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Sunday, December 22, 2019

El Agobio del Pecado, y la Bienaventuranza - Sermón para el Cuarto Domingo de Adviento


Cuarto Domingo de Adviento - Rorate
22 de diciembre Anno + Domini 2019
El Pecado Agobiante, y la Bienaventuranza

Lecturas del día:  Deuteronomio 18:15-19, Filipenses 4:4-7, San Lucas 1:39-56 
 

   (Desde la Colecta del Día)
   Reaviva tu poder, Señor, y ven en nuestra ayuda, para que los pecados que nos agobian sean rápidamente quitados por tu gracia y misericordia.  

   ¿Qué pecados nos agobian?  ¿Qué son los pecados que nos molestan y nos hacen la vida difícil, o quizás que nos torturan, y nos hacen la vida imposible?

   Primeramente, los pecados de otros, las ofensas cometidas por otros contra nosotros. 
   Esta semana, todos hemos estado golpeado por el asesinato del Pastor Luis Coronado en Venezuela, muchos de nosotros con mucha fuerza, por haber sido ovejas de Pastor Luis, lo demás por nuestro cariño a los que sufren más, y también simplemente por el hecho que un hermano y predicador de nuestra iglesia hermana en Venezuela fue matado por hombres malvados, un servidor de Cristo, cruelmente quitado de su familia y congregación.  Gracias al Señor, Pastor Luís descansa en paz, y esta atrocidad no va a parar la obra de Cristo.  Pero la pérdida de él es una tristeza dolorosa.  

   Tal vez otros están sufriendo una crisis en la familia, causada por las decisiones egoístas de otros.  Los errores o abusos de uno pueden dañar a toda la familia, y es difícil saber que hacer, como enfrontar el problema, o si deberíamos aguantarlo en silencio.   
   Otros pecados contra nosotros son más leves, pero todavía nos duelen.  Pueden ser simplemente palabras duras, o una falta de respeto o afección.  Tal vez una amiga de repente te está evitando.  Tal vez tu hijo te dice que no te respeta, con sus palabras o acciones.  Tal vez tu jefe o jefa te maltrata, o tus compañeros se burlan de ti. 
   Hay un sinfín de pecados de otros que nos agobian.  ¿Queremos un minuto para considerar nuestra lista, para presentarlo al Señor? 

   También, hay los pecados de nadie.  Hay muchas tragedias, muchas tristezas de las cuales es difícil identificar el responsable, pero que, sin duda, son malas.  Cuando una patera de inmigrantes buscando una vida mejor en España se hunde en el mar, ¿quién es el pecador responsable? O cuando un volcán mata a turistas en Nueva Zelanda, ¿a quién debemos culpar?  Cuando una familia está separada porque un padre o madre tiene que viajar para el trabajo o para atender de asuntos importantes, todos sufren. 
Y el sufrimiento es claramente una consecuencia del pecado en el mundo.  ¿Pero de quién es este pecado?  A veces es fácil decir, o al menos posible; otras veces no.   Pero claramente, aun cuando no podemos decir a quién un pecado pertenece, todavía puedan agobiarnos.  ¿Hay pecados de nadie que te agobian?...   
   Finalmente, encima de los pecados de otros, contra nosotros, y los pecados de nadie, que también nos dañan, finalmente hay que decir que nos agobian nuestros propios pecados.  Los míos.  Los tuyos.  Yo no sé todos los vuestros, ni sabéis todos los míos.  Pero los tenemos, algunos pecados fáciles de ver, otros escondidos, pecados que nos cuestan mucho para abandonar, unos que aparecen en momentos de cansancio o depresión, otros que nos abruman en momentos de alegría y éxito.  En la Confesión al inicio de la Liturgia, reflexionamos brevemente en silencio antes de confesar.  No sería inapropiado hacer lo mismo ahora…
   A veces es difícil hablar del pecado y nuestra necesidad para tener un Salvador.  Naturalmente queremos ser feliz, y la verdad es que Dios quiere nuestra felicidad aún más que nosotros. Pero este deseo para experimentar la alegría y felicidad nos hace poco dispuestos de afrontar la realidad de pecado.  Algunos días, pueden ser difícil admitir que el pecado nos agobia y necesitamos un Salvador.
   Hoy no tanto.   Con la muerte de Pastor Luis y unos minutos meditando en la realidad del pecado en el mundo, y en nuestra vida, creo que veamos bastante claro que no podemos soportar el peso y la extensión del pecado en nuestras vidas.  Cuando todo va bien, nos cuesta querer un Salvador.  Pero cuando todo va mal, o mejor decir cuando vemos la realidad de nuestra situación, entonces entendemos nuestra necesidad, y miramos alrededor ansiosamente, esperando un rescate, un fuerte Salvador.   Aquí estamos…   
   Cuando, por la obra del Espíritu, estamos listos para un Salvador, necesitamos alguien para guiarnos al único verdadero Salvador.  Alguien para proclamar la buena noticia en nuestros oídos. Hoy nuestra maestra en el tema es Elisabet.  Elisabet, quien sufría durante décadas de la esterilidad, por la culpa de nadie.  Elisabet, ¿contra cuales pecados luchaba ella?  No sabemos.  Pero ahora, ella había recibido la inesperada bendición de un hijo después de haber superado la edad de ser madre.  Y este hijo en su matriz fue vinculado íntimamente con la mejor noticia. 




   Elisabet, recibiendo a su prima María, fue designada para predicar, por el mismo Señor Dios, para explicar y elogiar la bendición aún más grande que crecía dentro de su prima, María.

   María, recién embarazada con el Santo de Dios, vino para pasar un tiempo con Elisabet.  Y en su salutación a María, Elisabet dijo de ella:
“Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.”

   Muy bonita.  Como todo lo demás de nuestra lectura del Evangelio, son palabras que hemos estado recitando y cantando durante dos milenios.  Pero esta oración de Elisabet es más que bonita.  Junto con la realidad que María en este momento fue embarazada con Jesús, es una declaración profunda, y es una guía e introducción a la entera obra salvadora de Cristo.

   Primeramente, en estos días en que tenemos que enfrentar cosas malas, sería útil que consideráramos la situación de María, cuando fue para visitar a Elisabet.  María era una joven, soltera, prometida, pero todavía no casada, sin embargo embarazada.  Y María no llevaba el niño de su novio.  Tal vez hoy en nuestra cultura, sea lo que sea, esta situación sería menos crítica, pero todavía sería muy difícil…

       Peor todavía es el hecho que la explicación que tuvo María incluye una visita de un ángel y la concepción virginal del Hijo de Dios.  Parece que María es loca, o infiel a su prometido, o tal vez ambas cosas.  Ella no puede evitar el oprobio de su comunidad y familia.  Ella lo tiene muy mal.     

   No obstante, María se regocija en su situación.  Ella consideraba que había recibido la bendición más grande posible.  Viene a Elisabet, rebosando con gozo que le da una voz para cantar: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

   ¿Cómo tuvo María tanto gozo y alegría, a pesar de la apariencia de su situación?  Porque ella entendió el pleno significado de la oración de Elisabet: 
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.

   Nuestra traducción de Casiodoro de Reina es linda, y correcta, pero aún no nos revela toda la buena noticia presente en las palabras de Elisabet.  Me explico.

   Otra forma de traducirla sería esto:  Bienaventurada la que creyó, porque se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  

   Con esta traducción, vemos que Elisabet habla de los fundamentos de la fe cristiana:  creer, consumar, predicar, y “de parte del Señor,” es decir, que todo viene por la voluntad y la acción del Señor mismo.  Consideremos cada parte, pero al revés, empezando con “de parte del Señor.”

   “De parte de Señor.”  Cualquier fiel Israelita sabe que el Señor es un Dios de acción, de iniciativa.  Una y otra vez Israel fue rescatado, no porque lo merecía, pero porque el Señor quiso salvarlo.  Ahora, Jesús, (el  nombre que significa “el Señor salva”), es presente en la persona del feto creciendo en la matriz de María.  Todas las promesas de venir y salvar a su Pueblo estaban al punto de ser cumplido.  El Señor Dios de los Ejércitos entró en su salvación, concebido en la Virgen María.  El Señor hacía su parte, lo cual es toda la obra de salvación.

Predicar:  Por la boca del ángel Gabriel, María recibió la predicación del Señor, una Palabra divina y viva, que hace real las cosas que anuncian. “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. … y el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.”  La Palabra viva vino a María, y le dio la fe de creerla.

Consumar:  Se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  Consumar, o tal vez perfeccionar, es como debemos traducir este verbo.  El verbo griego es tetelestai, que significa perfeccionar, o terminar una vez por siempre, una vez por todos.  De verdad, no es que “cumplir” no sea correcta. Pero mejor usar consumar, porque nos recuerda de la Palabra que Cristo declaró desde la Cruz, cuando su obra era terminada:  Consumado es. Este momento, sumamente triste, pero también buenísimo, cuando el Señor Jesús declaró el fin de su obra, es la consumación de la cual Elisabet está profetizando.

Finalmente, creer:  María fue bienaventurada porque el Espíritu le dio fe de creer que todo, absolutamente todo, saldría bien, no importa tal mal pudiera aparecer la situación.  Al final, todo saldrá bien, a través del Bebe que María llevaba en su matriz. 

   Esta fe en las promesas del Señor, una fe creada en María por el mismo Espíritu, a través de la Palabra, es la misma que tenéis vosotros, y la misma fe que ayudó a Pastor Luis en su muerte y hasta la eternidad.  Es la fe que puede aguantar los pecados de otros y los de nadie, porque esta fe sabe que los pecados de todos son hundidos, enterrados eternamente en la Cruz de Cristo.  Es la fe que nos hacen bienaventurados, con María y Elisabet. 

   ¿Hermanos, ¿qué haremos en faz de tantos problemas, todos causados por el pecado del mundo, y nuestro propio pecado? 

   Seguimos adelante, en pos de nuestro Señor, escuchando a Elisabet, y a María, y cualquiera voz bíblica, porque siempre nos hablan de Cristo,
y nos apuntan a su victoria sangrienta y el futuro glorioso que Él nos da. 

   Las verdaderas voces Bíblicas no nos apuntan a nuestras vidas y obras, porque no son capaces de ayudarnos con los problemas reales.  No, al contrario, las voces bíblicas nos consuelan con la historia de Cristo, trabajando para nosotros.  Las voces bíblicas nos exhortan acudir a Cristo en los lugares donde Él nos ha prometido estar, como aquí, hoy mismo, donde Él nos viene bajo Palabra, Pan y Vino, para ayudarnos con los pecados que nos agobian. 

   Esto es el mensaje de Elisabet, y el gozo de María.  Es la bienaventurada salvación de Pastor Luis, y de ti, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Sunday, June 24, 2018

¿Por qué estamos celebrando?


Nacimiento del Juan el Bautista            
24 de junio       
¿Por qué estamos celebrando?

     ¿Por qué estamos celebrando el Nacimiento de Juan el Bautista hoy?  Pues, ¿por qué no?  ¿No queremos aprovechar de la oportunidad de cantar villancicos en el verano, dándonos un recuerdo aural de las fechas invernales, los días fríos, llenos de luz y esperanza, especialmente en este día en que un infierno de calor nos está abrumando?  ¡Buena noticia, solo seis meses hasta la Nochebuena!

     Pronto después de recibir en su matriz la concepción inmaculada del Hijo de Dios, la Virgen María fue al campo, para visitar a su prima Elizabet, que estaba en su sexto mes de embarazo con Juan el Bautista.  Por eso, entendemos que Juan nació más o menos seis meses antes de su primo y Señor, Jesucristo.  Por ende, hoy, seis meses antes de celebrar la Nochebuena, celebramos el Nacimiento de Juan el Bautista, el Precursor del Cristo, quién preparó sus caminos, y anunció la llegada del Reino de Dios en la persona de Jesús, Dios hecho hombre. 


     De verdad, hay muchas razones fantásticas para celebrar este acontecimiento.  Por ejemplo, el nacimiento de Juan, junto con lo de Jesús, nos recuerdan el gozo de ser pro-vida. 

     Sin duda, hay una ley que nos enseña ser pro-vida: el quinto mandamiento: no matarás, lo cual Lutero explica así:  Debemos temer y amar a Dios de modo que no hagamos daño o mal material alguno a nuestro prójimo en su cuerpo, sino que le ayudemos y hagamos prosperar en todas las necesidades de su vida. 
     Seguro que el aborto, junto con el eutanasia, son mucho más que un simple daño a nuestro prójimo.  Y es un daño a los prójimos más vulnerables, de cierto.  El Señor Dios es la fuente de toda vida, y como sus criaturas, no tenemos derecho de determinar quien vive y quien muere.  No importa si la vida tiene solo unos días en la matriz del madre, o si es de un anciano, o una persona discapacitada, deberíamos proteger y celebrar la vida, desde la concepción hasta la muerte.

      Muy bien, sabemos la ley, y sabemos nuestra culpabilidad, como una sociedad y como individuos, en relación con este tema.  Pero, con la concepción y nacimiento de Juan y Jesús, aprendemos la razón mejor para ser pro-vida:  el gozo, el gozo de entender, aunque solo en parte, el gran valor que cada vida humana tiene en los ojos de Dios.  Que alegría saber, desde la visita de María a Elisabet, que Dios puede y quiere dar fe en Cristo, aun a un bebé en útero.  Porque Juan, dentro de su mamá, saltó por gozo por oír la voz de la madre de su Señor, dándose cuenta del hecho que estaba por primera vez en la presencia cercana de Dios.  Que gozo oír en el Gradual de hoy la promesa de Dios a Jeremías, que nos indica quien es el Autor de vida, y también nos habla de la importancia de cada vida a Dios, aun antes de su concepción: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué. 

     Dios ama a la vida humana.  El Señor ama a tu vida, aún más que tú.  Él tiene tanto amor para tu vida, que el Mesías, el Salvador, ha pasado por cada etapa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte, para redimir cada etapa.  El amor del Creador para las vidas humanas es tan profundo que provee perdón y salvación en la sangre de Cristo, poderosa para limpiarnos del pecado, incluso el pecado de matar sin justicia.  En Cristo, no tenemos que vivir con la culpa y el miedo de la justicia de Dios por haber participado en matar o adelantar la muerte.  Este pecado también Cristo ha pagado y superado.  Arrepiéntete, tus pecados contra la vida humana son perdonados. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por el gran poder de Dios, realizado a través de criaturas indefensas.  Después de nombrar a su hijo con el nombre “Juan,” como el ángel le había indicado, su padre Zacarías cantó:
Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo,
69 Y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo,
70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;
71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;
72 Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su santo pacto; 

      Todo esto, la llegada de un Salvador poderoso, el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas, la victoria sobre los enemigos, la misericordia y el cumplimiento del pacto de Dios con Israel, todo esto, ya realizado en el bebé todavía creciendo en la matriz de María. 

     Luego Zacarías canta del futuro y la misión su propio hijo:
Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;
77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados,
78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros pies por camino de paz.  
     Impresionante futuro previsto para Juan. 

     Nuestra nieta Heather es muy bonita y muy capaz.  Si todavía no lo sabéis, yo pudiera compartir algunos fotos y videos con vosotros después de la bendición final.  Creo que el futuro de mi nieta Heather será brillante. 

   Pero no tengo expectativas por ella tan altas como las que tenía Zacarías por Juan.  Sobre estos dos bebés, Juan y Jesús, que en el momento de su cántico solo tenían entre los dos un año de vida terrenal, quedaba el cumplimiento y la revelación de toda la Ley y los Profetas y de todas las promesas de Dios a su pueblo, y a toda la raza humana.  Por causa de Juan y Jesús, los primos más importantes de toda la historia, mi nieta, y todos nosotros, de verdad tenemos un futuro brillante, por el perdón de los pecados y el camino de paz que Cristo nos ha construido.  El poder de Dios lo ha conseguido, a través de estos niños, nacidos para compartir amor y misericordia. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por la humildad.  Aunque Juan fue elegido por Dios para realizar un ministerio único y sumamente importante, todavía Juan sabía quién era: un pecador con gran necesidad de un Salvador.  Cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies.  El profeta del altísimo no tenía orgullo en si mismo, todo su orgullo fue en su primo Jesús. 


    Y milagro de humildad, Jesús mismo demostró la humildad por excelencia de toda la historia.  El rey de los cielos, el unigénito Hijo de Dios, se humillo a sí mismo, para cumplir su misión salvadora.  No fue que simplemente bajo del cielo y vivió una vida pobre y dura.  Es que él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

     Hoy celebramos por la consolación: Porque hemos recibido doble por todos nuestros pecados.  ¿Cómo hemos recibido doble?  ¿Tal vez por las dos naturalezas en Cristo, que en Jesús, Dios y hombre son unidos eternamente, y por lo tanto, nuestra seguridad es eterna?  ¿O es porque Cristo se hizo nuestro  sustituto, activo y pasivo, activamente cumpliendo los requisitos de su propia ley en nuestro lugar, y luego pasivamente sufriendo todo nuestro castigo merecido, para liberarnos completamente de la acusación de Satanás?  ¿O quizás es doble por el paz de hoy y la esperanza brillante para mañana que tenemos en Jesús?  ¿Cuál es la razón correcta?  Yo digo “sí” a todas estas posibilidades.   


     Celebramos porque la predicación de Juan continúa, la predicación del arrepentimiento para el perdón de pecados, vinculado al Bautismo, la predicación de la Ley y el Evangelio, culminando hoy en la Santa Cena, donde acercamos confesando nuestro pecado, y confiando que en el Cuerpo y Sangre de Jesús tenemos plena redención. 

      Juan el Bautista predicó con los ojos al futuro, esperando la culminación de la misión de su primo.  Juan predicó, sufrió y murió antes de la Pasión de Jesús, que es la plena revelación de todo el misterio de la salvación.  Por haber muerto antes, a veces la vista de Juan no estaba completamente clara.  Pero los predicadores, y los oyentes de hoy, ya sabemos la plenitud del Evangelio.  Nuestra predicación hacemos con los ojos al pasado, lo que vemos con mucha más claridad que Juan, una claridad recibida por ver todo a través de la Cruz y la Resurrección de Jesucristo.  Y predicamos con los ojos al futuro de gloria y paz eternal, que Él ha ganado para nosotros.

    Entonces, sí, celebremos hoy, y cada día, los niños y primos, Juan el Bautista, y su Señor y Dios, Cristo Jesús, la Palabra de Salvación, en quién tenemos vida, gozo, paz, poder, humildad y la vida eterna, Amén.
         

Tuesday, January 2, 2018

La Bendición Mejor

Primer Domingo después de la Navidad
La Bendición Mejor

Lucas 2:22-40, Galatas 4:1-7

     Estamos en medio de una temporada de bendición.  Es verdad que más y más en la cultura actual, estamos escondiendo a Jesús durante la Navidad, o el Jesús que se está presentado es una versión falsa.   Sin embargo, la Navidad todavía es una temporada de bendición.  



     Esto es correcto; así debería ser.  Que siempre intentemos que el verdadero Jesús sea el centro de las fiestas navideñas.  Pero, no es poca cosa que, aun cuando errores fundamentales manchan las celebraciones, todavía durante la temporada hablamos mucho de bendición.  Y siempre que todo el mundo está pensando en bendiciones, haya una oportunidad evangélica para anunciar la verdadera bendición de la Navidad. 

     ¿Cómo lo haremos?  Los evangelios nos ofrecen muchas palabras de bendición para sazonar a nuestras conversaciones.  Podemos recordar la Anunciación, la visita de Gabriel a María, cuando el mensajero celestial anunció la Encarnación del Hijo de Dios en su matriz, y María respondió con la voz de fe, sencilla y profunda:  He aquí, la sierva del Señor. 
     O el mensaje en sueño del ángel que condujo a José a cuidar a María y Jesús:  No teme, José, el Hijo engendrado en María es santo, y va a salvar a su pueblo de sus pecados.  
     Hay la exclamación de Elisabet y el cántico de María que surgieron cuando la prima joven fue al campo a visitar a la mayor, las dos milagrosamente encintas:  Mi alma magnifica al Señor.
   También tenemos el cántico de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, el Bautista, y las propias palabras de Juan cuando Jesús vino a él para ser bautizado:  He aquí, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 




     Y, por supuesto, son consoladoras las palabras del cántico de los ángeles en la Nochebuena, anunciando a los pastores el nacimiento del Salvador, Cristo el Señor, en Belén.  Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres. 

     Todos estos están llenos de palabras de bendición, primero en el sentido de proclamar alabanzas al Dios que hacía estas cosas, “Bendito sea el Señor, Dios de Israel,” y más, como anuncios de bendiciones en el sentido de buenas nuevas para toda la gente, a través del nacimiento del Hijo de María.    
  
     Hoy, tenemos una canción más de bendición, el Cántico de Simeón, cantado por este profeta anciano, desde el Templo, donde los padres de Jesús le llevaron para cumplir los requisitos de la Ley.  Con el Niño en sus brazos, Simeón celebró el cumplimiento de una promesa, y la paz que viene de saber que estás perfectamente preparado para morir.  Con tal confianza en su salvación, la cual fue encarnada en el bebé que estaba en sus propios brazos, Simeón cantó sobre la bendición que es este bebé. 


     De los muchos cánticos de los Evangelios, y especialmente de San Lucas, el de Simeón es el último para llegar a ser parte de nuestra liturgia dominical.  El Nunc Dimittis, en latín, o el Cántico de Simeón, desde muy temprano en la historia de la Iglesia estaba cantado durante Vísperas, la oración de la tarde entrando en la noche, una canción adecuada en la preparación para dormir, puesto que en Cristo nuestra muerte es convertido en un breve sueño, prólogo de la vida eterna.  Entre los luteranos, en los siglos 19 y 20, surgió la idea de también usar el Nunc Dimittis en la liturgia de la Santa Cena.  Después de unos intentos, se encontró un sitio permanente en la Eucaristía Luterana: el cántico post-comunión, una nueva extensión de nuestro entendimiento de las bendiciones que recibimos en la Cena. 

     Primero, Simeón lo cantó con Jesús en sus brazos, declarando su bendición particular, que él estaba listo para salir de este mundo, habiendo visto el Salvador prometido.   Veinte siglos luego, los luteranos, justo después de comulgar, declaran la bendición de estar igualmente preparados, porque en Cristo ya hemos muerto y ya hemos resucitado, y bajo el pan y el vino hemos experimentado una comunión única con Dios, llena de promesa y confianza.  Ahora, Señor, despides a tu siervo, en paz.  ¡Qué bendición!

     ¿Cuál bendición es la mejor de los dos, la de Simeón, o la nuestra? ¿Cuál preferirías tú, tener el Hijo de Dios en tus brazos, hace dos mil años, en Jerusalén, o haber recibido hoy en día el cuerpo y la sangre del mismo Dios hecho hombre, dado y derramado para el perdón de todos tus pecados?  ¿Cuál es la bendición mejor?

     Sin duda, hay ventajas en el abrazar al niño.  Como muchos de vosotros ya sabéis, el 25 de noviembre Shelee y yo nos convertimos en abuelos.  Bueno, de verdad, desde la perspectiva de Dios, nos convertimos en abuelos nueve meses antes, cuando la vida de nuestra nieta, Heather, empezó, dentro de nuestra nuera Teresa.  Pero para nosotros humanos, es más real cuando podemos ver a los nietos, y ya hemos disfrutado de docenas de fotos y videos de ella.  


     Pero en dos semanas, cuando con la ayuda de Dios estaremos en Minnesota, con Heather dentro de nuestros brazos… esto será totalmente otra cosa.  Hay algo especial en abrazar, en contactar físicamente con nuestros seres queridos.  Sí, de verdad la bendición particular de Simeón fue espectacular.   

     Al mismo tiempo, había desventajas de estar presente, de ser un testigo presencial de la vida de Jesús, al lado de Simeón, José y María.  Recordad como profetizó Simeón sobre el niño, y sobre el dolor futuro de María: “He aquí, éste (niño) está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma, María), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.” 

     ¡Qué pena, qué decepción!  Justo después de su cántico de bendición, una profecía de juicio y dolor.  Simeón nos recuerda que la bendición que el Niño iba a otorgar al mundo era la salvación de nuestros pecados.  Fue nacido para morir, en nuestro lugar.  Para rescatar a todos los pecadores, condenado a la muerte eterna.  Seguramente la espada que traspasó el alma de María su madre fue singularmente dolorosa. 

      Pero, es cierto que, para cada persona que vio, escuchó, creyó y tocó al Jesús, y especialmente al fin de su trayectoria, para los que miraron su levantamiento en una vil cruz, fue una pesadilla inimaginable. 


     Por eso también muchas personas quieren evitar hablar del verdadero Cristo durante la Navidad. No queremos que los pensamientos de nuestros corazones sean revelados.  El reconocer de la verdad, que este niño tuvo que pagar para mi maldad, es demasiado difícil.  Contemplar esta caída cuesta tanto.  Mejor durante las fiestas sólo compartir bendiciones anodinas, deseos alegres, pero muy superficiales, porque hablar honestamente sobre el contenido de la vida de este niño es tan duro. 

     Así es, para el mundo, y para nosotros.  No podemos aguantar ver toda la realidad de la que el Bebé de Belén se encargó. 

     Pero Él, sí; Jesús pudo.  Jesucristo, y sólo Jesucristo, lo aguantó, dejando atrás a todos sus amigos y familiares, finalmente aun dejando su madre en el cuidado de su amigo Juan, para enfrentar por sí solo la carga eterna. 

     Y, en un milagro de amor y poder y sabiduría divina, Cristo lo hizo para gozo, el gozo de levantar a todos sus amigos y familiares, y también a sus enemigos.  Lo hizo todo para levantar a todos los pecadores, porque para ellos fue nacido.  ¡Tan temerosa la caída, pero aún mejor y más alegre el levantamiento!  



     De verdad, la comparación de las dos bendiciones es errónea, porque no son realmente diferentes.  El Salvador en los brazos de Simeón es el mismo que recibiremos pronto en la Cena.  La paz del profeta anciano, preparado para morir, fue también la paz de saber que iba a vivir siempre, con Jesús.  Y esta misma paz es nuestra, en el Niño, quien fue al Templo para empezar cumplir su propia ley, y quien finalmente fue a la Cruz, para quitar desde encima de nosotros las amenazas de la ley, y darnos en cambio la libertad de los herederos de Dios. 

     Entonces, cada vez que cantamos el Cántico de Simeón después de comulgar, o antes de acostarnos, podemos regocijar con Simeón, porque, como dijo San Pablo: Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.  4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
     6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.



     Por lo tanto, teniendo paz para con Dios, nuestro Abba Padre, tenemos aún más alegría en el abrazar de los niños hoy.  Porque para nuestra nieta, y para todos que confían en el Hijo de Dios, no solamente esperamos una vida terrenal, a veces feliz, a veces triste, y nada más.  Por el Niño que abrazó Simeón, podemos abrazar a nuestros bebés, y a todos nuestros queridos, con la confianza que ni aun la muerte puede separarnos del amor de Dios, que es nuestro en Cristo Jesús. 

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Amén.