Wednesday, January 15, 2020

La Justificación y la Santificación: Sermón para el Bautismo de Nuestro Señor

Primero en español, luego en inglés/ 
First in Spanish, then in English

El Bautismo de Nuestro Señor
12 de enero, A+D 2020
Justificación y Santificación

    [Los] padres [de Jesús] acostumbraban ir a Jerusalén todos los años a la fiesta de la Pascua. 42 Y cuando cumplió doce años, subieron allá conforme a la costumbre de la fiesta; 43 y al regresar ellos, después de haber pasado todos los días de la fiesta, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, 44 y suponiendo que iba en la caravana, anduvieron camino de un día, y comenzaron a buscarle entre los familiares y conocidos. 
   45 Al no hallarle, volvieron a Jerusalén buscándole. 46 Y aconteció que después de tres días le hallaron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. 47 Y todos los que le oían estaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas. 48 Cuando sus padres le vieron, se quedaron maravillados; y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has tratado de esta manera? Mira, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia. 
   49 Entonces Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de mi Padre? 50 Pero ellos no entendieron las palabras que Él les había dicho. 51 Y descendió con ellos y vino a Nazaret, y continuó sujeto a ellos. Y su madre atesoraba todas estas cosas en su corazón. 52 Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.

   Hoy nos encontramos con una dificultad del leccionario anual.  Tenemos cada año en el primer domingo después de la Epifanía dos opciones, o celebrar el Primer Domingo después de la Epifanía, o celebrar el Bautismo de Nuestro Señor.  Acabamos de escuchar el Evangelio del Primer Domingo después de Epifanía, el relato lindo e informativo de la visita de Jesús, con doce años, a Jerusalén, y al Templo.  Nos da el único vistazo bíblico a la vida de Jesús, entre su primera infancia y su ministerio.  Y sigue muy bien después de las historias de su natividad y la visita de los Reyes Magos, las que hemos oído en los últimos domingos.  Es un texto muy interesante.   

   Al otro lado, el Bautismo del Señor es una historia completamente fundamental: Es la inauguración del ministerio público de Cristo. 

Es una de muy pocas veces en toda la Biblia cuando las tres personas de la Santísima Trinidad aparecen juntas, el Padre con su voz desde arriba, el Espíritu en forma de paloma, y el Hijo en el agua, recibiendo el bautismo.  La Iglesia Primitiva decía que cuando el Santo de Dios entró en el Río Jordán para someter al bautismo de Juan, Él santificó a todas las aguas, haciéndolas dignas de ser usadas para el Santo Bautismo.  Puesto que somos una congregación de los bautizados, entender y recordar el bautismo de Jesús es muy saludable. 

     ¿Cuál de los dos evangelios apuntados para hoy deberíamos usar?  Ambos son muy serviciales a nuestra fe.  Cuando Jesús con doce años visitó a su propio templo, nos dio un ejemplo de la vida justa, es decir, como actúa la persona fiel, la persona correctamente viviendo desde el amor de Dios Padre, y compartiendo este mismo amor con otros.  En el Bautismo de Jesús vemos el inicio de la obra salvadora, el ministerio público de Dios hecho carne, los tres años más importantes en toda la historia, con diferencia.  Como dijo Jesús a Juan, empezando con su Bautismo, el Señor cumplió toda justicia, para salvar al mundo.  Las dos opciones son excelentes.  ¿Cuál usaremos?      

    ¿Por qué no usar ambas historias? 

     Sí, usaremos ambas, porque juntas, las dos historias nos dan una explicación de la justificación y la santificación.  Es decir, de estas dos lecturas, aprendemos como pecadores, como tú y yo, podemos ser justos, y tener una relación buena con el Santo, Santo, Santo Dios, y luego vemos como, una vez justificados, debemos vivir en santidad. La justificación, y la santificación.  La Salvación y la Vida Cristiana.

     Normalmente cuando predicamos y enseñamos sobre la justificación y la santificación, hablamos primero, y mayormente, de la justificación, y luego hablamos de la santificación.  Esto es necesario, porque la santificación es consecuencia en nuestra vida de la justificación: sin ser salvos por la fe, declarados justos por causa de Cristo, no podemos aun empezar de vivir en santidad. Como dice Jesús, el árbol malo no puede dar fruto bueno.  Hasta que recibamos Cristo por la fe, nuestro pecado nos hace arboles malos, pecadores, sin la capacidad de hacer verdaderamente buenas obras. 

     Uno puede hacer algo útil en el mundo, pero sin la fe cristiana, siempre nuestra motivación es mala.  O hacemos cada cosa en egoísmo, para ganar algo para nosotros mismos, o la hacemos en miedo, para apaciguar a Dios. 
     Así, antes de la fe, pecamos en cada obra, no importa cómo se parece, porque no creemos en el amor y generosidad del Señor.  Exteriormente tales obras pueden ser buenas, pero no son válidas ante Dios, porque llevan en sí un rechazo de Él.

     La vida santa, llena de buenas obras, es siempre una obra del Espíritu Santo en nosotros.  Buenas obras fluyen sin compulsión de un corazón agradecido por todo, especialmente por el primer y mejor don, la salvación gratuita que hay en Cristo para todos los pecadores arrepentidos.  Buenas obras son fruto del Espíritu, y no tenemos al Espíritu de Cristo hasta que Él mismo nos convierta.  Entonces, en la Iglesia, es necesario una y otra vez que empecemos y enfoquemos mayormente en la justificación, y luego hablar la santificación.   

     Al contrario, en el caso de Jesús, los Evangelistas pueden hablar al revés, y lo hacen.  Primero vemos la vida santa de Jesús, por ejemplo, como su mero nacimiento causó la celebración angélica:  Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz y buena voluntad a los hombres.  También, oímos de su sumisión a la Ley de Moisés en su circuncisión, su asistencia a la Palabra y las tradiciones de Dios, y su sabiduría preternatural como un niño en el Templo. 
   No era necesario primeramente hablar de la justificación de Jesús, porque siempre era justo.  Jesús es el Santo de Dios, el que dio la Ley a Moisés.  Con Cristo Jesús, la justicia es su naturaleza.  Por lo tanto, cada cosa que hizo era una buena obra, hecha en obediencia a su Padre y en amor a los demás. 

     La justificación, para Jesús, no era una necesidad personal, más bien un proyecto de amor, la misión eterna de Él que, por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo, y se hizo hombre, nacido de la Virgen María, para cumplir toda justicia, para nosotros.

     Para Jesús, la vida santa era fácil, natural.  Pero el camino de la justificación era muy duro.  Considerad su humillación: el Rey de los cielos rechazado por su propio pueblo; el único hombre sin pecado, identificado como el pecador de pecadores;
el amado Hijo eterno de Dios Padre, abandonado y castigado, por nuestro pecado. 

     No se puede elogiar el valor de la raza humana más o mejor de lo que dice el autor de Hebreos, que Jesús hizo todo esto por el gozo futuro, el gozo de presentarnos a su Padre como un nuevo pueblo santo, los justificados en Cristo, destinados a vivir siempre en la gloria y alegría de Dios. 
   Por el gozo de este futuro, Jesús cumplió toda justicia.  Esto es el amor, no que hemos amado a Dios, sino que Dios en Cristo nos ha amado a nosotros, y a toda humanidad, entregando el Hijo como la propiciación, el sacrificio adecuado, por todos nuestros pecados. 

     Para nosotros, es el contrario: la justificación es muy fácil, no hacemos nada.  Esta verdad es amarga a nuestro viejo hombre, nuestra naturaleza pecaminosa, porque es su muerte.  Pero la justificación para la nueva criatura, la nueva hija o el nuevo hijo de Dios, es 100% recibida, y con alegría.  Como en tu nacimiento físico, así también en tu renacimiento espiritual:  lo experimentas, y recibes los beneficios: perdón, paz con Dios, y vida eterna en su familia.  Pero no causas nada. Estábamos muertos en nuestros delitos, pero Dios nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados).

     Para nosotros, la justificación es fácil, pero la santificación nos cuesta mucho.  La vida santa es dura, porque seguimos en este mundo caído, y como pecadores.  La conversión nos rescata del pecado, su castigo y su culpa, nos da entrada en el Pueblo de Dios, y la promesa de una vida eterna y santa en el futuro. 

Pero, en su sabiduría misteriosa, Dios en nuestra conversión no nos cambia en personas sin pecado.  Y porque el pecado permanece en nosotros, vivir como un cristiano es muy difícil.

     Tenemos el deseo de caminar con Dios y obedecer sus mandamientos, pero el pecado nos agarra diariamente.  Queremos amar a Dios con todo nuestro corazón, mente, y fuerza, y a nuestros prójimos como a nosotros mismos.  Pero el egoísmo y el deseo de autodeterminación nos agobian. 

     Gracias a Dios, tampoco es la santificación un logro nuestro.  A diferencia con la justificación, somos actores en la vida santa, tenemos un papel.  Pero al final, la santificación depende de Dios, igual como con la justificación.  Dios actúa en ti, para querer y hacer su voluntad.  La vida santa es el resultado de tener Cristo en nosotros, por la fe bautismal.  Estamos en la lucha, y podemos celebrar cada inclinación de hacer algo bueno, porque es fruto de la fe salvadora.  También, en tristeza y arrepentimiento, debemos identificar cada momento de resistencia a la voluntad de Dios como evidencia de que seguimos siendo pecadores. 

    Entonces, miremos de nuevo a Jesús para saber cómo vivir la vida santa: Con doce años, y antes, y después, Jesús siempre se ocupaba con las cosas de su Padre: visitando su casa, observando sus tradiciones, la Pascua de los Judíos y otras fiestas designadas por Dios, diariamente oyendo y conversando y profundizándose en su Palabra.  Mientras tanto, vivía en comunidad, sometiéndose a sus padres, y amando a todos. 

     Salvados por la gracia, podemos intentar imitar a la vida santa de Jesús.  Y el primer paso, que necesitamos tomar día tras día, no es salir con prisa para hacer grandes cosas, sino que es volver a la fuente de santidad, volver a Dios, en los lugares donde su Espíritu está presente para alimentar y fortalecer nuestras almas, con la vida y la justicia de Jesucristo, quien es en sí mismo nuestra justificación y nuestra santificación, nuestro Salvador y Maestro. 

     Recordado por Dios que nuestro futuro es seguro y bendito en Cristo, luego salimos para vivir en esta confianza, librados para amar sin compulsión.  Unidos, por el agua y la Palabra, con la Cruz y Resurrección de Cristo, ya tenemos vida, y podemos empezar de vivir, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén. 

The Baptism of Our Lord
January 12, A + D 2020

    [The] [Jesus] parents used to go to Jerusalem every year to the feast of Passover. 42 And when he turned twelve, they went up there according to the custom of the party; 43 and when they returned, after having spent every day of the party, the baby Jesus stayed in Jerusalem without his parents knowing, 44 and assuming he was in the caravan, they walked one day, and began to look for him between family and acquaintances.          
   45 When they did not find him, they returned to Jerusalem looking for him. 46 And it came to pass that after three days they found him in the temple, sitting in the midst of the teachers, listening to them and asking them questions. 47 And all who heard him were amazed at his understanding and his answers. 48 When his parents saw him, they were amazed; and his mother said to him: Son, why have you treated us this way? Look, your father and I have been looking for you full of anguish.             
   49 Then He said to them: Why were you looking for me? Didn't you know that it was necessary for me to be in my Father's house ? 50 But they did not understand the words He had said to them. 51 And he went down with them and came to Nazareth, and continued subject to them. And his mother treasured all these things in her heart. 52 And Jesus grew in wisdom, in stature, and in favor with God and men.              

   Today we encounter a challenge with the one-year lectionary. We have two options every year on the first Sunday after the Epiphany, celebrate the First Sunday after the Epiphany, or celebrate the Baptism of Our Lord. We have just heard the Gospel of the First Sunday after Epiphany, the beautiful and informative account of Jesus' visit, at twelve years old, to Jerusalem, and to the Temple. It gives us the only biblical look at the life of Jesus, between his childhood and his ministry. And it follows very well after the stories of his nativity and the visit of the Magi, which we have heard in recent Sundays. It is a very interesting text. 
  
   On the other side, the Baptism of the Lord is a completely fundamental story: It is the inauguration of Christ's public ministry. It is one of the few times in the entire Bible when the three persons of the Holy Trinity appear together. The Early Church said that when the Holy One of God entered the Jordan River to submit to John's baptism, He sanctified all waters, making them worthy of being used for Holy Baptism. Since we are a congregation of the baptized, understanding and remembering the baptism of Jesus is very healthy. 

   Which of the two gospels listed for today should we use? Both are very helpful to our faith. When Jesus with twelve years visited his own temple, he gave us an example of the righteous life, that is, how the faithful person acts, the person correctly living from the love of God the Father, and sharing this same love with others. In the Baptism of Jesus we see the beginning of the saving work, the public ministry of God made flesh, the three most important years in all history, by far. As Jesus said to John, beginning with his Baptism, the Lord fulfilled all justice, to save the world.

     Which one will we use? Why not use both stories? Yes, we will use both, because together, the two stories give us an explanation of justification and sanctification. That is, from these two readings, we learn how sinners, like you and I, can have a good relationship with the Holy, Holy, Holy God, and then we see how a person, justified by grace through faith, lives. Justification and sanctification. Salvation and the Christian Life.

     Normally when we preach and teach about justification and sanctification, salvation and the Christian life of the saved, we speak first, and mostly, of justification, and then of sanctification. This is necessary, because sanctification is a consequence in our life of justification: without being saved by faith, declared righteous because of Christ, we cannot even begin to live in holiness. As Jesus says, the bad tree cannot bear good fruit, and until we receive Christ by faith, our sin makes us bad trees, sinners, without the ability to do truly good works. One can do something useful in the world, but without Christian faith, we always do everything either to gain something on our own account, or to appease God, always because we do not believe in his divine love and generosity.  Outwardly such works are good, but not worthy of God, because they carry in themselves a rejection of Him.

     The holy life, full of good works, is always a work of the Holy Spirit in us. Good works flow without compulsion from a heart grateful for everything, especially for the first and best gift, the free salvation that is in Christ to all repentant sinners. Good works are the fruit of the Spirit, and we do not have the Spirit of Christ until He himself converts us. Then in the Church, it is necessary again and again that we begin and focus mostly on justification, and then sanctification.   

     On the contrary, in the case of Jesus, the Evangelists can speak backwards, and they do. First we see the holy life of Jesus, for example, as his mere birth caused the angelic celebration: Glory to God in the highest, and on earth, peace and goodwill to men. Also, we hear of his submission to the Law of Moses in his circumcision, and his assistance to the Word and traditions of God, and his preternatural wisdom as a child in the Temple. It was not necessary to speak first of Jesus' justification, because it was always fair. Jesus is the Holy One of God, who gave the Law to Moses. With Jesus Christ, justice is his nature, therefore, everything he did was a good work, done in obedience to his Father and in love to others. Justification, for Jesus, was not a personal necessity, rather a project of love, his eternal mission, that for us men, and for our salvation, came down from heaven, and became man, born of the Virgin Mary, to Fulfill all justice for us.   

     For Jesus, the holy life was easy, natural. But the path of justification was very hard. Consider his humiliation: the King of heaven rejected by his own people, the only sinless man identified as the sinner of sinners, the beloved eternal Son of God the Father, abandoned and punished, for our sin. You cannot praise the value of the human race more than the author of Hebrews says, that Jesus did all this, for the future joy, of introducing us to his Father as a new holy people, those justified in Christ, destined to live always in the glory and joy of God. For the joy of this future, Jesus fulfilled all justice. This is love, not that we have loved God, but that God in Christ has loved all mankind, giving the Son as the propitiation, the proper sacrifice, for all our sins. 

     For us, it is the opposite: justification is very easy, we do nothing. This truth is bitter to our old man, our sinful nature, because it is his death. But the justification for the new creature, the new daughter of God, is 100% received, and with joy. As in your physical birth, so is your spiritual rebirth: you experience it, and you receive the benefit, forgiveness, peace with God, and eternal life in your family. But you don't cause anything. We were dead in our crimes, but God gave us life together with Christ (by grace you have been saved).

      For us, justification is easy, but sanctification costs us a lot. The holy life is hard, because we continue in this fallen world, and as sinners. Conversion draws us from sin, its punishment and its guilt, it gives us entrance into the People of God, and the promise of an eternal and holy life in the future. But in his mysterious wisdom, God in our conversion does not change us into sinless people. And because sin remains in us, living as a Christian is very difficult. We have the desire to walk with God and obey his commandments, but sin grabs us daily. We want to love God with all our heart, mind, and strength, and our neighbors as ourselves. But selfishness and the desire for self-determination overwhelm us. 

     Thank God, sanctification is not our achievement either. Unlike justification, we are actors in the holy life, we have a role. But in the end, sanctification depends equally on God, as justification. God acts in me, to love and do his will. The holy life is the result of having Christ in us, by baptismal faith. We are in the fight, and we can celebrate every inclination to do something good, because it is the fruit of saving faith. Also, in sadness and regret, we can identify every moment of resistance as evidence that we are still sinners. 

    Then, let's look again to Jesus to know how to live the holy life: With twelve years, and before, and after, Jesus always occupied himself with the things of his Father: visiting his house, observing his traditions, Easter and other designated holidays by God, daily hearing and conversing and deepening his Word. Meanwhile, he lived in community, submitting to his parents, loving everyone. 

     The first step, day after day, of living the holy life, is not to hurry out to do great things, but to return to the source of holiness, return to God, in places where His Spirit is present to nourish and strengthen our souls, with the life and justice of Jesus Christ, who is in himself our justification and our sanctification, our Master, and Savior.  Reminded by God that our future is safe and blessed in Christ, then we go out to live in this trust, freed to love without compulsion.   United to Christ by the water and the Word with his Cross and Resurrection, we have life, and we can begin to live, in the Name of the Father, and of the Son, and of the Holy Spirit, Amen. 

  

Sunday, December 22, 2019

El Agobio del Pecado, y la Bienaventuranza - Sermón para el Cuarto Domingo de Adviento


Cuarto Domingo de Adviento - Rorate
22 de diciembre Anno + Domini 2019
El Pecado Agobiante, y la Bienaventuranza

Lecturas del día:  Deuteronomio 18:15-19, Filipenses 4:4-7, San Lucas 1:39-56 
 

   (Desde la Colecta del Día)
   Reaviva tu poder, Señor, y ven en nuestra ayuda, para que los pecados que nos agobian sean rápidamente quitados por tu gracia y misericordia.  

   ¿Qué pecados nos agobian?  ¿Qué son los pecados que nos molestan y nos hacen la vida difícil, o quizás que nos torturan, y nos hacen la vida imposible?

   Primeramente, los pecados de otros, las ofensas cometidas por otros contra nosotros. 
   Esta semana, todos hemos estado golpeado por el asesinato del Pastor Luis Coronado en Venezuela, muchos de nosotros con mucha fuerza, por haber sido ovejas de Pastor Luis, lo demás por nuestro cariño a los que sufren más, y también simplemente por el hecho que un hermano y predicador de nuestra iglesia hermana en Venezuela fue matado por hombres malvados, un servidor de Cristo, cruelmente quitado de su familia y congregación.  Gracias al Señor, Pastor Luís descansa en paz, y esta atrocidad no va a parar la obra de Cristo.  Pero la pérdida de él es una tristeza dolorosa.  

   Tal vez otros están sufriendo una crisis en la familia, causada por las decisiones egoístas de otros.  Los errores o abusos de uno pueden dañar a toda la familia, y es difícil saber que hacer, como enfrontar el problema, o si deberíamos aguantarlo en silencio.   
   Otros pecados contra nosotros son más leves, pero todavía nos duelen.  Pueden ser simplemente palabras duras, o una falta de respeto o afección.  Tal vez una amiga de repente te está evitando.  Tal vez tu hijo te dice que no te respeta, con sus palabras o acciones.  Tal vez tu jefe o jefa te maltrata, o tus compañeros se burlan de ti. 
   Hay un sinfín de pecados de otros que nos agobian.  ¿Queremos un minuto para considerar nuestra lista, para presentarlo al Señor? 

   También, hay los pecados de nadie.  Hay muchas tragedias, muchas tristezas de las cuales es difícil identificar el responsable, pero que, sin duda, son malas.  Cuando una patera de inmigrantes buscando una vida mejor en España se hunde en el mar, ¿quién es el pecador responsable? O cuando un volcán mata a turistas en Nueva Zelanda, ¿a quién debemos culpar?  Cuando una familia está separada porque un padre o madre tiene que viajar para el trabajo o para atender de asuntos importantes, todos sufren. 
Y el sufrimiento es claramente una consecuencia del pecado en el mundo.  ¿Pero de quién es este pecado?  A veces es fácil decir, o al menos posible; otras veces no.   Pero claramente, aun cuando no podemos decir a quién un pecado pertenece, todavía puedan agobiarnos.  ¿Hay pecados de nadie que te agobian?...   
   Finalmente, encima de los pecados de otros, contra nosotros, y los pecados de nadie, que también nos dañan, finalmente hay que decir que nos agobian nuestros propios pecados.  Los míos.  Los tuyos.  Yo no sé todos los vuestros, ni sabéis todos los míos.  Pero los tenemos, algunos pecados fáciles de ver, otros escondidos, pecados que nos cuestan mucho para abandonar, unos que aparecen en momentos de cansancio o depresión, otros que nos abruman en momentos de alegría y éxito.  En la Confesión al inicio de la Liturgia, reflexionamos brevemente en silencio antes de confesar.  No sería inapropiado hacer lo mismo ahora…
   A veces es difícil hablar del pecado y nuestra necesidad para tener un Salvador.  Naturalmente queremos ser feliz, y la verdad es que Dios quiere nuestra felicidad aún más que nosotros. Pero este deseo para experimentar la alegría y felicidad nos hace poco dispuestos de afrontar la realidad de pecado.  Algunos días, pueden ser difícil admitir que el pecado nos agobia y necesitamos un Salvador.
   Hoy no tanto.   Con la muerte de Pastor Luis y unos minutos meditando en la realidad del pecado en el mundo, y en nuestra vida, creo que veamos bastante claro que no podemos soportar el peso y la extensión del pecado en nuestras vidas.  Cuando todo va bien, nos cuesta querer un Salvador.  Pero cuando todo va mal, o mejor decir cuando vemos la realidad de nuestra situación, entonces entendemos nuestra necesidad, y miramos alrededor ansiosamente, esperando un rescate, un fuerte Salvador.   Aquí estamos…   
   Cuando, por la obra del Espíritu, estamos listos para un Salvador, necesitamos alguien para guiarnos al único verdadero Salvador.  Alguien para proclamar la buena noticia en nuestros oídos. Hoy nuestra maestra en el tema es Elisabet.  Elisabet, quien sufría durante décadas de la esterilidad, por la culpa de nadie.  Elisabet, ¿contra cuales pecados luchaba ella?  No sabemos.  Pero ahora, ella había recibido la inesperada bendición de un hijo después de haber superado la edad de ser madre.  Y este hijo en su matriz fue vinculado íntimamente con la mejor noticia. 




   Elisabet, recibiendo a su prima María, fue designada para predicar, por el mismo Señor Dios, para explicar y elogiar la bendición aún más grande que crecía dentro de su prima, María.

   María, recién embarazada con el Santo de Dios, vino para pasar un tiempo con Elisabet.  Y en su salutación a María, Elisabet dijo de ella:
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.”

   Muy bonita.  Como todo lo demás de nuestra lectura del Evangelio, son palabras que hemos estado recitando y cantando durante dos milenios.  Pero esta oración de Elisabet es más que bonita.  Junto con la realidad que María en este momento fue embarazada con Jesús, es una declaración profunda, y es una guía e introducción a la entera obra salvadora de Cristo.

   Primeramente, en estos días en que tenemos que enfrentar cosas malas, sería útil que consideráramos la situación de María, cuando fue para visitar a Elisabet.  María era una joven, soltera, prometida, pero todavía no casada, sin embargo embarazada.  Y María no llevaba el niño de su novio.  Tal vez hoy en nuestra cultura, sea lo que sea, esta situación sería menos crítica, pero todavía sería muy difícil…

       Peor todavía es el hecho que la explicación que tuvo María incluye una visita de un ángel y la concepción virginal del Hijo de Dios.  Parece que María es loca, o infiel a su prometido, o tal vez ambas cosas.  Ella no puede evitar el oprobio de su comunidad y familia.  Ella lo tiene muy mal.     

   No obstante, María se regocija en su situación.  Ella consideraba que había recibido la bendición más grande posible.  Viene a Elisabet, rebosando con gozo que le da una voz para cantar: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

   ¿Cómo tuvo María tanto gozo y alegría, a pesar de la apariencia de su situación?  Porque ella entendió el pleno significado de la oración de Elisabet: 
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.

   Nuestra traducción de Casiodoro de Reina es linda, y correcta, pero aún no nos revela toda la buena noticia presente en las palabras de Elisabet.  Me explico.

   Otra forma de traducirla sería esto:  Bienaventurada la que creyó, porque se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  

   Con esta traducción, vemos que Elisabet habla de los fundamentos de la fe cristiana:  creer, consumar, predicar, y “de parte del Señor,” es decir, que todo viene por la voluntad y la acción del Señor mismo.  Consideremos cada parte, pero al revés, empezando con “de parte del Señor.”

   “De parte de Señor.”  Cualquier fiel Israelita sabe que el Señor es un Dios de acción, de iniciativa.  Una y otra vez Israel fue rescatado, no porque lo merecía, pero porque el Señor quiso salvarlo.  Ahora, Jesús, (el  nombre que significa “el Señor salva”), es presente en la persona del feto creciendo en la matriz de María.  Todas las promesas de venir y salvar a su Pueblo estaban al punto de ser cumplido.  El Señor Dios de los Ejércitos entró en su salvación, concebido en la Virgen María.  El Señor hacía su parte, lo cual es toda la obra de salvación.

Predicar:  Por la boca del ángel Gabriel, María recibió la predicación del Señor, una Palabra divina y viva, que hace real las cosas que anuncian. “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. … y el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.”  La Palabra viva vino a María, y le dio la fe de creerla.

Consumar:  Se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  Consumar, o tal vez perfeccionar, es como debemos traducir este verbo.  El verbo griego es tetelestai, que significa perfeccionar, o terminar una vez por siempre, una vez por todos.  De verdad, no es que “cumplir” no sea correcta. Pero mejor usar consumar, porque nos recuerda de la Palabra que Cristo declaró desde la Cruz, cuando su obra era terminada:  Consumado es. Este momento, sumamente triste, pero también buenísimo, cuando el Señor Jesús declaró el fin de su obra, es la consumación de la cual Elisabet está profetizando.

Finalmente, creer:  María fue bienaventurada porque el Espíritu le dio fe de creer que todo, absolutamente todo, saldría bien, no importa tal mal pudiera aparecer la situación.  Al final, todo saldrá bien, a través del Bebe que María llevaba en su matriz. 

   Esta fe en las promesas del Señor, una fe creada en María por el mismo Espíritu, a través de la Palabra, es la misma que tenéis vosotros, y la misma fe que ayudó a Pastor Luis en su muerte y hasta la eternidad.  Es la fe que puede aguantar los pecados de otros y los de nadie, porque esta fe sabe que los pecados de todos son hundidos, enterrados eternamente en la Cruz de Cristo.  Es la fe que nos hacen bienaventurados, con María y Elisabet. 

   ¿Hermanos, ¿qué haremos en faz de tantos problemas, todos causados por el pecado del mundo, y nuestro propio pecado? 

   Seguimos adelante, en pos de nuestro Señor, escuchando a Elisabet, y a María, y cualquiera voz bíblica, porque siempre nos hablan de Cristo,
y nos apuntan a su victoria sangrienta y el futuro glorioso que Él nos da. 

   Las verdaderas voces Bíblicas no nos apuntan a nuestras vidas y obras, porque no son capaces de ayudarnos con los problemas reales.  No, al contrario, las voces bíblicas nos consuelan con la historia de Cristo, trabajando para nosotros.  Las voces bíblicas nos exhortan acudir a Cristo en los lugares donde Él nos ha prometido estar, como aquí, hoy mismo, donde Él nos viene bajo Palabra, Pan y Vino, para ayudarnos con los pecados que nos agobian. 

   Esto es el mensaje de Elisabet, y el gozo de María.  Es la bienaventurada salvación de Pastor Luis, y de ti, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Tuesday, July 23, 2019

La Locura Divina - Quinto Domingo después de Trinidad, 2019


Quinto Domingo después de Trinidad, 2019
La Locura Divina
Es una locura. 
     La misión de la Iglesia de Cristo es, de una cierta perspectiva, una locura. 
     Hoy en día, trabajar y continuar en la misión de Cristo es muy difícil. 
     Por ejemplo, la cultura en el oeste está huyendo de las instituciones tradicionales, sobre todo, desde las iglesias históricas.  Las instituciones cristianas, no importa cual rama quisieras considerar, están pasando tiempos difíciles.  No tienen suficiente poder para impresionar a nadie. 
     Popularmente, jerarquía es una palabrota, y cualquier sistema de moralidad se descarta como arma del patriarcado.  La posición cultural de la Iglesia y los cristianos se ha caído mucho en términos económicos, sociales y políticos.  Muchas iglesias sufren investigaciones criminales y pleitos civiles basados en los pecados de sus ministros.  Pocas iglesias tienen bajo el control de sus sedes los recursos económicos necesarios para mantener un programa misional. 

     Por ende, la mayoría de los misioneros, si no están trabajando bi-vocacionalmente para mantenerse a sí mismos y a su familia, tienen que dedicar una cuarta parte o más de su tiempo y más de su energía a la recaudación de fondos, a fin de poder dedicar el resto de su tiempo y energía al ministerio. ¿Qué poder tenemos para seguir adelante, anunciando con valentía el reino venidero de Dios?
     Tenemos el mismo poder que siempre, el de un silbo apacible y delicado.  Ya está.  No hay otra cosa que el Señor nos ha dado para usar en la misión divina.  La locura de la predicación, y no cualquier predicación, más bien, la predicación de la Cruz, siempre ha sido la única herramienta legítima dada por Dios a su Iglesia para expandir el Reino de Dios. 
     Si confiamos en estructuras eclesiásticas o administrativas, si esperamos hasta que la Iglesia tenga buena fama antes de intentar la misión, si pensamos que el Evangelio necesita ayuda terrenal para tener éxito, estamos apartándonos del poder real de Cristo, quien sufrió el desdén y las burlas y fue rechazado por todos, para lograr su meta, la cual eres tú.
     El poder es el perdón de pecados, hallado en la sangre de Jesús, y entregado a través de la Palabra.   

     Hoy en día, trabajar y continuar en la misión de Cristo es muy difícil, porque nadie quiere ser considerado un tonto. 
     En siglos pasados, el mundo miraba a la Iglesia para beneficiar de su sabiduría.  Hoy, no tanto.  Cualquier persona inteligente sabe que las teorías de evolución y del Big Bang nos han dado, sin ninguna duda, el entendimiento correcto del origen del universo y de la vida, incluyendo la vida humana, que es nada más que un accidente aleatorio, siendo nosotros la descendencia de simios, y antes ellos, de langostas y otras criaturas.  Al menos, así es la idea aceptada en la cultura.  Hoy, la historia bíblica de la creación es, para la mayoría, nada más que un cuento lindo, y al peor, enseñarla a nuestros niños es considerado por algunos como maltrato de menores. 
     ¿Y nosotros?  ¿Qué tenemos para combatir la visión evolucionista y materialista? 
     La misma cosa que siempre, un silbo apacible y delicado.  Ya está.  No hay otra cosa que el Señor nos ha dado para usar en el combate ruidoso.  La locura de la predicación, y no cualquier predicación, más bien, la predicación de la Cruz, siempre ha sido la única arma legítima dada por Dios a su Iglesia para enfrentar la oposición del mundo.  
     No quiero decir que nunca deberíamos hacer otra cosa salvo predicar la historia mínima de la Cruz y la Tumba Vacía.  La Palabra entera tiene su centro en la Cruz, es verdad.  Pero hay un sinfín de modos por los cuales podemos y debemos usar la Palabra y la razón que Dios nos ha dado para interactuar con el mundo.
     Nos puede parecer una lucha imposible de ganar.  Pero, de hecho, la armadura aparentemente impregnable del cientificismo que domina en la cultura hoy no es tan imbatible.  La verdad es que cuanto más que la ciencia descubre de la complexidad del universo y de la vida, cuanto menos satisfactorias son las explicaciones materialistas que dominan la academia. 
     Por ejemplo, el ADN, promocionado como prueba final de la evolución darwinista, lleva en sí mismo un gran problema para la misma teoría.  Como ya sabéis, cada célula de cada ser viviente tiene un hilo de ADN, lo que es un código químico de profunda complexidad, un manual de operaciones para todos los miles de procesos que ocurren cada instante para mantener una criatura viva.  Aun en los animales más sencillos, hay este código complicadísimo. 


     El ADN es información compleja, como el código de un ordenador, un código formado desde compuestos orgánicos que se llaman nucleótidos.  No hay vida sin ADN.  ¿Pero cómo fue, por casualidad, que los nucleótidos se organizaron para producir el código del primer ser viviente? 
     Si buscas una explicación, encontrarás afirmaciones como “sabemos que esta organización espontanea ocurrió…      porque tiene que ser así.” 
¿Dónde está el sabio? 
     Se ofrecen algunas ideas para explicar este salto increíble, sin detalles.  Pero hay grandísimas lagunas y muchas asunciones en las afirmaciones, cada uno de las cuales corre en contra de la manera que la información funciona en el universo. 
     Hay miles de científicos escuchando las ondas de radio intergalácticas, esperando discernir alguna patrón o mensaje que sería una pista muy fuerte de la existencia de otros seres inteligentes en el universo.  Es porque cualquier idioma, código o comunicación implica un autor.  Entonces, sin un ser inteligente para organizar los nucleótidos para contener y comunicar su información compleja, (como afirman los darwinistas), es muy difícil entender como esto pudiera haber ocurrido por azar.  Por ende, la teoría tiene un importante problema, en su primer paso.       
     Una vez en el AVE desde Madrid, tuve la oportunidad de conversar un largo rato sobre la teoría de evolución con un botanista de alto rango, un profesor universitario desde Sudáfrica, viajando a Sevilla para dar un discurso en un congreso.  Le pregunté cómo el ADN pudiera haber formado por casualidad.  No tuvo una respuesta.  No me podía ofrecer una hipótesis de cómo, accidentalmente, los nucleótidos podrían haber organizados a sí mismos.  No me ofreció ninguna hipótesis sobre como una mezcla de nucleótidos que un momento no comunicaba nada, en el próximo ofrecieran el código de la vida.    Simplemente me dijo que era “una pregunta importante, pero encontraríamos la solución correcta, eventualmente.”  Una respuesta conveniente cuando no tengas una respuesta robusta, ¿no?  
¿Es este el disputador de este siglo?
     Los proponentes de la evolución darwiniana suelen ser mucho más inteligentes que yo. Pero no tenemos que tener miedo de cuestionar su teoría. Porque no tienen mayor sabiduría que Dios, cuya insensatez es más sabia que los hombres.
     Estamos hablando del área de la teología que se llama la apologética, en la que conversamos con aquellos que oponen a Cristo y su Iglesia. 
     La apologética utiliza la razón y la retórica para indicar las contradicciones y puntos débiles de sus teorías y filosofías, y puede ser muy buena preparación para la predicación, derribando resistencias para ganar una audiencia para la Palabra de la Cruz. 
     Un apologista podría indicar los problemas inherentes en la vida hedonista, o los errores históricos en los libros de los Mormones, o los grandes desafíos que tiene la teoría evolucionista.  Dentro de la capacidad e interés de cada uno, cualquier cristiano puede ejercer la apologética en su vida, siempre con respeto y amabilidad.  Recordemos, Dios viene en voces delicados y silbos apacibles. 
     Además, es sumamente importante que recordemos que, al fin y al cabo, sólo indicar los problemas o errores de la filosofía o la cosmovisión de otro no puede convertir a nadie.  Hay que reemplazar su cosmovisión errónea con la cosmovisión cruciforme. 
     Como hizo Jesucristo con Pedro.  En aquel día en la orilla del lago de Genesaret, Jesús empezó el proceso de reemplazar la cosmovisión de este pescador judío, quitando su perspectiva de un Dios distante, que nos da leyes y requisitos para superar, para que, cumpliéndolos, ganemos su favor. 
     En su lugar, Jesús, en el transcurso de tres años, le dio ojos que ven la realidad a través de la crucifixión y resurrección de su maestro y Señor, Jesús. 
     Por la gracia del Espíritu, Simón Pedro estaba dispuesto de escuchar a este Maestro, este predicador itinerante, mientras limpiaba sus redes, suficientemente interesado para aun prestarle su barca para usar como púlpito.  Pero la asunción de Pedro fue que Jesús era meramente otro hombre.  Sabio, sí, tal vez aun un profeta, pero un hombre, como todos los demás.
     El Señor le dio una nueva perspectiva.  De repente, viendo la gran multitud de peces, con la ayuda del Espíritu Santo, Simón Pedro se dio cuenta de que este hombre fue el Señor, el Santo, Santo, Santo Dios.  Cayendo de rodillas ante Jesús, le rogó:  Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.  Y, en un anticipo del pleno evangelio, Jesús le consoló:  No temas, Simón, desde ahora serás pescador de hombres.
     Esta nueva cosmovisión, que Dios no estaba lejos en su cielo, más bien estaba ahora presente con su pueblo en la persona de Jesús de Nazaret, fue el primer gran cambio que sufrió Pedro. 

     Durante los tres años próximos, una y otra vez Jesús cambió su visión del mundo, hasta que, al final, Pedro entendió y creyó que la Cruz, el triste escándalo más fuerte de todos, es en realidad el poder y la sabiduría de Dios, el Evangelio de amor, entregado y revelado para el perdón y salvación de todos.
     En el largo proceso de la conversión de Simón Pedro, vemos que la misión de la Iglesia de Cristo siempre ha sido, de una cierta perspectiva, una locura.  Según nuestros conceptos de poder y sabiduría, la misión de Dios, realizada en la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, es una locura.  Como bien dice Lutero, Creo que, por mi propia razón o poder, no puedo creer en Jesucristo mi Señor, ni venir a Él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado por el Evangelio, iluminado con sus dones, santificado y conservado en la verdadera fe.” 
     Nuestra situación natural problemática es entendida diferentemente por distintas personas.  Para muchos, es el problema de la muerte, la realidad cruel que, no importa nuestro deseo de vivir para siempre, la muerte se nos acerca más y más, cada día.  Con otros, es nuestra naturaleza intrascendente, que somos entes pequeños, sin importancia en el universo infinito. Con otros, es simplemente el dolor, física o emocional.    
     Para los bendecidos, como Pedro, llegamos a entender que el problema es de ser hombres pecadores destinados a una eternidad de separación de Dios, y de sufrimiento justo.  
     Si no encontramos al Dios que se dio a sí mismo a la crucifixión, o, mejor dicho, si este Señor de la Cruz no nos enfrenta, nos seremos dirigidos a buscar soluciones en la sabiduría humana o el poder de los hombres, o en algo.  A pesar de que algunas personas no conocen la realidad de Dios, con el tiempo todos descubriremos esta misma crisis dentro de nuestra existencia. Somos capaces de buscar una vía de escape en un sinfín de alternativos, desde el cientificismo, hasta la riqueza o el placer, o en otro dios de nuestra invención quien obedezca a nuestro entendimiento del poder y la sabiduría.  Pero todos estos ídolos nos conducen al mismo fin, el fracaso completo del poder y la sabiduría de los seres humanos. 
     Por lo tanto, para nuestro bien, y para el bien de todos nuestros vecinos, sigamos adelante en el camino de la misión de Cristo.  Porque el mismo Espíritu que nos ha llamado por el Evangelio, es decir, por la locura de la predicación de la Cruz, también quiere llamar, congregar, iluminar y santificar a muchos más. 
     El poder y la sabiduría de Dios son para ti.  La locura de la predicación te quita todos tus pecados y te da la vida eterna y bendecida de Cristo mismo.  Y el Espíritu de Cristo seguirá en su obra, aun logrando sus deseos a través de nuestras bocas. 

En el Nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo, Amén.