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Tuesday, April 14, 2020

La Noticia que domina, Sermón de la Resurrección/ The News that Dominates, Sermon for the Resurrection


Fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor      Feast of the Resurrection of Our Lord
12 de abril, A+D 2020                                           April 12, Year of Our + Lord 2020
Iglesia Luterana, Cartagena y Sevilla, España
La Noticia que Domina                                         The News that Dominates
San Marcos 16:1-8, 1 Corintios 15:51-57         St. Mark 16:1-8, 1 Corinthians 15:51-57

Sermón, primero en castellano, luego en inglés/ Sermon first in Spanish, then in English

     He aquí, os digo un misterio:  la noticia que realmente domina el mundo entero no es la del COVID19. 

     Un misterio es una verdad no fácil de comprender, algo que parece imposible o falso, pero en realidad es posible y fiable, aunque tal vez no podemos entender o explicarlo de una manera satisfecha a nuestras preferencias.  Un misterio no conforma con nuestras expectativas naturales, sino que nos revela algo mejor, algo más alto, algo divino. 

     No hay ningún misterio sobre cuál es el tema que, aparentemente, está dominando el mundo entero hoy.  Ayer vi una sorpresa, la noticia de que cinco directivos del club de fútbol de Barcelona dimitieron en bloque, en protesta contra el presidente por, no sé qué.  No me importa, no soy un “azulgrana,” pero me alegré de ver una noticia que no tuvo que ver con el virus, o su impacto.  Ciertamente, parece que, como nunca antes en nuestras vidas, una sola historia está dominando la vida, mente y corazón de toda la raza humana.  Pero las apariencias engañan. 

     La realidad es que el COVID19, por toda su importancia, no domina el mundo.  Os digo un misterio: lo que verdaderamente domina el mundo entero es la persona y la voluntad del DOMINUS, la voluntad del SEÑOR Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

     Cierto que esto no es obvio a todos.  Además, hay un montón de “pretendientes al trono,” desde la ciencia, a la cultura popular de libertad sexual absoluta, a la economía, a la hermandad de la humanidad.  Y ahora, un virus microscópico se presenta como el poder dominante en el mundo.  Pero no es así.  El universo está guiado y controlado por Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Él quien viene a nosotros hoy con una pregunta sencilla, a través de San Marcos:  ¿Qué significa el sepulcro vacío?  Aquí tenemos la cuestión clave.    

     La multitud de pretendientes al trono del SEÑOR muestra en sí esta verdad.  Estamos siempre esforzándonos para justificarnos a nosotros mismos, y ante el mundo.  Defendemos ferozmente a nuestras opiniones y sabiduría, mientras intentamos ignorar la justicia distinta que está revelada por la tumba vacía.

Por ejemplo: 
            El participar, como hombre y mujer, en la creación de un bebé es entre las obras más profundas que podemos hacer.  Es participar en una obra divina, la creación de nueva vida.  Sin embargo, por causa de nuestro rechazo natural al SEÑOR, protestamos que el sexo es un derecho de placer para la felicidad de cada persona, un capricho individual.  Verdad, nuestro placer a veces puede tener una consecuencia, pero una consecuencia no tan importante, este bebé.  Para defender nuestro placer, es imprescindible que no dejamos que este pequeño ser, al principio de tamaño microscópico, nos limite en nuestra libertad.  Hoy en día hay un alboroto constante intentando demostrar y justificar la libertad sexual, lo que resulta en menos amor conyugal y familiar, menos bebés, menos felicidad, y una tristeza profunda, que infecta a muchas más personas que el COVID19.         

      Otro ejemplo de un pretendiente al trono del SEÑOR es la economía.  Mayormente, parece que hemos dominado la destreza de sacar la comida y la ropa y el refugio de la tierra, es decir, de construir y mantener una buena economía.  En vez de dar gracias a Dios por la cornucopia de bienes de la que disfrutamos, nos imaginamos maestros del universo, ricos sin preocupación.  El poder de un virus para desequilibrarnos en esta área nos recuerda de la verdad que cada uno de nosotros dependemos extremadamente de otros y de un sistema que no entendemos.  Y si fracasara el sistema económica global, muy pocos podríamos ganar nuestro pan de cada día sin sufrir mucha hambre.  
  
     Un tercer pretendiente es la cultura de elegir la muerte.  Somos seres atrapados dentro de una perspectiva temporal muy limitada.  Tan largo nos parece una vida típica de 70, 80 o 90 años, que no prestamos atención al hecho que cada uno marcha diariamente a su fin.  No tememos de pensar en controlar la vida, desde elegir cuales fetos sean dignos de sobrevivir el embarazo, hasta presionar a los ancianos que salgan del mundo antes de que gasten demasiados recursos. 
     Pero viene al mundo un virus que nos amenaza con una probabilidad de muerte no tan alta, tal vez alrededor de 1 por ciento, aunque no tenemos certeza.  Pero hay un riesgo real, y de repente nos acordamos de la fragilidad de la vida, y que, en el centro de nuestra naturaleza, tememos morir.  Queremos vivir.  Pero no sabemos cómo. 

     Hoy, el SEÑOR Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos invita levantar nuestras cabezas, para ver la piedra grande removida de la puerta de un sepulcro vacío, y contemplar:  ¿Qué significa esta noticia?  ¿Puede ser qué el SEÑOR, a pesar de todo lo que nos parece tan imprescindible, nos está indicando que en verdad es Él que tiene el control del universo?  ¿Qué significa la tumba vacía?

   Bueno, un cínico, o un realista, o simplemente una persona normal, podría oír la afirmación que Dios, Padre, Hijo y el Espíritu Santo, está controlando todo y respondiera: “¡Qué Dios tan malvado!  Si de verdad tiene control de todo, ¿por qué?  ¿Por qué no haces que las cosas sean mejores?  ¿Por qué el SEÑOR deja existir el COVID19, o el hambre, el abuso, y el odio?  Si el carácter del SEÑOR es así,” dice el hombre natural, “entonces no quiero nada que ver con Él.”

     Para la persona que piensa así: He aquí, te digo un misterio:  Aunque es duro, estás en el camino.  Aunque estás enojado con Dios, al menos Él ha captado tu atención.  Has sido despertado del sueño que algo o alguien otro domina el universo, otro que el SEÑOR Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ahora, escúchame, porque con el sepulcro vacío, Dios quiere enseñarte la verdad, quiere mostrarte la realidad, y su gran amor para contigo. 

     Demos gracias a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que Él no sigue la forma de este mundo, nuestra forma de pensar.  Corremos de un lado al otro de nuestra vida, o en estos días de aislamiento, de un lado al otro de nuestro hogar, esforzándonos a encontrar una solución de los problemas de la vida, de la inquietud y descontento que nos abruman tan fácilmente.  Pensamos que podemos y debemos controlar nuestro destino.  Queremos controlar nuestro destino.  Queremos justificar nuestra existencia, pero no podemos.  Porque el único destino justo y bueno es Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la fuente de toda existencia.  La fuente de todo amor. 

     En amor el SEÑOR deja que el mundo, el diablo, y nuestra propia naturaleza nos bofetean y nos hieren, esperando la oportunidad de revelarnos el misterio tras la tumba vacía.  No intentes penetrar a los misterios inalcanzables.  Cuando exigimos del SEÑOR una explicación conforme a nuestra lógica y nuestras preferencias, perdemos todo.   Porque los pensamientos y caminos del SEÑOR Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo son demasiado grandes para nuestro entendimiento. 

   Hay un solo Dios, quien es tres, Padre, Hijo y Espíritu Santo.  No podemos cuadrar este círculo.  No podemos dominar este misterio.  Pero sí podemos adorarlo, y confiar en ello.  Porque, oculto en simple vista, allí dentro del mismo Nombre de Dios, revelado a nosotros en el Bautismo de Jesús, e impuesto a nosotros en nuestro lavamiento por el agua y el Espíritu, allí encontramos el misterio del universo.  En el Nombre Santo encontramos el poder que domina y controla todo, para nuestro bien. 

     Y he aquí, os digo un misterio, este poder no es ningún poder, según nuestro concepto, porque este poder es amor, el amor que es el SEÑOR Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  Todas las cosas malas de esta vida, el abuso, el hambre, el frío y el calor insoportable, el miedo, la enfermedad, el odio, la soledad y la muerte, todas estas cosas, para las cuales solemos acusar a Dios, todas estas cosas el Padre, Hijo, y Espíritu Santo han resuelto.  Son resueltos en la historia que domina el universo, la noticia que nos está revelada en el sepulcro vacío. 

     Porque es el Padre que, en amor por la creación destruida por la rebeldía humana, envió el Hijo, para emprender varios misterios: su encarnación, su humillación, su servicio humilde, su sufrimiento, su muerte sustitutiva, y su resurrección triunfante, misterios que resultan en la tumba vacía, el icono del amor del DOMINUS.  El amor del SEÑOR nos otorga el intercambio feliz:  nuestro pecado y muerte a Jesucristo, para que recibamos su justicia y vida; nuestra vergüenza e impureza a Él, para recibir su honor y santidad; nuestro exilio y aislamiento merecido, sufrido por Él, para que recibamos una plaza en su reino, nuestro hueco propio en su familia eternal.

     He aquí, os digo un misterio, en Cristo Jesús, crucificado, levantado y reinando ahora mismo a la diestra de Dios Padre, tenemos garantizada esta promesa: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

     53 Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.  54 Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Devorada es la muerte en victoria.

     Hermanos y hermanas en Cristo, vivid estos días de pandemia, y cada día del resto de tu vida terrenal, en y por la Palabra del Espíritu Santo, que os limpia y os alimenta con el amor que es Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y así podréis cantar con San Pablo:  ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?  56 ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.   57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo, Amén, y Amén.

¡Cristo ha resucitado!  ¡El SEÑOR ha resucitado en verdad! ¡Aleluya!



Feast of the Resurrection of Our Lord
April 12, A + D 2020   Lutheran Church   Cartagena and Seville, Spain             
The News that Dominates

   Behold, I tell you a mystery: the news that really dominates the entire world is not that of COVID19. 

   A mystery is a truth not easy to understand, something that seems impossible or false, but in reality it is possible and reliable, although perhaps we cannot understand or explain it in a way that meets our preferences. A mystery does not conform to our natural expectations, but reveals something better, something higher, something divine. 

   There is no mystery as to what story is apparently dominating the entire world. Yesterday I saw a surprise, the news that five directors of the Barcelona football club resigned en bloc, in protest against the president for, I don't know what. And I do not care, I am not a Barcelona fan, but I was glad to see a news item that had nothing to do with the virus, or its impact. Indeed, it seems that, like never before in our lives, one story is dominating the life, mind and heart of the entire human race. But appearances are deceiving. 

   The reality is that COVID19, for all its importance, does not dominate the world. I tell you a mystery: what truly dominates the entire world is the person and the will of the DOMINUS, the will of the LORD God, Father, Son and Holy Spirit. 

     It is true that this is not obvious to everyone. Furthermore, there are plenty of claimants to the throne, from science, to the popular culture of absolute sexual freedom, to the economy, to the brotherhood of humanity. And now, a microscopic virus is presented as the dominant power in the world. But it's not like that. The universe is guided and controlled by God, Father, Son and Holy Spirit, He who comes to us today with a simple question, through Saint Mark: What does the empty tomb mean? Here we have the key question. 

   The multitude of claimants to the throne of the LORD shows itself this truth. We are always striving to self-justify, to  ourselves, and to the world. We fiercely defend our opinions and wisdom, while trying to ignore the different justice that is revealed by the empty tomb. 
   For example: 
            Participating as a man and a woman in the creation of a baby is among the most profound works we can do.  It is to participate in a divine work, the creation of new life. Nevertheless, because of our natural rejection of the LORD, we protest that sex is a right of pleasure for the happiness of each person, an individual pleasure.  True, it can sometimes come with a consequence, this baby. Therefore, to defend our pleasure, it is essential that we do not let this tiny being, at the beginning of microscopic size, limit us in our freedom. There is constant fuss trying to demonstrate and justify human sexual freedom, resulting in less marital and family love, fewer babies, less happiness, and a deep sadness that infects many more people than COVID19.         

    Another example of a pretender to the throne of the LORD is the economy.  For the most part, it seems that we have mastered the skill of extracting food and clothing and shelter from the land, that is, of building and maintaining a good economy. Instead of thanking God for the cornucopia of goods that we enjoy, we imagine ourselves masters of the universe, rich without worry. The power of a virus to knock us off balance us in this area reminds us of the truth that each of us depends to the extreme on others and on a system that we do not understand. And if the global economic system were to fail, very few of us could earn our daily bread without suffering a lot of hunger.  

           We are beings trapped within a very limited time perspective. So long does a typical life of 70, 80 or 90 years seem to us, that we do not pay attention to the fact that daily each one of us marches to our end. We do not fear to think about controlling life, from choosing which fetuses are worth to survive the pregnancy, to pressuring the elderly to leave the world before they spend too many resources. But a virus comes, that threatens us with a probability of death not that high, perhaps around 1 percent, although we are not sure.  But there is a real risk, and suddenly we remember the fragility of life, and that, at the center of our nature, we fear dying.  We want to live.  But we don’t know how. 

     Today, the LORD God, Father, Son and Holy Spirit, invites us to lift up our heads, to see the large stone removed from the door of an empty tomb, and contemplate: What does this news mean? Could it be that the LORD, despite everything that seems so essential to us, is indicating to us that it is He who is in control of the universe? What does the empty tomb mean?

    Well, a cynic, or a realist, or just a normal person, might hear the claim that God, the Father, the Son, and the Holy Ghost, is controlling everything and respond: “What an evil LORD. If you really have control of everything, why? Why don´t you make things better? Why does the LORD allow COVID19 to exist, or hunger, abuse, and hatred? If the character of the LORD is like this,” says the natural man, “then I want nothing to do with Him.” 

     For the person who thinks so, behold, I tell you a mystery: Although it is hard, you are on the way. Although you are angry with God, at least He has captured your attention. You have been awakened from the dream that something or someone else dominates the universe other than the LORD God, Father, Son and Holy Spirit.   Now, listen to me, because with the empty tomb, God wants to teach you the truth, the reality, and his great love for you. 

     Let us thank God, Father, Son and Holy Spirit, that He does not follow the way of this world, our way of thinking. We run from one side to the other of our life, or in these days of isolation, from one side to the other of our home, striving to find a solution to the problems of life, a solution to the restlessness and discontent that so easily overwhelm us. We think that we can and should control our destiny. We want to control our destiny. We want to justify our existence, but we cannot. Because the only just and good destiny is the God Himself, Father, Son and Holy Spirit, the source of all existence. The source of all love. 

   In love the LORD lets the world, the devil, and our very nature slap us and injure us, waiting for the opportunity to reveal the mystery behind the empty tomb.  Don't try to penetrate the unreachable mysteries.  When we demand an explanation according to our logic and our preferences, we lose everything.  Because the thoughts and ways of the LORD God, Father, Son and Holy Spirit are too great for our understanding. 

   There is only one God, who is three, Father, Son and Holy Spirit. We cannot square this circle. We cannot master this mystery. But we can adore it, and trust it. Because, hidden in plain sight, there within the very Name of God, revealed to us in the Baptism of Jesus, and imposed on us in our washing by the water and the Spirit, is the mystery of the universe. In the Holy Name we find the power that dominates and controls everything, for our good. 

     And behold, I tell you a mystery, this power is not power, according to our concept of power, because this power is love, the love that is the LORD God, Father, Son, and Holy Spirit. All the bad things in this life, abuse, hunger, unbearable heat and cold, fear, disease, hatred, loneliness and death, all these things, for which we usually accuse God, all these things the Father , Son, and Holy Spirit have resolved.  They are resolved in the history that dominates the universe, and that is revealed to us in the empty tomb. 

   Because it is the Father who, in love for creation destroyed by human rebellion, sent the Son, to undertake various mysteries: his incarnation, his humiliation, his humble service, his suffering, his substitutionary death, and his triumphant resurrection, mysteries that result in the empty tomb, the icon of the love of the DOMINUS. The love of the LORD grants us the happy exchange: our sin and death to Jesus Christ, so that we receive his justice and life; our shame and impurity to Him, to receive His honor and holiness; our exile and deserved isolation suffered by Him, so that we receive a seat in his kingdom, our own spot in his eternal family. 

    Behold, I tell you a mystery, in Christ Jesus, crucified, raised and reigning right now at the right hand of God the Father, we have this promise guaranteed: Not all of us will sleep; but we will all be transformed, 52 in a moment, in the blink of an eye, to the final trumpet; for the trumpet will be blown, and the dead will be raised incorruptible, and we will be transformed. 
     53 For this corruptible must be clothed with incorruption, and this mortal must dress as immortality.  54 And when this corruptible has clothed itself with incorruption, and this mortal has clothed itself with immortality, then the written word will be fulfilled: Death is swallowed up in victory.  

     Brothers and sisters in Christ, live these days of pandemic, and every day of the rest of your earthly life, in and by the Word of the Holy Spirit, who cleanses and nourishes you with the love that is God, Father, Son and Holy Spirit. And so you will be able to sing with Saint Paul: Where, oh death, is your sting? Where, oh grave, your victory?  56 for the sting of death is sin, and the power of sin is the law.  57 But thanks be to God, who gives us victory through our Lord Jesus Christ, Amen, and Amen.  

Christ has risen.  He is risen indeed, Hallelujah!

Monday, April 29, 2019

El Señor y Dios, quitando dudas, de sus pastores y de todo su rebaño


Segundo Domingo de la Pascua
Misericordia Domini
28 de abril, A+D 2019     
San Juan 20:19-31          

     No deberíamos ser excesivamente decepcionados con Tomás, porque exigía ver y tocar a Jesús por sí mismo, antes de creer.  Es evidente que Jesús hubiera preferido que el Apóstol Tomás creyera la buena noticia desde la boca de sus compañeros, como el Señor dijo:  bienaventurados los que no vieron, y creyeron.  Pero no es verdad que Tomás fue más duro de corazón que los otros.  Todos los Once, aun en este momento de su ordenación al Santo Ministerio de la Iglesia de Cristo, todavía tenían mucho miedo de los judios, y tal vez también de Jesús mismo, y por ende estaban escondidos, estando las puertas cerradas, aunque habían oido ya la noticia de la Resurrección.  No son las acciones y la actitud de creyentes.

     Siempre es así con los ministros de Cristo.  Los hombres puestos en el oficio de ser un pastor bajo el Buen Pastor suelan necesitar más para creer, y seguir creyentes: más evidencia, más tiempo, más atención divina. 

     Es bastante obvia, humanamente hablando, por qué los Apóstoles, los futuros pilares de la Iglesia, necesitaban pruebas tan fuertes como una visita personal de Cristo Jesús, ya resucitado, para creer en el Evangelio. Fue por lo que habían visto, en el arresto, tortura y muerte de su gran amigo y maestro.  Él que, en la presencia de los Doce, había creado miles de panes de unas pequeñas barras, y enseñaba con autoridad y claridad sobre el amor infinito de Dios, Él que andaba sobre el agua y sanó y resucitó a tantas personas, fue, en sólo unas horas, reducido a un hombre callado, indefenso, lastimoso… y finalmente muerto.  El dolor, confusión y vergüenza de los Apóstoles eran inmensos, y les dejaron sin esperanza ni fe. Necesitarían ver con sus propios ojos al Cristo resucitado, para creer. 

     También, fue importante para su trabajo futuro.  Junto con la inspiración del Espíritu Santo, los escritos de los Apóstoles brindan autenticidad a sus lectores porque los autores vivían en directo toda la historia de salvación, desde el bautismo de Juan, hasta la tumba vacía y la Ascensión.  Y lo mismo continuó en sus propios ministerios, en que sufrieron muchas persecuciones y privaciones, todo aguantado por la verdad que supieron con sus propios ojos, la verdad que abrazaron personalmente, en el hombre Jesús, una vez muerto, pero ahora y para siempre resucitado y presente con ellos.  Todo esto realizado en el poder del Espíritu, para revelar y otorgar el amor y la gracia infinita de Dios a los hombres pecadores. 

     Desde entonces, los ministros de la Iglesia Cristiana siempre han necesitado más para continuar, en la fe, y en su vocación.  Porque ni los Apóstoles ni sus sucesores son hombres excepcionales, sino que son pecadores perdonados, como todos los cristianos, luego elegidos para servir por nuestro Dios excepcional, nuestro Salvador maravilloso.  El Sagrado Ministerio, igual como la Iglesia, es excelente no por nosotros, sino por Cristo. Él es siempre nuestro todo en todos.   

     Por la voluntad y la obra del Espíritu de Dios, los ministros después de los Apóstoles no necesitaban ver a Cristo en persona para continuar: bienaventurados los que no vieron, y creyeron, un grupo que incluyen a vosotros, y a los pastores también.  Pero, como pastor, hay que encarar a mucho: ser la primera línea de defensa y el blanco favorito del diablo y del mundo; estar siempre de guardia del rebaño de Jesús, siempre dispuesto de reunirse y acompañar a los fieles en sus momentos oscuros, como las enfermedades, las luchas dentro de la familia, las crisis de fe, y la muerte. También, por la voluntad de Dios, los ministros tienen cargo de los misterios divinos y su reparto público.  No me malinterpretes, son tareas lindas y buenas, un privilegio.  Pero también son exigentes y duras.  Por eso, los ministros de Cristo necesitan más. 

     Gracias a Dios, lo que necesita sus ovejas, el Buen Pastor las otorga, incluidos a las ovejas llamadas a ser pastores.  Por la naturaleza del ministerio, la Iglesia desde su inicio se ha asegurado que sus pastores tengan los recursos y el tiempo necesario para dedicar al estudio de la Palabra, la única fuente de poder y consuelo para creyentes. 

     Esta importante realidad tiene dos resultados imprescindibles.  Primero, que la predicación y la administración del Evangelio de Cristo sean adecuadas: 
   que los sermones sean fieles y útiles para crear y fortalecer la fe de los oyentes…
   que el Bautismo y la Santa Cena se celebren según la forma que Cristo nos dio…
   que la congregación experimente gozo y confort en la oración, y mientras cantamos himnos, salmos y canciones espirituales. 
     De todo esto se preocupa el Dios Trino y su Iglesia, porque inicialmente es a través del ministerio público que el Evangelio sale al mundo que Cristo vino para salvar. 

     También, por el oír de la Palabra en la congregación, los fieles reciben y llevan adentro de sus corazones una palabra de esperanza, un eco del domingo para compartir con amigos, familiares y vecinos en la vida cotidiana:
   La sencilla y buena noticia que Cristo, el Hijo De Dios, ha vivido, ha muerto y ha resucitado para ganar el pleno perdón de los pecados para toda la humanidad. 
     Esto es el Evangelio en lo que se encuentra vida eterna, y es principalmente por este eco de la Palabra en las vidas de los cristianos que el Espíritu atrae más gente a la congregación, para recibir todos los dones en comunidad en el culto público. 
   Y así el círculo continúa…

   Segundo, por el hecho de que el servicio como ministro de Cristo está lleno de desafíos, tentaciones, y sufrimientos particulares, es imprescindible que los ministros reciban suficiente tiempo para profundizarse en la Palabra de Cristo, por su propia fe y resistencia. 

     Por ende, para el crecimiento de la Iglesia y la fe de los mismos ministros, intentamos proveer tiempo y recursos a los ministros para estudiar la Palabra.  Por lo tanto, alegrémonos de tener la oportunidad de enviar       
al seminario nuestro hermano Mario de Cádiz, quien quiere servir en el ministerio de nuestra iglesia.  Él está en Santiago, la República Dominicana, para estudiar en el seminario y practicar bajo un pastor de una congregación allá.  Igualmente, es una bendición poder ofrecer conferencias de estudio teológico para nuestros pastores y seminaristas aquí, Juan Carlos, Adam, Felipe y Antonio.  Demos gracias a Dios por las ofrendas, de fieles luteranos en los EEUU, y también de fieles luteranos aquí, las ofrendas de vosotros, las cuales nos hacen posible ofrecer tales oportunidades a los hombres el Señor está preparando y fortaleciendo para servir, a nosotros. 

    No es fácil ser un cristiano fiel hoy en día.  Nunca ha sido fácil, como nos muestra Tomás.  Ser un militante en el partido de Cristo te expone al desprecio y burla del mundo, porque al centro de nuestra fe es, a la primera vista, una derrota total, la muerte escandalosa de un hombre que supuestamente es Dios hecho carne.  Además, la verdad más difícil del evento de la Cruz es lo que dice sobre nosotros, que Uno tuvo que cargar con toda nuestra deuda de pecado, porque nuestra naturaleza causa que nuestros sacrificios nunca sean puros.  La Cruz nos exige la confesión:  todos somos igualmente culpables, incluso yo.  El mundo, y nuestra naturaleza, como la de Tomás, no quieren aceptar esta realidad. 

     Todos necesitamos la Palabra del Resucitado, incluso la que afirma nuestra naturaleza caída, sí. 
Pero, en este mismo momento, Cristo quita nuestra culpa que causa la muerte, y la cambia por una vida nueva, su propia vida eterna. 
   Y esta vida nueva de Cristo nos libera para regocijarnos en Dios,

   …y amar libremente, como Él nos amó,

   …y vivir humildemente, pero con confianza,

porque ni aun la muerte ni el diablo tienen poder sobre los fieles de Jesucristo. 

   ¡Paz a vosotros! 

   ¡Cristo ha resucitado, y en Él, todos vuestros pecados son remitidos!

   ¡No seas incrédulo, sino creyente! 

     Y con Tomás confesamos:
¡Señor mío, y Dios mío,
hoy, y por los siglos de los siglos, Amén. 

Monday, April 22, 2019

¡Como encarar la muerte y la resurrección, y verdaderamente vivir!


Fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor
21 de abril, A+D 2019        Cartagena, España

¡Cristo ha resucitado!  (¡Sí, ha resucitado de verdad, aleluya!). 

     Cristo ha resucitado, pero la primera reacción de sus seguidores es inesperada. 

     Es muy interesante como el Evangelista San Marcos relata la reacción inicial de las mujeres cuando descubrieron la tumba vacía en aquel domingo famoso.  “Ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.” 

     Dios había terminado su gran obra salvadora.  El joven mensajero espiritual cumplió sus deberes, compartiendo la buena noticia con estas mujeres fieles, fieles al menos a la memoria de su gran amigo y maestro Jesús de Nazaret, comprometidas a darle un entierro adecuado.  El joven mensajero las dio su noticia: “No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.” 

     ¡Muy bien!  ¿Y la reacción de los primeros seres humanos que supieron de la Resurrección del Cristo?   Miedo y silencio.  Muy curioso, ¿no?

     El hecho de que estamos congregados aquí, celebrando de nuevo la Pascua de la Resurrección de Jesucristo, es una prueba de que las mujeres no seguían calladas durante mucho tiempo.  Igualmente, la reacción emotiva mundial al incendio en Notre Dame en París nos recuerda que la Iglesia fundada en la Resurrección de Jesús, aunque ha sufrido mucha turbulencia y división durante los siglos, ha extendido globalmente desde el silencio del primer amanecer de la nueva edad.  La Iglesia sigue teniendo una presencia importante en todas partes.  La historia de la Iglesia Cristiana es fantástica, una prueba del poder del Evangelio y el compromiso de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a su Pueblo, la que es la congregación de todos los fieles de todo tiempo y todos lugares.  Aun con todos sus desafíos y problemas, la Iglesia de Cristo permanece, porque su vida viene de Dios mismo.  Podemos confiar en esto.     

     Al mismo tiempo, es muy servicial considerar la reacción de las mujeres, porque la cristiandad no es solamente una institución, el Pueblo de Dios, la colectiva que se llama la Iglesia.  Es también una colección de individuos, cada cual que tiene que encarar personalmente la muerte y la resurrección.  No somos tan distintos, finalmente, de las mujeres corriendo en miedo del sepulcro.   Ellas no estaban preparadas para la muerte de Jesús, y menos preparadas para su resurrección, no importa que Jesús estaba continuamente prediciendo ambos acontecimientos.

     ¿Por qué tenían miedo?  En nuestros momentos mejores, un encuentro con algo bueno y sorprendente nos puede dar curiosidad y alegría.  Mi hija recientemente tenía la oportunidad de bucear con esnórquel en la costa de Belice, y se maravillaba de los colores y todos los peces y el coral.  Buena sorpresa.  El domingo pasado Shelee y yo volvimos a casa después de tres meses fuera, y estamos todavía descubriendo todas las mejoras y los pequeños arreglos que hicieron en la casa nuestros amigos Argenis y Luisa, mientras cuidaban a nuestro hogar en nuestra ausencia.  Muchas buenas sorpresas.

     Pero, después de haber visto la muerte cruel de Jesús, la sorpresa de la tumba vacía y el anuncio del ángel les dio espanto a las mujeres, quienes vinieron para poner especias en el cadáver de su amigo.  Seguro que una parte de la razón era el hecho de que la resurrección de uno matado por crucifixión era algo inédito, algo, a nuestro entendimiento, imposible.

     Queremos ser maestros de nuestras vidas, pero al final sabemos que la muerte es inevitable e insuperable.  O así pensábamos, hasta que las noticias de Jesús empezaban de llegar a nuestros oídos.  Una chica de 12 años, un hijo único de la viuda de Naín, y, solo unos días antes de su propia muerte, Lázaro, hermano de Marta y María: todos resucitados, por el Nazareno.  ¿Y ahora, Jesús mismo?  ¿Él que no fue simplemente matado, pero fue azotado, torturado y ejecutado en una cruz romana?  ¿Cómo puede ser? 

     Además, ¿qué significa?  ¿Qué deberíamos esperar de este Jesús, si Él de verdad haya resucitado?  Nosotros seres humanos habíamos rechazado, o al menos abandonado, al Nazareno.  Como cantamos el Viernes Santo: “Muchos son los que le hieren, nadie a su socorro va.”  ¿No es que Él nos vendrá con venganza, por nuestra parte en su padecimiento y muerte? 

     Y todos tenemos una parte de la culpa, porque el Cristo no fue a la Cruz por su propio pecado, sino por el nuestro, el Santo e Inocente, soportando la Cruz, cargado de todos nuestros pecados.  Así es lógico que la noticia de su resurrección nos de miedo, ¿no?  Por lo que merecemos de Dios por todos nuestros pecados de palabra, obra y pensamiento, cada uno de nosotros hubiera huido calladamente, igual como las mujeres. 

     Como las mujeres, seguimos mal preparados para la muerte, y para la resurrección.   Tal vez peor que las mujeres.  La vida fue mucho más difícil para ellas.  La muerte en el primer siglo fue un vecino constante, una amenaza experimentada diariamente en cada pueblo.  Ha continuado igual para la gran mayoría de los seres humanos desde el principio, y todavía hoy en día es la realidad de muchas personas en varias partes del mundo, que viven en situaciones precarias, con la posibilidad y la realidad de la muerte por todos lados. 

     Pero nosotros vivimos una vida mejor, ¿no?  Aquí en España, vivimos vidas tan largas y cómodas, casi podemos olvidarnos de la muerte, o podemos esconderla en casas de ancianos y hospitales, y evitar encarar esta realidad, por un rato al menos.  No obstante, aunque evitar la muerte parece mejorar la vida por un tiempo, esta evasión nos deja indefensos cuando lo inevitable venga.  Y va a venir. 

     Por eso, el símbolo principal de la Iglesia Cristiana es una Cruz, la herramienta peor de la historia de la ejecución estatal.  El evento central del Cristianismo es una muerte, lo que debería recordarnos que la muerte, incluidos nuestra muerte y la muerte de nuestros seres queridos, es una realidad venidera.  Y la muerte es un enemigo, el último gran enemigo. 

     Hoy, irónicamente, cuando vivimos largos años y con bendiciones materiales que hubiera sido inimaginables solamente hace unas décadas, una parte importante de la población tiene un fetiche, una fascinación, con la muerte.  Desde la campaña triste para entronar el aborto de niños indefensos como lo mayor derecho de la mujer, hasta el movimiento pro-eutanasia, hasta la fascinación de la cultura para ser entretenido con el horror, los zombis, y los rituales satánicos, nunca ha existido una cultura de muerte igual.  Es como si ya no entendamos como vivir.      

     Esto es precisamente el problema, para las mujeres calladas, huyendo de la tumba de Jesús, y para nosotros en el siglo 21.  Por nuestra falta de entendimiento del poder y amor de Dios, o por nuestro miedo de nuestra propia culpa, o por nuestra ignorancia y deseo de no pensar en la muerte, continuamos existiendo sin saber cómo verdaderamente vivir. 

     Mil millones de gracias a Dios, entonces, que la buena nueva de la Cruz y Resurrección de Jesucristo no duró mucho como un secreto.  Porque solamente en esta muerte y en esta vida nueva podamos conseguir la vida verdadera.   Muy pronto después de la huida callada de las mujeres, Jesús empezó a aparecer a sus discípulos, a María Magdalena, y a Pedro, a los Once a la misma vez, y luego apareció a quinientos discípulos.  Y los primeros Cristianos descubrieron la muy buena noticia que el amor de Dios es tan grande que el Crucificado no vino con ira y venganza, más bien vino en Paz.  Vino anunciando Paz, la Paz que sobrepuja entendimiento, la Paz entre el Santo, Santo, Santo Dios y los rebeldes pecadores de la raza humana.  Hombres moribundos como somos no podemos hacer nada para prevenir nuestro fin justo, lo que es no solamente la muerte, pero la muerte eterna, algo que es mucho peor.  Pero a través de su Iglesia, el Espíritu Santo sigue anunciando la sorpresa eternal:  En Cristo, toda nuestra deuda y culpa está borrada, tragada y destruida por Jesús en su muerte.

     Esto fue el mensaje de Jesús en las cuarenta días después de la Pascua de Resurrección, y con estas reuniones con sus Apóstoles y con todos los fieles, Jesús preparó el núcleo de su Iglesia, un Pueblo que finalmente entendía la muerte, y la vida, y la promesa maravillosa de que esta nueva vida es un regalo, un don gratuito, otorgado a cualquier pecador que esté convertido por este mensaje, el mensaje del pleno perdón de pecados revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesús Nazareno, el Hijo de Dios, y Salvador del mundo. 

     Este es el mensaje que la Iglesia lleva al mundo, y es el mensaje que nos ha congregado aquí, hoy.  A través del Bautismo, la Iglesia une pecadores a la muerte expiatoria y la vida nueva triunfal, de Jesucristo.  En la Santa Cena, el Señor alimenta a su Pueblo con su propio cuerpo y sangre, para renovarnos, perdonándonos una y otra vez. 

     También en la Santa Comunión Cristo nos fortalece para vivir cada día, con él, y aun intentando vivir como Él.  Por la Palabra y el Sacramento, Jesús nos prepara para amar y servir libremente a nuestros prójimos, y para evitar el pecado. 

     También por la Palabra sabemos lo que hacer cuando fallamos:  Confesamos nuestros pecados deprisa, para recibir de nuevo la buena noticia de Dios, a través de sus mensajeros: ¡Cristo ha resucitado! (¡Sí, ha resucitado de verdad, aleluya!)  Por lo tanto, tus pecados son perdonados en Él, has pasado desde la muerte a la vida.  Ya tienes paz con Dios y eres miembro de su Reino Celestial, desde hoy hasta siempre, en Cristo Jesús, Amén.

Monday, October 22, 2018

Familia, Hogar, Muerte, y Vida - Family, Home, Death, and Life


Sermón en Español primero, y luego Inglés - Sermon in Spanish first, then English

Vigésimo Primer Domingo después de la Trinidad, Veintiuno de Octubre, A+D 2018
Familia, Hogar, Muerte y Vida
Génesis 1:1 – 2:3, Efesios 6:10-17, Juan 4:46-54

     Todo para nosotros.  Es increíble pensar en todo lo que hizo el Señor en la Creación, y aún más impensable es que fuera hecho para bendecir a nosotros, que Dios nos hizo la corona de su universo, la única criatura hecha en su imagen.  Todo fue para nuestro beneficio. 

     Tal vez es un poco peligroso mencionarlo ahora, en este lado de la caída, cuando nuestro egoísmo es tan fuerte.  Es importante recordar que recibimos nuestro dominio sobre los animales y aves y toda la creación, no para abusarlos, más bien para cuidar a todo lo recibido.  Pero sí, es cierto que todo fue creado para nosotros hombres y mujeres, para que pudiéramos disfrutarlo. 

     Fíjate.  El Todopoderoso no quiere nada más que bendecirnos, y, sorpresa de sorpresas, somos su gran alegría.  El Padre quería crearnos para darnos a su Hijo, una bella novia, un pueblo santo.  El Hijo nos quería presentar a su Padre, un pueblo completo, grandísimo, santo y limpio, lleno de vida.  El Espíritu se regocijaba de moverse sobre la faz de todo, alabando al Padre y al Hijo, anunciando el gran amor de Dios, revelado en la creación, hecha para nosotros.

     Todo esto, enfocado en bendecir a la primera familia, nuestra familia, la cual fue planeada desde antes de los siglos.  Entonces, después de seis días de crear todo, Dios lo coronó con el primer hombre y mujer, y Dios vio que no solo era bueno, pero muy bueno, bueno en gran manera.

     Todo para la familia, para el hombre y la mujer, Adán y Eva, y sus hijos e hijas, la familia de seres humanos que también es la familia de Dios.  Por eso, hasta el día de hoy, aun con todos los problemas y tristezas de la vida humana, todavía tenemos un deseo visceral de volver a casa, al hogar, para estar con los padres, los abuelos, con nuestros hermanos y primos.   

     Por lo tanto, entendemos el dolor del oficial del rey, quién podía haber sido un pagano, pero quien, no sabemos exactamente como, había oído de Jesucristo y su poder sobre la muerte.  Entendemos su audacia, para arriesgar ser asociado con un sospechoso como este Nazareno, un rabino itinerante que fue causando mucha inquietud en la comarca.  Fue una audacia motivada por el amor, su amor a su hijo, y por el miedo, la amenaza de la muerte de su hijo. 

     Es posible destruir este sentimiento en un padre, hasta que llegue a odiar y dañar a su propio niño.  Pero, gracias a Dios, la gran mayoría de todos los padres y madres de cualquier cultura o religión entienden perfectamente la súplica del oficial a Jesús:  Señor, desciende antes que mi hijo muera. 

     Cada enfermedad, cada muerte nos podría dar tristeza.  Pero, cuando es tu hijo o hija, es completamente diferente.  De hecho, la muerte de un hijo es uno de los desafíos más duro para cualquier familia, frecuentemente más difícil de superar que la infidelidad.  Entendemos la gravedad de tal situación instintivamente; por ende, intentaremos cualquier cosa que nos ofrezca la esperanza de salvar a la vida de nuestro niño. 

     O así era, desde el principio, hasta hace pocos años.  Hoy en día, no estoy tan seguro.  En este siglo 21, veo que el poder de amor que había persistido en las familias humanas, aunque imperfectamente, está en declive.  El martes leí de un ejemplo muy fuerte de una familia rota, destrozada, y la incapacidad que tenemos como cultura para resistir la avanza de la muerte.  Hace ocho días, una pareja francesa, visitantes a Sevilla, un chico y su novia de veinte y veinticuatro años, decidieron que la familia y la vida y el amor no valen los desafíos de esta vida.  No sé porque, pero vinieron a Sevilla y se suicidaron juntos.

     Además, lo que es, para mí, casi peor que la tragedia de un doble suicidio fue el tono del artículo en El Mundo sobre su muerte.  El titular del artículo fue: “La muerte dulce de John y Hani: un suicidio planificado para un 'viaje' sin sufrimiento.”

     ¡No!  No fue una muerte dulce.  Fue dos muertes feas, dos muertes trágicas e innecesarias.  Son dos criaturas de Dios perdidas a sus familias.  John y Hani, como todos nosotros, eran contaminados con pecado y destinados de luchar contra problemas en esta vida, pero todavía, fueron dos personas más de la única raza creada en la imagen de Dios. 

    Además, eran novios, una pareja guapa, que, con la ayuda de Dios, pudiera haber tenido hijos.  Ahora no.  Y la condición de nuestra cultura es bien revelada en el hecho de que la periodista que describió su muerte la trató como un romance, como una historia bella y noble, exaltando esta tragedia como si fuera una idea excelente, incluso dando los detalles de su método, por si acaso algunos de sus lectores querrían emular a John y Hani.  ¿Cómo hemos llegado al punto en que no es obvio que un periódico debería tratar a un suicidio como algo malo, un negativo profundo?  Señor ten piedad de nosotros.

     Así es el mundo.  Me parece que sea peor hoy que ayer, pero no es tan diferente de siempre.  Por ejemplo, es contra exactamente este tipo de discurso, que oculta la muerte debajo de palabras dulces y suaves, que San Pablo nos exhorta:  Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.

     Hay que ponerse la armadura de Dios, por ejemplo, el cinturón de la Verdad, que la muerte es el enemigo, no un amigo.  Hay que tomar el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno, y tomar el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.

     Hemos que hacerlo, para cuidar a nosotros mismos, viviendo en esta cultura de la muerte.  Además, hemos que hacerlo para las parejas e individuos como los franceses fallecidos en Sevilla.  Nuestra cultura está abandonando a la familia, el amor matrimonial, la realidad biológica, y sobre todo el gozo de tener niños.  En vez de regocijarse en estos dones, la cultura está más y más abrazando la muerte.  ¿Si no tomamos la armadura de Dios, quien vaya a resistir a la marea del tiempo de hoy, la cual amenaza a nosotros y nuestros hijos, y que está llevando nuestros vecinos dentro del mar diabólico, donde no hay tierra seca para estar firmes, y sobrevivir?   

     Tenemos que luchar.  Pero al final, no debemos engañarnos a nosotros mismos.  Nosotros no tenemos la fuerza de resistir al poder del príncipe del aire, es decir, no podemos vencer al pecado, la muerte y el diablo, porque tenemos dentro de nuestro propio ser la duda y el deseo perverso de acoger a la muerte.  La atracción de la muerte y el deseo de rendirnos a los malos huestes espirituales están todavía presentes en nosotros.  La lógica diabólica es poderosa.  Nuestros dolores son fuertes.  Nuestra confianza es débil. Si la lucha depende de nosotros, no vaya a salir bien. 

     Si tan solo tuviéramos una respuesta poderosa, un adalid para luchar para nosotros. 

     Por supuesto, lo tenemos.  Lo tenemos en el contenido de la fe, de la cual San Pablo nos exhorta.  Ponerse la armadura de Dios no es nada más ni nada menos que vestirse con Cristo, otra imposibilidad para nosotros, pero ya hecho para ti por Dios en vuestro bautismo.  Cristo, el Hijo de Dios, y nuestro gran hermano, ha luchado y sigue luchando para nosotros.  En Él, el pecado, la muerte y el diablo ya son derrotados, y nuestra familia es seguro.

     Es sumamente importante que entendamos la obra de Dios en la creación, porque es necesario para que entendamos y confiemos en su obra de salvación, revelada y consumada en Cristo Jesús.  Pero nuestra fe no es meramente una revisión de la creación y nuestra obligación de vivir como Dios quiere, utilizando su Palabra y sus principios en nuestra vida.  Todo eso está bien, fruto de la fe que esperamos ver.  Pero nunca ha sido y nunca será la salvación enseñada y ofrecida por la fe cristiana. 

     No, sino más bien la fe cristiana es la buena noticia sobre la fidelidad de Dios, la fidelidad de Jesucristo, quien, para rescatar a su familia, destrozada por el pecado, se vistió su divinidad en la debilidad de nuestra carne, uniéndose a sí mismo con nuestra raza eternamente, para traer vida de la muerte, venciendo al Diablo a través de sufrir su mayor ataque en la Cruz.

     Hay una gran ironía en nuestra lectura de San Juan:  El hijo iba a morir.  Fue necesario que el hijo muriera.  En su misericordia, y para fortalecer la fe del oficial y todos los que observaron el milagro, Jesús rescató a su hijo de la muerte, por ahora.  Pero la fe cristiana, y el rescate final de todos nosotros, dependían de la muerte del Hijo.  Es decir, la muerte de Jesús, Hijo de María e Hijo de Dios, es la muerte que ha tragado la muerte; es el sufrimiento que ha borrado todos nuestros pecados.  Verdaderamente, todos los pecados de todos los hijos de Adán ya son pagados, en Cristo Jesús. 

     Luego, en la resurrección, vemos que la familia de Adán y Eva, la familia de Dios, ya está sanada y restaurada en Jesús.  La bendición original, y mucha más bendición, ya tenemos, a través de la fe en Cristo.  Y un día pronto, las tendremos en persona, cuando volvemos a casa, al hogar de nuestro Padre celestial, para recibir una eternidad de bendición, con toda la familia.

     Por ahora, nos reunimos aquí, con nuestra parte de la familia, alrededor de la mesa del Señor, nuestro Padre.  Aquí el Hijo nos alimenta, con su Palabra, y su santísimo cuerpo y su santísima sangre, para que confiemos en su promesa, que ya somos hijos e hijas de Dios.

En el Nombre…

Twenty-first Sunday after the Trinity, Twenty-first of October, A + D 2018
Family, Home, Death and Life
Genesis 1:1 – 2:3, Ephesians 6:10-17, John 4:46-54
     Everything for us. It is incredible to think of everything the Lord did in Creation, and even more unthinkable that it was done to bless us, that God made us the crown of his universe, the only creature made in his image. Everything was for our benefit. 

     Maybe it's a bit dangerous to mention it now, on this side of the fall, when our selfishness is so strong. It is important to remember that we receive our dominion over animals and birds and all creation, not to abuse, rather to take care of everything received. But yes, it is true that it was created for us men and women, so that we could enjoy it. 

The Almighty wants nothing more than to bless us, and surprise of surprises, we are his great joy. The Father wanted to create us to present us to the Son, a holy people, a beautiful bride. The Son wanted to present her to his Father, a complete, great people, holy and clean, full of life. The Spirit rejoiced to hover over the face of everything, praising the Father and the Son, announcing the great love of God, revealed in creation. 

     And all this, focused on blessing the first family, our family, which was planned since before time. After six days of creating everything, God crowned it with the first man and woman, and God saw that not only was it good, it was very good.

     Everything for the family, for man and woman, Adam and Eve, and their sons and daughters, the family of human beings that is also the family of God. Therefore, down to today, even with all the problems and sorrows of human life, we still have a visceral desire to return home, to be with parents, grandparents, brothers and cousins.

     And that's why we understand the pain of the king's officer, who should have been a pagan, but who, we do not know exactly how, had heard of Jesus Christ and his power over death. We understand his audacity, to risk being associated with a suspect person like this Nazarene, an itinerant rabbi who was causing great concern in the region. It was an audaciousness motivated by love, his love for his son, and by fear, the threat of his son's death. 

     It is possible to destroy this feeling in a father or mother, even so far as comes to hate and harm his own child. But, thank God, the vast majority of all fathers and mothers of any culture or religion perfectly understand his plea to Jesus: Lord, come down before my son dies. 

     Every disease, every death gives us sadness, but, when it's your son or daughter, it's completely different. In fact, the death of a child is one of the hardest challenges for any family, often more difficult to overcome than infidelity. We understand the seriousness of such a situation instinctively, and therefore, we will try anything that offers us the hope of saving our child.

     Or so it was, since the beginning, until a few years ago. Today, I'm not so sure. In this 21st century, I see that the power of love that had persisted in human families, even though imperfectly, is in decline. On Tuesday I read of a very strong example of a broken family, devastated, and our inability as a culture to resist the advance of death. Eight days ago, a French couple, visiting Seville, a young man and young woman of twenty and twenty-four years, decided that family and life and love are not worth the challenges of this life. I do not know why, but they came to Seville and they committed suicide together. 

     Even more, what for me is almost worse than the tragedy of the double suicide was the tone of the article in El Mundo about their death:  The headline of the article was: "The sweet death of John and Hani: a planned suicide for a 'journey' without suffering."

     No! It was not a sweet death. It was two ugly deaths, two tragic and unnecessary deaths. They are two creatures of God lost to their families. John and Hani, like all of us, were contaminated with sin and destined to fight against problems in this life, but still, they were two more people of the only race created in the image of God. 

     In addition, they were lovers, a beautiful couple, who, with the help of God, could have had children. Not now. And the condition of our culture is well revealed in the fact that the journalist who described their death treated it as a romance, as a beautiful and noble story, extolling this tragedy as if it were an excellent idea, even giving the details of their method in minute detail, in case some of her readers would like to emulate John and Hani. How have we reached the point where it is not obvious that a newspaper should treat a suicide as something bad, as profoundly negative? Lord have mercy upon us.

     So is the world. I think it's worse today than yesterday, but it's not so different from always. For example, it is against exactly this type of discourse, which hides death under sweet and gentle words, which St. Paul exhorts us: Put on the full armor of God, so that you can stand firm against the devil's wiles.

     You must put on the armor of God, for example, the belt of Truth, that death is the enemy, not a friend. We must take the shield of faith, with which you can extinguish all the fiery darts of the evil one, and take the helmet of salvation, and the sword of the Spirit, which is the word of God. 

     We must do it, to take care of ourselves, living in this culture of death.  What is more, we must do it for couples and individuals like the young French couple who died in Seville. Our culture is abandoning family, marital love, biological reality, and above all the joy of having children.  Instead of rejoicing in these gifts, the culture is more and more embracing death. If we do not take the armor of God, who will resist the tide of the time today, which threatens us and our children, and that is carrying our neighbors into the diabolic sea, where there is no dry land to stand and survive?

     We must fight, but in the end, we must not fool ourselves. We do not have the strength to resist the power of the prince of the air, that is, we cannot overcome sin, death and the devil, because we have the doubt and the perverse desire to accept death within our own being. The attraction to death and the desire to surrender to the evil spiritual forces are still present in us. The diabolic logic is powerful, our pains are strong, our confidence is weak. If the fight depends on us, it will not go well. 

     If only we had a powerful response, a champion to fight for us.

     Of course we have one.  We have Him in the content of the faith, of which Saint Paul exhorts us. Putting on the armor of God is nothing more or nothing less than putting on Christ, another impossibility for us, but already done for you by God in your baptism. Christ, the Son of God, and our great Brother, has fought and is fighting for us.  In Him, sin, death and the devil are already defeated, and our family is safe. 

     It is extremely important that we understand God's work in creation, because it is necessary so that we understand and trust in his work of salvation, revealed and accomplished in Christ Jesus. But our faith is not merely a revision of creation and our obligation to live as God wants, using his Word and principles in our lives. All that is fine, fruit of faith that we hope to see. But it has never been and never will be the salvation taught and offered by the Christian faith. 

     No, but rather the Christian faith is the good news about the faithfulness of God, the faithfulness of Jesus Christ, who, in order to rescue his family, torn apart by sin, dressed his divinity in the weakness of our flesh, joining himself with our race eternally, to bring life from death, defeating the Devil by suffering his greatest attack on the Cross.

     It is the great irony of our reading of Saint John: The son was going to die. It was necessary that the son die.  In his mercy, and to strengthen the faith of the officer and all those who observed the miracle, Jesus rescued his son from death, for now. But the Christian faith, and the final rescue of all of us, depended on the death of the Son, the death of Jesus, Son of Mary and Son of God, the death that has swallowed death, the suffering that has erased all our sins, truly, all the sins of all the sons of Adam are already paid, in Christ Jesus. 

     Then, in the resurrection, we see that the family of Adam and Eve, the family of God, is already healed and restored in Jesus.  The original blessing and many more blessings we already have, through faith, and one day soon, we will have them in person, when we return home, to the house of our heavenly Father, to receive an eternity of blessing, with all the family.

     For now, we get together here, with our part of the family, around the table of the Lord, our Father.  Here the Son feeds us with his most holy body and blood, so that we trust in the promise that we are sons and daughters of God. 

In the name…