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Tuesday, July 23, 2019

Es Todo Acerca del Perdón - Cuarto Domingo después de Trinidad


Cuarto Domingo después de Trinidad
14 de julio, A+D 2019                                  
Es Todo Acerca del Perdón

     Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.  Desde el primer momento mojado hasta nuestra última respiración, la fe y la vida cristiana son, en su esencia, acerca del perdón.

     Hoy es un día especial, en lo que celebramos una confirmación y dos bautizos.  Por ende, es natural que reflexionemos sobre los fundamentos de ser un cristiano, de lo que consideramos lo básico del reino de Dios.  Y por la providencia del Espíritu Santo, obrando a través de las lecturas asignadas para hoy, el Consolador nos está ayudando comprender que el centro de la fe y la vida cristiana es el misericordioso perdón que nos otorga el Señor.  Es todo acerca del perdón. 

     De Génesis capítulo 50 oímos como José nunca pensaría en negar el perdón y reconciliación que Dios ya había realizado entre él y sus hermanos.  Le habían hecho muy mal a José, vendiéndolo a la esclavitud y fingiendo su muerte a su padre, pero lo que sus hermanos querían como mal contra José, Dios lo había encaminado a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.  El perdón superó el odio, para salvar vidas, lo cual es la voluntad de Dios.

     San Pablo nos llama a la misericordia, aun y especialmente con nuestros enemigos y perseguidores.  De hecho, esto es como Dios trató con nosotros, cuando aún éramos sus enemigos. 
Como dice Jesucristo mismo, “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.”

     La vida no te enseña que es todo acerca del perdón.  Aprendemos muy pronto no tanto de perdonar, sino de defendernos.  O tal vez, si eres capaz, aprendes como impedir que los otros te dañen a través de aparecer duro o peligroso.  Pero, este camino de lucha nos dirige a fines males, porque, no importa tan fuerte y duro que seas, eventualmente vaya a venir alguien más poderoso.

     Pero imagínate, el Todopoderoso, el Creador y el Rey del universo, no quiere la venganza (aunque la venganza es suya, como él declara).  No, el todopoderoso Señor se deleita en misericordia, en el perdón, en la bondad.  Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.    

     ¡Qué maravilla!  Pero, puesto que Dios quiere que el perdón sea el centro de su Iglesia, ¿por qué somos tan capaces de pensar que otra cosa debería ser el centro de la fe y la vida cristiana?  De hecho, hay innumerables historias de nuestros esfuerzos de dar prioridad a otra faceta de la Doctrina de Cristo.     

     Muchas veces queremos enfocar en la autoridad.  Discutimos sobre quien tiene el poder en la Iglesia.  Puesto que el Señor es el Todopoderoso, no debería haber mucha duda.  Sin embargo, nuestra tendencia de enfocar toda nuestra energía en agarrar y mantener el poder en la Iglesia es constante. 
     Sabemos muy bien lo que Cristo Jesús específicamente dijo a sus doce discípulos, cuando discutían sobre quién de ellos tendrían más autoridad en el reino de Dios: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos.26 No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, 27 y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; 28 así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.   Es todo acerca del perdón, no del poder o autoridad humana, porque toda autoridad pertenece a Dios, y Él usa su autoridad para salvarnos. 

     Otra cosa que nos gusta poner en el centro de la fe y la vida cristiana son las buenas obras.  Y es cierto que las buenas obras son sumamente importantes.  Hemos sido creados para amar, es decir, para hacer buenas obras para otros.  Pero, verdaderas buenas obras solamente puedan seguir después de la fe salvadora, la cual confía sólo en el perdón de los pecados.  Como dice Jesús en San Juan 15, hablando de la fe creado por la Palabra y también de las buenas obras:  Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.  Jesús quiere ver mucho fruto en sus discípulos, por lo tanto, el perdón tiene que ser en el centro, porque es la Palabra de perdón que nos une a Cristo, para que Él produzca buenas obras en nosotros. 
    Es todo acerca del perdón.  Intentamos elevar otros bienes, como la sabiduría humana, o las bellas artes, o la fraternidad humana.  Cada uno es un don de Dios, lo cual puede servir muy bien en la adoración del Señor y el cumplimiento de los mandamientos de amar y servir a Dios, y a tu prójimo como a ti mismo. 

     Pero nuestra sabiduría nunca hubiera pensado en sacar nueva vida de la muerte del Hijo de Dios.  Nuestro concepto de belleza no encaja con la belleza del amor derramado por el Santo de Dios, moribundo en una cruz.  Nuestra fraternidad puede ser bella, nuestra inteligencia impresionante, pero ninguna de las dos resolverá nuestra enemistad con Dios ni tampoco pueden cancelar nuestra cita con la muerte.  Pero Jesús en su amor sacrificial nos ha convertido en hermanos suyos.  Cristo nos ha vuelto a la fraternidad divina.  En su sabiduría misteriosa nos ha hecho hijos e hijas de Dios, hermosos en los ojos del Padre. 

     Es todo acerca del perdón, pero el mundo no quiere oírlo.  De hecho, considerando todas las maneras por las cuales los cristianos intentan distorsionar la fe y quitar el perdón de su lugar central, parece muchas veces que los cristianos tampoco quieren oír tanto del perdón.

     Esto viene de la voluntad terca de nuestra carne orgullosa.  El mensaje de perdón, junto con el amor que lo acompaña, también nos puede parecer como ascuas de fuego sobre la cabeza, igual como parece a los enemigos de la Iglesia.  La verdad temerosa es que, por nuestra naturaleza, no queremos perdón.  Mejor dicho, no queremos admitir que necesitemos perdón, precisamente porque es el perdón de los pecados.

     No queremos admitir que somos pecadores desesperados, sin la capacidad de merecer el amor de Dios.  Hay un obstáculo de humildad al inicio de la vida cristiana, un obstáculo que suele reaparecer diariamente.   Preferiríamos ser no solamente beneficiarios de la salvación, sino más bien queremos ser socios en la obra de salvación, contribuidores, tal vez con nuestro nombre en el listado de autores acreditados en la cubierta del Libro de Vida.  Pero hay solo un Autor de la Fe, solo Uno que puede recibir el crédito, Jesucristo, el crucificado y resucitado, la fuente de perdón. 

     Por eso, siempre me quedo un poco inquieto con las confirmaciones.  No me malinterpretéis.  Estoy muy feliz de oír la buena confesión de Irene, y será un gozo y un privilegio otorgarle la Santa Cena por la primera vez en algunos minutos.  Pero, una confirmación de la fe nos podría parecer más como un logro, y lo es en un sentido.  Requiere estudio, compromiso, y perseverancia.  Y seguramente es bueno hacerlo, porque Cristo mismo nos llama a confesarle públicamente.  Pero siempre acordémonos del hecho que, al centro de la fe confesada en la confirmación es esta realidad:  es todo acerca del perdón de los pecados.  De hecho, la meta y la gran alegría de la confirmación es compartir juntos en la Santa Cena, otra forma del reparto por parte de Cristo de su perdón, el Evangelio que comemos y bebemos. 

     Hay que cuidar que la confirmación no nos conduzca a pensar en nosotros mismos, en nuestra contribución.  Por eso, por lo bonita que sea la confirmación, mejor es el bautismo de niños. 
     No es que los niños no necesitan crecer en la fe, aprender su contenido, y confesarla para acceder a la Santa Cena.  Queremos ver que el bautismo conduzca a la confirmación, a la Santa Cena, a la recepción del Evangelio en todas sus formas.  Pero en el bautismo de un niño, como hemos visto hoy, la realidad que es todo un don de Dios es bien clara.  Nada viene del parte del niño. 

     Leo y Adrián han sido públicamente adoptados por Dios, declarados santos, unidos por la promesa del Espíritu Santo al cuerpo de Cristo, lo cual es la Iglesia.  Es 100% una obra de gracia y amor, y el perdón de los pecados está en el centro de todo.  En el Bautismo, como en todas formas del Evangelio, Dios nos da a sí mismo, y Él no usa medidas parciales.  No, el Señor siempre nos da una medida buena, apretada, remecida y rebosando, incluido cuando nos da a sí mismo, a través del agua unida a la Palabra.    

     Como en la fe, así también en la vida cristiana.  El perdón es el rasgo central.  Como dice Jesús, el discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.  Y nuestro Maestro Jesús enfocó cada día de su ministerio en una sola cosa: lograr para nosotros el perdón de los pecados. 

     La madera de su pesebre fue convertida en la madera de su cruz.  Todo su enseñanza y ejemplo y servicio a los otros apuntaban al Monte Calvario, donde, aun en los momentos más arduos, Jesús todavía pensaba en el perdón, rezando por sus torturadores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” 
     Ahora, en la nueva realidad redimida que Dios reveló en la Resurrección, estamos libres para vivir de perdón, libres para acudir a Dios diariamente, para limpiarnos de toda maldad, y también para recibir amor y perdón para compartir con otros. 

     Esto es la fe y la vida cristiana, el camino de los bautizados, 
                               en el Nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo, Amén. 


Thursday, June 14, 2018

Nuestra Identidad


Segundo Domingo después de la Trinidad
Nuestra Identidad
Lucas 14:15-24

     ¿Con quién de nuestra parábola de hoy nos gustaría ser identificados? 

     ¿Con quién seremos identificados? 

     Cuando escuchamos una buena historia, o cuando miramos una película o leemos una novela bien escrita, es normal y agradable que nos identifiquemos con uno o más de los personajes de la historia.  En nuestra imaginación, nos preguntamos ¿quién soy yo en esta historia?  Por ejemplo, normalmente me identifico con los caracteres de las películas realizados por actores como Sean Connery o Clint Eastwood. Naturalmente. 

     Entonces, entre los personajes de nuestra parábola de hoy, ¿con quién te identificas? ¿Con el padre de familia?  Creo que no.  O al menos espero que no.  Es suficiente claro que el padre de familia representa a Dios mismo.  No somos Él.  Hay un solo Dios, y el primer mandamiento nos instruye que no nos es permitido adorar a otro, particularmente si este otro dios sea nosotros mismos.  

     ¿Te identificas con los convidados buscando excusas para evitar la cena del señor?  Otra vez, creo que no. 

     O tal vez sí.  La invitación de Dios es una buena noticia, pero si algunas veces en nuestra vida tú y yo hemos despreciado las buenas noticias de Dios, esta parábola nos pudiera golpear como una condenación fuerte.  Ya sabéis como lo justificamos a nuestra ausencia:  Yo sé que reunirme con el pueblo de Dios para escuchar su Palabra y recibir sus dones es bueno, pero, … toda la familia va a la playa, o las montañas, o, tengo que ir a una comida de mi primo, o, o, lo que sea… y por eso este domingo, no puedo asistir a la Eucaristía…

     Rechazar la invitación bondadosa del Padre es un estupidez, pero yo apuesto a que cada uno de nosotros hubiéramos tenido, o todavía tengamos alguna culpa por evitar venir adonde Dios nos ha invitado, a su congregación, reunida alrededor de su Palabra. 

     ¿Queréis identificaros con los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos?  Bueno, sí, deberíamos quererlo.  Dado que ellos llegan a sentarse en el banquete del señor, es una buen idea.  Pero, ¿identificarme con los pobres y los cojos, literalmente, por ejemplo, sufrir tales problemas en mí vida?  No, no lo quiero mucho, de ninguna manera. 

    Hablando de la pobreza, preferimos la forma de San Mateo, “bienaventurados los pobres, en espíritu.”  (Mt 5:3) Somos capaces de encontrar una definición menos dura en la “pobreza del espíritu,” en vez de la pobreza literal.  Pero este evangelista Lucas, supuestamente más alegre y suave que Mateo, lo dice diferente: “Bienaventurados vosotros, los pobres,” (Lc 6:20), punto, sin adjetivo, sin una palabra que nos ofrecería una salida de la idea de que deberíamos aceptar la pobreza y el sufrimiento con alegría. 

     ¿Hay alguien aquí que se identifica con el siervo del padre de familia? Quizás… Llevar la invitación del padre a los vecinos es una vocación alta.  Como exactamente deberíamos realizar esta tarea santa ha sido el tema de nuestra reunión de este fin de semana, nuestro Foro.  Creo que todos ya sabemos que no es un trabajo leve o fácil.  Y, de todos modos, si tú quieres llevar la invitación del Padre a alguna persona específica aquí en España, o incluso quieres hacerlo como una vocación, como un siervo de la Iglesia, hablemos, tú y yo.  Después de todo, cuando oramos que el Padre envíe más obreros en su cosecha, estamos hablando de personas de entre nosotros.  

     Muy bien, puede ser divertido y servicial considerar con quien nos identificamos en una parábola.  Pero, más importante que con quién nosotros nos identificamos es la pregunta de con quién nos será identificados por otros, y finalmente, por Dios. 

     No somos el Padre. 

     ¿Seremos identificados con los convidados que no quisieron venir al banquete? ¡Ay de mí! Esperamos que no.

     Deberíamos querer ser identificados con los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos.  Pero, nos da mucho miedo la idea de desear ser pobre o incapacitado. 

    De verdad, las opciones de este parábola nos da miedo, miedo de con quién Dios nos identificara. 

    Y, digo yo, este miedo está muy bien.  Porque el temor de Jehová es  el principio de la sabiduría.   

     El temor de Jehová, del Señor, es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.

     El temor del Señor es el principio de la sabiduría, pero no el fin.  Hay que proceder al conocimiento del Santísimo para tener una inteligencia salvadora.  Es decir, al final, aunque es sumamente importante la pregunta de con quién seremos identificados por Dios, esta no es la pregunta principal.  De verdad es una pregunta del camino de la Ley, y siempre nos va a encontrar dudas por ella, porque aunque dediquemos toda nuestra vida y fuerza a siempre estar listo de responder a la invitación del Señor, no lo hacemos. 

    No, la pregunta principal es la de siempre cuando tratamos con la Palabra de Dios:  ¿Dónde está Cristo en esta historia?  ¿Con cuál personaje deberíamos identificar a Él?

     Y la respuesta sorprendente es que Cristo nuestro Salvador se identifica con todos los caracteres de esta parábola.

     Podemos ver una identidad compartida entre Jesús y el padre de familia, porque Jesús y su Padre son uno.  Si vemos al Hijo, vemos al Padre.  No podemos entrar profundamente dentro de este misterio hoy, pero es verdad.   

     ¿Podemos identificar a Jesús como el siervo del Padre?  Claro que sí.  Es el Siervo escogido, el Santo de Dios, enviado a este mundo para invitar a todos a la cena celestial y sin fin.  El Señor quiere que todos sean salvos, y por eso envió a su Siervo, su único Hijo para entrar en nuestra carne, para hacerse nuestro hermano.  Nos alegramos en esta buena noticia, que el Hijo del Hombre, el Mesías de Dios, no vino para ser servido, sino para servir, incluso para dar su vida en rescate por muchos. 

     Para rescatarnos, Cristo Jesús, el eterno Hijo del Padre, tuvo que identificar con nosotros, hasta el último.  Jesús, dejando su trono en la gloria y el poder divino, se identificó con los pobres, los sufridos, los que están en duelo.  Qué mensaje más consolador, que en nuestros momentos más bajos podemos confiar que Jesús ha pasado lo mismo, y peor, y que Él todavía está con nosotros, especialmente en nuestro sufrimiento. 

     Pero no somos solamente personas inocentes, sufriendo los dardos de Satanás y el odio del mundo.  Mucho menos, somos, en nuestro pecado, enemigos de Dios, rechazando su invitación y despreciando a su Siervo una y otra vez, cada vez que pecamos.  Por lo tanto, para rescatar a mí, para rescatar a ti, para rescatar a todo el mundo, fue necesario que Cristo se identificara también con los malos convidados que no quisieron venir a la gran cena.  

     Y, en la sorpresa más grande y buena de toda la historia, Jesús lo hizo.  El Santo Siervo de Dios se identificó con los fariseos, quienes amaban al dinero y confiaban en su propia justicia, en sus buenas obras, como ya habían merecido una invitación para entrar en la cena eterna del Señor.  Cristo se identificó con los malhechores, los asesinos y los ladrones, y con gobernadores sin preocupación por la justicia.  El Santo Siervo de Dios dejó que sus enemigos le identificaron como blasfemador.  Y luego, para tragar el último de la copa de maldición, Jesús fue identificado como el Pecador de pecadores por el Padre de la Casa, su propio Padre Celestial. 

     Todos tus pecados, y los míos, y los de todos, y todo el castigo justo que hemos merecido, fueron aceptado y consumido por Él, colgado en una cruz, bajo el odio de Satanás y todo este mundo caído, y peor, y en un momento incomprensible, bajo toda la ira justa de su Padre.  Consumado es. 

     Y luego, después de cumplir el sábado en la tumba, Jesucristo se resucitó.  La muerte no tenía poder suficiente para retener al Hijo de Dios, porque Él es la luz y la vida del mundo. 

     Y por todo eso, en Cristo Jesús, tú tienes una nueva identidad.  Tú puedes identificarte con Cristo, porque Él ha puesto su nombre, su justicia y su santidad sobre ti en tu bautismo.  Por causa de la obra de Jesús, el Padre te ha declarado justo y santo.  La morada de Dios en el Espíritu está contigo, porque tenerte con Él para siempre es su gran deseo. 

     De verdad, bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios.  Tú puedes confiar que por, y en, y a través de Cristo Jesús, ya tienes un sitio reservado en la cena eternal, una cena de que también Jesús nos da un anticipo, aquí, hoy, alimentándonos con su cuerpo y su sangre, para perdón, vida y salvación. 

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén. 

Sunday, September 3, 2017

Jesús Lo Hace Todo

Jesús Lo Hace Todo
Marcos 7:31 - 37

     Hay un dicho norteamericano, tal vez hay uno parecido en España; va como esto: “Si quieres que un trabajo sea hecho correcto, tienes que hacerlo tú mismo.”  Es una idea popular y común.  Desde luego, no es verdad.  Nadie es competente para hacer cada y cualquier trabajo.  Compartir, y delegar, y buscar a la persona con la aptitud y el tiempo para una tarea, estos constituyen el modo de trabajar con éxito.

     Quizás un padre, hablando en relación del trabajo de sus niños, puede decir este dicho con veracidad, pero solo hasta que sus niños crezcan a ser adolescentes, enseñando a su padre como usar su móvil. 

     Pero, hay uno que siempre puede decir este dicho.  Lo puede decir Dios. Para formar y sostener a su Iglesia, Jesús tiene que hacer todo. Nos puede extrañar, la idea de que el Dios todopoderoso, ubicado en toda la gloria, el Santo, Santo, Santo Señor, tiene que descender tan profundamente para lograr su meta de tener un pueblo santo.  Pero así es.

     Así también con el hombre sordo y tartamudo a quien Jesús sanó en nuestro Evangelio de hoy.  Jesús tenía que hacer todo, incluso hasta el punto de involucrarse en maneras que nos podría parecer desagradable, o aun repugnante. 

     Siempre lo odiaba cuando mi madre, justo antes de que llegáramos a visitar a la casa de unos amigos, escupía en un pañuelo de papel y se giró por atrás en el coche para limpiar mi cara.  Desagradable y ofensiva, en mi opinión. 

     Pero el mismo Señor Jesús no tiene reparos en meter sus dedos en los oídos de este sordo, escupiendo y tocando su lengua. El texto no dice exactamente, pero parece que Jesús escupió en sus dedos, y luego tocó la lengua del hombre.  Efata, dijo Jesús, sé abierto, mientras gimiendo y llamando al cielo.  Efata.  La palabra y las acciones juntas hacen el milagro. Nuestro Señor lo hace todo, todo lo que sea necesario, no importa la vergüenza, para desbloquear los oídos de este hombre y darle una lengua capaz de hablar correctamente. 

     Esto es el punto principal que debemos aprender. En relación con las preocupaciones de Dios, tú y yo no podemos hacer nada por nuestra cuenta. Somos espiritualmente débiles. Nuestros oídos están llenos y tapados con las mentiras de Satanás y del mundo.  Nuestra lengua está ocupada  con los pensamientos de autobombo que hoy amamos proclamar sobre nosotros mismos por las redes sociales. La autoestima es el eslogan favorito de la psicología pop, pero es totalmente inapropiada para los seguidores de Jesús que saben que nadie es bueno, sino sólo Dios.

     No somos buenos.  No hacemos las cosas bien. Bueno, es verdad que podemos ser buenos vecinos terrenales, e incluso podemos ser capaces de hacer algunas cosas de gran valor terrenal, como cocinar una comida, cuidar a un niño, o hacer un trabajo como cambiar un neumático para una persona varada en la carretera. Las noticias nos cuentan de héroes en Barcelona y en Houston, ayudando a aquellos que fueron heridos por los yihadistas y rescatando a personas amenazabas por la inundación causada por Huracán Harvey.  En medio de estas tragedias encontramos un poco de esperanza.

     Demos gracias a Dios por las buenas obras en Barcelona y Houston.  Muy bien.  Pero la fecha de caducidad de estas obras es muy pronto, especialmente en comparación con la eternidad.  Desgraciadamente, no podemos hacer nada de valor celestial y eternal, no por nuestros propios poderes. 

     No podríamos salvarnos a nosotros mismos si todo lo que se necesitaba era solo un pensamiento 100% puro, porque somos pecadores, desde el centro de nuestro ser.  Nuestra condición infecta cada cosa que hacemos.  Cuando se trata del Reino de los Cielos, si Dios quiere que el trabajo sea hecho correcto, Él tiene que hacerlo su mismo. 

     Por eso la multitud estaba tan asombrada del milagro de Efata, de las orejas abiertas y de la lengua desatada. Jesús hizo algo muy bueno, un hecho claramente celestial y divino. Por lo tanto las multitudes exclamaba: Él ha hecho todas las cosas bien. 

     Las palabras griegas para "bien" y “bueno” son “kalon” y “kalos.”  En hebreo es “tov,” la misma palabra que Jesús, junto con su Padre y el Espíritu, vio en la primera luz, y en las primeras tierras y mares separados, en las plantas y las aves y las criaturas marinas y los animales.  Dios creó estas cosas, y vio que eran buenas. “Tov” en hebreo. “Kalos” en griego. Dios hizo bien, y luego sonrió para ver su mejor creación, que era muy buena.  Así era la estimación de Dios cuando el hombre y la mujer fueron añadidos a la obra creativa.

     Jesús, al restaurar un fragmento de la creación en los oídos y la lengua de este hombre sordo y tartamudo, hizo de nuevo el bien. Algo nuevo estaba entrando en este mundo caído, por lo que las multitudes estaban asombradas.  Sabían que ningún hombre normal podía hacer todas las cosas bien.

     Pero Jesús podía hacerlo. Y Jesús puede. Jesús lo ha hecho y Él todavía lo hace. Jesús lo hace todo, y todo lo hace bien. Esta es la importancia de la Encarnación, cuando el Hijo de Dios se convirtió en ser también un ser humano, convirtiéndose en el único hombre perfectamente y eternamente bueno, llegando a vivir la vida llena de buenas obras, para la cual Dios nos creó.  Esa obra buena está ya hecha en Jesús.  Es terminada. Y es buena.

     ¿Qué fue la obra de Cristo?  Fue más que sanar a algunos pobres, más que alimentar a la muchedumbre o enseñar correctamente la Ley de Dios.  Jesús es el único hombre sin pecado. No obstante, vino para dar el pago por el pecado.  Vino para enfrentarse a la ira de Dios contra todo pecado humano, muriendo la muerte eterna que merecemos, todo esto empacado en unas horribles horas de un viernes que Jesús pasó colgado en una Cruz. Ese trabajo está hecho.  Terminado. Y es bueno.

     Pero espera, hay más.  Jesús no dejó de trabajar en la Resurrección, ni siquiera después de su Ascensión, cuando se sentó a la diestra de Dios. Jesús todavía lo está haciendo todo, ahora invisiblemente, a través del poder de su Palabra.

     La intimidad, la desagradable terrenidad de este milagro de Efata es, en parte, por qué la Iglesia siempre lo ha asociado con el Bautismo, que es también muy terrenal.  En tu bautismo, que parece nada más que un poco de agua y algunas palabras, Cristo te unió a su Cruz, a su muerte y a su nueva vida.

     Ahogarse es aún más desagradable a considerar que alguien toque tu lengua, pero esto es exactamente lo que Dios te ha hecho en las aguas del Santo Bautismo.  Ahogó a tu naturaleza pecaminosa, tu Viejo Adán, para que un Hombre Nuevo, una nueva criatura, un hijo redimido de Dios, podría surgir y resucitar para vivir en justicia y pureza ante Dios, para siempre. El bautismo, aún más que la curación de este sordomudo, es un milagro personal, incómodo, y muy bueno.


     Por supuesto, otra conexión entre el Bautismo y el milagro de Efata es el desbloqueo de los oídos y el desatamiento de la lengua. Dios también hace esta obra en el Bautismo, usando su Palabra de Promesa para crear fe, fe que nos hace vivos, porque recibimos la Fe Viviente, Jesucristo.  La fe nuestra, entonces, proclama naturalmente las alabanzas de nuestro Salvador.

     Normalmente la gente no se queda asombrada por un bautismo, pero deberíamos maravillar. Yo digo que los milagros de Jesús hoy son aún más impresionantes que los de los tiempos bíblicos. Hoy en día, en su Iglesia, Jesús combina, en uno, un misterio y un maravilloso privilegio. Aunque nuestro Señor no aparece visiblemente en los Bautismos, ni en la Cena del Señor, Él está verdaderamente presente. ¡Qué privilegio!  Y misterio de misterios, Él escoge trabajar su bien a través de las palabras y acciones de pecadores. Como yo. Como el Pastor Adam y el Pastor Juan Carlos. Y, como Dios te mueve a hablar su nombre y ofrecer su misericordia en tu vida cotidiana, Jesús también habla y hace el bien a través de ti. 

     Hoy, aunque por nuestra cuenta, somos incapaces de hacer algo verdaderamente bueno según el estándar de la eternidad, Dios elige realizar su mayor bien, recreando el mundo caído, a través de nuestras palabras. Es decir, a través de las palabras que el Espíritu de Cristo pone en nuestras bocas, Jesús lo hace todo.

     Tendemos a ponernos nerviosos cuando empezamos a pensar en hacer cosas en la Iglesia, o hacer cosas en la causa del Evangelio. Pero en la siguiente verdad podemos relajarnos un poco: si el trabajo es realmente bueno e importante, no tenemos que lograrlo. Jesús hará lo que haya que hacer. Tendremos cosas que hacer, sí, pero los resultados están en las manos de Jesús.

     Es algo así como nuestro canto en la Iglesia. Tratamos de cantar bien. Debido a quien, y de lo que estamos cantando, debido al mensaje evangélico que nos es dado para cantar, tratamos de cantar bien. Porque el pueblo de Dios está reunido aquí en su Nombre, Jesús está aquí. Por esta razón también, tratamos de cantar bien. 


     Es importante. No tratar de cantar bien estaría mal. Realmente queremos cantar bien, es divertido. Pero el valor de nuestro canto, para enseñar y elevar y consolar, no depende de nuestra calidad musical, sino más bien del Espíritu de Cristo, que trabaja a través de las palabras que cantamos.  Dios lo hace, ya sea que sonamos como una alondra, o más como un viejo cuervo.

     De manera similar, yo, como todo pastor, tengo un llamado a predicar bien, verdaderamente, fielmente, y de una manera que podáis oír. Y quiero hacer esto. Pero la creación de corazones fieles y alegres depende de Dios. 

     Cristo es el que supera las debilidades y fallos de todo hombre llamado a predicar. Él es el Buen Pastor, el Predicador a quién la Iglesia escucha, para recibir todos sus dones.

     Dios hará todas las cosas bien, con respecto también a tu papel en la Iglesia. Tal vez sólo puedes orar, o dar sólo un poco de dinero o tiempo. O tal vez puedes contribuir una cantidad significativa de dinero, y gastar muchas horas en el servicio de la Iglesia.   No es importante la cantidad de tu trabajo y ofrenda.  Lo que es importante es que enfoques en Cristo y lo que Él ha hecho para ti.  Porque, cuando estás lleno del regalo de perdón y vida nueva, entonces todo lo que hagas será perfecto, porque Jesús lo hará. 

     Tus obras aún no serán perfectas en el sentido de que no pecarás ni harás errores. Jesús tendrá que venir a nosotros de nuevo, y otra vez, para desatascar nuestros oídos y abrir nuestros corazones con su Palabra de Ley y Evangelio. El feliz estado de estar sin pecado y sin fallos, sin necesidad de ser corregidos por la Ley, el Día en que no necesitamos más perdón, ese Día no vendrá hasta que la Nueva Creación esté revelada.  Hasta entonces, necesitamos pedir la misericordia y confesar diariamente nuestros pecados y escuchar la palabra de perdón, hasta la muerte, o hasta que vemos a Jesús montado en las nubes, flanqueado por la hueste celestial, introduciendo los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra.

     Sin embargo, ahora mismo, por la fe en Jesús, tus obras son perfectas, porque estás atrapado en la Misión de Jesús, y Él hace todas las cosas bien. Él hizo, hace y hará todo bien, todo lo necesario, para llevarte a su Reino Celestial, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.