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Sunday, December 22, 2019

El Agobio del Pecado, y la Bienaventuranza - Sermón para el Cuarto Domingo de Adviento


Cuarto Domingo de Adviento - Rorate
22 de diciembre Anno + Domini 2019
El Pecado Agobiante, y la Bienaventuranza

Lecturas del día:  Deuteronomio 18:15-19, Filipenses 4:4-7, San Lucas 1:39-56 
 

   (Desde la Colecta del Día)
   Reaviva tu poder, Señor, y ven en nuestra ayuda, para que los pecados que nos agobian sean rápidamente quitados por tu gracia y misericordia.  

   ¿Qué pecados nos agobian?  ¿Qué son los pecados que nos molestan y nos hacen la vida difícil, o quizás que nos torturan, y nos hacen la vida imposible?

   Primeramente, los pecados de otros, las ofensas cometidas por otros contra nosotros. 
   Esta semana, todos hemos estado golpeado por el asesinato del Pastor Luis Coronado en Venezuela, muchos de nosotros con mucha fuerza, por haber sido ovejas de Pastor Luis, lo demás por nuestro cariño a los que sufren más, y también simplemente por el hecho que un hermano y predicador de nuestra iglesia hermana en Venezuela fue matado por hombres malvados, un servidor de Cristo, cruelmente quitado de su familia y congregación.  Gracias al Señor, Pastor Luís descansa en paz, y esta atrocidad no va a parar la obra de Cristo.  Pero la pérdida de él es una tristeza dolorosa.  

   Tal vez otros están sufriendo una crisis en la familia, causada por las decisiones egoístas de otros.  Los errores o abusos de uno pueden dañar a toda la familia, y es difícil saber que hacer, como enfrontar el problema, o si deberíamos aguantarlo en silencio.   
   Otros pecados contra nosotros son más leves, pero todavía nos duelen.  Pueden ser simplemente palabras duras, o una falta de respeto o afección.  Tal vez una amiga de repente te está evitando.  Tal vez tu hijo te dice que no te respeta, con sus palabras o acciones.  Tal vez tu jefe o jefa te maltrata, o tus compañeros se burlan de ti. 
   Hay un sinfín de pecados de otros que nos agobian.  ¿Queremos un minuto para considerar nuestra lista, para presentarlo al Señor? 

   También, hay los pecados de nadie.  Hay muchas tragedias, muchas tristezas de las cuales es difícil identificar el responsable, pero que, sin duda, son malas.  Cuando una patera de inmigrantes buscando una vida mejor en España se hunde en el mar, ¿quién es el pecador responsable? O cuando un volcán mata a turistas en Nueva Zelanda, ¿a quién debemos culpar?  Cuando una familia está separada porque un padre o madre tiene que viajar para el trabajo o para atender de asuntos importantes, todos sufren. 
Y el sufrimiento es claramente una consecuencia del pecado en el mundo.  ¿Pero de quién es este pecado?  A veces es fácil decir, o al menos posible; otras veces no.   Pero claramente, aun cuando no podemos decir a quién un pecado pertenece, todavía puedan agobiarnos.  ¿Hay pecados de nadie que te agobian?...   
   Finalmente, encima de los pecados de otros, contra nosotros, y los pecados de nadie, que también nos dañan, finalmente hay que decir que nos agobian nuestros propios pecados.  Los míos.  Los tuyos.  Yo no sé todos los vuestros, ni sabéis todos los míos.  Pero los tenemos, algunos pecados fáciles de ver, otros escondidos, pecados que nos cuestan mucho para abandonar, unos que aparecen en momentos de cansancio o depresión, otros que nos abruman en momentos de alegría y éxito.  En la Confesión al inicio de la Liturgia, reflexionamos brevemente en silencio antes de confesar.  No sería inapropiado hacer lo mismo ahora…
   A veces es difícil hablar del pecado y nuestra necesidad para tener un Salvador.  Naturalmente queremos ser feliz, y la verdad es que Dios quiere nuestra felicidad aún más que nosotros. Pero este deseo para experimentar la alegría y felicidad nos hace poco dispuestos de afrontar la realidad de pecado.  Algunos días, pueden ser difícil admitir que el pecado nos agobia y necesitamos un Salvador.
   Hoy no tanto.   Con la muerte de Pastor Luis y unos minutos meditando en la realidad del pecado en el mundo, y en nuestra vida, creo que veamos bastante claro que no podemos soportar el peso y la extensión del pecado en nuestras vidas.  Cuando todo va bien, nos cuesta querer un Salvador.  Pero cuando todo va mal, o mejor decir cuando vemos la realidad de nuestra situación, entonces entendemos nuestra necesidad, y miramos alrededor ansiosamente, esperando un rescate, un fuerte Salvador.   Aquí estamos…   
   Cuando, por la obra del Espíritu, estamos listos para un Salvador, necesitamos alguien para guiarnos al único verdadero Salvador.  Alguien para proclamar la buena noticia en nuestros oídos. Hoy nuestra maestra en el tema es Elisabet.  Elisabet, quien sufría durante décadas de la esterilidad, por la culpa de nadie.  Elisabet, ¿contra cuales pecados luchaba ella?  No sabemos.  Pero ahora, ella había recibido la inesperada bendición de un hijo después de haber superado la edad de ser madre.  Y este hijo en su matriz fue vinculado íntimamente con la mejor noticia. 




   Elisabet, recibiendo a su prima María, fue designada para predicar, por el mismo Señor Dios, para explicar y elogiar la bendición aún más grande que crecía dentro de su prima, María.

   María, recién embarazada con el Santo de Dios, vino para pasar un tiempo con Elisabet.  Y en su salutación a María, Elisabet dijo de ella:
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.”

   Muy bonita.  Como todo lo demás de nuestra lectura del Evangelio, son palabras que hemos estado recitando y cantando durante dos milenios.  Pero esta oración de Elisabet es más que bonita.  Junto con la realidad que María en este momento fue embarazada con Jesús, es una declaración profunda, y es una guía e introducción a la entera obra salvadora de Cristo.

   Primeramente, en estos días en que tenemos que enfrentar cosas malas, sería útil que consideráramos la situación de María, cuando fue para visitar a Elisabet.  María era una joven, soltera, prometida, pero todavía no casada, sin embargo embarazada.  Y María no llevaba el niño de su novio.  Tal vez hoy en nuestra cultura, sea lo que sea, esta situación sería menos crítica, pero todavía sería muy difícil…

       Peor todavía es el hecho que la explicación que tuvo María incluye una visita de un ángel y la concepción virginal del Hijo de Dios.  Parece que María es loca, o infiel a su prometido, o tal vez ambas cosas.  Ella no puede evitar el oprobio de su comunidad y familia.  Ella lo tiene muy mal.     

   No obstante, María se regocija en su situación.  Ella consideraba que había recibido la bendición más grande posible.  Viene a Elisabet, rebosando con gozo que le da una voz para cantar: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

   ¿Cómo tuvo María tanto gozo y alegría, a pesar de la apariencia de su situación?  Porque ella entendió el pleno significado de la oración de Elisabet: 
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.

   Nuestra traducción de Casiodoro de Reina es linda, y correcta, pero aún no nos revela toda la buena noticia presente en las palabras de Elisabet.  Me explico.

   Otra forma de traducirla sería esto:  Bienaventurada la que creyó, porque se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  

   Con esta traducción, vemos que Elisabet habla de los fundamentos de la fe cristiana:  creer, consumar, predicar, y “de parte del Señor,” es decir, que todo viene por la voluntad y la acción del Señor mismo.  Consideremos cada parte, pero al revés, empezando con “de parte del Señor.”

   “De parte de Señor.”  Cualquier fiel Israelita sabe que el Señor es un Dios de acción, de iniciativa.  Una y otra vez Israel fue rescatado, no porque lo merecía, pero porque el Señor quiso salvarlo.  Ahora, Jesús, (el  nombre que significa “el Señor salva”), es presente en la persona del feto creciendo en la matriz de María.  Todas las promesas de venir y salvar a su Pueblo estaban al punto de ser cumplido.  El Señor Dios de los Ejércitos entró en su salvación, concebido en la Virgen María.  El Señor hacía su parte, lo cual es toda la obra de salvación.

Predicar:  Por la boca del ángel Gabriel, María recibió la predicación del Señor, una Palabra divina y viva, que hace real las cosas que anuncian. “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. … y el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.”  La Palabra viva vino a María, y le dio la fe de creerla.

Consumar:  Se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  Consumar, o tal vez perfeccionar, es como debemos traducir este verbo.  El verbo griego es tetelestai, que significa perfeccionar, o terminar una vez por siempre, una vez por todos.  De verdad, no es que “cumplir” no sea correcta. Pero mejor usar consumar, porque nos recuerda de la Palabra que Cristo declaró desde la Cruz, cuando su obra era terminada:  Consumado es. Este momento, sumamente triste, pero también buenísimo, cuando el Señor Jesús declaró el fin de su obra, es la consumación de la cual Elisabet está profetizando.

Finalmente, creer:  María fue bienaventurada porque el Espíritu le dio fe de creer que todo, absolutamente todo, saldría bien, no importa tal mal pudiera aparecer la situación.  Al final, todo saldrá bien, a través del Bebe que María llevaba en su matriz. 

   Esta fe en las promesas del Señor, una fe creada en María por el mismo Espíritu, a través de la Palabra, es la misma que tenéis vosotros, y la misma fe que ayudó a Pastor Luis en su muerte y hasta la eternidad.  Es la fe que puede aguantar los pecados de otros y los de nadie, porque esta fe sabe que los pecados de todos son hundidos, enterrados eternamente en la Cruz de Cristo.  Es la fe que nos hacen bienaventurados, con María y Elisabet. 

   ¿Hermanos, ¿qué haremos en faz de tantos problemas, todos causados por el pecado del mundo, y nuestro propio pecado? 

   Seguimos adelante, en pos de nuestro Señor, escuchando a Elisabet, y a María, y cualquiera voz bíblica, porque siempre nos hablan de Cristo,
y nos apuntan a su victoria sangrienta y el futuro glorioso que Él nos da. 

   Las verdaderas voces Bíblicas no nos apuntan a nuestras vidas y obras, porque no son capaces de ayudarnos con los problemas reales.  No, al contrario, las voces bíblicas nos consuelan con la historia de Cristo, trabajando para nosotros.  Las voces bíblicas nos exhortan acudir a Cristo en los lugares donde Él nos ha prometido estar, como aquí, hoy mismo, donde Él nos viene bajo Palabra, Pan y Vino, para ayudarnos con los pecados que nos agobian. 

   Esto es el mensaje de Elisabet, y el gozo de María.  Es la bienaventurada salvación de Pastor Luis, y de ti, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Sunday, December 16, 2018

Otro Tipo de Grandeza - Adviento 3, en español e inglés


Tercer Domingo de Adviento, A+D 2018, Gaudete
Otro tipo de grandeza
San Mateo 11:2-11

(English Sermon follows the Spanish)

     Hace dos semanas se falleció George Herbert Walker Bush, el cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos.  Él tenía una grandeza especial.

     El primer presidente Bush fue nacido en una familia rica y poderosa, con gobernantes y empresarios importantes por todos lados.  Tuvo 17 años cuando los japoneses atacaron a Pearl Harbor, después de que los EEUU entraron en la Segunda Guerra Mundial.  La familia de George quería protegerlo de los riesgos de la guerra, pero, en el día de su decimoctavo cumpleaños, cuando por ley podía decidir por sí mismo, George se alistó en la Marina Americana.  Llegó a ser el piloto de combate americano más joven de nunca, y completó 58 misiones de combate, incluso uno en que su avión fue destrozado por las armas japonesas, y Bush tuvo que ser rescatado de una balsa en el Océano Pacífico.  Aún después de esta experiencia, George volvió a luchar en el aire.  Nunca quería ser favorecido por la reputación y riqueza de su familia.  Solo quería servir a su patria.  Tenía una grandeza especial.

     George Bush nos puede servir como un ejemplo actual de la grandeza de que habla Jesús en nuestro evangelio de hoy.  Solo una sombra de la grandeza de que nos habla Jesús, por supuesto, pero un ejemplo, sin embargo.  Porque George Bush eligió servicio, en lugar de beneficiar del estatus de su familia, o el poder de su riqueza.  No habría sido difícil para Bush a encontrar un modo de “servir” en la guerra en un puesto cómodo y seguro.  La reputación y las  conexiones de sus familiares pudieran haber conseguido esto sin problema.  Pero, George quería servir de verdad, quería servir hombro con hombro con sus compatriotas, luchando para la libertad mundial, arriesgando su vida para proteger a las vidas de millones de otros.

     Lo cual es un poco parecido a la historia de Juan el Bautista.  Juan fue hijo de un sacerdote, un grupo especial e importante entre los judíos.  Además, fue el producto de un milagro, porque sus padres, Zacarías y Elizabet estaban mucho más allá de la edad de concebir y tener hijos.  Finalmente, desde muy temprano en su vida, el Señor Dios comunicaba directamente a Juan, dirigiéndolo en su camino especial.  Sin duda, Juan el Bautista era alguien excepcional. 

    Pero Juan nunca intentó beneficiarse a sí mismo de su estatus especial.  Vivió en el desierto, comiendo langostas y miel salvaje.  No retrocedió de anunciar la Verdad que Dios le había revelado, incluso sobre los pecados de sus oyentes.  No le importaba si estos oyentes fueran fariseos, o soldados romanos, o aun el rey Herodes, reprochado por Juan por tener a la esposa de su hermano. 

     Finalmente, nunca retrocedió de hablar de la identidad de su primo y Salvador, Jesús de Nazaret.  Una vez, cuando sus propios discípulos le invitaban a quejar sobre el hecho de que el ministerio de Jesús estaba eclipsando su propio ministerio, Juan les dijo: “Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya.”  Al final, su fidelidad a la Verdad de Dios, cuando reprochó a Herodes, fue lo que resultó en su arresto, y eventualmente, en su muerte sangrienta y cruel.   

     Fidelidad, honor, compromiso, desinterés, carácter.  Podemos ver estos rasgos en George Bush.  Aún más, son obvios en Juan el Bautista.  Pero, en nuestra cultura popular y en la política actual, son valores obsoletos. 

     ¿Y con nosotros?  ¿Por nuestras palabras y acciones, cuáles valores parecen importantes a nosotros?

     No somos presidentes, ni guerreros defendiendo la libertad contra el Socialismo Nacionalista y el Imperio Japonesa.  Seguramente no somos profetas del Señor, enviados ante su Hijo para preparar su camino.  Pero somos cristianos, unidos por el bautismo con Jesús, con un llamado para vivir como hijos de la luz.  San Pablo, San Juan y Jesús mismo nos instruyen que no conformemos a este mundo caído en que vivimos.  Es decir, no deberíamos seguir los caminos egoístas, superficiales, y pecaminosos que son tan populares. 

     El Señor nos llama a servir, en vez de ser servido.  Nos manda que amemos, y no odiemos, aun a nuestros enemigos.  Dice que el grande entre nosotros es el que sirve a los demás.

     ¿Cómo va?  ¿Encontramos nuestro valor en las bendiciones recibidas en Cristo, y en el privilegio de compartir su amor con otros?  ¿O es que ansiemos por la adulación del mundo, demasiado preparados a olvidarnos de la Verdad de Dios, si esté en conflicto con lo popular de la cultura?  ¿Buscamos ser grandes en la estimación de nuestra cultura, de nuestros amigos y vecinos, o perseguimos la grandeza del servicio y sacrificio?

     No tenéis que responder. Cada uno de nosotros sabemos que no cumplimos nuestros deberes.  La verdad es que un hombre como Presidente Bush nos pone a la vergüenza.  Y Juan el Bautista tanto más. 

     Es triste.  Cuanto más buscamos nuestra propia grandeza, cuanto más pequeño y sin importancia llegamos a ser.  Y aún si pudiéramos ser igual al Bautista o aún a Bush, no sería suficiente.  Porque George Bush era rápido para admitir sus errores y confesar sus fallos.  Y Juan el Bautista, profeta llamado directamente por Dios desde antes de su concepción, sabía muy bien sus limitaciones.  Cuando Jesús vino a él para recibir su bautismo, Juan le dijo:  no soy digno de desatar tus sandalias, menos aún para bautizarte. 

     En términos humanos, la grandeza de George Bush fue impresionante, especialmente comparado con los demás hombres ricos y políticos poderosos.  Y Juan el Bautista es verdaderamente importante en la historia de salvación.  Declara Jesús: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista.”  Esto es una grandeza especial, ¿no?  Pero, no es suficiente para llenar  la necesidad humana.   

     En esto podemos ver la gran diferencia entre el bueno de este mundo caído y el bueno del reino de Dios, que es de una grandeza distinta, diferente.  Imagínate, aunque Juan fue grande, también dice Jesús que “el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.”   En esto, empezamos de comprender cuán grande fue la obra de Cristo, para realizar el cumplimiento de lo necesario para abrir este reino a nosotros. 

     Pues, la grandeza del reino de los cielos no es solamente mayor que la grandeza de Juan, o George, o cualquier otra persona.  Es mucho más grande, claro que sí, pero, además, es un tipo de grandeza totalmente distinto.  

     La grandeza de Bush tiene que ver con mejorar un mundo problemático, no con perfeccionarlo.  Su voluntad de luchar en el aire en la Segunda Guerra Mundial, o servir con honestidad y desinterés como político, fue siempre un intento de mejorar situaciones difíciles o peligrosas.  Hoy en día las naciones quieren convertir sus presidentes en salvadores, pero George Bush supo muy bien la realidad de que nadie de este mundo iba a resolver todos los problemas, ni aun la mitad. 

     Y es similar con Juan el Bautista.  Sí, fue profeta de Dios, pero su rol tuvo principalmente dos partes: predicar contra el pecado, y anunciar la llegada del Mesías de Dios, el Cristo.  Juan no fue perfecto.  En la cárcel, por no entender perfectamente la obra del Cristo, llegó a tener dudas de si su profecía acerca de Jesús había sido correcto.  Envió sus mensajeros a Jesús con la pregunta: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” 

     Juan fue encarcelado y eventualmente ejecutado por su predicación contra el pecado.  La grandeza de su ministerio profético no logró mucho en la cultura ni en el mundo, ni tampoco en los cielos.  Fue totalmente de preparación, muy importante, pero preparación y nada más.  La grandeza terrenal no puede resolver nuestros problemas más serios, como nuestro pecado, nuestra muerte, o nuestras dudas sobre como deberíamos relacionar con Dios.     

     Aun por la fuerza de los mejores hombres, todavía no hallemos soluciones completas y eternas.  Esto requirió una grandeza distinta, una grandeza divina, una voluntad profunda para servir y una humildad increíble.  La razón que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan el Bautista, es que el reino de los cielos está hecho en la misma persona de Cristo Jesús, verdadero hombre, y verdadero Dios.

     Cristo es el ejemplo por excelencia de servicio sin ego, y la culminación de sacrificio de un grande para los pequeños.  No fue meramente hijo de un senador, o de un sacerdote, pero fue, y es, el unigénito y eterno Hijo del Padre.  Salió de la gloria de la corte celestial, para lograr la mejor gloria de Dios, que es la salvación de sus propios enemigos, la raza humana que había rebelado contra Él, desde Adán, hasta la última persona nacida.

     Jesús nos mostró otro tipo de grandeza.  La grandeza del amor de Dios que no requiere nada de los amados. El Señor hace un compromiso total a todos los pecadores, aun cuando esos pecadores rechazan a Él.  Vino para crear de nuevo a todo, empezando con el hombre, caído desde su concepción.  Por eso, humildemente, el infinito Dios se encarnó de la Virgen María, y vivió como un refugiado perseguido.  Su voluntad de servir y salvar no tenía límite.

     Por lo tanto, la humildad de su nacimiento tiene sentido.  Aunque nos encanta los belenes tan bonitos, el nacimiento de Jesús no fue tan lindo o tranquilo. Las condiciones vergonzosas de la entrada de Jesús en este mundo nos da una previsión de la vergüenza y el terror de su muerte, porque el Bebé injustamente puesto en la madera del pesebre sería más tarde puesto injustamente en la madera de una cruz romana.

     Nos parece imposible que el Todopoderoso haría tales cosas.  Y sí, para nosotros, sería imposible.  Pero para el Dios quien es amor, fue la culminación de su servicio divino, fue su momento más grande de todos.

     Cuando fui un joven, tenía un cartel con una cita atribuida a George Herbert Walker Bush: “Él que no tiene nada que vale la pena de arriesgar la muerte, no tiene nada que vale la pena de vivir.” Es un lema fuerte, y solo podemos entenderlo correctamente si entendemos que George Herbert Walker Bush confesó su fe cristiana abiertamente. 

     Porque solo por confiar en el servicio divino,  el sacrificio sublime, y el reino eterno de Cristo Jesús, podamos entonces tener el valor de vivir sin miedo y en servicio a otros.  El lema de Bush es solamente aceptable porque dos mil años antes, llegó a ser un hecho divino en la vida, cruz y resurrección de Jesús, quien quiso morir, para que pudiéramos vivir.  Esto es una grandeza distinta.

     Podemos vivir en amor y servicio, porque la vida, la cruz y la resurrección de Jesús son una realidad entre nosotros, aquí, hoy.  Porque Él está con nosotros, y su Espíritu está obrando en nosotros ahora mismo, por su Palabra de promesa.  Todo el fruto de la grandeza de Cristo nos es dado aquí, en el pleno perdón de nuestros pecados, y en el acceso al reino de los cielos que tenemos, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Third Sunday of Advent , A + D 2018
Another King of Greatness

Two weeks ago, President George Herbert Walker Bush, the forty-first president of the United States, passed away. He had special greatness. The first President Bush was born into a rich and powerful family, with important government officials and businessmen on all sides. He was 17 years old when the Japanese attacked Pearl Harbor, after the US entered the Second World War. George's family wanted to protect him from the risks of war, but on his eighteenth birthday, when by law he could decide for himself, George enlisted in the American Navy. He became the youngest pilot ever, and completed 58 combat missions, including one in which his plane was destroyed by Japanese weapons, and Bush had to be rescued from a raft in the Pacific Ocean. But he returned to fight in the air later. George never wanted to be favored by the reputation and wealth of his family. He just wanted to serve his country. He had a special greatness.

George Bush can serve us as a current example of the greatness that Jesus speaks of in our Gospel today. Only a shadow of the greatness that Jesus speaks of, of course, but an example, nonetheless.   Because George Bush chose service, instead of benefiting from the status of his family, or the power of his wealth. It would not have been difficult for Bush to find a way to "serve" in the war in a comfortable and safe position. The reputation and connections of his family members could have achieved this without problem. But George wanted to truly serve, to stand shoulder to shoulder with his countrymen, fighting for world freedom, risking his life to protect the lives of millions of others.

Which is quite a bit like John the Baptist. He was the son of a priest, a special and important group among the Jews. In addition, he was the product of a miracle, because his parents, Zacarias and Elizabet, were far past the age to conceive and have children. Finally, from very early in his life, the Lord God spoke directly to John, directing him on his special path. That is to say, John the Baptist was someone exceptional.

But John never tried to benefit from his special status. He lived in the desert, eating locusts and wild honey. He never recoiled from announcing the Truth that God had revealed to him, even about the sins of his hearers, no matter if these hearers were Pharisees, or Roman soldiers, or even King Herod, reproached by John for having his brother's wife. Finally, he never retreated from talking about the identity of his cousin and Savior, Jesus. Once, when his own disciples invited him to complain about the fact that Jesus' ministry was overshadowing his own ministry, John told them: "It is necessary that He increase, and that I decrease." In the end, it was his faithfulness to the Truth of God, when he reproached Herod, that resulted in his arrest, and eventually, in his bloody and cruel death.

Fidelity, honor, commitment, selflessness, character. We can see these traits in George Bush. Even more, they are obvious in John the Baptist. And in us? We are not presidents, nor warriors defending freedom against National Socialism and the Japanese Empire. Surely, we are not prophets of the Lord, sent before his Son to prepare his way. But we are Christians, baptized and united with Jesus, with a call to live as children of light. Saint Paul, Saint John and Jesus himself instruct us not to conform to this fallen world in which we live. That is, we should not follow the selfish and sinful ways that are so popular. The Lord calls us to serve, instead of being served.  He commands us to love, and not to hate, even our enemies. He says that the greatest among us is the one who serves others.

How's it going? Do we find our value in the blessings received in Christ, and in the privilege of sharing his love with others? Or is it that we long for the adulation of the world, prepared to forget the Truth of God, if it is in conflict with the popular culture? Do we seek to be great in the estimation of our culture, of our friends and neighbors, or do we pursue the greatness of service and sacrifice?

You do not have to answer. Each one of us knows that we do not fulfill our duties. The truth is that a man like President Bush puts us to shame. And John the Baptist even more. It's sad. The more we seek our own greatness, the smaller and less important we become. And even if we could be equal to John, or even just George, it would not be enough. Because George Bush was quick to admit his mistakes and confess his failures. And John the Baptist, a prophet called directly by God from before his conception, knew his limitations very well. When Jesus came to him to receive his baptism, John told him: I am not worthy to untie your sandals, much less baptize you. 

In human terms, George Bush's greatness was impressive, especially when compared with other rich men and powerful politicians. And John the Baptist is truly important in the history of salvation. Jesus declared: "Among those born of women, no one has risen who is greater than John the Baptist." That is is a special greatness, is not it?  But it is not sufficient for the depth of the human need.

In this we begin to see the great difference between the good of this fallen world and the good of the kingdom of God. Also, we began to understand how great was the work of Christ, to fulfill all that was necessary to open this kingdom to us. Imagine, although John was great, Jesus also says that "the least in the kingdom of heaven, the greater is he."

You see, the greatness of the kingdom of heaven is not only greater than the greatness of John, or George, or any other person. It is much greater, of course, but also, it is a different kind of greatness. Bush's greatness has to do with improving a troubled world. His willingness to fight in the air in World War II, or serve with honesty and selflessness as a politician, was always an attempt to improve difficult or dangerous situations. Nowadays, cultures want to turn their presidents into saviors, but George Bush knew very well the reality that nobody was going to solve all the problems, not even half.

And it is similar with John the Baptist. Yes, he was a prophet of God, but his role had mainly two parts: preaching against sin, and announcing the arrival of the Messiah of God, the Christ.   John was not perfect.  In prison, because he did not understand perfectly the work of the Christ, he had doubts as to whether his prophecy about Jesus had been correct. He sent his messengers to Jesus with the question: "Are you the one who was to come, or will we wait for another?" John was imprisoned and eventually executed for his preaching against sin. The greatness of his prophetic ministry did not achieve much in culture, or in the world, nor in the heavens. Earthly greatness cannot solve our most serious problems , such as our sin, our death, our doubts about how we should relate to God.

By the strength of the best men, we still do not find complete and eternal solutions. This task required a different greatness, a divine greatness, an amazing willingness to serve and an incredible humility. The reason that the least in the kingdom of heaven is greater than John the Baptist is that the kingdom of heaven is created in the person of Jesus Christ, true man, and true God. Christ is the quintessential example of egoless service, the culmination of a great sacrificing for the small.  He was not merely the son of a senator, or of a priest, rather he was, and is, the only begotten and eternal Son of the Father. He left the glory of the heavenly court, to achieve the greatest glory of God, which is the salvation of his own enemies, the human race that had rebelled against Him, since Adam, down to the last person born.

Jesus showed us another kind of greatness. The greatness of love without expectations.  The commitment of God to all sinners, even when those sinners reject Him. Jesus came to create everything again, beginning with man, fallen from his conception. Therefore, humbly, the infinite God became incarnate of the Virgin Mary, and lived as a persecuted refugee. His willingness to serve and save had no limit. Therefore, the humility of his birth makes sense, and indeed, gives us a foresight of the shame and terror of his death. For as the baby Jesus was unjustly placed in the wood of the manger, later Jesus would be unjustly put on the wood of a Roman cross. 

It seems impossible, that the Almighty would do such things.  And yes, for us, it would be impossible. But for Jesus Christ, it was the culmination of his service, it was his greatest moment of all.

When I was young I had a poster with a quote from George Bush:  If we do not have anything for dying for, then we do not have anything that is worth living for.  This is a strong motto, and we can only understand it correctly if we understand that George Bush openly confessed his Christian faith. Because just by trusting in the service, sacrifice, and reign of Christ Jesus, we can then have the courage to live without fear and in the service of others. Bush's motto is only acceptable because two thousand years before, it was a fact in the life, cross and resurrection of Jesus.

We can live in love and service, because the fact of the life, cross and resurrection of Jesus is a reality among us, here, today, because He is with us, because his Spirit is working right now by his Word, because all the fruit of the greatness of Christ is given to us here, in the full forgiveness of our sins, and access to the kingdom of heaven that we have,

In the name of Jesus, Amen.

Wednesday, December 6, 2017

El Señor Viene

Primer Domingo en Adviento, 3 de diciembre, A+D 2017
El Señor Viene, San Mateo 21:1-9

CC 005                                   Redentor Precioso, Ven

1. Redentor precioso, ven; Tú del mundo, la esperanza;
Mi rescate y sumo bien, Ven, en Ti mi fe descansa.
Tu hermosura singular, Cristo, espero contemplar.

El Señor Jesús viene.  ¡Y que gozo sentimos!  El miércoles pasado Shelee y yo pusimos un pequeño belén en la ventana del Centro Casiodoro de Reina, el nuevo templo y también la nueva sede de nuestra iglesia en Sevilla.  Mientras lo arreglábamos, varias personas pararon por afuera para mirar, y aunque no pudimos oír sus palabras, por el tono de sus voces fue obvio que se alegraban de ver el retorno de los belenes. 

Aun muchos incrédulos quieren celebrar la Navidad, y no todos solamente por Santa Claus y por tener una excusa para una fiesta en pleno invierno.  La idea de la llegada de un Salvador pequeño, una esperanza escondida en la forma de un bebé, es muy llamativa, y consoladora, aun para ellos que lo consideran un mito y nada más. 

Por eso, nosotros que confiamos en el Hijo de María tenemos más alegría que nunca, porque durante la temporada de Adviento y Navidad tenemos otra oportunidad de celebrar y anunciar a nuestros vecinos y familiares la buena noticia de que la Navidad y la llegada de un Salvador no es un mito.  El Señor Jesús, Hijo de María e Hijo de Dios, vino una vez, y viene todavía.  Jesús vino y todavía viene para enfrentar nuestras peores dificultades, asumiendo la responsabilidad de corregirlas y quitarlas de nosotros, intercambiándolas con nosotros por su vida victoriosa. 

El Adviento está lleno de alegría, porque la salvación del Cristo que viene en el nombre del Señor es un hecho completado, y un don gratuito.  Pero el Adviento también lleva sus dificultades, y la proclamación de las Buenas Nuevas paradójicamente no está bien recibida.  Como bien sabemos, a pesar de que, en su llegada a Jerusalén montado en una asna, Jesús fue recibido con los loores de la gente, en los días después, su recepción iba a cambiar radicalmente.  ¿Y la razón de esta triste realidad?  La encontraremos en una frase pequeña en la próxima estrofa de nuestro himno: 


2. Entra en este corazón, Santo Rey y Dios sublime;
Haz en mí tu habitación, Todo mal en mí suprime:
¡Qué tesoro encuentro en Ti Cuando moras Tú en mí!

¿Todo mal en mí suprime?  ¿Qué mal?  ¿Y quién eres tú, para acusarme de ser pecador? 

Tal vez estáis pensando que hago referencia a los incrédulos con esto, y sí, es verdad que, especialmente hoy, pero en realidad desde siempre, a los seres humanos no les gustan oír declaraciones de su pecaminosidad.  ¿Cuántas veces hemos oido, “Yo soy una buena persona”?

    Pero, el juicio tiene que empezar en casa.  La verdad es que nosotros tampoco queremos oír tales acusaciones.  Por esta razón, la temporada del Adviento tiene una doble cara.  Sí, Adviento nos trae alegría y felicidad, porque Jesús viene, humilde y bondadoso, el niño cuidado por José y durmiendo en los brazos de María, y como un rey manso y amable, no montado en un caballo de guerra, más bien en el pollino de una burra.  Pero este mismo Jesús también va a venir en gloria, como un juez celestial, un juez que no acepta el pecado.   


     Pensar en una fiesta de alegría y bendición con Dios es agradable.  Confesar que somos oprimidos, con necesidad de ayuda, es, a veces, aceptable.  En nuestros momentos orgullosos, no; cuando pensamos que tenemos la vida controlada y todo va bien, entonces no nos gusta oír de nuestras debilidades.  Pero en los momentos bajos, cuando estamos cansados, presionados, confundidos, o tristes, sí, en estos momentos el recibir de un salvador bondadoso es una cosa buena. 

     ¿Pero escuchar que, en nuestros momentos buenos y en nuestros momentos malos, nuestro principal problema no es otra cosa excepto nuestro propio mal interno, nuestra propia culpa por nuestros pecados?  ¿Oír que Cristo también viene como juez de todos en el día final, para separar las ovejas y las cabras?  No queremos oír que todos los que no sean santos y puros vayan a recibir la condenación eterna.  Ni nosotros ni los incrédulos quieren este tema del Adviento.  Pero es así.

     Por lo tanto, es cada día imprescindible que los cristianos viven la vida de arrepentimiento.  Como dijo Lutero en el primer de sus 95 tesis con lo cual se arrancó toda la Reforma Luterana, “Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “arrepentíos,” ha querido decir que toda la vida de los creyentes fuera de arrepentimiento.” 

     Arrepentimiento es, en total, el reconocimiento y confesión del mal que está en cada uno de nosotros, y la petición a Dios para perdón, por causa de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.  El saber de mi culpabilidad entera es insoportable sin la buena nueva de que Cristo ha vencido mi culpa 100%, quitándola de mí y expiándola en la Cruz.  Este arrepentimiento diario, que conlleva a la vez una confianza eterna en la promesa de Jesús, es el corazón de la vida cristiana, y el mundo necesita ver esto en nosotros. 


3.  Ramos tiendo a Ti, Señor. Con hosannas de victoria:
Tributarte adoración Es mi anhelo y suma gloria.
Respondiendo a tu favor, Canto siempre tu loor.

     Esta estrofa es una expresión buenísima de la voluntad y las acciones de gracias que fluyen naturalmente desde la nueva criatura que el Espíritu ha creado en cada cristiano.  ¡Qué Dios nos ayude hacerlo siempre!  Pero no sea que nos olvidemos de la tensión, de la lucha que está en el centro de la fe cristiana militante, es decir, la vida cristiana en este mundo caído, donde todavía nos acompaña el hombre viejo, el pecador que cada uno de nosotros seguimos siendo.  El favor de Dios a lo que respondemos no es principalmente la providencia de comida, casa, y bienes.  Más bien, es el favor de Dios para con los pecadores, por causa de la Cruz de Cristo.

     Por lo tanto, el contenido de nuestra adoración no es principalmente que Dios es todopoderoso o que sabe todo o que es santo y glorioso y nos da salud y larga vida.  Todo esto es verdad y digno de ser alabado.  Pero nosotros pecadores no podemos vivir con un Dios todopoderoso, plenamente sabio, glorioso y completamente santísimo, sin la buena nueva de que en Cristo tenemos perdón completo, que la santidad de Jesús nos cubre.




     De verdad es difícil pensar que la gente que gritaba: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!” de verdad entendiera que tipo de Rey iba entrando a Jerusalén para salvarles.  Un Salvador que da vida a través de la muerte.   Un Vencedor que gana por una derrota vergonzosa y aparentemente total.  Un Dios, escondido en la forma de un hombre, para salvar a los mismos hombres que le mataban.   Todo esto es un recordatorio para nosotros que, hasta Cristo viene en el Último Día, su presencia será escondido. 

     Es el desafío de la fe:  el fundamento de nuestra confianza no se puede ver.  Se puede oírlo, lavarse en ello, comerlo y beberlo.  Y, más importante, se puede creerlo, porque la fe cristiana es un don del Espíritu Santo quien nos fue dado en nuestros bautismos.  Pero hoy el mundo no puede ver a Cristo, ni tampoco nosotros le podemos ver. 

     Por eso, nuestra fe, y la salvación del mundo, dependen del contacto continuo con la Ley y el Evangelio de Cristo.  Porque a través de su Palabra, el Espíritu mantiene nuestra fe viva.  Igualmente, el mundo necesita que continuemos en estrecho contacto con Cristo a través de su Palabra, para que nuestro arrepentimiento y fe, y las buenas obras que fluyen naturalmente de ellos, sean visibles a nuestros vecinos.  Porque es por estas cosas que Dios atrae otros pecadores a su Iglesia, para oír la buena noticia que Jesús es también su Salvador.

     Entonces, cantemos loores.  Cantemos loores por la salvación que Jesús nos ganó el viernes después de su entrada en Jerusalén.  Cantemos loores por la promesa de su presencia salvadora escondida hoy en la Palabra y los Sacramentos, y por su llegada futura para recogernos y llevarnos a su reino celestial en el Último Día.  También, para que nuestros vecinos y amigos que no confían en Cristo puedan también oír y creer, cantemos hoy y siempre, cantemos loores como estos en nuestra última estrofa, Amén.      

4.  De David Hijo y Señor, 
A los tuyos sé propicio.
Llénenos, ¡Oh Bienhechor!, 
De tu gracia el beneficio,

Oye el canto de tu grey; 
¡Gloria, hosanna a nuestro rey!