Sunday, May 13, 2018

Cristo el Emperador


Séptimo Domingo de Pascua – Rogate
Trece de mayo, A+D 2018
El Imperio de Cristo
Lucas 24:44-53 y Juan 15:26 - 16:4

… en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.  1 Pedro 4 :11

     La gloria y el imperio pertenecen a Jesucristo.  ¿Sabíais que Cristo tiene un imperio?  

     ¿Qué pensáis del hecho que nuestro Salvador es un emperador?  Otras traducciones de la Biblia usan diferentes palabras para este mismo versículo de la primera carta de San Pedro.  En nuestra de hoy, la Reina Valera 1960, la palabra elegida es “imperio.”  En la Biblia de las Américas, del año 1986, es “dominio,” una palabra parecido a imperio, un poco más variado en sus significados.  Otras, como las traducciones nuevas de la Reina Valera Contemporánea y la Nueva Versión Internacional eligen usar “poder,” una palabra mucho más genérica y flexible.  Lingüísticamente, todas son aceptables.  Dependiendo del contexto, cada uno de estas palabras puede ser una traducción correcta de la palabra griega del texto original. 

     Pero es mejor usar “imperio” o “dominio,” palabras más concretas, que suelen hacer referencia a un hecho concreto, una zona particular, y una población contenida dentro de unas fronteras, y bajo el poderío de un líder fuerte, un emperador.   “Poder” es una palabra más abstracta, y nos deja olvidarnos del hecho que el Reino de Dios es un reino, un dominio o un imperio, algo concreto.  Dios manda los ejércitos celestiales, los ángeles y arcángeles y toda la corte celestial.  También pertenecen al Imperio de Cristo todos los creyentes, los vivos y los muertos, las huestes de la fe.  El Reino de Dios no es meramente un concepto, ni sola una idea.  Aunque no podemos verlo, es real, concreto como un imperio, con seres viviendo adentro, y otros existiendo por fuera. 

    Sin embargo, entiendo porque los traductores nuevos eligen “poder” en vez de “imperio” o “dominio.”  Hoy en día, ninguna de las dos palabras son muy bien aceptadas.  En particular, “imperio” es de mala fama.  Es un insulto decir que un país o un líder está intentando construir un imperio.  No nos gusta la idea de que alguien tiene dominio sobre otros, porque la historia mundial de los imperios es algo muy feo. 

     Nuestro disgusto con la palabra imperio viene de la triste historia de los imperios humanos.  Seguramente hay que decir que el mundo ha experimentado muchas avanzas, especialmente en la tecnología, por causa de las actividades de varios imperios.  Pero siempre con los beneficios ha venido sufrimiento humano extremo.  Por ejemplo, consideremos el famoso Imperio Romano.  

     Fue una maravilla, y vemos artefactos de su logros por todas partes de España.  Pero el Imperio Romano fue fundado sobre la guerra y la esclavitud.  Utilizó torturas crueles con impunidad, incluso lo peor, la ejecución por ser colgado en una cruz.

     Otros imperios importantes incluyen el Sacro Imperio Romano, un intento de reproducir el antiguo Imperio Romano en Europa de la Edad Media.  Y el Sacro Imperio Romano instigó o fue la causa de docenas de guerras en que murieron miles y miles de personas.

     El descubrimiento por Colón del mundo nuevo trajo muchas bendiciones a Europa.  Pero hay mucha tristeza en el choque entre los imperios de los Aztecas y de los Incas y el naciente imperio de las Españas.  Y creo que todos conocemos los problemas del Imperio Napoleónico de Francia, o del Tercer Reich de Alemania, ambos proyectos que causaron muchísimo muerte y sufrimiento, incluido en España.

     Lo peor de los imperios, desde la perspectiva cristiana, ocurre cuando la iglesia intenta unirse al poder político.  Los resultados, para la doctrina, la misión y también para la reputación de la Iglesia, son siempre malísimos.  Podemos empezar un resumen de esta historia en la Biblia.  Aunque el Reino de Israel del Antiguo Testamento fue construido bajo el consentimiento de Dios, fue un desastre.  Los pecados, traiciones y errores de David, el mejor rey de Israel, causaron una guerra civil dentro de la familia real.  Y, salvo dos o tres excepciones, los reyes siguientes de David eran peores, siempre conduciendo Israel a la idolatría y la derrota militar.   

     Deberíamos aprender que la Iglesia de Cristo no debe intentar coger el poder político, ni entrar en acuerdos para compartir poder con gobiernos seculares.  Pero nos cuesta mucho recordar la lección.  Estos intentos siempre han resultado mal, desde los Estados Pontificios, es decir, el imperio de la Iglesia Católica Romana, hasta las iglesias estatales de Alemania y Escandinavia.  La primera víctima cuando la Iglesia persigue el poder político o militar es siempre la proclamación del Evangelio. 

    Sin embargo, es verdad que sí, Dios tiene un imperio.  Nuestro Dios es, como cantamos en el Sanctus,  el Señor Dios de Sabaot.  Sabaot es una palabra hebrea que significa los ejércitos celestiales, los ángeles y arcángeles, etc.  El problema en sí no es que exista un imperio; nosotros somos el problema.  El problema viene de nuestra conducta dentro de los imperios.  Siempre, cuando un ser humano agarra poder político y militar sobre los vecinos, el propósito, no importa tal noble que sea en papel, vaya a ser distorsionado.  Es probable que el imperio vaya a ayudar a unos, durante un periodo al menos, pero también es verdad que el imperio va a dañar a otros.  La mala fama de los imperios ha sido merecida.  

     Pero no deberíamos rechazar a todos los imperios, porque Dios tiene su propio imperio.  Nuestro desafío en esto es que nos cuesta mucho entender el Imperio de Cristo.  Porque es totalmente diferente que cualquier imperio humano. 

     Mira a nuestro Emperador.  Los imperios y los emperadores humanos siempre fracasan porque, por un lado, carecen el poder total necesario para completamente dominar a sus súbditos.  Por el otro lado, aun cuando tienen suficiente poder para controlar en gran medida a todo, la pecaminosidad de cada emperador resulta en que ningún imperio pueda evitar perjudicar a sus súbditos; las cosas vayan mal, y una rebelión imparable surja.  Un verdaderamente buen y exitoso imperio es un sueño imposible para nosotros. 

     Pero mira a Cristo, nuestro Emperador.  Finalmente hay un emperador con el poder y la sabiduría para hacer todo bien.  Ya ha demostrado su poder, y su clemencia, sirviendo sin cansar a tantas personas humildes con su poder milagroso.  Además , ya ha muerto, y luego se reveló como el vencedor sobre la muerte.  Todo está preparado para su gran coronación, su gran victoria sobre todos los imperios humanos.  Puesto que Jesús, crucificado y resucitado, ya está revelado como el Todopoderoso, el Señor Dios de los ejércitos celestiales, la guerra para derrotar a los romanos y cualquier otro poder mundial debería ser muy corta y fácil. 


     Pero mira que hace nuestro Emperador Jesús.  El gran vencedor sobre la muerte, el que hace milagros y controla la naturaleza, no dirige una campaña final de victoria mundial.  No, más bien se esconde.  Solo se revela a sí mismo a unas docenas de sus seguidores, y luego, se desaparece, ascendiendo ante los ojos de los Once, y siendo recibido por un nube, ocultado de sus propios tenientes.  Justo cuando, desde nuestra perspectiva, la victoria estaba a su alcance, Jesús ascendió.


    ¿Y cómo ha preparado nuestro Emperador a sus seguidores para que ellos puedan consolidar su imperio?  Sin armas blancas, sin poder económico, sin influencia política.  Jesús solo ha equipado a sus tenientes con un mensaje, y una promesa, que iba a venir un ayudante, la Promesa de su Padre.  Muy bien… pero,  ¿qué tipo de ayudante vendrá?  ¿Un guerrero con experiencia, un general sabio, o al menos un cortesano, un diplomado sagaz?  No, este ayudante prometido es descrito por Jesús como un Consolador, el Espíritu no de victoria ni de poder, más bien el Espíritu de Verdad.  Aunque es también el Todopoderoso Dios, el Espíritu Santo, como Jesús, solo quiere luchar con palabras.

     Es de verdad como dijo Jesús a Poncio Pilatos:  mi reino no es de este mundo.  El poder mundial no le importa, ni tampoco cualquier imperio humano.  No tienen ningún atracción para nuestro Emperador.  Aunque sería muy fácil que Cristo destruya a todos los poderes e imperios humanos en un segundo, esto no es su meta.  Porque el poder mundial, al fin y al cabo, solo llega a la miseria y la muerte. 

     Dios quiere mejor para los seres humanos.

     Mira a Cristo, nuestro Emperador.  Incluso los Apóstoles tenían dificultad de aceptar que su imperio iba a ser un imperio de amor, y nada más, que la única arma de la Iglesia sería la Palabra sola. 

     Todos los imperios humanos tienen la meta de mejorar la vida, para alguien, sea solamente el emperador y su corte, o la clase alta de una sociedad, o un pueblo entero, por supuesto al coste de los pueblos vecinos.  Todos los imperios están intentando hacer bien, según su propia idea de lo que es correcto y bueno.  Pero esta meta es inalcanzable para los imperios humanos, por causa de la debilidad y maldad de los hombres, y por el hecho que aun la mejor vida humana termina en un sepulcro. 


     El imperio de Cristo, al contrario, no persigue meramente mejorar esta vida terrenal.  No, antes bien Cristo quiere conquistar una vez para todos ambos el pecado y la muerte, para compartir el único imperio bueno y eterno, con todos los seres humanos.  Y esta meta ya se ha sido ganado, en el misterio horrible y amoroso de su Cruz.  “Consumado es,” la declaración de Jesús desde la Cruz, significa que los pecados, los pecados de todos, incluso los de sus enemigos, ya estuvieron expiados.  “Consumado es.” “Consumado es,” y luego, “¡Cristo vive!” “¡Cristo vive!,” la exclamación de la Resurrección, significa que la muerte ha sido derrotada. 

    Luego, con su imperio ya conquistado, no con armas ni con poder ni sabiduría humana, pero con la sabiduría y el amor y la justicia de Dios mismo, Cristo ascendió, preparando nuestro hogar celestial con su presencia concreta en los cielos, y cediendo el lugar al Espíritu Santo, la promesa del Padre, quien, a través de la proclamación de la Verdad de Cristo, iba a ganar más y más ciudadanos del Imperio de Cristo, no por fuerza, sino por el perdón gratuito.  Y el Espíritu los entrega un corazón nuevo, un corazón nuevo lleno del amor de Dios, que ahora quiere seguir al Emperador Cristo, en humildad y sinceridad, hasta que se revela el Imperio eterno y celestial, los nuevos cielos y la nueva tierra, donde con Cristo nuestro buen Emperador, viviremos en paz y amor, para siempre. 

    Todos los creyentes en Cristo, todos los bautizados confiando en la ciudadanía celestial recibida por el lavamiento del agua con la Palabra, ya son miembros del eterno imperio de Jesús, el Reino de Dios.  Pero no es un imperio que nos hace jactarnos y burlarse de aquellos que todavía están fuera del imperio. 

     No somos nada más que pecadores perdonados por Cristo; él es nuestro único orgullo.  Y él quiere salvar a todos.  Por eso, oremos para todos, e invitemos a ellos a venir, y escuchar, y recibir el mismo don que hemos recibido, aquí, donde el Espíritu Santo crea fe y paz en nosotros, a través de su única arma, la espada de la Palabra de Cristo, que nos da perdón y vida eterna, en el Nombre de Jesús, nuestro buen Emperador, Amén



Tuesday, March 13, 2018

Nuestro Pan de Vida

Sermón del Cuarto Domingo en Cuaresma
Juan 6:1-15


En el Nombre del Padre, y del + Hijo,
y del Espíritu Santo. Amén.
     Los que estaban en la ladera de la montaña eran débiles. No podrían viajar más sin comida. No podrían llegar a casa sin desmayarse en el camino. 
     ¿Es posible que Jesús no se diera cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿Por qué les permite seguirlo tan ciegamente, tan captados por su Palabra que se olvidaron de las necesidades de la vida? 
     La respuesta es que Jesús los condujo al campo salvaje a propósito. No es que el sufrimiento o el dolor o el miedo provengan de Él.  Pero Él los utiliza, para el beneficio de la gente, según su misericordia divina. Sí, Él la llevó a la multitud a un punto sin esperanza. Y justo allí, en la situación desesperada, Él les proveyó para ellos. Él les enseñó que solo hay un lugar donde buscar sustento. Les demostró que Él es la esperanza para los sin esperanza. 
     Así en el sufrimiento aprendemos fe.  No obstante, muchos en aquel entonces solo pensaban en sus estómagos, solo querían a Jesús como un Rey de Pan.  Por lo tanto, Jesús se retiró solo, porque ser un Rey de Pan no fue su misión.   
      Hoy, aquí en nuestra ladera de la montaña, los estómagos todavía gruñen.  El tirón de la carne puede ser tan fuerte, o nuestra depresión tan intensa, que nuestros huesos duelen dentro de nosotros, y murmuramos. 
     Es una ironía muy extraña que, en nuestra época, cuando para muchos, seguramente para nosotros, hay más que suficiente pan, y además todo tipo de comida rica, y tenemos la Palabra de Dios, y acceso a mucho conocimiento y tecnología, y disfrutamos de una vida bastante cómoda, sin muchos de los peligros que han afligido a los seres humanos durante casi toda la historia, no obstante, no vivimos en paz.
     Tenemos muchas preocupaciones y dudas acerca de la Palabra de Dios.  De vez en cuando surgen preguntas irreverentes de nuestros corazones, preguntas que a veces salen de la boca: “¿Qué me importa todo esto, Señor Jesús?  ¿Qué me importa si hiciste milagros y enseñaste grandes cosas hace 2,000 años?  Nos profetizaste un futuro muy bueno.  Pues, ¿dónde estás ahora? ¿Dónde han ido esas experiencias espirituales magníficas, cuando llevaste a tus seguidores a la cumbre de la montaña emocional?” 

     ¿Cuándo serán multiplicados los panes para mí? No tengo hambre literal, pero tengo suficientes problemas.  Yo lloro y rezo hacia el cielo, que me quites mis sufrimientos de mí.  Pero el sol se levanta y se pone, y las nubes pasan, lloviendo, o no, sin darse cuenta de mí.  Luego la noche viene, y no veo ningún milagro para mí. 
     ¿Qué relevancia tiene la alimentación de los cinco mil para mi vida?  ¿Cómo podemos orar por alivio, cuando ha sido nuestra oración incesante durante tanto tiempo, y durante tanto tiempo la ha quedado sin respuesta? Cuántas veces, mientras enfrentando una necesidad grande, nos hemos compadecido con Felipe, diciendo: "El pan de doscientos denarios no sería suficiente."  Es decir, “no hay esperanza.” Y con Andrés hemos dicho: "Aquí hay un muchacho con cinco panes de cebada y dos pececillos, pero ¿Qué son entre tantos?" Es decir, "Es imposible, Señor.”
     Bajo el amable sol, creo todo lo que dice la Palabra acerca de ti, Jesús.  Pero, cuando la cortina negra de la depresión, la desesperación o la frustración desciende a mi alrededor, separando a mí de mis seres queridos y mis cosas buenas, entonces todo me parece irrelevante. 
     Oh, tú que conquistó el pecado y la muerte, ¿no puedes vencer mi dolor? 

     ¿Qué dijiste, Señor?  ¿Sí, puedes hacerlo?  Pues, muy bien, ¿por qué no me lo has hecho? 

    Es posible que aun nosotros prefiramos un Rey de Pan, y no un Salvador.

     Queridos amigos, a veces tristes y solitarios, a veces tercos y quejosos: las imposibilidades; los obstáculos insuperables; las noches largas y oscuras; estas cosas no son nada para Dios.  Para Él, todo es posible.  Él puede conquistar, y lo hace.  
     De las cenizas se elevó el fénix a la vida, pero es solo un mito.  Pero escucha:  desde una tumba prestada se levantó nuestro Señor Jesucristo. No es un mito. Es verdad. ¿Tienes duda?  O.k., investígalo.  Te acompañaré en la investigación.  Este milagro nos ha dejado muchas pistas, y es un gozo estudiarlo.  Porque es verdad. 

     Y de la Cruz y la Resurrección aprendemos la Verdad Imprescindible: que, desde las circunstancias más insignificantes, utilizando cosas poco impresionantes, desde la debilidad y la humildad, incluso desde la muerte, Jesús reparte los mejores regalos. 
    Tú dices, "¿Qué debo hacer? Estoy triste. Estoy solo. Estoy deprimido. Estoy frustrado.  Tengo miedo. No hay a donde acudir". 
     Y el Señor te dice: "Siéntate.  Si quieres, recuéstate.”    
     Eso es lo que dijo en la ladera de la montaña de la alimentación milagrosa. Él ordenó que la gente se recostara, que se sentara y descansara en la abundante hierba.   También hoy Él te dice: "Siéntate, descánsate." 
     Siéntate y escucha. Siéntate y espera. Serás provisto según su manera, en su tiempo. Él te proveerá.  Después de todo, Él vino a salvarte, no solo para la eternidad, sino también para el aquí y ahora.


     Jesús alzó los ojos a los cinco mil hombres, más mujeres y niños, que habían venido a escucharle, y tuvo compasión de ellos. A su palabra, se sentaron y Él se hizo cargo de ellos.  El vio a esa asamblea, y a lo largo de los siglos, también vio a todos sus amados hijos de todos los tiempos.  Él ve tus alegrías y sonríe contigo.  Él ve tu dolor y tristeza también. 
     Él te oye llorar, "Señor, me duele". Y él responde: "Lo sé. Me hicieron daño a mí también. Pero mi Padre no me dejó en la tumba. Me liberó de las profundidades del infierno. Así también yo te liberaré.  Mi muerte es suficiente. Mi sangre cubre todos tus pecados. El precio ha sido acordado, pagado en su totalidad, y aceptado por la eternidad.
     Jesús te dice hoy: “Espera. Te amo. Estoy aquí para ti, donde he prometido estar.”   
    Cristo te recuerda:  En los días grises y últimos, yo soy el consuelo, la paz, y la esperanza. Hay fuerza para el viaje, pero solo en Mí. Yo soy el único Nombre bajo el cielo por el cual los hombres sean salvos. Ningún hombre viene al Padre sino por Mí.  No hay consuelo, no hay curación, no hay paz en ningún otro lado.
     Por lo tanto, Jesús te dice: “Siéntate. Deja de murmurar, y deja de intentar hacer tu propio camino. Estoy aquí para servirte. Escucha mis Palabras de vida, de amor, y de perdón. Ven. Arrodíllate ante Mí. Déjame alimentarte con pan que satisfaga tu alma. Y debes saber esto: yo volveré a buscarte."
      Jesucristo te escucha. Él responde a tus oraciones. Su respuesta no va a satisfacer siempre los antojos de tu carne. Él sabe lo que es mejor. A menudo, sus acciones no tienen sentido para nosotros. Pero sabemos que Él da abundantemente, de acuerdo con lo que es bueno y con lo que podemos aguantar.
     Recuerda como Jesús alimentó a los cinco mil con raciones más que suficientes; dio tanto que cada persona comió hasta que se llenó, y aún quedaban doce cestas rebosantes. Donde Dios reparte sus dones, los vasos humanos se llenan hasta rebosarse. No pueden contenerlo. La gracia de Dios es más grande que nuestra necesidad.
      La victoria sobre el pecado, la muerte y el infierno está completa. Ha sido anunciado en la Resurrección.  Pronto pasaremos a través de este velo de lágrimas y entraremos en nuestro hogar celestial.   

    Por el momento solo hay una forma de luchar, de seguir adelante, de viajar por este desierto. Es por el Maná celestial que Él otorga tan generosamente.   Es por su Palabra y sus Sacramentos. Por su Gracia y Providencia, estos dones te están disponibles.
     Él te ha dado la Biblia. Cógelo. Léelo. Hay consuelo allí para ti.
    Él también te ha dado su Cuerpo y su Sangre, que te fortalecerán y sostendrán en esta vida, con preparación para la próxima. En la Cena Él perdona tus pecados, lava tu alma y te lleva a la comunión perfecta con él.
     Además, hay la Absolución. Él mismo es tu Abogado, que te representa como inocente delante de su Padre, por causa de sus propias heridas.  En la Absolución, Cristo mismo habla por la boca de su siervo, con el resultado bendito que tú seas puro y santo como Él es puro y santo.
     Por el momento, estos dones no te quitan todo tu dolor o sufrimiento. Ni siquiera curan todas tus dudas. Pero te darán la fuerza para continuar, para creer en medio de los problemas. Te protegerán de desmayarte en el camino. 

    Al final, te llevarán a tu destino donde la cruz será intercambiada por una corona, al lugar donde no haya lágrimas, ni remordimientos, ni vergüenza, ni miedo, ni culpa, ni soledad, ni depresión.
     Aun con Cristo, esta vida puede ser una vida difícil.  A menudo, la realidad de la maldición se nos viene encima; el caos y la muerte nos atacan. Están más allá de nuestra comprensión, porque los hijos de Dios no pueden comprender el mal que los rodea.
     No es fácil la vida cristiana, pero es buena.  La vida cristiana está centrada en su Palabra.  Esta Palabra de Cristo expulsará las impurezas de tu boca, y limpiará tus labios, y así disfrutarás de la paz que solo Dios puede dar, hoy por la fe, y pronto, en la gloria.
     Así que, ven a las aguas que satisfacen, que limpian y refrescan. ¿No tienes dinero? Ven, de todos modos. Ven, compra vino y leche sin dinero y sin precio. Deja que tu alma se deleite en la abundancia y la misericordia del Señor.  Deja que llene los espacios vacíos dentro de ti. ¡Escucha, y tu alma vivirá!


     Jesucristo, Dios encarnado, no da nada menos que a sí mismo, el Pan de Vida, su Palabra, y su cuerpo y su sangre, comida divina para las almas en conflicto que sufren bajo la cruz, esperando la gloria por venir. 
     Pronto, a los rezadores cansados, a los tristes, a los solitarios, y a los confundidos, Cristo vendrá, con su descanso eternal. Por ahora, viene comida celestial, amor milagroso, y fortaleza para el viaje. Nuestra copa está rebosando.  Dios es bueno.  Amén.    

(Sermón adaptado de uno de Pastor David Peterson, Redeemer Lutheran Church, Fort Wayne, Indiana)


 

Sunday, February 25, 2018

Luchando con Dios


Segundo Domingo en Cuaresma – Reminiscere, A+D 2018, Luchando Con Dios – Génesis 32:22-32 y Mateo 15:21-28

     El año pasado, prediqué sobre los textos de hoy, con un enfoque en Jacob y su lucha libre con Dios.  Hoy vamos a considerar la lucha de esta mujer, esta madre cananea, que peleaba con Cristo hasta que consiguió su meta, el rescate de su hija del poder de los demonios, lo cual la mujer creía que Jesús pudiera dar. 


     Algunos recordatorios, antes que entrar en el tema.  En nuestra lectura del Antiguo Testamento, oímos como Jacob recibió un nombre nuevo de Dios: Israel, que literalmente significa “lucha con Dios.”  Había la lucha libre literal de Jacob con el Varón misterioso, y luego, muchos siglos de lucha para su descendencia, la nación de Israel.  También vemos que esta mujer cananea tuvo que pelear con Jesús, Dios encarnado.  Y, puesto que vosotros sois miembros de la Nueva Israel, la Iglesia de Cristo, será servicial estudiar a ella y su lucha, porque vosotros también vais a tener vuestro turno en el cuadrilátero divino. 

     La primera cosa de que nos damos cuenta en esta historia es que el Señor no es simpático.  Dios es bueno, y Él ama al mundo, y especialmente a sus ovejas, los miembros de su Israel.  ¿Pero simpático?  A veces, con los seres humildes, como niños, los enfermos, los paralíticos.  Pero si leemos los Evangelios, vamos a ver que la mayoría de las veces, Jesús no parece ni actúa en una forma muy simpática. 

     Esta realidad no nos da licencia para ser antipáticos, o sin compasión, o sin hospitalidad.  No, no, no.  Nosotros cristianos, antes de recibir la gracia salvadora, merecíamos el castigo eterno de Dios, como todos.  Pero en vez de lo que merecíamos, hemos recibido por la fe un tesoro inimaginable, un tesoro que es para todas las naciones, para todas las personas, para cada cual que cree en el perdón gratuito ganado para pecadores por Jesús.  Habiendo recibido la victoria y la vida eterna de Cristo, nuestro comportamiento debería reflejar este amor recibido, y debería ser mostrado en nuestro amor y hospitalidad al prójimo. 

     Jesús, por el otro lado, durante su ministerio estaba en una situación muy diferente.  Él fue luchando para la salvación del mundo, y aunque su victoria sobre el Diablo fue inevitable, la magnitud de la obra salvadora, y nuestra inclinación de resistir y hasta rechazar la gracia de Dios hicieron que la obra de Jesús era seria, y difícil.  En particular, Él tenía que convertir a los discípulos en apóstoles.  No fue nada fácil enseñar a este grupo de hombres judíos sobre el plan de Dios para la salvación de todos, a través de una cruz romana.  Sobre todo, los judíos mantenían muchos prejuicios contra gente de otras razas y naciones, los “goyim” en hebreo, los gentiles en castellano. 

     Por eso, la madre cananea iba a tener que luchar con Dios, no porque Dios no quiso ayudarla, más bien porque Jesús sabía la fuerza de su fe, y necesitaba utilizarla para dar una lección fuerte a los discípulos. 

     De verdad, todo el capítulo quince del Evangelio según San Mateo es una inversión de expectativas para los Doce.  Ellos se preocupaban porque los Fariseos quejaban sobre el hecho que Jesús y sus discípulos, antes de comer, no observaban todos los lavamientos rituales de la tradición farisaica.  Pero, inesperadamente, a Jesús no le importó nada la opinión de los Fariseos.  Él rechazó su falsa autoridad, indicando fuertemente como los Fariseos mantenían sus propias tradiciones, pero ignoraban la Palabra de Dios y sus leyes. 


     Llamándolos hipócritas y ciegos guías de ciegos, Jesús continuó proclamando sorpresas, declarando que no es la comida prohibida entrando en el estómago que contamina a una persona, como pensó los judíos, más bien la contaminación viene de los malos deseos del corazón y las palabras falsas que salen de la boca.  Para una nación que había observado las reglas dietéticas durante quince siglos, esta fue una enseñanza extraña. 

     Todo esto fue la preparación para la lucha de la mujer cananea.  Descreditar a los Fariseos fue una sorpresa, pero tal vez bien recibida por muchos, puesto que los Fariseos eran tiranos religiosos.  ¿Suavizar la ley dietética?  Muy bien, quizás no sería nada mal probar el jamón serrano de las naciones vecinas de los judíos. 

     Pero ¿aceptar a una mujer cananea como hermana en la fe?  Esto tenía que ser un reto mucho más allá, y por eso, Jesús usó una pelea, un debate intenso con esta mujer de gran fe, para dar el choque suficiente a los Doce. 


     No sé si podamos entender la enemistad los judíos sintieron contra los cananeos.  Eran enemigos antiguos.  Por la gran idolatría de los cananeos, el Señor había instruido a Josué y los Israelitas a destruirlos cuando entraron en la Tierra Prometida.  Los Israelitas no lo hicieron, prefiriendo pactar y hacer alianzas con los cananeos, y aun participando en sus religiones paganas.  Desde entonces, los cananeos, entre otros, habían sido enemigos terribles, una plaga para los judíos. 

     No sé si podamos entender relaciones tan divisivas, hoy en día.  O quizás sí.  Vivimos en una época de tribalismo resurgente:  En mi país, tienes que ser o para Hillary, o para Donald, y no hay tierra media.  Hay aquí en la península catalanes y españoles, y también catalanes independentistas y catalanes pro España.  El mundo musulmán está dividido entre Suníes y Chiíes.  En Siria hay una guerra civil con cuatro o cinco bandas distintas, cada grupo listo para apoyar al otro hoy, y atacarlo mañana.  Hay el conflicto de casi 70 años entre Corea del Norte y Corea del Sur.  Aun en el mundo deportivo, los ultras nos enseñan que el tribalismo y la violencia pueden ser pasatiempos. 

     Y también podemos ver nuestra capacidad de dividir y pelear dentro de nuestras familias.  Cualquier abogado o asesor que ha ayudado a familias en el reparto de una herencia después de una muerte puede compartir historias tristes de las rivalidades entre hermanos.  Ocurre en familias, iglesias, y naciones, porque cada uno se compone de pecadores egoístas.  Dividir y atacar, el tribalismo, es un rasgo triste de nuestra naturaleza, primero observado en el asesinato de Abel por su hermano Caín. 

     Esta naturaleza, fortalecida por siglos de historia, fue el contexto en que entró esta mujer, para pedir a Jesús que salve a su hija endemoniada.  Su audacia tuvo que haber sido escandalosa, siendo mujer y cananea, pero sin embargo atreviendo peticionar a un rabino judío. 

     Y parecía al principio que Jesús estuvo de acuerdo con todos los prejuicios típicos de los judíos.  La mujer cananea acercó a Jesús y clamaba: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.”  Pero Jesús no le respondió palabra.  ¡Ni una palabra!  Como si ella no existiera.  Es lo peor, ¿no?  Una palabra de rechazo sería mejor que el silencio.  Y considera un momento lo que dijo ella: “Señor, Hijo de David, hágame un milagro, no para mí, mas bien para mi hija.”  ¿Puede haber una mejor petición cristiana?  Una confesión de su fe que Jesús era Dios, el Señor, capaz de hacer milagros, el Creador misericordioso, a quien le encanta ayudar a los pobres y humildes.  Una petición no para sí misma, más bien para otra.

     Pero de Jesús, ni una palabra. 

     No importa a la mujer.  Su fe es más fuerte que un momento de silencio.  Persigue a los discípulos: “Por favor, intervenid con el Señor por mí,” como si ella sabía que ellos fueron la fundación del pueblo nuevo de Dios. 

     Y que valientes y poderosos los Doce.  Van a rogar a Jesús, sí, por causa de ella, pero no por su necesidad.  Incapaces de rechazar a una sola mujer cananea, los discípulos imploraron a Jesús: “Despídela, pues da voces tras nosotros.”  Parece que los Doce entendían el silencio de Cristo como afirmación de sus propios prejuicios, como si Jesús fue sin misericordia para los gentiles, como ellos.  Y su respuesta a ellos parece confirmarlo:  Jesús respondiendo, dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”  Que amistad y bondad del Señor, ¿no?

     Bueno, debemos recordar que Jesús no está mintiendo.  Su papel, su ministerio, no fue a los gentiles, a las naciones.  ¡Esta fase de la Misión de Dios pertenecería a los Apóstoles, los mismos que no querían intervenir para la mujer cananea, ni tenían el coraje para despedirla por sí mismos!  En este momento los Doce no pueden ver, mucho menos aceptar que sería por sus bocas que el Evangelio y la Salvación iban a llegar a todo el mundo.  Por el momento, no tienen la fe requerida para ser útil en la misión de Cristo. 

     ¿Pero la mujer?  Sí, ella tenía fe, más que suficiente.  Rompiendo docenas de tabúes y prohibiciones culturales, por su confianza en la bondad de Dios revelado en Jesucristo, ella persiguió su meta:  Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: “¡Señor, socórreme!”  Ella está físicamente declarando que este hombre es divino, digno de recibir la adoración, y dispuesto de dar misericordia. 

    Pero todavía no.  Respondiendo, Jesús dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.”  Y en ese momento, que nos parece tan duro, aun vergonzoso, la mujer sabe que ha ganado el debate.


      Me explico. La fe acuerda con el juicio de Dios, que todos somos pecadores, más perrillos que humanos, indignos de ser huéspedes en la mesa del Señor. 

     Es verdad.  No es nada amable ni feliz.  Excepto si conoces y confías en la promesa del Señor para los perrillos arrepentidos, la promesa revelada en el Hijo de Dios encarnado. 
     No obstante lo que merecemos, en Jesucristo, por la fe en Él y su obra salvadora, Dios nos ha dado la bienvenida a su mesa.  Porque el Hijo de Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos.  Por todos.  No solo los judíos.  Por todos. Especialmente tenemos que decir que Jesús no vino por los buenos y justos, porque desde Adán y Eva, no ha sido ni uno bueno y justo.   

     Ni uno.  Excepto este hombre, a veces silencioso y aparentemente incompasivo, Jesús de Nazaret, el Hijo de David.  Él sí es bueno y justo y en Él hay rescate, para todos.  Por lo tanto, con confianza suprema en esta promesa, que ella había escuchado no sé cómo, esta mujer termina el debate, su lucha con Dios, así: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” 

     Entonces, otra vez invirtiendo todas las expectativas de la lógica humana y los prejuicios tribales, Jesús respondió: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.” Y su hija fue sanada desde aquella hora.

     Esta mujer sabía que en Jesús ella ya tenía el perdón de pecados y la vida eterna.  Ella sabía y sin duda estaba enseñando a su hija esta buena noticia.  Rogó con plena confianza por el rescate desde el control de diablo para su hija, porque creía que esto fue la meta de Dios en Cristo.  ¡Que el Espíritu Santo nos de tal fe, y nos enseñe orar así! 

     Y Él lo hará, porque todavía Cristo quiere librar a todos del poder de Satanás, por la entrega del fruto de su gran lucha.  Los creyentes pueden luchar en oración, pueden mantener la confianza, aun cuando Dios aparece silencioso, pueden ignorar al desdén del mundo, y pueden amar a todas las naciones, porque sabemos que Cristo ya ha vencido el poder del pecado, ha silenciado a las acusaciones de Satanás, y ha ganado la salvación eterna por todos.  Todo esto fue cumplido, en la lucha cruciforme del Hijo de David. 


     Y por eso, hay migajas también para ti, el fruto de la Cruz, en la Palabra, y en la Santa Cena.  Ven sin vergüenza, confesando tus pecados, y pidiendo con confianza los dones mejores de Dios, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Sunday, February 4, 2018

El Sembrador Loco y su Santa Semilla

Sexagésima 2018                          Sola Escritura

     Sola Escritura.  Sola Escritura, una de las Cinco Solas de la Reforma Luterana, quiere decir que la Santa Palabra de Dios es la única fuente de doctrina en la Iglesia.  Además, es sólo por la proclamación de la Palabra de Dios que la salvación viene a los pecadores.  La Palabra es la autoridad, y la herramienta, de la redención. 


     Hoy tenemos ante nosotros la parábola del sembrador, el sembrador loco y derrochador, como cualquier granjero podría llamarlo.  No nos sorprende que la semilla sea la Palabra de Dios.  Porque, desde el principio, Dios dice: “Sea” y ahí está: Luz, cielo, tierra, criaturas.  La Palabra de Dios es creativa, causando que las cosas que dice existen.  La Palabra de Dios crea y sostiene nuestra realidad, y todo el universo.  La semilla es la Palabra de Dios. 

     Lo que nos sorprende es cómo se siembra esa semilla.  El granjero de Jesús la lanza por doquier, sin cuidado, un método de siembra que resulta en el aparente fracaso de su propósito, con demasiada frecuencia.  Parece una lección extraña para los discípulos, aprendiendo día a día en su camino hacia el apostolado.  Es lógico que se preguntaban, ¿a quién deberíamos predicar, y cómo?  ¿Y cómo deberíamos juzgar su éxito?  Preguntas cruciales, para ellos y para nosotros.  Entonces Jesús les dice esta parábola.

     El sembrador salió a sembrar su semilla, y en su siembra, esto es lo que sucedió.  Las palabras sembrador, sembrar y semilla nos indican que esta parábola no se trata de los suelos, ni de la lluvia o el sol, sino de la Semilla y su Sembrador.  La Palabra de Dios, la Escritura sola, y cómo Dios la proclama, esto es el tema principal de la parábola.



     Por supuesto, ningún agricultor planta de la manera que Jesús describe, ni en aquel entonces, ni hoy.  Sería como transmitir semillas por un esparcidor montado en un helicóptero:  Unas caen en los campos, otras en el río, en la carretera y sobre las azoteas de los bloques de pisos.  ¡Qué derroche! 

     Hoy hay toda una ciencia para descubrir y mejorar la calidad de los diversos suelos para que las semillas crezcan, y toda una ciencia para adaptar las semillas a los suelos particulares.  El agricultor compra las semillas correctas para sus diversos suelos, y planta esas semillas preciosas ordenadamente en hileras, justo donde la ciencia le ha dicho que las ponga. Si él arrojara la semilla en cualquier lugar, su negocio agrícola sería arruinado.   Seguramente los granjeros en los días de Jesús, mientras que ellos no tenían la ciencia de hoy, todavía sabían que no podían cultivar de la manera que Jesús sugería.

     La forma en que Jesús quiere sembrar la semilla de su Palabra es sorprendente.  Esparce la misma semilla en todas partes, sin mirar el suelo primero para ver qué puede crecer allí, sin comprobar si está demasiado rocoso o demasiado compactado o si ya ha echado semilla allí.  La Palabra de Dios es para todos, y para todos lo mismo: arrepentirse y creer el Evangelio; Jesús el Hijo de Dios es crucificado por tus pecados y tu pecaminosidad, y ha resucitado para darte perdón completo, y vida eterna. 

     Esta predicación no es el "plan B" de la misión de Dios.  Es el "plan A", y no hay ningún "plan B".  La predicación de Cristo es una parte esencial del plan de salvación de Dios.  “Así está escrito, ", dice Jesús, acerca de todas las Escrituras, "que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. 

     La Palabra es el medio por lo cual Dios salva, específicamente la Palabra de Jesús, quien es la Semilla que debía morir y caer en la tierra para poder llevar una abundante cosecha de creyentes.


     La Palabra salvadora de Dios es para todos, y los apóstoles y pastores y todos los creyentes deben sembrarla en todas partes, al igual que Jesús, el Sembrador que salió a sembrar.  En este sentido, hay un himno cantado en Misuri, que va así:
"Predícales la Palabra con toda fuerza,
a los hombres a quienes les gusta o no les gusta,
La Palabra que perdurará y se mantendrá,
Cuando las flores y los hombres serán olvidados.
¿Y si en un momento dado pareciera
que no está dando frutos? 
¿Qué hay de eso, qué hay de eso? "

     Muy bien, tal vez es fácil para Jesús y el autor de este himno decirlo, pero ¿cómo afrontamos tú y yo el aparente fracaso de la Palabra?  
     Protestamos como granjeros ordenados a utilizar un esparcidor de helicóptero. La difusión de la Palabra de Dios tiene un costo, y esperamos que funcione, de una manera consistente y predecible.  No queremos malgastar; nos parece vergonzoso, como si fuéramos tontos.

     Incluso hay un costo para recibir la Palabra de Dios en nosotros mismos. Podríamos estar haciendo otra cosa con nuestro tiempo, en lugar de estar sentados aquí para tenerla implantada dentro de nosotros. Podríamos estar satisfechos por un tiempo con recibir las otras semillas del mundo, que podrían brotar.  Pero ¿brotar en qué fruto?  ¿Quién sabe?  Pero sí sabemos que las semillas del mundo y de nuestros deseos solo pueden crecer por un tiempo.  Todos ellos perecerán al final, y nosotros junto con ellos, si confiamos en ellos.  Solo la Palabra del Señor perdura para siempre.

     Aun cuando estamos recibiendo la Palabra verdadera para nuestra salvación, todavía existe el costo de diseminar esa semilla. Y en esto somos propensos a mirar a los suelos que nos rodean, es decir las personas a quienes pudiéramos proclamar la Palabra, e intentamos averiguar si vale la pena.

     Ese suelo, ese pecador, se ve bastante rocoso.  Antes él solía molestarme y golpearme.   ¿Qué va a hacer ese tío con la palabra del perdón de Dios?  Es probable que él vaya a pensarme un tonto, listo para otra paliza.

     Y conozco bien a este.  Está bastante asfixiado con las malas hierbas de los placeres de este mundo. No va a aceptar la semilla santa.  Tal vez yo preferiría disfrutar algo de las hierbas malas con él, en lugar de plantar la semilla buena allí.

     Aquel otro es un camino bastante usado. Todo lo que podría ser probado, ya ha hecho él; está endurecido.  ¿Qué uso tendrá para la Palabra de Dios?  Mejor salvar mi aliento, probablemente no vaya a funcionar.  Si lo intento y no funciona de inmediato, me avergonzaré.  Voy a aferrarme a la semilla.  No lo arrojaré sobre él.

     Hermanos, no estamos llamados a ser frugales con la Palabra de Dios, y especialmente no debemos ser tacaños.  Desgraciadamente, a menudo lo somos, por nuestros temores, debilidad de fe, y pecado. Señor, perdónanos por nuestra mezquindad con tu Palabra.

     Perdónanos, e, igual que los apóstoles, enséñanos aplicar generosamente la semilla, incluso cuando no creemos que funcione, incluso donde no ha funcionado antes, incluso cuando creemos que podríamos estar desperdiciando nuestro aliento. Es imprescindible recordar que, a través de ese aliento que nos parece tan desperdiciado, el Espíritu de Dios respira vida eterna, donde y cuando le plazca.

     Por supuesto, esperando ver el "dónde y cuándo" del Espíritu puede ser frustrante para nosotros. Sabemos que Dios habló en el principio, y el mundo fue creado.  Por lo tanto, pensamos que nuestra proclamación de la poderosa palabra de Dios debería producir resultados inmediatos y espectaculares. Si la Palabra de Dios es una espada viva y efectiva de dos filos, que penetra hasta partir el alma y el espíritu, entonces esperamos ver resultados ya.  

     Pero Jesús preparó a sus discípulos para la realidad que conocemos tan bien: algunas semillas caen en el camino y las aves se las comen. O más bien, el diablo viene y la arrebata la Palabra de los corazones duros, sin que la palabra penetre, para que no se arrepientan ni crean.


     Otras semillas caen sobre las rocas, donde brotan bajo el sol y el rocío de la mañana, pero mueren cuando no logran echar raíces. Estos escuchan el Evangelio con mucho gusto en un buen momento, pero en un momento de prueba, apártense y se sequen.

     Y luego hay una semilla que cae entre las espinas, la Palabra estrangulada en el corazón de un creyente, estrangulada por todos los cuidados y riquezas y placeres de esta vida, con el fin de que la Semilla buena no brota en la vida eterna, más bien la semilla mala produzca el pecado y la muerte.

     Conocemos estas historias.  Conocemos a esta gente. Vemos un grado de cada uno en nosotros mismos. Esta es la realidad del mundo en el que los Apóstoles fueron enviados a predicar, y es la realidad de nuestro mundo, un mundo que naturalmente ignora o incluso desprecia la Palabra de Dios. Este mundo necesita redención.

     Nosotros, que hemos sido llevados por la gracia a la fe en la Palabra de Cristo, queremos ver la salvación de todos, ahora mismo.  Pero, como Jesús nos recuerda, la Misión no funciona de esta manera. Se predicará la Palabra, y quizás solo una pequeña parte de los oyentes brotará con fe.  Esto no significa que la Palabra no funciona como debería. Esto no significa que la Semilla es sospechosa o que el plan de Dios es débil.  Ciertamente, no significa que debemos manipularlo hasta que funcione mejor.

     No, lo que significa es que la antigua trinidad impía, el diablo, el mundo y nuestra carne, se oponen ferozmente a la Palabra.  También significa que la Misión pertenece a Dios, no a nosotros.  Sea como sea, la respuesta de Dios a todo esto no cambia:  Permaneced en mi Santa Palabra, y compartidla.  Es sencillo:  la Escritura sola es nuestra autoridad, y también nuestra herramienta para comprender y participar en la enseñanza y la misión de Cristo.

     No hay ciertas personas para quienes la gracia y el perdón de Dios están destinados, y otros no. El sembrador siembra en todas partes, y no es tonto por hacerlo. Porque en el día de la cosecha veremos una vasta multitud, de toda tribu y nación, que han creído en la palabra de Jesús y han sido salvos en él. No olvidéis a Saulo, también llamado Pablo, el perseguidor de la iglesia, a quien Jesús trajo a la fe y perdonó e hizo su apóstol especial para las naciones. Recordad a Pedro, quien negó a Cristo tres veces, y siempre quiso las cosas a su manera, pero de quien no obstante Jesús hizo un fiel pastor. Recordad a los pecadores groseros en Corintio, todavía llamados hermanos en Cristo por Pablo.


     Sobre todo, recuerda lo que el Espíritu a través de la Palabra ha hecho en y para ti.   A pesar de lo que eras por naturaleza, un enemigo de Dios, fuiste lavado, fuiste santificado, fuiste justificado en el Nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.  Aunque a menudo somos suelo duro y rocoso, este es el objetivo de Dios para nosotros, y para todos los pecadores, y el Señor cumple su meta por su santa Palabra. 


    El Señor es fiel, lo hará, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.