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Tuesday, July 23, 2019

Es Todo Acerca del Perdón - Cuarto Domingo después de Trinidad


Cuarto Domingo después de Trinidad
14 de julio, A+D 2019                                  
Es Todo Acerca del Perdón

     Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.  Desde el primer momento mojado hasta nuestra última respiración, la fe y la vida cristiana son, en su esencia, acerca del perdón.

     Hoy es un día especial, en lo que celebramos una confirmación y dos bautizos.  Por ende, es natural que reflexionemos sobre los fundamentos de ser un cristiano, de lo que consideramos lo básico del reino de Dios.  Y por la providencia del Espíritu Santo, obrando a través de las lecturas asignadas para hoy, el Consolador nos está ayudando comprender que el centro de la fe y la vida cristiana es el misericordioso perdón que nos otorga el Señor.  Es todo acerca del perdón. 

     De Génesis capítulo 50 oímos como José nunca pensaría en negar el perdón y reconciliación que Dios ya había realizado entre él y sus hermanos.  Le habían hecho muy mal a José, vendiéndolo a la esclavitud y fingiendo su muerte a su padre, pero lo que sus hermanos querían como mal contra José, Dios lo había encaminado a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.  El perdón superó el odio, para salvar vidas, lo cual es la voluntad de Dios.

     San Pablo nos llama a la misericordia, aun y especialmente con nuestros enemigos y perseguidores.  De hecho, esto es como Dios trató con nosotros, cuando aún éramos sus enemigos. 
Como dice Jesucristo mismo, “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.”

     La vida no te enseña que es todo acerca del perdón.  Aprendemos muy pronto no tanto de perdonar, sino de defendernos.  O tal vez, si eres capaz, aprendes como impedir que los otros te dañen a través de aparecer duro o peligroso.  Pero, este camino de lucha nos dirige a fines males, porque, no importa tan fuerte y duro que seas, eventualmente vaya a venir alguien más poderoso.

     Pero imagínate, el Todopoderoso, el Creador y el Rey del universo, no quiere la venganza (aunque la venganza es suya, como él declara).  No, el todopoderoso Señor se deleita en misericordia, en el perdón, en la bondad.  Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.    

     ¡Qué maravilla!  Pero, puesto que Dios quiere que el perdón sea el centro de su Iglesia, ¿por qué somos tan capaces de pensar que otra cosa debería ser el centro de la fe y la vida cristiana?  De hecho, hay innumerables historias de nuestros esfuerzos de dar prioridad a otra faceta de la Doctrina de Cristo.     

     Muchas veces queremos enfocar en la autoridad.  Discutimos sobre quien tiene el poder en la Iglesia.  Puesto que el Señor es el Todopoderoso, no debería haber mucha duda.  Sin embargo, nuestra tendencia de enfocar toda nuestra energía en agarrar y mantener el poder en la Iglesia es constante. 
     Sabemos muy bien lo que Cristo Jesús específicamente dijo a sus doce discípulos, cuando discutían sobre quién de ellos tendrían más autoridad en el reino de Dios: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos.26 No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, 27 y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; 28 así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.   Es todo acerca del perdón, no del poder o autoridad humana, porque toda autoridad pertenece a Dios, y Él usa su autoridad para salvarnos. 

     Otra cosa que nos gusta poner en el centro de la fe y la vida cristiana son las buenas obras.  Y es cierto que las buenas obras son sumamente importantes.  Hemos sido creados para amar, es decir, para hacer buenas obras para otros.  Pero, verdaderas buenas obras solamente puedan seguir después de la fe salvadora, la cual confía sólo en el perdón de los pecados.  Como dice Jesús en San Juan 15, hablando de la fe creado por la Palabra y también de las buenas obras:  Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.  Jesús quiere ver mucho fruto en sus discípulos, por lo tanto, el perdón tiene que ser en el centro, porque es la Palabra de perdón que nos une a Cristo, para que Él produzca buenas obras en nosotros. 
    Es todo acerca del perdón.  Intentamos elevar otros bienes, como la sabiduría humana, o las bellas artes, o la fraternidad humana.  Cada uno es un don de Dios, lo cual puede servir muy bien en la adoración del Señor y el cumplimiento de los mandamientos de amar y servir a Dios, y a tu prójimo como a ti mismo. 

     Pero nuestra sabiduría nunca hubiera pensado en sacar nueva vida de la muerte del Hijo de Dios.  Nuestro concepto de belleza no encaja con la belleza del amor derramado por el Santo de Dios, moribundo en una cruz.  Nuestra fraternidad puede ser bella, nuestra inteligencia impresionante, pero ninguna de las dos resolverá nuestra enemistad con Dios ni tampoco pueden cancelar nuestra cita con la muerte.  Pero Jesús en su amor sacrificial nos ha convertido en hermanos suyos.  Cristo nos ha vuelto a la fraternidad divina.  En su sabiduría misteriosa nos ha hecho hijos e hijas de Dios, hermosos en los ojos del Padre. 

     Es todo acerca del perdón, pero el mundo no quiere oírlo.  De hecho, considerando todas las maneras por las cuales los cristianos intentan distorsionar la fe y quitar el perdón de su lugar central, parece muchas veces que los cristianos tampoco quieren oír tanto del perdón.

     Esto viene de la voluntad terca de nuestra carne orgullosa.  El mensaje de perdón, junto con el amor que lo acompaña, también nos puede parecer como ascuas de fuego sobre la cabeza, igual como parece a los enemigos de la Iglesia.  La verdad temerosa es que, por nuestra naturaleza, no queremos perdón.  Mejor dicho, no queremos admitir que necesitemos perdón, precisamente porque es el perdón de los pecados.

     No queremos admitir que somos pecadores desesperados, sin la capacidad de merecer el amor de Dios.  Hay un obstáculo de humildad al inicio de la vida cristiana, un obstáculo que suele reaparecer diariamente.   Preferiríamos ser no solamente beneficiarios de la salvación, sino más bien queremos ser socios en la obra de salvación, contribuidores, tal vez con nuestro nombre en el listado de autores acreditados en la cubierta del Libro de Vida.  Pero hay solo un Autor de la Fe, solo Uno que puede recibir el crédito, Jesucristo, el crucificado y resucitado, la fuente de perdón. 

     Por eso, siempre me quedo un poco inquieto con las confirmaciones.  No me malinterpretéis.  Estoy muy feliz de oír la buena confesión de Irene, y será un gozo y un privilegio otorgarle la Santa Cena por la primera vez en algunos minutos.  Pero, una confirmación de la fe nos podría parecer más como un logro, y lo es en un sentido.  Requiere estudio, compromiso, y perseverancia.  Y seguramente es bueno hacerlo, porque Cristo mismo nos llama a confesarle públicamente.  Pero siempre acordémonos del hecho que, al centro de la fe confesada en la confirmación es esta realidad:  es todo acerca del perdón de los pecados.  De hecho, la meta y la gran alegría de la confirmación es compartir juntos en la Santa Cena, otra forma del reparto por parte de Cristo de su perdón, el Evangelio que comemos y bebemos. 

     Hay que cuidar que la confirmación no nos conduzca a pensar en nosotros mismos, en nuestra contribución.  Por eso, por lo bonita que sea la confirmación, mejor es el bautismo de niños. 
     No es que los niños no necesitan crecer en la fe, aprender su contenido, y confesarla para acceder a la Santa Cena.  Queremos ver que el bautismo conduzca a la confirmación, a la Santa Cena, a la recepción del Evangelio en todas sus formas.  Pero en el bautismo de un niño, como hemos visto hoy, la realidad que es todo un don de Dios es bien clara.  Nada viene del parte del niño. 

     Leo y Adrián han sido públicamente adoptados por Dios, declarados santos, unidos por la promesa del Espíritu Santo al cuerpo de Cristo, lo cual es la Iglesia.  Es 100% una obra de gracia y amor, y el perdón de los pecados está en el centro de todo.  En el Bautismo, como en todas formas del Evangelio, Dios nos da a sí mismo, y Él no usa medidas parciales.  No, el Señor siempre nos da una medida buena, apretada, remecida y rebosando, incluido cuando nos da a sí mismo, a través del agua unida a la Palabra.    

     Como en la fe, así también en la vida cristiana.  El perdón es el rasgo central.  Como dice Jesús, el discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.  Y nuestro Maestro Jesús enfocó cada día de su ministerio en una sola cosa: lograr para nosotros el perdón de los pecados. 

     La madera de su pesebre fue convertida en la madera de su cruz.  Todo su enseñanza y ejemplo y servicio a los otros apuntaban al Monte Calvario, donde, aun en los momentos más arduos, Jesús todavía pensaba en el perdón, rezando por sus torturadores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” 
     Ahora, en la nueva realidad redimida que Dios reveló en la Resurrección, estamos libres para vivir de perdón, libres para acudir a Dios diariamente, para limpiarnos de toda maldad, y también para recibir amor y perdón para compartir con otros. 

     Esto es la fe y la vida cristiana, el camino de los bautizados, 
                               en el Nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo, Amén. 


Monday, April 29, 2019

El Señor y Dios, quitando dudas, de sus pastores y de todo su rebaño


Segundo Domingo de la Pascua
Misericordia Domini
28 de abril, A+D 2019     
San Juan 20:19-31          

     No deberíamos ser excesivamente decepcionados con Tomás, porque exigía ver y tocar a Jesús por sí mismo, antes de creer.  Es evidente que Jesús hubiera preferido que el Apóstol Tomás creyera la buena noticia desde la boca de sus compañeros, como el Señor dijo:  bienaventurados los que no vieron, y creyeron.  Pero no es verdad que Tomás fue más duro de corazón que los otros.  Todos los Once, aun en este momento de su ordenación al Santo Ministerio de la Iglesia de Cristo, todavía tenían mucho miedo de los judios, y tal vez también de Jesús mismo, y por ende estaban escondidos, estando las puertas cerradas, aunque habían oido ya la noticia de la Resurrección.  No son las acciones y la actitud de creyentes.

     Siempre es así con los ministros de Cristo.  Los hombres puestos en el oficio de ser un pastor bajo el Buen Pastor suelan necesitar más para creer, y seguir creyentes: más evidencia, más tiempo, más atención divina. 

     Es bastante obvia, humanamente hablando, por qué los Apóstoles, los futuros pilares de la Iglesia, necesitaban pruebas tan fuertes como una visita personal de Cristo Jesús, ya resucitado, para creer en el Evangelio. Fue por lo que habían visto, en el arresto, tortura y muerte de su gran amigo y maestro.  Él que, en la presencia de los Doce, había creado miles de panes de unas pequeñas barras, y enseñaba con autoridad y claridad sobre el amor infinito de Dios, Él que andaba sobre el agua y sanó y resucitó a tantas personas, fue, en sólo unas horas, reducido a un hombre callado, indefenso, lastimoso… y finalmente muerto.  El dolor, confusión y vergüenza de los Apóstoles eran inmensos, y les dejaron sin esperanza ni fe. Necesitarían ver con sus propios ojos al Cristo resucitado, para creer. 

     También, fue importante para su trabajo futuro.  Junto con la inspiración del Espíritu Santo, los escritos de los Apóstoles brindan autenticidad a sus lectores porque los autores vivían en directo toda la historia de salvación, desde el bautismo de Juan, hasta la tumba vacía y la Ascensión.  Y lo mismo continuó en sus propios ministerios, en que sufrieron muchas persecuciones y privaciones, todo aguantado por la verdad que supieron con sus propios ojos, la verdad que abrazaron personalmente, en el hombre Jesús, una vez muerto, pero ahora y para siempre resucitado y presente con ellos.  Todo esto realizado en el poder del Espíritu, para revelar y otorgar el amor y la gracia infinita de Dios a los hombres pecadores. 

     Desde entonces, los ministros de la Iglesia Cristiana siempre han necesitado más para continuar, en la fe, y en su vocación.  Porque ni los Apóstoles ni sus sucesores son hombres excepcionales, sino que son pecadores perdonados, como todos los cristianos, luego elegidos para servir por nuestro Dios excepcional, nuestro Salvador maravilloso.  El Sagrado Ministerio, igual como la Iglesia, es excelente no por nosotros, sino por Cristo. Él es siempre nuestro todo en todos.   

     Por la voluntad y la obra del Espíritu de Dios, los ministros después de los Apóstoles no necesitaban ver a Cristo en persona para continuar: bienaventurados los que no vieron, y creyeron, un grupo que incluyen a vosotros, y a los pastores también.  Pero, como pastor, hay que encarar a mucho: ser la primera línea de defensa y el blanco favorito del diablo y del mundo; estar siempre de guardia del rebaño de Jesús, siempre dispuesto de reunirse y acompañar a los fieles en sus momentos oscuros, como las enfermedades, las luchas dentro de la familia, las crisis de fe, y la muerte. También, por la voluntad de Dios, los ministros tienen cargo de los misterios divinos y su reparto público.  No me malinterpretes, son tareas lindas y buenas, un privilegio.  Pero también son exigentes y duras.  Por eso, los ministros de Cristo necesitan más. 

     Gracias a Dios, lo que necesita sus ovejas, el Buen Pastor las otorga, incluidos a las ovejas llamadas a ser pastores.  Por la naturaleza del ministerio, la Iglesia desde su inicio se ha asegurado que sus pastores tengan los recursos y el tiempo necesario para dedicar al estudio de la Palabra, la única fuente de poder y consuelo para creyentes. 

     Esta importante realidad tiene dos resultados imprescindibles.  Primero, que la predicación y la administración del Evangelio de Cristo sean adecuadas: 
   que los sermones sean fieles y útiles para crear y fortalecer la fe de los oyentes…
   que el Bautismo y la Santa Cena se celebren según la forma que Cristo nos dio…
   que la congregación experimente gozo y confort en la oración, y mientras cantamos himnos, salmos y canciones espirituales. 
     De todo esto se preocupa el Dios Trino y su Iglesia, porque inicialmente es a través del ministerio público que el Evangelio sale al mundo que Cristo vino para salvar. 

     También, por el oír de la Palabra en la congregación, los fieles reciben y llevan adentro de sus corazones una palabra de esperanza, un eco del domingo para compartir con amigos, familiares y vecinos en la vida cotidiana:
   La sencilla y buena noticia que Cristo, el Hijo De Dios, ha vivido, ha muerto y ha resucitado para ganar el pleno perdón de los pecados para toda la humanidad. 
     Esto es el Evangelio en lo que se encuentra vida eterna, y es principalmente por este eco de la Palabra en las vidas de los cristianos que el Espíritu atrae más gente a la congregación, para recibir todos los dones en comunidad en el culto público. 
   Y así el círculo continúa…

   Segundo, por el hecho de que el servicio como ministro de Cristo está lleno de desafíos, tentaciones, y sufrimientos particulares, es imprescindible que los ministros reciban suficiente tiempo para profundizarse en la Palabra de Cristo, por su propia fe y resistencia. 

     Por ende, para el crecimiento de la Iglesia y la fe de los mismos ministros, intentamos proveer tiempo y recursos a los ministros para estudiar la Palabra.  Por lo tanto, alegrémonos de tener la oportunidad de enviar       
al seminario nuestro hermano Mario de Cádiz, quien quiere servir en el ministerio de nuestra iglesia.  Él está en Santiago, la República Dominicana, para estudiar en el seminario y practicar bajo un pastor de una congregación allá.  Igualmente, es una bendición poder ofrecer conferencias de estudio teológico para nuestros pastores y seminaristas aquí, Juan Carlos, Adam, Felipe y Antonio.  Demos gracias a Dios por las ofrendas, de fieles luteranos en los EEUU, y también de fieles luteranos aquí, las ofrendas de vosotros, las cuales nos hacen posible ofrecer tales oportunidades a los hombres el Señor está preparando y fortaleciendo para servir, a nosotros. 

    No es fácil ser un cristiano fiel hoy en día.  Nunca ha sido fácil, como nos muestra Tomás.  Ser un militante en el partido de Cristo te expone al desprecio y burla del mundo, porque al centro de nuestra fe es, a la primera vista, una derrota total, la muerte escandalosa de un hombre que supuestamente es Dios hecho carne.  Además, la verdad más difícil del evento de la Cruz es lo que dice sobre nosotros, que Uno tuvo que cargar con toda nuestra deuda de pecado, porque nuestra naturaleza causa que nuestros sacrificios nunca sean puros.  La Cruz nos exige la confesión:  todos somos igualmente culpables, incluso yo.  El mundo, y nuestra naturaleza, como la de Tomás, no quieren aceptar esta realidad. 

     Todos necesitamos la Palabra del Resucitado, incluso la que afirma nuestra naturaleza caída, sí. 
Pero, en este mismo momento, Cristo quita nuestra culpa que causa la muerte, y la cambia por una vida nueva, su propia vida eterna. 
   Y esta vida nueva de Cristo nos libera para regocijarnos en Dios,

   …y amar libremente, como Él nos amó,

   …y vivir humildemente, pero con confianza,

porque ni aun la muerte ni el diablo tienen poder sobre los fieles de Jesucristo. 

   ¡Paz a vosotros! 

   ¡Cristo ha resucitado, y en Él, todos vuestros pecados son remitidos!

   ¡No seas incrédulo, sino creyente! 

     Y con Tomás confesamos:
¡Señor mío, y Dios mío,
hoy, y por los siglos de los siglos, Amén. 

Monday, April 22, 2019

¡Como encarar la muerte y la resurrección, y verdaderamente vivir!


Fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor
21 de abril, A+D 2019        Cartagena, España

¡Cristo ha resucitado!  (¡Sí, ha resucitado de verdad, aleluya!). 

     Cristo ha resucitado, pero la primera reacción de sus seguidores es inesperada. 

     Es muy interesante como el Evangelista San Marcos relata la reacción inicial de las mujeres cuando descubrieron la tumba vacía en aquel domingo famoso.  “Ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.” 

     Dios había terminado su gran obra salvadora.  El joven mensajero espiritual cumplió sus deberes, compartiendo la buena noticia con estas mujeres fieles, fieles al menos a la memoria de su gran amigo y maestro Jesús de Nazaret, comprometidas a darle un entierro adecuado.  El joven mensajero las dio su noticia: “No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.” 

     ¡Muy bien!  ¿Y la reacción de los primeros seres humanos que supieron de la Resurrección del Cristo?   Miedo y silencio.  Muy curioso, ¿no?

     El hecho de que estamos congregados aquí, celebrando de nuevo la Pascua de la Resurrección de Jesucristo, es una prueba de que las mujeres no seguían calladas durante mucho tiempo.  Igualmente, la reacción emotiva mundial al incendio en Notre Dame en París nos recuerda que la Iglesia fundada en la Resurrección de Jesús, aunque ha sufrido mucha turbulencia y división durante los siglos, ha extendido globalmente desde el silencio del primer amanecer de la nueva edad.  La Iglesia sigue teniendo una presencia importante en todas partes.  La historia de la Iglesia Cristiana es fantástica, una prueba del poder del Evangelio y el compromiso de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a su Pueblo, la que es la congregación de todos los fieles de todo tiempo y todos lugares.  Aun con todos sus desafíos y problemas, la Iglesia de Cristo permanece, porque su vida viene de Dios mismo.  Podemos confiar en esto.     

     Al mismo tiempo, es muy servicial considerar la reacción de las mujeres, porque la cristiandad no es solamente una institución, el Pueblo de Dios, la colectiva que se llama la Iglesia.  Es también una colección de individuos, cada cual que tiene que encarar personalmente la muerte y la resurrección.  No somos tan distintos, finalmente, de las mujeres corriendo en miedo del sepulcro.   Ellas no estaban preparadas para la muerte de Jesús, y menos preparadas para su resurrección, no importa que Jesús estaba continuamente prediciendo ambos acontecimientos.

     ¿Por qué tenían miedo?  En nuestros momentos mejores, un encuentro con algo bueno y sorprendente nos puede dar curiosidad y alegría.  Mi hija recientemente tenía la oportunidad de bucear con esnórquel en la costa de Belice, y se maravillaba de los colores y todos los peces y el coral.  Buena sorpresa.  El domingo pasado Shelee y yo volvimos a casa después de tres meses fuera, y estamos todavía descubriendo todas las mejoras y los pequeños arreglos que hicieron en la casa nuestros amigos Argenis y Luisa, mientras cuidaban a nuestro hogar en nuestra ausencia.  Muchas buenas sorpresas.

     Pero, después de haber visto la muerte cruel de Jesús, la sorpresa de la tumba vacía y el anuncio del ángel les dio espanto a las mujeres, quienes vinieron para poner especias en el cadáver de su amigo.  Seguro que una parte de la razón era el hecho de que la resurrección de uno matado por crucifixión era algo inédito, algo, a nuestro entendimiento, imposible.

     Queremos ser maestros de nuestras vidas, pero al final sabemos que la muerte es inevitable e insuperable.  O así pensábamos, hasta que las noticias de Jesús empezaban de llegar a nuestros oídos.  Una chica de 12 años, un hijo único de la viuda de Naín, y, solo unos días antes de su propia muerte, Lázaro, hermano de Marta y María: todos resucitados, por el Nazareno.  ¿Y ahora, Jesús mismo?  ¿Él que no fue simplemente matado, pero fue azotado, torturado y ejecutado en una cruz romana?  ¿Cómo puede ser? 

     Además, ¿qué significa?  ¿Qué deberíamos esperar de este Jesús, si Él de verdad haya resucitado?  Nosotros seres humanos habíamos rechazado, o al menos abandonado, al Nazareno.  Como cantamos el Viernes Santo: “Muchos son los que le hieren, nadie a su socorro va.”  ¿No es que Él nos vendrá con venganza, por nuestra parte en su padecimiento y muerte? 

     Y todos tenemos una parte de la culpa, porque el Cristo no fue a la Cruz por su propio pecado, sino por el nuestro, el Santo e Inocente, soportando la Cruz, cargado de todos nuestros pecados.  Así es lógico que la noticia de su resurrección nos de miedo, ¿no?  Por lo que merecemos de Dios por todos nuestros pecados de palabra, obra y pensamiento, cada uno de nosotros hubiera huido calladamente, igual como las mujeres. 

     Como las mujeres, seguimos mal preparados para la muerte, y para la resurrección.   Tal vez peor que las mujeres.  La vida fue mucho más difícil para ellas.  La muerte en el primer siglo fue un vecino constante, una amenaza experimentada diariamente en cada pueblo.  Ha continuado igual para la gran mayoría de los seres humanos desde el principio, y todavía hoy en día es la realidad de muchas personas en varias partes del mundo, que viven en situaciones precarias, con la posibilidad y la realidad de la muerte por todos lados. 

     Pero nosotros vivimos una vida mejor, ¿no?  Aquí en España, vivimos vidas tan largas y cómodas, casi podemos olvidarnos de la muerte, o podemos esconderla en casas de ancianos y hospitales, y evitar encarar esta realidad, por un rato al menos.  No obstante, aunque evitar la muerte parece mejorar la vida por un tiempo, esta evasión nos deja indefensos cuando lo inevitable venga.  Y va a venir. 

     Por eso, el símbolo principal de la Iglesia Cristiana es una Cruz, la herramienta peor de la historia de la ejecución estatal.  El evento central del Cristianismo es una muerte, lo que debería recordarnos que la muerte, incluidos nuestra muerte y la muerte de nuestros seres queridos, es una realidad venidera.  Y la muerte es un enemigo, el último gran enemigo. 

     Hoy, irónicamente, cuando vivimos largos años y con bendiciones materiales que hubiera sido inimaginables solamente hace unas décadas, una parte importante de la población tiene un fetiche, una fascinación, con la muerte.  Desde la campaña triste para entronar el aborto de niños indefensos como lo mayor derecho de la mujer, hasta el movimiento pro-eutanasia, hasta la fascinación de la cultura para ser entretenido con el horror, los zombis, y los rituales satánicos, nunca ha existido una cultura de muerte igual.  Es como si ya no entendamos como vivir.      

     Esto es precisamente el problema, para las mujeres calladas, huyendo de la tumba de Jesús, y para nosotros en el siglo 21.  Por nuestra falta de entendimiento del poder y amor de Dios, o por nuestro miedo de nuestra propia culpa, o por nuestra ignorancia y deseo de no pensar en la muerte, continuamos existiendo sin saber cómo verdaderamente vivir. 

     Mil millones de gracias a Dios, entonces, que la buena nueva de la Cruz y Resurrección de Jesucristo no duró mucho como un secreto.  Porque solamente en esta muerte y en esta vida nueva podamos conseguir la vida verdadera.   Muy pronto después de la huida callada de las mujeres, Jesús empezó a aparecer a sus discípulos, a María Magdalena, y a Pedro, a los Once a la misma vez, y luego apareció a quinientos discípulos.  Y los primeros Cristianos descubrieron la muy buena noticia que el amor de Dios es tan grande que el Crucificado no vino con ira y venganza, más bien vino en Paz.  Vino anunciando Paz, la Paz que sobrepuja entendimiento, la Paz entre el Santo, Santo, Santo Dios y los rebeldes pecadores de la raza humana.  Hombres moribundos como somos no podemos hacer nada para prevenir nuestro fin justo, lo que es no solamente la muerte, pero la muerte eterna, algo que es mucho peor.  Pero a través de su Iglesia, el Espíritu Santo sigue anunciando la sorpresa eternal:  En Cristo, toda nuestra deuda y culpa está borrada, tragada y destruida por Jesús en su muerte.

     Esto fue el mensaje de Jesús en las cuarenta días después de la Pascua de Resurrección, y con estas reuniones con sus Apóstoles y con todos los fieles, Jesús preparó el núcleo de su Iglesia, un Pueblo que finalmente entendía la muerte, y la vida, y la promesa maravillosa de que esta nueva vida es un regalo, un don gratuito, otorgado a cualquier pecador que esté convertido por este mensaje, el mensaje del pleno perdón de pecados revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesús Nazareno, el Hijo de Dios, y Salvador del mundo. 

     Este es el mensaje que la Iglesia lleva al mundo, y es el mensaje que nos ha congregado aquí, hoy.  A través del Bautismo, la Iglesia une pecadores a la muerte expiatoria y la vida nueva triunfal, de Jesucristo.  En la Santa Cena, el Señor alimenta a su Pueblo con su propio cuerpo y sangre, para renovarnos, perdonándonos una y otra vez. 

     También en la Santa Comunión Cristo nos fortalece para vivir cada día, con él, y aun intentando vivir como Él.  Por la Palabra y el Sacramento, Jesús nos prepara para amar y servir libremente a nuestros prójimos, y para evitar el pecado. 

     También por la Palabra sabemos lo que hacer cuando fallamos:  Confesamos nuestros pecados deprisa, para recibir de nuevo la buena noticia de Dios, a través de sus mensajeros: ¡Cristo ha resucitado! (¡Sí, ha resucitado de verdad, aleluya!)  Por lo tanto, tus pecados son perdonados en Él, has pasado desde la muerte a la vida.  Ya tienes paz con Dios y eres miembro de su Reino Celestial, desde hoy hasta siempre, en Cristo Jesús, Amén.

Monday, November 26, 2018

La Buena Noticia de la Comida Seca de la Serpiente


Último Domingo del Año Eclesiástico
ANTIGUO TESTAMENTO              Isaías 65:17-25 (RV60)     
EPÍSTOLA                           1 Tesalonicenses 5:1-11 (RV60)
EVANGELIO                          San Mateo 25:1-13 (RVR60)

El lobo y el cordero serán apacentados juntos,
     y el león comerá paja como el buey;
     y el polvo será el alimento de la serpiente.

     Hay una cierta falta de simetría en estas últimas líneas de nuestra lectura de Isaías.  Primero, tenemos dos parejas de enemigos naturales, el lobo y el cordero, y el león y el buey, convertidos en amigos, compartiendo su alimentación.  Pero en la tercera, la serpiente, sola, sin compañero, recibe una comida no muy agradable.  Es interesante que, casi al final de esta lectura que es, desde su inicio, totalmente alegre y llena de promesa, viene esta nota disonante.  ¿Por qué?

     Podría ser una respuesta simple, la realidad de que vivimos en un mundo caído.  Aún después de nuestra conversión a ser creyentes bautizados, es imprescindible que, siendo todavía pecadores, sigamos oyendo las advertencias y amenazas de la Ley de Dios.  Por eso, la Palabra de Dios es dividido entre ley, y evangelio.  Por un lado, los requisitos y prohibiciones de Dios para nosotros, y por el otro, las promesas, las cosas que el Señor hace, para salvarnos.  Necesitamos oír la ley, no porque ahora podamos cumplirla y conseguir o mantener nuestro estatus como cristianos.  No, no, no.  Más bien seguimos escuchando la ley de Dios para que nos demos cuenta de nuestra continua necesidad de la gracia de Dios en Cristo. 

    Por lo tanto, oímos, juntos con los Tesalonicenses, la ley desde nuestra Epístola:  Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, … animaos unos a otros, y edificaos unos a otros.  También desde el Evangelio de San Mateo, con la parábola de los vírgenes esperando la llegada del Novio, quien es Cristo, conocemos que es necesario velar por su venida sin parar; velar, y mantener nuestras lámparas llenas con la fe viviente.  

   Pero esta última idea de Isaías 65, de la serpiente que solo va a comer polvo, es más notable por la gran alegría del resto del pasaje.   

     Escuchad de nuevo:  Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento… Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; … me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro, ni voz de clamor. …  No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos. Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído.”

     ¡Qué excelente, qué bonito!  Los únicos recordatorios de imperfecciones vienen dentro de promesas de que nunca más sufrirán los fieles de Dios de estos problemas. 

     Luego oímos: “El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey.”  Muy bien, la violencia de la naturaleza convertida en paz.  Pero, finalmente, “y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová.”

    ¿Por qué, en la penúltima frase, el Señor añadió esta maldición a la serpiente, cuando todo lo demás es de paz y la ausencia de mal?  Empieza por decir que nada del viejo mundo será parte del nuevo, ni aun la memoria. Pero, seguramente esto de la serpiente parece algo de la creación anterior. ¿Por qué está mencionada?  ¿Es solamente que el Señor quería dar una patada al antiguo enemigo malvado?  ¿O podría indicar algo más, algo que concuerda mejor con el tema de alegría en todo el resto de la profecía?

     Pues, tal vez ya habéis hecho una conexión a otro versículo, uno que seguramente es de referencia, la maldición que anunció el Señor a la serpiente, en el jardín, justo después de su tentación exitosa del primer hombre y mujer.  Después de hallarlos, escondiendo de Él por miedo, porque entendieron que habían hecho muy mal, el Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué es esto que has hecho? Y la mujer respondió: La serpiente me engañó, y yo comí. Y el Señor Dios dijo a la serpiente:
Por cuanto has hecho esto,
maldita serás más que todos los animales,
y más que todas las bestias del campo;
sobre tu vientre andarás,
y polvo comerás todos los días de tu vida.
   
    Es indudablemente correcto ver una conexión fuerte con Génesis 3 y nuestra lectura de Isaías 65.  ¿Pero, es solamente que el Señor, en medio de su profecía de los nuevos cielos y la nueva tierra, quisiera dar un recordatorio de que la serpiente, que era Satanás, sería castigada, y nada más?  Posiblemente, pero ¿porque insertar esto aquí, en este anuncio alegre del paraíso nuevo, donde la serpiente, el diablo, no vaya a estar presente?     

    A ver.  La maldición de la serpiente a comer polvo es un versículo famoso, pero no es la primera vez que la palabra “polvo” ocurre en Génesis.  Antes, en capítulo 2, ya hemos oído del polvo.  Porque, el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente.  El polvo de la tierra es la masa de que Adán fue construido.  Además, polvo ocurre de nuevo en Génesis 3, en la maldición de Adán por su pecado.  El Señor le dijo: Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. 

    El polvo de la tierra, originalmente la masa elegida por Dios para crear la vida humana, ahora, después de la introducción destructiva del pecado en la buena creación de Dios, es cambiado a ser la comida de la serpiente y una marca de la muerte para los hombres. 

     Todo eso me da más preguntas sobre por qué Isaías termina su profecía de promesa y celebración con una mención del polvo como alimento de la serpiente.  ¿Por qué en nuestro pasaje de Isaías el Espíritu Santo interrumpe el flujo de felicidad y promesa con este recordatorio de muerte y castigo? 

     Cuando en la Palabra de Dios encontramos algo difícil de entender, es muy servicial recordar que toda la Biblia es una historia sobre Jesucristo, el Hijo de Dios.  Jesús mismo dijo lo mismo varias veces.  Por ejemplo, a los judíos en San Juan capítulo 5: “Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”  También en San Lucas 24, en la tarde del día de la Resurrección, Jesús dijo a sus discípulos: “Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.  Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día.” 

    Así, podemos esperar oír de Cristo y su Cruz en todas partes de la Biblia, y esto es lo que tenemos en este versículo de Isaías sobre la serpiente comiendo el polvo.  Sí, nos recuerda de la maldición proclamada a la serpiente en el jardín, pero también, es una profecía de la obra de salvación de Cristo en su Cruz. 

     Porque el Hijo de Dios se hizo el Hijo del Hombre, se convirtió en el Segundo Adán, por su nacimiento de la Virgen María.  El primer Adán fue formado desde el polvo, y por su pecado fue destinado a regresar al polvo en la muerte, y nosotros juntos con él.  Pero, para salvar a él y todos sus descendientes, el Segundo Adán, el Nuevo Adán, el Hijo de Dios, asumió esta misma carne, hecho originalmente del polvo.  Se hizo hombre, para cambiar nuestro destino, un cambio que logró por su propia muerte. 

     Como también profetizó el Señor en el jardín, la serpiente iba a morder, o se podría decir, iba a intentar comer, al Simiente de la mujer, pero esta mordida resultaría en su propia destrucción.  Dijo el Señor a la serpiente:  Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón.      
     Por intentar comer el Segundo Adán, Satanás precipitó su propia derrota eterna.   

    Es como muchos antiguos teólogos de la iglesia, desde Gregorio de Nisa, hasta Lutero, explicaron:  El hombre Jesús, colgado en la Cruz, fue como un cebo que la serpiente, el Diablo, no pudo resistir.  Por su odio ciego, Satanás pasó por alto el hecho que este hombre, este nuevo Adán, fue también Dios mismo.  Intentó morderlo, comerlo vivo, y al principio, parecía exitoso, porque Cristo se falleció. 

     Pero este nuevo hombre de polvo fue diferente, fue el Creador, el Autor de Vida, y su muerte fue parte del plan.  En su autosacrificio, todos los pecados y la muerte merecida por Adán y todos sus descendientes son pagados, totalmente borrados.  En este sacrificio, Jesucristo nos rescató, por destruir el poder de Satanás a acusarnos por nuestros pecados.  Porque en Cristo, no queda ninguna deuda.  Por intentar alimentar de este polvo, la carne del Nuevo Adán, la serpiente fue destruido, y nosotros recibimos perdón, y acceso a los nuevos cielos y la nueva tierra, el paraíso de Dios.

    Por lo tanto, esta frase: “y el polvo será el alimento de la serpiente,” es ciertamente una buena noticia.  Cabe perfectamente en este anuncio de puro Evangelio de Isaías 65.  Es cierto, todas las promesas del paraíso son nuestros, porque la serpiente tuvo polvo por su alimento.

    Y ahora, para mantenernos velando por su regreso, Él que ofreció su propio cuerpo para rescatar al mundo caído nos alimenta con comida tan bueno que es difícil describirlo adecuadamente.  Por su Palabra, verdadera comida para el alma, el Espíritu de Cristo nos convence, nos perdona, y nos consuela, recordándonos como, en nuestro bautismo, hemos sido vestidos en la justicia de Cristo.  Y en su Cena, el mismo Jesús nos ofrece su propio cuerpo y sangre, una vez ofrecidos en la Cruz, y ahora glorificados a la diestra del Padre. Con su cuerpo y sangre, Jesús nos limpia de cada mancha.  Esta alimentación divina nos lleva por toda esta vida, hasta la vida eterna. 

    Así somos vírgenes prudentes, bien preparados para saludar al Novio; así somos hijos de la luz, preparados por su retorno, cuando con Jesucristo entraremos en el Paraíso de Dios. 

  Por lo tanto, oremos:  Ven, Señor Jesús, ven, Amén. 

Monday, October 29, 2018

La Historia de la Libertad - Sermón para la celebración de la Reforma


Día de la Reforma 2018
La historia de la Libertad
Juan 8: 31-36                           

     Cada uno de nosotros tiene una historia que contar acerca de nuestras vidas.  Tal vez el punto de incepción de mi historia sería el día, unos días antes de la boda de mis padres, cuando mi padre fue bautizado por el pastor de mi madre, en la Iglesia Luterana San Juan, en South Branch, Minnesota.  El Señor llevó a cabo este bautismo y matrimonio hasta los días en que mis progenitores, primero mi padre, y 15 años después mi madre, se fallecieron en la fe.  Mi historia, y la de mi familia es inseparable de la historia de la iglesia luterana.  A veces mi participación fue con alegría, a veces con poco afán y consciencia.  En otros momentos mi vida fue definida por un cierto rechazo y distancia de la iglesia luterana, y, eventualmente, llegué a ser un servidor de la misma.

     Tengo preocupaciones sobre cómo mis hijos van a contar nuestra historia a mis nietos.  La fe tiene que ser transmitido de generación a generación, siempre hay riesgo de fracaso. 

     Además, la historia no es muy de moda hoy.  Como alguien dijo - "Parece como si el mundo hubiera perdido su historia."  Bueno, el diablo siempre ha estado intentando distorsionar la verdad de la historia, pero hoy parece que el maligno ha logrado mucho en este ataque.  ¿Cuántas personas entienden de verdad la historia española, o la de la iglesia cristiana?  ¿Cuántas puras falsedades están aceptados por la mayoría?  Hoy, más que nunca, practicamos una idolatría del momento, es decir, que ahora mismo y el nuevo son nuestras únicas intereses, hasta el próximo momento y la próxima novedad. 

     Pudiéramos culpar al internet por esta tendencia.  Pero, al final el mundo ha perdido su historia porque ha perdido su conexión con la historia bíblica - la historia de la fe.  Un ateo puede creer que la historia relacionada en la Biblia es una fábula, pero, esto no cambia la realidad de que toda la historia de la raza humana, de toda la creación, viene de Dios y sus acciones. 

     Aun muchos cristianos han perdido su identidad porque no conocen la historia de la Biblia.  ¿Podría ser que la iglesia está en peligro de perder su historia?  Tal vez.  En este día en el que celebramos la Reforma, este es un pensamiento serio.

     Martín Lutero ciertamente conocía la historia bíblica - una de las razones principales por las que comenzó la Reforma fue la discordancia que Lutero vio entre lo que leía en las Sagradas Escrituras y lo que enseñaba la iglesia romana.  Conocer y proclamar fielmente la historia de salvación es fundamental a la Reforma Luterana.  ¿Pero, han olvidado los luteranos de hoy su historia, de dónde vienen, y quiénes son?  ¿Estamos manteniendo, con Lutero y la iglesia de todas las edades, la confesión verdadera de Cristo?  ¿Qué creemos sobre Jesús, de quién es este Nazareno, y de cómo nos salva de nuestros pecados?  ¿Creemos que Cristo está de verdad presente entre nosotros en el mundo de hoy, en la predicación, en los sacramentos, con los ángeles y arcángeles y toda la congregación de los cielos, regocijándose en la salvación de Dios?

     Como luteranos tenemos una historia distinta para proclamar al mundo - una historia sangrienta - una historia sobre una cruz - una historia acerca de una tumba vacía.  Es la historia de la libertad.  El Evangelio de San Juan es la historia de Jesús - la historia de la iglesia - la historia del mundo -- nuestra historia.  ¡Verdaderamente, Juan tenía una historia fantástica para contar!

     Su Evangelio cuenta una historia controvertida - sobre el escándalo de Dios que se hace carne – que fue una tontería al mundo greco-romano, y una historia sobre la vergüenza de la crucifixión – difícil para todos, pero especialmente para los judíos.  ¿Cómo pudiera ser que el Salvador, el Mesías enviado de Dios mismo, sufriría y se muriría?  ¡Y por el modo peor de todos!

     Juan cuenta una historia sobre el milagro de la resurrección - una historia de perdón – la que es la historia de la libertad de la esclavitud, ganada para nosotros, por un adalid quien no quisimos.

     Es como cuando Jesús dijo a los judíos, que habían creído en Él - " Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres."  Pero los judíos no aceptaron la historia de Jesús acerca de la libertad, porque no quisieron aceptar que eran esclavos.

     ¿Y quién querría confesar ser un esclavo?  Siempre que podamos fingir ser libres, sin amo, jefes de nuestro propio destino, lo haremos, ¿no?  ¿Cómo puede Jesús liberar a esclavos que niegan su propia esclavitud?  Primero, tendrá que proclamar la realidad de nuestra esclavitud.

     Los judíos rechazaron rotundamente su proclamación de la libertad:  "Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie.  ¿Cómo dices tú: Seréis libres?"  Los judíos estaban pasando por alto la realidad de que los Romanos ejercían una autoridad autocrática sobre Israel, y los Romanos fueron solamente el último de una serie de amos extranjeros.  En el curso de su historia, los judíos había sido esclavos más tiempo que no, empezando en Egipto. Además, Jesús no estaba hablando de esclavitud terrenal. 

     Por lo tanto, para intentar rescatar a los judíos, y a nosotros, Jesús tiene que declarar una palabra durísima:  De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.  Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre.

     Es la cuestión crucial para los judíos, y para nosotros.  ¿Vamos a vivir en la esclavitud, o vamos a invocar a Jesús, quien vino para rescatarnos de nuestros pecados?  El perdón de nuestros pecados es la única fuente de liberación de la esclavitud.  Y este perdón está hallado solamente en la carne de Cristo mismo - esto es la historia que Jesús proclama.

     Los judíos estaban contando, y creyendo, una historia diferente - que ellos eran ya los hijos de Abraham - que su historia era la historia más antigua del mundo - que la libertad vino de su identidad como judíos, a través de la genealogía, por derecho de nacimiento y sangre humana. 

     Los judíos creían una historia falsa.  La salvación es la obra de Dios, es un don.  Por nuestra parte, por causa de nuestro pecado, no contribuimos nada.  Tristemente, creyendo una historia falsa, los judíos quedaban fuera de la casa del Padre.    

     Jesús, el Mesías prometido, también contaba la historia del mundo a través de Abraham - que el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham fue Jesús mismo - que la salvación estaba abierta a todos, judíos y gentiles, que los hijos verdaderos de Abraham no fueron por sangre humana, sino más bien por compartir la fe de Abraham, su fe en la promesa del Cristo porvenir, quien ahora había llegado, en la persona de Jesús.

     Creer que Jesús es el Cristo te hace un hijo de Dios, y cualquier hijo o hija de Dios permanecerá en su casa para siempre.

     La historia de Jesús es difícil de entender y aceptar, por un lado, porque esta historia nos acusa de ser pecadores sin ningún mérito propio, y por el otro, porque la culminación de esta historia es la Cruz. 

     Pero para todos que continúan mirando y escuchando a Jesús, queda el descubrimiento que la Cruz, la que es el momento de lo peor agonía y sufrimiento, es también el momento en que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, revela su gloria, a través de revelar su amor, amor aun para sus enemigos, incluso hasta el sacrificio del Hijo eterno, para conseguir la libertad de todos.

     Nuestra libertad se produce en el punto más bajo de la humillación de Jesús – lo que para Dios es el momento de gloria.  Por ende, el evento de la cruz y la resurrección es el corazón de nuestra historia - la historia de la libertad.

     La libertad viene a través de la sangre, pero no cualquier sangre.  Solo viene a través de la sangre derramada en la madera de ese árbol, la sangre restaurada en la tumba vacía, la sangre de su cuerpo roto en la muerte y su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados.  Como dice San Pablo -- "Porque todas las veces que comáis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga."  Fijaos:  Proclamáis juntos, en el acto de comulgar en la Cena del Señor, que Dios en Cristo ha liberado al mundo de la esclavitud eterna.

     Las últimas palabras de Jesús a nosotros hoy son un lema de la Reforma:  "Por lo tanto, si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres." La libertad es la historia de la Reforma - la historia que los luteranos tienen para compartir con el mundo - la libertad a través de la carne y sangre de Jesucristo, la libertad que es un don sin precio para nosotros pecadores.  Esta bella historia de la salvación se cuenta aquí en esta iglesia.  Aquí es donde Dios habita con su libertad.

Hoy, Jesús tiene un mensaje para cada uno de vosotros –
          "He quitado de tus hombros la esclavitud de tus           
               pecados."         
"¡Te he hecho libre con el perdón de los pecados!"
          "Este pan es mi cuerpo,
               esta copa es el nuevo pacto en mi sangre"
          "Come, bebe y recibe la liberación de sus pecados"
          "Come y bebe -- eres libre."

¡Qué historia que contar - la historia de libertad para todos,
     en Jesucristo nuestro Señor! Amén