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Tuesday, July 31, 2018

Jugar según las Reglas: Noveno Domingo después de Trinidad


Noveno Domingo después de Trinidad
Jugar según las Reglas
San Lucas 16:1-13

     ¿Estáis preparados a jugar según las reglas?  Hoy, dos días después de que celebramos la confirmación y la primera comunión de dos nuevos miembros de la Iglesia Luterana en España, nuestro texto, del mayordomo malo, es muy apropiado.  Porque el viernes escuchamos a Carlos y Elke confesando públicamente su acuerdo con la doctrina cristiana, como está explicada por la iglesia luterana, en el Catecismo Menor de Martín Lutero.  Y aunque seguramente la vida cristiana no es un mero juego, según una manera de hablar, ellos, como nosotros,  han prometido a jugarla según la regla de Dios.  Por ende, debería ser servicial que consideremos un rato esta parábola, en que Jesús nos habla del conducta recta, en el reino de la luz, y, sorprendentemente, también en el reino de la oscuridad, es decir, el reino del mundo, lo que es gobernado por Satanás. 



     Debería ser servicial estudiar esta parábola del mayordomo malo.  Pero no es fácil de entender.  Porque al primer vistazo parece que Jesús está instruyéndonos a mentir y hurtar para ganar nuestro acceso a su reino.  El hombre rico, el amo, cuando supo que su mayordomo le había defraudado, alabó a él por haber hecho sagazmente.  Y luego nuestro Señor añade:  porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz. 

     Normalmente ser llamado sagaz es bueno, ¿no?  ¿Está Jesús invitándonos a engañar y defraudar? Entonces el Salvador dice:  Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.  ¿Defraudar y ser deshonesto nos ayudarán acceder al cielo eterno?  No puede ser.  Pero, Jesús dice…. ¿Qué pasa aquí? 

     Escuchar y considerar la parábola del mayordomo malo cada año es un gran don para la Iglesia, porque nos ayuda recordar las reglas, reglas importantes acerca del plan de salvación de Dios, que es su plan, no nuestro, y su plan funciona según su entendimiento, y no según nuestro. 

     Esta historia del mayordomo malo nos ayuda recordar que Cristo y su Evangelio del perdón de pecados, ganado en su muerte y resurrección, y dado a pecadores gratuitamente a través de la fe, es el centro y la clave de toda la doctrina, toda la Biblia, toda la vida cristiana.  Además, esta historia nos recuerda que el Evangelio de Cristo es radical, que él es completamente contrario de nuestra forma de pensar y actuar en este mundo. 

     Jesús usa el ejemplo del mayordomo malo para mostrarnos la importancia de vivir y actuar según las reglas, aunque las reglas del mundo del mayordomo son malos.  En este mundo, la meta de todo es construir tu propio camino a la vida buena.  En este mundo, no importa la ley, no importa la honestidad, en el mundo del hombre rico y su mayordomo, la victoria va a él que halla el método de conseguir más dinero, más bienes materiales, una vida más cómoda. 


     Según las reglas de este juego, hurtar, mentir, y defraudar son aceptables.  También, en el momento adecuado, ofrecer misericordia está lícito, siempre que des descuentos a los deudores del hombre rico para ganar el favor de ellos para el futuro.  El mayordomo malo gana amigos por medio de perdonar las deudas, para uno, 20%, para otro 50%.  Su generosidad, generosidad deshonesto, compartiendo la riqueza de su amo, fue sagaz, según las reglas del mundo, tan sagaz que el amo tuvo que alabarle. 

    Y, dentro de las reglas de su reino de la luz, Jesús nos exhorta que también seamos sagaces.  ¿Esto quiere decir que es lícito que hurtamos y mentimos y defraudamos para ganar acceso al reino de Dios?  ¡De ninguna manera!  Nunca jamás. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?  Pero, el punto principal que deberíamos sacar de la parábola del mayordomo malo es la necesidad de seguir las reglas de nuestro juego, es decir, seguir la doctrina de Cristo y su Salvación. 

    Y aquí hallamos la cosa verdaderamente asombrosa.  El mundo rechaza al Cristo porque la asunción de los incrédulos es que la regla de su juego es seguir la Ley.  Y la Ley es importante a Cristo; pero no es céntrico a su reino.

    Las reglas del juego para los hijos de la luz son mucho más radicales que las reglas del juego del mundo.  En términos de otorgar regalos inmerecidos, el mayordomo juega en la cuarta o quinta división, no se acerca a los estándares de la primera, de la liga teológica de Santander, la liga de Cristo.  El mayordomo malo es de baja división, porque el perdón de solo 20% o 50% de la deuda es, según las reglas de Dios, muy tacaño.  El centro céntrico de las reglas del juego del Reino de Dios es que solamente hay un tipo de perdón aceptable: 100%. 


     Perdonar menos, 20, 50, aun hasta 99%, sería un insulto al Árbitro, quien hace 2 mil años declaró una vez y para siempre que todos los pecados de todos los pecadores ya son expiados en la Cruz.  Consumado es.  Entonces, los mayordomos buenos en la casa de Cristo no pueden hacer menos que compartir este cien por ciento perdón, en conformidad con la regla de Cristo. 

     La idea de que el mayordomo malo es alabado por su deshonestidad nos parece un escándalo.  Que Jesús usa este ejemplo es difícil para nosotros.  Pero el escándalo mas fuerte es la regla de Dios sobre el 100% perdón.  Aunque somos hijos e hijas de la luz, elevados de las divisiones bajas a través del Evangelio de Cristo, todavía por naturaleza entendemos mejor las reglas del juego del mundo, donde nada es gratuito, y todo tiene que ser comprado o merecido o robado, no hay otra forma de ganar.  Pero no es así en el Nuevo Reino de la Luz, el Reino de Cristo.  Porque a él que no conoció pecado, [Dios] le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él.  Cien por cien.   

     El perdón pleno y gratuito por causa de Cristo es la regla central, la cosa que Jesús siempre estaba enseñando a los Apóstoles, como en Mateo 18 cuando Pedro quería saber el límite del perdón:    Entonces Pedro se le acercó a Jesús, y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces? 
     Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.  Es decir, que el tiempo de descuento del partido va a ser terminado por el pito del Árbitro mucho antes de que lleguemos al fin del perdón. 

     Es como dice el Rey David en Salmo 32:  Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.  Los hijos e hijas de la luz son honestos acerca de su pecado, y por ende no obstaculizan la gracia de Dios.  Como confesamos cada domingo en los primeros momentos de la Eucaristía:   Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.  (1 Juan 1:8-9)  Cien por ciento perdonado.  Cada vez.  Es la regla del juego. 

     En el juego de la oscuridad, la regla principal es conseguir todo que tú puedes, sin escrúpulos, porque nadie va a rescatarte, tu futuro depende en ti.  En el juego del reino de la luz, los bienes de este mundo caído son todos riquezas injustas, no porque toda riqueza es mala en sí, sino porque nuestra codicia y mal uso los contaminan.  Pero, la centralidad del perdón en las reglas de Cristo es tan potente que aun las riquezas injustas pueden servir el reino de la luz.  Jesús dice:  Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.  No dice que accederemos al reino eterno por causa de los amigos que ganamos con riquezas.  No, pero ganar amigos significa, para un hijo de la luz, ganar otro hermano o hermana en Cristo, y la riqueza injusta puede tener un rol en esto. 


     El uso adecuado de los bienes terrenales para nosotros cristianos es para amar a nuestros prójimos, cristianos o no.  Amamos a los prójimos libremente, sin deseo de avanzar nuestra posición, porque ya tenemos todo en Cristo.  Y cuando amamos así, algunos que juegan en las divisiones bajas van a preguntarnos por qué jugamos diferentemente que el mundo.  Y entonces tendremos la oportunidad de explicar la regla diferente de Jesús, la regla de perdón, pleno y gratuito, ganado por todos los pecadores en la Cruz de Jesús, perdón que nos hace participantes en la vida resucitada y eterna de Cristo mismo.  Y así ganaremos más amigos en las moradas celestiales. 

     Por lo tanto, sigamos hasta el pito final la regla del juego de Cristo, la regla de perdón y salvación, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

Sunday, June 25, 2017

Considerad al Maestro del Banquete

Segundo Domingo después de la Trinidad
Considerad al Maestro del Banquete
Lucas 14: 15-24, Efesios 2: 13-22, Proverbios 9: 1-10

   Las lecturas designadas para este domingo nos dan mucha razón para considerar la Cena del Señor.

     Desde Proverbios 9 oímos como la Sabiduría prepara su banquete, llamando a los simples, que vengan a la vida, llamándolos: venid y comed mi pan, y bebed de mi vino mezclado. Para entender esto, es importantísimo saber que en Proverbios 8 oímos la Sabiduría descrita de maneras que nos da razón para que asociemos la Sabiduría con el Hijo de Dios.  Aprendemos que la Sabiduría es desde la eternidad, y que ella es la maestra de obras, trabajando mano a mano con Dios, presente en el momento de la Creación.  Aún más, la Sabiduría nos enseña que "el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová… Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; Todos los que me aborrecen aman la muerte."

     Si oís un eco del Evangelio de Juan, entonces vuestros oídos son sabios.  En particular recordamos la manera en que San Juan describe el Verbo de Dios, Dios hecho carne, que estaba con Dios en el principio, y quien es Dios, y por el cual todas las cosas fueron hechas, y en el cual hay luz y vida.  Por todo esto, y por más, la Iglesia siempre ha visto una estrecha conexión entre la Sabiduría, personificada en Proverbios 8 y 9, y Jesucristo, la eterna Palabra de Dios.  Así, como oímos de la Sabiduría poniendo su mesa con pan y vino que dan vida, ciertamente pensamos con toda razón en la Sagrada Comunión.

     La Epístola continúa el tema. San Pablo habla de que los gentiles y los judíos fueron hechos uno, por la sangre de Cristo, antiguos enemigos reconciliados en un Cuerpo, por la Cruz, ahora miembros igualmente de la casa de Dios. La Cena del Señor es una comida para los miembros, es decir, los creyentes bautizados que comparten una confesión común de la única verdadera Fe. La comida que recibimos en este altar nos lleva a la más íntima comunión con Dios, y nos une también unos a otros, en una comunión creada por Cristo. 
     
     La Sagrada Comunión es para los que confiesan la enseñanza fundacional de los Profetas y los Apóstoles, siendo Cristo Jesús la piedra angular. Y, a los miembros de su Cuerpo, el Espíritu Santo viene para edificarlos para morada de Dios. Fíjate: En su gracia, Dios mora, justo aquí en nuestro medio, Emmanuel, Dios con nosotros, incluso entrando en nosotros por su Cuerpo y Sangre.

     Finalmente, Lucas nos habla de Jesús, enseñando durante una comida, hablando del Reino de Dios en términos de un gran banquete.  Además, el Maestro del Banquete ha determinado que tendrá cada asiento lleno, y cada huésped satisfecho.

     Es un poco agridulce, de verdad, hablar tanto del don maravilloso que es la Santa Cena, dado que hoy, en la Iglesia Luterana en España solo vamos a celebrarla en Sevilla.  La mayoría de nuestros hermanos tendrán que ser satisfechos con la Palabra sola.  Es verdad que el Espíritu Santo puede mantener nuestra fe por la Palabra sola, y Él lo hace. 
    
     Pero Cristo nos ha dado la Cena porque necesitamos el Evangelio en varias formas, y la forma más alegre y que nos satisface lo mejor es la Eucaristía completa, la Palabra y la Cena hombro a hombro, otorgándonos la gracia, perdón y vida de Dios.  Los Luteranos en España saben muy bien las dificultades en torno a proveer adecuadamente y rectamente los dones de Cristo, y nos echamos de menos del culto cuando no podemos reunirnos juntos.  

     Pero Dios es fiel, y nos esforzamos alcanzar al día en que haya muchas más oportunidades.  Porque, sí, tenemos el Evangelio todos los días, pero la celebración de la Santa Cena es aún más evangelio, y por eso los ángeles se regocijan.  

     Pero no es siempre así.  Como vemos en la parábola de hoy, y en la historia del pueblo de Dios, no importa la magnitud del don que es la Santa Cena, los seres humanos siempre han demostrado la capacidad de despreciarlo.  Por eso, Jesús habla de la estupidez y los peligros de negarse ir al banquete de Dios. Sobre la mesa, nuestro Señor Jesús da una advertencia a los judíos, que no estaban muy interesados ​​en recibir el Evangelio que el Señor ofrecía. 

     Muchos de los judíos estaban bastante satisfechos, al parecer, ya que formaban parte del pueblo especialmente escogido de Dios.  Fueron ya bendecidos, en sus mentes, destinados para comer pan en el Reino de Dios.  Pero los judíos tenían la idea equivocada de que Dios los había elegido porque eran tan especiales, tan buenos. La verdad es que Dios escogió a Abraham y a sus descendientes porque Dios es misericordioso y bondadoso, y simplemente eligió derramar su favor, inmerecidamente, sobre ellos.  Los hijos de Abraham, como él mismo, fueron de cierto muy poco impresionantes, y muy pecaminosos.  Nada en ellos los hizo especiales, sino que sólo la graciosa elección de Dios.

     Los judíos gozaban de su estatus especial ante el Señor, pero no querían mucho escuchar lo que el Señor realmente tenía que decir, o hacer lo que el Señor había ordenado. Ni tampoco les gustaba recibir los regalos que Dios les había dado. El Maná milagroso, dado día tras día en el desierto, pronto lo despreciaron como comida repugnante.

     El pueblo de Dios también se aburría con la adoración en el templo, en la cual el Señor dirigía sacrificios a través de los cuales prometió mantener su estatus de gracia. Sin embargo, los Israelitas comenzaron a evitar y descuidar los dones de Dios en la adoración.

     Ignoraban también la realidad que los sacrificios en el Templo apuntaban a un sacrificio futuro, un sacrificio final y completo por el cual Dios vencería de una vez por todas la totalidad pecaminosa de su pueblo, y de toda la humanidad.  Pero a los judíos no les gustó escuchar estas buenas noticias.  ¿Por qué necesitamos un Salvador sacrificial cuando ya somos el pueblo escogido de Dios?


     Así, cuando el Hijo de Dios nació de la virgen María, el Cristo, vino a salvar a su pueblo de sus pecados, bueno, los judíos respondieron tibiamente, en el mejor de los casos. Ellos disfrutaron de los milagros de Jesús, pero no su confrontación de su pecado, ni su condena de la justicia de las obras, que era la enseñanza de los Fariseos, quienes decían que fue posible ganar acceso al Reino de Dios por nuestro propio mérito.

     Los judíos no querían oír las severas advertencias que Jesús dio acerca de las verdaderas obras de justicia, porque les gustaba pensar que ya habían ganado el eterno favor de Dios.  Ciertamente no necesitaron a un Salvador abnegado.

     Los judíos satisfechos consideraban que su pertenencia al Reino de Dios era un derecho merecido, como su propiedad personal, en lugar de un regalo inmerecido, por el cual ellos debían alabar a Dios, día tras día. Sus vidas terrenales y placeres carnales eran más importantes que ir al banquete del Maestro. 

     ¿Hay alguna aplicación dentro de todo esto para nosotros hoy?  Sí.  Los cristianos de hoy son, o mejor, nosotros somos bastante parecidos a los judíos.  Somos miembros bautizados de la Iglesia de Dios, y, a veces, tratamos nuestra relación con Dios como una obra que nosotros hemos completado, como una tarjeta de acceso que hemos ganado en el bautismo o quizás en la confirmación, una tarjeta de acceso que podemos sacar de la cartera y usar cuando la necesitamos, cuando queremos, quizás en las grandes fiestas, o cuando tengamos algunos problemas en nuestra vida. 
Como los judíos, a veces despreciamos la invitación del Maestro al banquete.  Creo que casi todos nos hemos alejado de los cultos de la Casa de Dios porque tuvimos cosas más importantes o más entretenidas que hacer.

     Necesitamos arrepentirnos.  No hay nada más importante en esta vida terrenal que continuar en el camino de justicia ante Dios, un estado que recibimos solamente por gracia a través de la fe, algo no ganado, más bien un regalo gratuito. No hay nada más importante que tú y tus seres queridos tengáis una buena relación con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y Dios es el único que puede sosteneros, una obra de gracia que Él hace por medio de su Evangelio, especialmente a través de su Evangelio proclamado y distribuido en medio de sus congregaciones.

     De hecho, lo más importante que puedo decir esta mañana no es lo que debemos hacer, o lo que no estamos haciendo.  No, este tema siempre terminará siendo muy deprimente, porque no haremos lo necesario.  Pero, hay una Palabra más importante.  Lo más importante es considerar al Dios que prepara tal banquete, para invitados como vosotros, y como yo.

     Considerad, entonces, al Dios que, puesto que no puede hallar dignos invitados para el gran banquete que prepara, decide ir a buscar y encontrar y traer lo más bajo de lo bajo, lo pobre, lo lisiado, lo obviamente débil y pecador, criaturas caídas que yacen en las cunetas de la vida. Considerad al Dios que fue a encontrar a los huéspedes entre los más bajos de los bajos. Luego, para hacerlos dignos de su banquete, Él toma la humildad y los fallos de los invitados sobre sí mismo. Considerad al Dios que se hizo indigno, de hecho, el Hijo de Dios sin pecado quien se convirtió en pecado para nosotros, para que Él pudiera destruir el pecado y elevarnos a la gloria, por su muerte en la Cruz.

     Considerad al Dios que se hace siervo, descendiendo de la gloria para sufrir y morir y resucitar, para que los débiles y humildes puedan ser lavados y vestidos y preparados para la mejor comida, hoy y para siempre. Considerad al Dios que no acepta “no” como una respuesta, que envía a sus siervos a los caminos y vallados, golpeando los arbustos para encontrar otro invitado, para encontrarte a ti, y hacerte creer que no hay otro lugar mejor que estar en la mesa del Maestro, comiendo y bebiendo perdón, vida y salvación.

     Considera al Dios que te ha reunido aquí esta mañana. A pesar de todos los pecados que has cometido, a pesar de tu culpa, a pesar de tu fracaso en ser fiel, a pesar de todas las cosas malas e incluso vergonzosas que son tan evidentes en tu vida, y en la mía, Dios ha arreglado tus oídos para escuchar su misericordia hoy, ahora mismo.

     Jesucristo, el siervo que sufre, la Sabiduría desde lo alto, bajó para salvarnos.  Considera a Jesucristo, el hombre de carne y hueso que es también Dios Todopoderoso.  Él es el anfitrión de nuestra mesa.  Él es el Autor de la Buena Nueva del perdón y vida nueva para todos los que confían en Él.  Jesús es aquel que te habla hoy, ahora mismo, y cada vez que su Palabra de Perdón toca tus oídos.

     Considerad debidamente los dones que Jesús ha preparado para vosotros en su Mesa, en su Cuerpo y Sangre, en el perdón y en la nueva vida que Él ha ganado para todos. 

     Considerad a Jesús, y por la inspiración de su Espíritu, vais a buscar, tal vez incluso vais a demandar la Santa Cena, tan a menudo como deberíamos. 


     Queridos amigos, considerad a Jesús diariamente, y os regocijareis de reuniros y recibirlo una y otra vez, con sus hermanos y hermanas en Cristo. Pero, sobre todo, considerad a Jesús, y sabed que en Él, por su Cuerpo dado a la muerte, por su Sangre, derramada para perdonar, y en su Resurrección, ya tenéis la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo.  En Cristo vuestro Salvador, tenéis un asiento en el Banquete de Dios, hoy, y por los siglos de los siglos, Amén.