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Sunday, June 24, 2018

¿Por qué estamos celebrando?


Nacimiento del Juan el Bautista            
24 de junio       
¿Por qué estamos celebrando?

     ¿Por qué estamos celebrando el Nacimiento de Juan el Bautista hoy?  Pues, ¿por qué no?  ¿No queremos aprovechar de la oportunidad de cantar villancicos en el verano, dándonos un recuerdo aural de las fechas invernales, los días fríos, llenos de luz y esperanza, especialmente en este día en que un infierno de calor nos está abrumando?  ¡Buena noticia, solo seis meses hasta la Nochebuena!

     Pronto después de recibir en su matriz la concepción inmaculada del Hijo de Dios, la Virgen María fue al campo, para visitar a su prima Elizabet, que estaba en su sexto mes de embarazo con Juan el Bautista.  Por eso, entendemos que Juan nació más o menos seis meses antes de su primo y Señor, Jesucristo.  Por ende, hoy, seis meses antes de celebrar la Nochebuena, celebramos el Nacimiento de Juan el Bautista, el Precursor del Cristo, quién preparó sus caminos, y anunció la llegada del Reino de Dios en la persona de Jesús, Dios hecho hombre. 


     De verdad, hay muchas razones fantásticas para celebrar este acontecimiento.  Por ejemplo, el nacimiento de Juan, junto con lo de Jesús, nos recuerdan el gozo de ser pro-vida. 

     Sin duda, hay una ley que nos enseña ser pro-vida: el quinto mandamiento: no matarás, lo cual Lutero explica así:  Debemos temer y amar a Dios de modo que no hagamos daño o mal material alguno a nuestro prójimo en su cuerpo, sino que le ayudemos y hagamos prosperar en todas las necesidades de su vida. 
     Seguro que el aborto, junto con el eutanasia, son mucho más que un simple daño a nuestro prójimo.  Y es un daño a los prójimos más vulnerables, de cierto.  El Señor Dios es la fuente de toda vida, y como sus criaturas, no tenemos derecho de determinar quien vive y quien muere.  No importa si la vida tiene solo unos días en la matriz del madre, o si es de un anciano, o una persona discapacitada, deberíamos proteger y celebrar la vida, desde la concepción hasta la muerte.

      Muy bien, sabemos la ley, y sabemos nuestra culpabilidad, como una sociedad y como individuos, en relación con este tema.  Pero, con la concepción y nacimiento de Juan y Jesús, aprendemos la razón mejor para ser pro-vida:  el gozo, el gozo de entender, aunque solo en parte, el gran valor que cada vida humana tiene en los ojos de Dios.  Que alegría saber, desde la visita de María a Elisabet, que Dios puede y quiere dar fe en Cristo, aun a un bebé en útero.  Porque Juan, dentro de su mamá, saltó por gozo por oír la voz de la madre de su Señor, dándose cuenta del hecho que estaba por primera vez en la presencia cercana de Dios.  Que gozo oír en el Gradual de hoy la promesa de Dios a Jeremías, que nos indica quien es el Autor de vida, y también nos habla de la importancia de cada vida a Dios, aun antes de su concepción: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué. 

     Dios ama a la vida humana.  El Señor ama a tu vida, aún más que tú.  Él tiene tanto amor para tu vida, que el Mesías, el Salvador, ha pasado por cada etapa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte, para redimir cada etapa.  El amor del Creador para las vidas humanas es tan profundo que provee perdón y salvación en la sangre de Cristo, poderosa para limpiarnos del pecado, incluso el pecado de matar sin justicia.  En Cristo, no tenemos que vivir con la culpa y el miedo de la justicia de Dios por haber participado en matar o adelantar la muerte.  Este pecado también Cristo ha pagado y superado.  Arrepiéntete, tus pecados contra la vida humana son perdonados. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por el gran poder de Dios, realizado a través de criaturas indefensas.  Después de nombrar a su hijo con el nombre “Juan,” como el ángel le había indicado, su padre Zacarías cantó:
Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo,
69 Y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo,
70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;
71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;
72 Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su santo pacto; 

      Todo esto, la llegada de un Salvador poderoso, el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas, la victoria sobre los enemigos, la misericordia y el cumplimiento del pacto de Dios con Israel, todo esto, ya realizado en el bebé todavía creciendo en la matriz de María. 

     Luego Zacarías canta del futuro y la misión su propio hijo:
Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;
77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados,
78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros pies por camino de paz.  
     Impresionante futuro previsto para Juan. 

     Nuestra nieta Heather es muy bonita y muy capaz.  Si todavía no lo sabéis, yo pudiera compartir algunos fotos y videos con vosotros después de la bendición final.  Creo que el futuro de mi nieta Heather será brillante. 

   Pero no tengo expectativas por ella tan altas como las que tenía Zacarías por Juan.  Sobre estos dos bebés, Juan y Jesús, que en el momento de su cántico solo tenían entre los dos un año de vida terrenal, quedaba el cumplimiento y la revelación de toda la Ley y los Profetas y de todas las promesas de Dios a su pueblo, y a toda la raza humana.  Por causa de Juan y Jesús, los primos más importantes de toda la historia, mi nieta, y todos nosotros, de verdad tenemos un futuro brillante, por el perdón de los pecados y el camino de paz que Cristo nos ha construido.  El poder de Dios lo ha conseguido, a través de estos niños, nacidos para compartir amor y misericordia. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por la humildad.  Aunque Juan fue elegido por Dios para realizar un ministerio único y sumamente importante, todavía Juan sabía quién era: un pecador con gran necesidad de un Salvador.  Cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies.  El profeta del altísimo no tenía orgullo en si mismo, todo su orgullo fue en su primo Jesús. 


    Y milagro de humildad, Jesús mismo demostró la humildad por excelencia de toda la historia.  El rey de los cielos, el unigénito Hijo de Dios, se humillo a sí mismo, para cumplir su misión salvadora.  No fue que simplemente bajo del cielo y vivió una vida pobre y dura.  Es que él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

     Hoy celebramos por la consolación: Porque hemos recibido doble por todos nuestros pecados.  ¿Cómo hemos recibido doble?  ¿Tal vez por las dos naturalezas en Cristo, que en Jesús, Dios y hombre son unidos eternamente, y por lo tanto, nuestra seguridad es eterna?  ¿O es porque Cristo se hizo nuestro  sustituto, activo y pasivo, activamente cumpliendo los requisitos de su propia ley en nuestro lugar, y luego pasivamente sufriendo todo nuestro castigo merecido, para liberarnos completamente de la acusación de Satanás?  ¿O quizás es doble por el paz de hoy y la esperanza brillante para mañana que tenemos en Jesús?  ¿Cuál es la razón correcta?  Yo digo “sí” a todas estas posibilidades.   


     Celebramos porque la predicación de Juan continúa, la predicación del arrepentimiento para el perdón de pecados, vinculado al Bautismo, la predicación de la Ley y el Evangelio, culminando hoy en la Santa Cena, donde acercamos confesando nuestro pecado, y confiando que en el Cuerpo y Sangre de Jesús tenemos plena redención. 

      Juan el Bautista predicó con los ojos al futuro, esperando la culminación de la misión de su primo.  Juan predicó, sufrió y murió antes de la Pasión de Jesús, que es la plena revelación de todo el misterio de la salvación.  Por haber muerto antes, a veces la vista de Juan no estaba completamente clara.  Pero los predicadores, y los oyentes de hoy, ya sabemos la plenitud del Evangelio.  Nuestra predicación hacemos con los ojos al pasado, lo que vemos con mucha más claridad que Juan, una claridad recibida por ver todo a través de la Cruz y la Resurrección de Jesucristo.  Y predicamos con los ojos al futuro de gloria y paz eternal, que Él ha ganado para nosotros.

    Entonces, sí, celebremos hoy, y cada día, los niños y primos, Juan el Bautista, y su Señor y Dios, Cristo Jesús, la Palabra de Salvación, en quién tenemos vida, gozo, paz, poder, humildad y la vida eterna, Amén.
         

Wednesday, September 14, 2016

La Muerte de un Hijo

Decimosexto Domingo después de Trinidad – 11 de Septiembre, 2016
1 Reyes 17:17-24, Efesios 3:13-21, San Lucas 7:11-17  

Gracia, misericordia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre, y el Señor Jesucristo, Amén. 

¿De qué murieron los dos hijos? En las lecturas de hoy, oímos de dos viudas, los dos con un solo hijo, y ambas sufrieron la muerte de sus hijos.  Me pregunto ¿de qué murieron los hijos?

Tal vez fueron víctimas de apendicitis.

Hace dos semanas, mientras Shelee y yo asistíamos a un cumpleaños en Logroño, recibí un WhatsApp de nuestro hijo Jeremy en Minnesota:  “Bueno, estoy en el hospital, esperando que el cirujano me quita el apéndice.”  Fue un susto para nosotros, y una experiencia desagradable, por la distancia y nuestra incapacidad de ayudarle, aparte de ofrecer nuestras oraciones.  Y peor, Teresa, la esposa de Jeremy, estaba en la autopista, porque iba a un festival en Minneapolis.  Ella volvía, pero Jeremy estaba solo cuando entró en la sala de cirugía.  De verdad, si hubiéramos estado en Montana, en vez de España, todavía nuestra inutilidad hubiera sido igual, pero nos afectaba un poco más, creo, por estar aquí.

Gracias a Dios, todo resultó bien.  Fue una decisión sabia y misericordiosa de parte de Jeremy, que no nos informó del problema hasta justo antes de la cirugía.  En vez de un día completo de preocupación, solo pasamos 3 horas, entre recibir el primer mensaje y luego el mensaje después de la cirugía exitosa.  Damos gracias a Dios por las maravillas de medicina, y el servicio bueno de los médicos y enfermeros. 

Todavía, una apendicitis es grave, y si fuera 1916 en vez de 2016, probablemente nuestro hijo habría muerto.  Y no sé cómo habríamos reaccionado.  Porque la muerte de un niño es horrible.  La muerte es siempre mal, pero cuando muere una persona mayor, podemos aguantarlo mejor.  Ha vivido una vida larga, y sus hijos continúan la historia familiar.  ¿Pero la muerte de un hijo, mi hijo, mi hija?  No sé vuestras historias personales, quizás he tocado un tema sensible, quizás sabes algo de este tema triste.  Me preocupe enfocar en este tema, pero es importante, porque la muerte de un hijo es un desafío grande a nuestra fe.  Quizás los padres aquí, como yo, suelan pensar que nuestra fe es fuerte.  Pero la realidad es que es muy difícil mantener la confianza de que Dios es bueno y amoroso, cuando tu hijo muere. 

Si este tema te ha dado un recordatorio de dolor, te pido disculpas, no quiero causar pena a nadie.  Pero mis disculpas no cambian la realidad de que padres a veces sufren la muerte de sus hijos.  Es demasiado común; es una realidad de este mundo. 

Y, también es una historia muy común en la Biblia.  Hoy tenemos dos viudas quienes pierden hijos, y hay más como estas en las Escrituras, y también parejas privadas de hijos.  Estas historias están en todas partes de la Biblia.  Además de la viuda de Nain y la viuda de Sarepta, de nuestras lecturas del Evangelio y Antiguo Testamento de hoy, hay también Eva, la madre de Abel, asesinado por su hermano Caín. 

Tal vez recordáis a Job y su mujer, y la muerte de sus siete hijos y tres hijas. Hay una mujer de Sunem, para quién el profeta Eliseo, el sucesor de Elías, también resucitó a su hijo muerto, en una historia muy parecida a la de nuestra lectura del Antiguo Testamento de hoy. 

Además, está Noemí, la suegra de Rut, quien quería que no se llamara Noemí, pero Mara, que en hebreo significa amarga, porque ella había perdido a su esposo, y a dos hijos.  Hay Betsabé, quien perdió su primer hijo con Rey David, debido a su pecado.  En la historia de la Navidad, siempre tenemos que recordar el sufrimiento de las madres de Belén, quienes con sus hijos sufrieron la ira de Herodes, cuando los reyes magos se marcharon sin decirle dónde estaba el Cristo.  Y hay más. 

La muerte de un hijo o hija es tan triste, y dolorosa.  Siempre nos hace preguntar:  ¿Por qué? ¿Por qué ocurrieron, y por qué están escritos tantas historias parecidas en la Biblia?  ¿Sirven para algún buen propósito?

Sí.  Aunque son difíciles para nosotros leerlas o escucharlas, hay al menos tres propósitos en estas historias. 

Primero:  La muerte de hijos nos enseña de la gravedad del pecado.  Inmediatamente después de comer la fruta prohibida, Adán y Eva reconocieron su desnudez, y su vergüenza.  Las maldiciones de Dios y las dificultades de la vida fuera del jardín les enseñaron aún más.  Pero en el día que su primer hijo mató a su segundo, entendieron la gravedad del pecado en un sentido diferente, el sentido de padres privados de un hijo amado.  No quiero decir que Dios permite la muerte de hijos porque Él quiere dañarnos.  La culpa de la muerte es nuestra, es consecuencia de nuestro pecado, y no podemos evitar nuestra responsabilidad.  Dios no se complace en la muerte del pecador.  Pero Dios sí sabe que, para querer y buscar a un salvador, necesitamos entender la gravedad de nuestro pecado, y en la muerte de un hijo, encontramos una demostración muy fuerte.        

No podemos continuar mucho tiempo en esta situación.  Cuando la ley de Dios, el pecado y nuestra culpa nos atacan y nos presionan con tanta fuerza, necesitamos un rescate pronto.  Aunque la realidad de la ley y un entendimiento de la gravedad de nuestra situación son necesarios, no nos ayudan escapar de nuestro predicamento.  No nos salvan.  Necesitamos socorro, pronto.

Gracias a Dios, viene pronto el segundo propósito de la presencia de tantas historias de la muerte de hijos en la Biblia.  A través de estas tragedias, podemos ganar un entendimiento de la profundidad del amor de Dios.  Estos hijos muertos, mártires de la fe, son iconos de Cristo, el Hijo de Dios.  Nos dan un cuadro del evangelio, una representación poderosa del amor de Dios Padre, quien envió a su amado Hijo para salvarnos a nosotros pecadores, a través de su propia muerte.  El dolor que afrontamos en la muerte de un hijo es una pequeña parte del dolor experimentado dentro de Dios, cuando el Padre eterno, fuente de todo amor y justicia, dejó sufrir a su Hijo Jesucristo en nuestro lugar, sufriendo el castigo merecido por todo el pecado del mundo. 


¿Por qué?  ¿Por qué lo hizo Dios?  ¿Por qué Jesús voluntariamente se sometió a nuestra muerte?  Porque el amor de Dios es aún mayor que la gravedad de nuestro pecado.  Porque Dios quería, y todavía quiere tenerte consigo mismo, para bendecirte y amarte eternamente.  El deseo de Dios en darnos estas historias es también el deseo de que San Pablo nos habla hoy: que seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.  Todo esto encontramos en la muerte, y la resurrección, de Jesús, el Hijo de Dios. 

Entonces, el tercer propósito de las historias de la muerte de hijos es darnos confianza en esta vida, confianza que ahora ni aún la muerte tiene poder sobre nosotros.  Aunque todavía va a tocarnos, la muerte no puede separarnos de Dios, debido al amor de Dios que ha sido derramado sobre nosotros en el único Hijo del Padre, quien voluntariamente se sometió a la muerte en una cruz, para perdonar todos los hijos de los hombres, para tener misericordia de toda la humanidad. 

Con Cristo Jesús, tenemos confianza en la faz de cualquier problema, porque el Hijo del Padre no quedó muerto.   Por lo tanto, quienes son de Él tampoco van a quedar muertos, porque en nuestros bautismos, hemos sido unidos a su muerte, y su resurrección.  Mejor es nuestra bendición que las de los hijos de las viudas en nuestras lecturas de hoy, porque sus resurrecciones eran para continuar en este mundo pecaminoso.  Pero nuestra resurrección será para entrar en la vida eterna, la vida de gloria y paz.  Para los cristianos, la muerte que importa ya ha pasado, estamos ya vivos eternamente en Cristo.  Por eso, podemos vivir sin miedo, y con amor, sirviendo a nuestros prójimos con el amor que hemos recibido del Padre. 

Y cuando nos vienen problemas, cuando la muerte, el pecado, cuando las realidades difíciles de este mundo también nos afectan, sabemos dónde podemos ir.  Podemos recurrir a Cristo, para recibir en nuestros oídos su perdón, para lavar nuestras vestiduras blancas en la sangre del Cordero, para oír y creer otra vez que nuestro Padre nos ha amado perfectamente, y nos continúa amando, hoy, y en el mundo venidero, donde nos regocijaremos con todos los fieles santos, para siempre.


Damos gracias por la medicina moderna, y por la cirugía exitosa de nuestro hijo.  Alabamos a Dios por cada momento bueno con nuestros queridos. Pero nuestra esperanza no es vivir una vida larga aquí con nuestros queridos. Nuestra esperanza es el Hijo de Dios, quien murió, y resucitó, y con quien viviremos eternamente, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.  


Friday, December 25, 2015

Que Tú Recibas Mas Esta Navidad

El Nacimiento de Nuestro Señor – Día de Navidad, Servicio Matutino
Que Tú Recibas Mas Esta Navidad - San Lucas 2:1-20

     Que tú recibas más esta Navidad.  Esta frase me suena como un anuncio de una tienda, un eslogan, quizás de Corte Ingles, Fnac, o MediaMarkt.  Y de verdad, aunque el Nacimiento de Jesucristo es la fundación para la fiesta más grande en todo el mundo, para la mayoría, la fiesta no tiene mucho que ver con la verdadera historia de Jesús.  Realmente, el modo común de celebrar la Navidad tiene mucho que ver con el ocio, los placeres, y las compras, mucho de consumismo. 


     La comercialidad de la temporada causa otra tradición anual: las quejas sobre el hecho que, para demasiada gente, la Navidad es solamente una excusa para recibir regalos.  Pastores, sacerdotes, y probablemente rabinos también protestan porque debemos simplificar y hacer algo diferente con la temporada navideña.

     Muy bien.  Las quejas sobre el comercialismo y consumismo son válidas, en un sentido.  Es posible que muchos de tus deseos sean pecaminosos y egoístas. Yo no sé.  Pero realmente, “que tú recibas más esta Navidad” no es un eslogan de una tienda.  Esto es mi deseo para ti, en esta Navidad.  Bueno, mis deseos no importan tanto.  Pero tengo buenas noticias.  Dios quiere “que tú recibas más esta Navidad.” Esto es su voluntad, para ti. 

     Que tú recibas más esta Navidad.  Realmente, no es el caso de que tú esperas demasiado.  Es mucho más probable que estés esperando muy poco, que solamente quieras cosas pequeñas.  Debes desear y esperar regalos más grandes.  Porque necesitas regalos más grandes.  Mucho más grandes, y mejores. 

     Todo el mundo sabe cómo la mayoría de los regalos de la temporada no duran.  Las baterías se gastan, los juguetes se rompen, y después de poco tiempo, los nuevos videojuegos y móviles de Samsung cambiarán a ser viejos, fuera de moda.  No hay un fin de nuestros deseos para cosas materiales, porque no hay nada de este mundo que puede durar y no envejecer. Quieres cosas buenas que no envejezcan, pero no las encuentras.  Verdaderamente, necesitas las cosas que duran, las cosas que realmente mejoran la vida.   

     Que todos nosotros recibamos más esta Navidad.  Como un fin a la violencia y la guerra.  Hay mucho odio en nuestro mundo de hoy.  Cada domingo, tenemos otra atrocidad por lo que necesitamos orar: la guerra civil en Siria, los asesinatos de cristianos y otras minorías por el Daesh, los sufrimientos de los refugiados, o los atentados en París, Mali, y California.  Sin duda, sería un deseo mejor si pudieras pedir y recibir paz en el mundo como tu regalo.  Seguramente, debemos rogar al Dios y exigir a nuestros gobiernos que las fuerzas de mal sean parados, para que tengamos paz en el mundo, como cantaron los ángeles.    

     Pero, de la propia boca de Jesús, sabemos que no vamos a conseguir una paz perfecta en este mundo.  El nivel de paz puede ser mejor o peor, y ciertamente estamos listos para una situación mejor.  Pero la paz en este mundo pecaminoso nunca será perfecta, porque cada uno de nosotros destruimos la paz con nuestros propios hechos.  Todos nosotros tenemos una parte de la responsabilidad para el ciclo del mal en el mundo.  Porque, como nos recuerda San Pablo, nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros.  En otro tiempo fuimos así, y, a nuestra vergüenza, todavía hoy, tenemos que confesar que pecamos mucho cada día, si no en nuestras actos y palabras, al menos en nuestros pensamientos.  Queremos ver paz entre los hombres.  Pero necesitamos algo mejor esta Navidad.  Necesitamos recibir la paz entre los hombres y Dios.  Necesitamos recibir a Dios mismo.  
  
     Que tú recibas más esta Navidad.  ¿Pero, deseas a Dios mismo, de verdad?  Nuestro impulso, aun como cristianos, es huir de Dios, es evitar a Dios.  Cada vez que Dios le aparece a una persona, o aun solamente uno de sus ángeles, la reacción es siempre la misma: temor. Temor, y a veces terror.  Recuerda Moisés y la zarza ardiente, cayendo en su rostro lleno de miedo, al oír la voz del Señor.  O a Isaías, llevado al corte celestial del Señor, gritando: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos… porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.”  La primera palabra del ángel a los pastores fuera de Belén tenía que ser: “No temáis,” porque los pastores tuvieron gran temor.  Es temeroso encontrar a los seres celestiales, y aún más a Dios mismo.  Dios es santo, y todopoderoso, completamente opuesto al mal, contra el pecado, un fuego consumidor.  Sabemos solo un poco de cómo es Dios, y sin embargo, cuando tenemos el coraje para considerar nuestra vida honestamente, la idea de encontrar a Dios nos da miedo. 

     Por miedo de nuestros pecados, y por nuestra vergüenza de ser pecadores, muchas veces no queremos las cosas mejores, no queremos recibir a Dios mismo.  Es más fácil distraerse con divertimiento, con juguetes para nuestros niños y comidas buenas para nuestras familias.  Hemos vivido en esta manera desde siempre.  Pero, sin embargo, Dios quiere que tú recibas más esta Navidad, que tengas el único regalo que puede darte paz, salud y alegría, para siempre.  Por eso, Dios vino.

     Dios vino, para que tú puedas recibir los mejores regalos.  Él vino con un propósito, el propósito de salvarte.  Dios vino, en la forma de un niño, para redimir cada etapa de tu vida.  Como San Pablo dice en Gálatas, capítulo 4, “Cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,  a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.” (Gálatas 4)  Esto es la Navidad.  Y es buenas noticias para ti, porque, como oímos en la epístola de hoy, “cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros  abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador,  para que justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna.”   


     Que tú recibas más esta Navidad.  No hay necesariamente un problema con las compras y los deseos de recibir juguetes o ropa o coches o cualquier otro bien de este mundo.  Todos los bienes verdaderos vienen de Dios.  El dar regalos puede ser una celebración buena del nacimiento de Cristo, y para que podamos dar regalos, alguien necesita recibirlos.  Seguramente, necesitamos cuidado en esto, para que no hagamos un Dios del consumismo, un ídolo de las cosas materiales.  Porque hay solo un Dios verdadero, Él que ha venido a nosotros, durmiendo en un pesebre, esperando el Día en el que haría el Sacrificio que te salva.  Las compras y los los regalos no hacen la Navidad.  La Navidad es Dios dándote el regalo mejor, que es sí mismo, como tu Salvador. 

     Es maravilloso, de verdad.  Para tenerte como su propio hijo, Dios Padre nos dio su único Hijo, el Hijo de la eternidad, quién hace 2000 años nació de la Virgen María.  Cristo Jesús vino, para llevar toda la violencia, todo el odio, todo el egoísmo y todo el mal en el mundo.  Jesús, que recordamos hoy como un niño, creció al ser el Hombre de Sufrimiento, para que tú no necesitas sufrir el castigo justo contra tus pecados.  Esta historia, sin los detalles claves, puede parecer como una historia muy fea.  Sin embargo, es la mejor historia de amor, y de paz.  Porque, aunque parecía tan pequeño y débil, de verdad, este Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la Cruz, ha sido el todopoderoso Dios, el Dios de toda la riqueza, el Dios de toda la gloria.  Pero aún más que el poder o la riqueza o la gloria, este Niño en el pesebre es el Amor de Dios.  Él quiere darte el regalo mejor de todos, el regalo de sí mismo, como tu Salvador, tu Amigo y Buen Pastor, hoy, y hasta siempre. 
  
     Para que tú recibas más esta Navidad, hoy Jesús envía su Espíritu Santo, para revelar estas buenas nuevas, para que tú confíes en ellas, y puedas descansar en las promesas.  Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo constantemente, porque la salvación es por fe, y no es muy fácil creer el evangelio, especialmente en este mundo violento y lleno de pena.  No podemos ver las pruebas, y por eso no es fácil creer que vayas a recibir todos los regalos prometidos, como vida y paz eterna, como una existencia completamente libre de mal.  Es aún más difícil creer que tus propios pecados son perdonados.  Por tus dudas y por las mentiras del mundo y de satanás, quizás tu corazón está muchas veces lleno de duda.

     Por eso, Jesús te dice hoy: todos tus pecados son perdonados por mí Padre, porque todos tus pecados están perdonados, en mí, en mí propio cuerpo.  Todo esto es verdad, es mi evangelio para ti. 

     Las promesas de Cristo son verdaderas.  Y para que tú puedes creer y empezar regocijándote, aunque todavía vives en este mundo, Jesús ha dado a su iglesia las siguientes tareas: “Proclamar todos los días que yo he cambiado la madera de mi pesebre para la madera de mi cruz.” “Proclamar sin cesar que he quitado los pecados del todo el mundo, y que vengo todavía, en mi Palabra, en mi Bautismo, y en mi Cena, para quitar todos tus pecados, y darte mi justicia, santidad, y paz.”  “Aquí,” promete Jesús, “tú recibes los mejores regalos, directamente de Dios.”   


     Cuando la iglesia proclama este mensaje buenísimo, Jesús ha prometido que estará allí, con su iglesia, para entregar los regalos.  Y además, en los rebaños de Cristo, en la congregación, sea grande o pequeñita, también Jesús te regala una familia, hermanos verdaderos, unidos contigo, por la misma fe en el Evangelio de perdón y paz. Estas son las promesas del Niño de Navidad, su mejor regalo, para ti, hoy, y todos los días, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.