor!  Después de todo, él ya nos ha dado a Jesús.  Orar en el nombre de Jesús nos ayuda mirar al futuro con confianza, y vivir con alegría, no importa si hoy vivamos en riqueza o pobreza, salud o enfermedad, porque ya sabemos como la historia de Jesús termina, la cual es también nuestra historia.

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La cuarta y quinta peticiones del Padrenuestro, con explicaciones. (página C-7, 8 del himnario).

     Orar en el nombre de Jesús es orar honestamente.  Esto es bastante fácil en relación con nuestro pan de cada día, puesto que estamos siempre llegando a tener hambre.  Desde luego, necesitamos ayuda para que recordemos dar gracias a Dios, de quien recibimos cada bien, material, emocional o espiritual. 

     Pero más difícil es ser honestos sobre nuestro pecado.  Por esta razón, justo en el centro del Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir, “perdónanos nuestras deudas,” nuestros pecados.  Perdónanos Señor, porque todavía somos pecadores.  Orar en el nombre de Jesús en esta vida, como santos-pecadores, es siempre orar en arrepentimiento.  Oración en el nombre de Jesús es siempre humilde, nunca orgullosa, nunca es auto promoción, más bien es siempre como oró el publicano:  Señor, ten piedad de mí, el pecador.” 

     ¡Y lo tiene!  El Señor siempre tiene piedad de nosotros, por el amor de Jesús.  Siempre debemos orar en arrepentimiento, y podemos orar en arrepentimiento, y al mismo tiempo con confianza y gozo, porque Dios nos ha quitado todos nuestros pecados, en Jesús. 

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La sexta y séptima peticiones del Padrenuestro, con explicaciones.  (página C-8 del himnario).

Esta vida está llena de tentaciones.  Satanás quiere que sometamos al mal, que entraríamos en el mal como si nunca fuéramos bautizados y rescatados por Cristo.  El Señor nos deja pasar por las tentaciones, con la esperanza y expectativa que se conviertan en pruebas leves, porque Él está con nosotros, y siempre nos ofrece la vía de escape, la cual es Cristo mismo, nuestro defensor.  Esta lucha diaria, contra el diablo, el mundo y contra nuestra restante pecaminosidad, es más que demasiado para nosotros.  Por esto Jesús nos enseña orar por la ayuda de su Padre, que no nos deje caer.  Esto es orar en el nombre de Jesús. 

     Y gracia sobre gracia, que bondad sin fin: aunque no deberíamos caer en la tentación, aunque Dios sería totalmente justo si nos rechazara por nuestras caídas diarias, el Señor no es así.  Aun conociendo nuestra debilidad y el hecho de que no íbamos a parar pecando, sin embargo, Jesús nos enseña orar: “mas líbranos del mal.”  Como al principio, igual cada día y hasta la línea de meta, nuestra salvación es obra divina, un rescate que Dios mismo lleva al cabo, o nunca llegaremos.  No somos inertes, como una piedra o un tronco que no contribuyen nada a su movimiento.  No, en Cristo vivimos, y participamos activamente en la vida cristiana, luchando cada día.  Pero nuestra salvación no viene de nuestra lucha.  Alabanzas a Dios por esto, porque nuestra lucha no es tan impresionante. 

     No, nuestra victoria sobre el mal es ya terminado, en y por Cristo.  Su vida de amor y buenas obras es nuestro mérito ante el Padre.  Su sacrificio y sufrimiento en nuestro lugar es nuestra absolución y justicia ante el Padre.  En Él, por Él, y con Él, el diablo, el mundo y nuestra carne pecaminosa son derrotados, y nuestro futuro es seguro.  Mientras vivimos aquí, en un mundo que proclama cada día un mensaje completamente opuesto a este Evangelio, necesitamos oír la promesa una y otra vez.  Nuestra petición para libertad del mal es un sermón pequeñito cada vez que la rezamos, porque esta libertad ya es un hecho, en Él que nos enseño orar en su nombre, Cristo Jesús.   

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La conclusión del Padrenuestro, con explicación.  (página C-9 del himnario).

     Orar en el nombre de Jesús es dar el “Amén” a todo lo que Él ha hecho y dicho.  Amén es una palabra hebrea, que ha venido al latín, el griego, el inglés, y el español con un sonido más o menos igual como era en hebreo.  Dependiendo en el contexto, “Amén” significa “de cierto, de cierto” o aun “yo creo.”  Es la respuesta de fe a la Palabra de Dios, la afirmación alegre del Pueblo de Dios al Evangelio.  Es el privilegio de la congregación de decirlo, varias veces en el curso de la liturgia, y en cualquier momento cuando algo verdadero ha sido proclamado.  Cuando el pastor distribuye el cuerpo y la sangre de Cristo, el comulgante puede decir: Amén.  Igualmente, en la despedida de la Santa Cena, cuando el Pastor dice “El cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo os fortalezca y os guarde en la verdadera fe, en cuerpo y en alma, id en paz,” es el privilegio de los fieles responder con un fuerte “Amén.”    

     Así también, terminamos el Padrenuestro con “Amén,” confiando en todo que nuestro Jesús nos ha dado a orar, en su Santo Nombre, Amén. 


Sunday, February 25, 2018

Luchando con Dios


Segundo Domingo en Cuaresma – Reminiscere, A+D 2018, Luchando Con Dios – Génesis 32:22-32 y Mateo 15:21-28

     El año pasado, prediqué sobre los textos de hoy, con un enfoque en Jacob y su lucha libre con Dios.  Hoy vamos a considerar la lucha de esta mujer, esta madre cananea, que peleaba con Cristo hasta que consiguió su meta, el rescate de su hija del poder de los demonios, lo cual la mujer creía que Jesús pudiera dar. 


     Algunos recordatorios, antes que entrar en el tema.  En nuestra lectura del Antiguo Testamento, oímos como Jacob recibió un nombre nuevo de Dios: Israel, que literalmente significa “lucha con Dios.”  Había la lucha libre literal de Jacob con el Varón misterioso, y luego, muchos siglos de lucha para su descendencia, la nación de Israel.  También vemos que esta mujer cananea tuvo que pelear con Jesús, Dios encarnado.  Y, puesto que vosotros sois miembros de la Nueva Israel, la Iglesia de Cristo, será servicial estudiar a ella y su lucha, porque vosotros también vais a tener vuestro turno en el cuadrilátero divino. 

     La primera cosa de que nos damos cuenta en esta historia es que el Señor no es simpático.  Dios es bueno, y Él ama al mundo, y especialmente a sus ovejas, los miembros de su Israel.  ¿Pero simpático?  A veces, con los seres humildes, como niños, los enfermos, los paralíticos.  Pero si leemos los Evangelios, vamos a ver que la mayoría de las veces, Jesús no parece ni actúa en una forma muy simpática. 

     Esta realidad no nos da licencia para ser antipáticos, o sin compasión, o sin hospitalidad.  No, no, no.  Nosotros cristianos, antes de recibir la gracia salvadora, merecíamos el castigo eterno de Dios, como todos.  Pero en vez de lo que merecíamos, hemos recibido por la fe un tesoro inimaginable, un tesoro que es para todas las naciones, para todas las personas, para cada cual que cree en el perdón gratuito ganado para pecadores por Jesús.  Habiendo recibido la victoria y la vida eterna de Cristo, nuestro comportamiento debería reflejar este amor recibido, y debería ser mostrado en nuestro amor y hospitalidad al prójimo. 

     Jesús, por el otro lado, durante su ministerio estaba en una situación muy diferente.  Él fue luchando para la salvación del mundo, y aunque su victoria sobre el Diablo fue inevitable, la magnitud de la obra salvadora, y nuestra inclinación de resistir y hasta rechazar la gracia de Dios hicieron que la obra de Jesús era seria, y difícil.  En particular, Él tenía que convertir a los discípulos en apóstoles.  No fue nada fácil enseñar a este grupo de hombres judíos sobre el plan de Dios para la salvación de todos, a través de una cruz romana.  Sobre todo, los judíos mantenían muchos prejuicios contra gente de otras razas y naciones, los “goyim” en hebreo, los gentiles en castellano. 

     Por eso, la madre cananea iba a tener que luchar con Dios, no porque Dios no quiso ayudarla, más bien porque Jesús sabía la fuerza de su fe, y necesitaba utilizarla para dar una lección fuerte a los discípulos. 

     De verdad, todo el capítulo quince del Evangelio según San Mateo es una inversión de expectativas para los Doce.  Ellos se preocupaban porque los Fariseos quejaban sobre el hecho que Jesús y sus discípulos, antes de comer, no observaban todos los lavamientos rituales de la tradición farisaica.  Pero, inesperadamente, a Jesús no le importó nada la opinión de los Fariseos.  Él rechazó su falsa autoridad, indicando fuertemente como los Fariseos mantenían sus propias tradiciones, pero ignoraban la Palabra de Dios y sus leyes. 


     Llamándolos hipócritas y ciegos guías de ciegos, Jesús continuó proclamando sorpresas, declarando que no es la comida prohibida entrando en el estómago que contamina a una persona, como pensó los judíos, más bien la contaminación viene de los malos deseos del corazón y las palabras falsas que salen de la boca.  Para una nación que había observado las reglas dietéticas durante quince siglos, esta fue una enseñanza extraña. 

     Todo esto fue la preparación para la lucha de la mujer cananea.  Descreditar a los Fariseos fue una sorpresa, pero tal vez bien recibida por muchos, puesto que los Fariseos eran tiranos religiosos.  ¿Suavizar la ley dietética?  Muy bien, quizás no sería nada mal probar el jamón serrano de las naciones vecinas de los judíos. 

     Pero ¿aceptar a una mujer cananea como hermana en la fe?  Esto tenía que ser un reto mucho más allá, y por eso, Jesús usó una pelea, un debate intenso con esta mujer de gran fe, para dar el choque suficiente a los Doce. 


     No sé si podamos entender la enemistad los judíos sintieron contra los cananeos.  Eran enemigos antiguos.  Por la gran idolatría de los cananeos, el Señor había instruido a Josué y los Israelitas a destruirlos cuando entraron en la Tierra Prometida.  Los Israelitas no lo hicieron, prefiriendo pactar y hacer alianzas con los cananeos, y aun participando en sus religiones paganas.  Desde entonces, los cananeos, entre otros, habían sido enemigos terribles, una plaga para los judíos. 

     No sé si podamos entender relaciones tan divisivas, hoy en día.  O quizás sí.  Vivimos en una época de tribalismo resurgente:  En mi país, tienes que ser o para Hillary, o para Donald, y no hay tierra media.  Hay aquí en la península catalanes y españoles, y también catalanes independentistas y catalanes pro España.  El mundo musulmán está dividido entre Suníes y Chiíes.  En Siria hay una guerra civil con cuatro o cinco bandas distintas, cada grupo listo para apoyar al otro hoy, y atacarlo mañana.  Hay el conflicto de casi 70 años entre Corea del Norte y Corea del Sur.  Aun en el mundo deportivo, los ultras nos enseñan que el tribalismo y la violencia pueden ser pasatiempos. 

     Y también podemos ver nuestra capacidad de dividir y pelear dentro de nuestras familias.  Cualquier abogado o asesor que ha ayudado a familias en el reparto de una herencia después de una muerte puede compartir historias tristes de las rivalidades entre hermanos.  Ocurre en familias, iglesias, y naciones, porque cada uno se compone de pecadores egoístas.  Dividir y atacar, el tribalismo, es un rasgo triste de nuestra naturaleza, primero observado en el asesinato de Abel por su hermano Caín. 

     Esta naturaleza, fortalecida por siglos de historia, fue el contexto en que entró esta mujer, para pedir a Jesús que salve a su hija endemoniada.  Su audacia tuvo que haber sido escandalosa, siendo mujer y cananea, pero sin embargo atreviendo peticionar a un rabino judío. 

     Y parecía al principio que Jesús estuvo de acuerdo con todos los prejuicios típicos de los judíos.  La mujer cananea acercó a Jesús y clamaba: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.”  Pero Jesús no le respondió palabra.  ¡Ni una palabra!  Como si ella no existiera.  Es lo peor, ¿no?  Una palabra de rechazo sería mejor que el silencio.  Y considera un momento lo que dijo ella: “Señor, Hijo de David, hágame un milagro, no para mí, mas bien para mi hija.”  ¿Puede haber una mejor petición cristiana?  Una confesión de su fe que Jesús era Dios, el Señor, capaz de hacer milagros, el Creador misericordioso, a quien le encanta ayudar a los pobres y humildes.  Una petición no para sí misma, más bien para otra.

     Pero de Jesús, ni una palabra. 

     No importa a la mujer.  Su fe es más fuerte que un momento de silencio.  Persigue a los discípulos: “Por favor, intervenid con el Señor por mí,” como si ella sabía que ellos fueron la fundación del pueblo nuevo de Dios. 

     Y que valientes y poderosos los Doce.  Van a rogar a Jesús, sí, por causa de ella, pero no por su necesidad.  Incapaces de rechazar a una sola mujer cananea, los discípulos imploraron a Jesús: “Despídela, pues da voces tras nosotros.”  Parece que los Doce entendían el silencio de Cristo como afirmación de sus propios prejuicios, como si Jesús fue sin misericordia para los gentiles, como ellos.  Y su respuesta a ellos parece confirmarlo:  Jesús respondiendo, dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”  Que amistad y bondad del Señor, ¿no?

     Bueno, debemos recordar que Jesús no está mintiendo.  Su papel, su ministerio, no fue a los gentiles, a las naciones.  ¡Esta fase de la Misión de Dios pertenecería a los Apóstoles, los mismos que no querían intervenir para la mujer cananea, ni tenían el coraje para despedirla por sí mismos!  En este momento los Doce no pueden ver, mucho menos aceptar que sería por sus bocas que el Evangelio y la Salvación iban a llegar a todo el mundo.  Por el momento, no tienen la fe requerida para ser útil en la misión de Cristo. 

     ¿Pero la mujer?  Sí, ella tenía fe, más que suficiente.  Rompiendo docenas de tabúes y prohibiciones culturales, por su confianza en la bondad de Dios revelado en Jesucristo, ella persiguió su meta:  Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: “¡Señor, socórreme!”  Ella está físicamente declarando que este hombre es divino, digno de recibir la adoración, y dispuesto de dar misericordia. 

    Pero todavía no.  Respondiendo, Jesús dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.”  Y en ese momento, que nos parece tan duro, aun vergonzoso, la mujer sabe que ha ganado el debate.


      Me explico. La fe acuerda con el juicio de Dios, que todos somos pecadores, más perrillos que humanos, indignos de ser huéspedes en la mesa del Señor. 

     Es verdad.  No es nada amable ni feliz.  Excepto si conoces y confías en la promesa del Señor para los perrillos arrepentidos, la promesa revelada en el Hijo de Dios encarnado. 
     No obstante lo que merecemos, en Jesucristo, por la fe en Él y su obra salvadora, Dios nos ha dado la bienvenida a su mesa.  Porque el Hijo de Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos.  Por todos.  No solo los judíos.  Por todos. Especialmente tenemos que decir que Jesús no vino por los buenos y justos, porque desde Adán y Eva, no ha sido ni uno bueno y justo.   

     Ni uno.  Excepto este hombre, a veces silencioso y aparentemente incompasivo, Jesús de Nazaret, el Hijo de David.  Él sí es bueno y justo y en Él hay rescate, para todos.  Por lo tanto, con confianza suprema en esta promesa, que ella había escuchado no sé cómo, esta mujer termina el debate, su lucha con Dios, así: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” 

     Entonces, otra vez invirtiendo todas las expectativas de la lógica humana y los prejuicios tribales, Jesús respondió: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.” Y su hija fue sanada desde aquella hora.

     Esta mujer sabía que en Jesús ella ya tenía el perdón de pecados y la vida eterna.  Ella sabía y sin duda estaba enseñando a su hija esta buena noticia.  Rogó con plena confianza por el rescate desde el control de diablo para su hija, porque creía que esto fue la meta de Dios en Cristo.  ¡Que el Espíritu Santo nos de tal fe, y nos enseñe orar así! 

     Y Él lo hará, porque todavía Cristo quiere librar a todos del poder de Satanás, por la entrega del fruto de su gran lucha.  Los creyentes pueden luchar en oración, pueden mantener la confianza, aun cuando Dios aparece silencioso, pueden ignorar al desdén del mundo, y pueden amar a todas las naciones, porque sabemos que Cristo ya ha vencido el poder del pecado, ha silenciado a las acusaciones de Satanás, y ha ganado la salvación eterna por todos.  Todo esto fue cumplido, en la lucha cruciforme del Hijo de David. 


     Y por eso, hay migajas también para ti, el fruto de la Cruz, en la Palabra, y en la Santa Cena.  Ven sin vergüenza, confesando tus pecados, y pidiendo con confianza los dones mejores de Dios, en el Nombre de Jesús, Amén.