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Tuesday, July 23, 2019

El Buscador Divino - Tercer Domingo después de Trinidad


Tercer Domingo después de Trinidad
7 de julio, A+D 2019
El Buscador Divino

     ¿Alguna vez has estado perdido?  Hoy el Salmista nos pone en la posición del perdido.  Solo y afligido.  Completamente perdido, sin capacidad de encontrar el camino a nuestro hogar.  Hicimos nuestra entrada a la presencia de Dios esta mañana orando como rezaría la famosa oveja, separada de los 99.  Mírame, y ten misericordia de mí, oh Señor, porque estoy solo y afligido.

     Es bueno considerar un rato estar perdido. 

     ¿Alguna vez has estado perdido?  Cuando tuve 5 o 6 años, una vez estaba en Billings, Montana, con mi familia, haciendo compras en una tienda, una versión americana de El Corte Inglés.  Estaba siguiendo a mi madre, peregrinando entre el laberinto de percheros redondos que llenan la sala de ropa de mujeres.  Sé que estábamos en invierno, porque mi madre llevaba un abrigo de lana, de color café, lo cual era mi faro mientras navegaba entre los acantilados de ropa que me rodeaban, intentando evitar sufrir un náufrago contra las rocas.  O así fue en mi imaginación. 

      En un momento dado, el peligro de mi aventura me hizo perder el abrigo de mi madre; y cambié suyo, de color “café con leche” para el abrigo de otra mujer, de color “café cortado.”  No sé cuánto tiempo yo seguía a esta mujer, pero de repente, cuando tiré de su abrigo para preguntarle algo, me encontré perdido, sin mi madre, a solas en un bosque oscuro de ropa.  Aunque no recuerdo que tenía mucho miedo, el hecho de que todavía, casi 5 décadas después, me acuerdo de tantos detalles del acontecimiento, esto sugiera otra realidad.  Estuve perdido, y sentí afligido y amenazado.    

     Puedo reírme ahora, pero en el momento de estar perdido, es temeroso, y preocupante.  Podría ser que nos falla los Mapas de Google, y nos encontramos en un barrio sospechoso a las 3:00 de la mañana, …
    o que perdemos el sendero en las montañas mientras el sol desaparece debajo del horizonte, …
   o también podría ser que no estamos literalmente perdidos, pero no tenemos ninguna persona en nuestra vida en quien podamos confiar.  No importa como llegamos a estar perdidos, es malísimo.     

     Sea lo que sea la causa, estar solo y perdido es una aflicción.  Y si el terreno de nuestra soledad no es geográfico, sino espiritual, puede ser aun peor. 
     Por grande que sea la incomodidad que sufrimos por considerar estando perdido en esta vida, en posible peligro, separado de nuestra comunidad, o alejado emocionalmente de la familia, … peor es considerar la separación de Dios, actual y eterna.

    Porque, cada vez que consideramos honestamente la verdad de nuestras vidas, la distancia que solemos poner entre nosotros y el Señor Dios, y cómo y porqué terminamos tan lejos de Dios, descubrimos de nuevo la realidad de que espiritualmente, no estamos perdidos, temporalmente, sino que somos perdidos.  Ser perdido es nuestra condición natural, y fácilmente pudiera llegar a ser eterna.

     La verdad es que elegimos salir del camino recto y bueno de Dios cada vez que pecamos, y así corremos el riesgo de perdernos.  Con frecuencia buscamos socorro desde otras fuentes falsas, en vez de saciarnos de la fuente de vida.  Simplemente hay que considerar tu vida y conducta según los Diez Mandamientos, y pronto sabrás no sólo de estar perdido, sino que también de la perdición.           



      Pero basta.  No quiero continuar en este camino, es demasiado difícil y triste; no lo podemos soportar.  Mejor que cambiemos el tema, que consideremos el otro lado, de ser un buscador.  ¿Qué hacemos, por ejemplo, cuando perdemos algo valioso?  ¿Qué haces, pues, si pierdas tu móvil, o tu billetera?  

     Igual que hicieron el pastor y la mujer en las parábolas de Jesús.  Cuando perdemos algo valioso, dejamos todo y enfocamos 100% en la búsqueda de la perdida.  Cambiamos planes, reclutamos toda la familia, y no hacemos nada excepto respirar y buscar, hasta que encontremos el objeto valioso.  Y si, Dios nos guarde, lo perdido no sea un objeto, sino una persona, entonces extendemos la alarma a la comunidad.  Hemos visto cómo toda España puede enfocar en un niño perdido.  Y recordamos cómo, hace un año en estas mismas fechas, el mundo entero estaba esperando, orando, y ofreciendo ayuda para que los niños y entrenadores del club de futbol de Tailandia fueran rescatados de una cueva.

     Nuestra concentración y esfuerzos cuando perdemos algo valioso pueden ser maravillosos, y a veces, cuando el resultado está bueno, estas experiencias puedan forjar una familia o comunidad más integrada y solidaria. 

     Otro beneficio para nosotros del pensar en cómo actuamos cuando perdemos algo valioso es que nos ayuda sacar la lección principal de las parábolas de Jesús que oímos hoy:  Dios mismo, cuando perdió su posesión más querida y valiosa, hizo la misma cosa que nosotros hacemos.  De hecho, el Señor hizo mucho más. 

     Por tan malo que sea considerar seriamente nuestra tendencia a perdernos, hasta aun huir de nuestro Dios, y rebelar contra Él,
     y por tan triste y difícil que sea pensar en la soledad actual y eternal que arriesgamos cuando nos apartamos de Dios,
     el mensaje de Jesús para nosotros hoy es aún más consolador.  Porque Dios nos ama, a pesar de cómo somos.   A pesar de nuestros pecados, somos muy valiosos en sus ojos, y él ha estado enfocado en buscarnos y rescatarnos desde la primera vez que elegimos apartarnos de su presencia y amor.  De hecho, misterio de misterios, el Señor ya tuvo su plan para rescatarnos, antes de la fundación del mundo.  Tan fuerte es su compromiso de rescatarnos.        



    La parábola del pastor loco, quien dejó a noventa y nueve ovejas obedientes, y salió de su hogar cómodo y seguro, para entrar en el desierto y buscar a una sola oveja, descarriada y perdida, es una metáfora de la carrera del Hijo de Dios, quien fue reinando en gloria, rodeado por ángeles y arcángeles cantando loores al Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Jesucristo tuvo todo, pero eligió descender de la diestra de su Padre y entrar en nuestro mundo destrozado por pecado.  Y no solo entrar, pero quiso unirse con nosotros, tomando nuestra forma, asumiendo la carne humana en su persona divina, para hacerse el Cristo, Hombre y Dios en un solo ser, el único capaz de ganar nuestra salvación.  ¡Y su objetivo en todo esto eras tú!

     Aunque Jesús no te llevó a casa literalmente sobre sus hombros, esta imagen debería recordarnos de otro evento literal, cuando nuestro Señor soportó una carga en sus hombros, la de una cruz romana, que el Hijo de Dios llevó al monte Calvario.  Aun peor, y más asombroso, Jesús no solamente aceptó el castigo peor de los romanos, nuestro Salvador también aceptó el castigo divino contra nuestros pecados, para deshacer la causa de nuestra separación y perdición.  Lo que fue necesario, Jesús, nuestro Buscador Divino, ya ha hecho, para encontrarte y rescatarte.  ¡Consumado es! 

     Y ahora, anticipamos la celebración.  La última parte de cada de las tres parábolas es sorprendente:  la celebración hecho por cada buscador, fiestas que nos parecen demasiado extravagantes en relación con las cosas encontradas de nuevo. 
     ¿No te parece que reunirse con todos los amigos y vecinos es demasiado, comparado con el valor de una sola oveja? 
     ¿No es que la mujer gastó más que el valor de la moneda perdida para hacer la fiesta después de encontrarla? 
     ¿Y ya habiendo dado la mitad de sus bienes al hijo menor, cómo es que el padre tiene suficientes recursos para poner un anillo en el dedo de este pródigo, matar el becerro gordo y hacer una fiesta tan grande? 
     Las fiestas nos parecen muy desproporcionadas al valor de las cosas encontradas.

     Así sería con nosotros, pero no estamos hablando de nosotros, estamos hablando del Señor Dios, Rey de los cielos, Comandante de los ejércitos celestiales, Creador del universo, y el Buscador Divino.  La grandeza de su gozo está reflejada en los ángeles, regocijándose perpetuamente por la maravilla que es el amor de Dios, revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.   


     Celebremos con los ángeles este Dios, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad.  Nuestro Dios se deleita en misericordia, y tiene misericordia de nosotros.  El Señor ha sepultado nuestras iniquidades, y echó en lo profundo del mar todos nuestros pecados.

     A través del perdón de los pecados, ganado para todo el mundo, Jesús otorga la resurrección a la vida eterna a todas las ovejas perdidas que Él encuentra.  Y las ovejas nuevamente encontradas causan una fiesta entre los ángeles.  Ovejas como nosotros, congregados aquí otra vez en arrepentimiento, para recibir los dones de perdón y salvación, y tomar un anticipo de la fiesta venidera,

En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.  









Wednesday, July 26, 2017

Libro de Odio y Amor, Muerte, y Vida

Libro de Odio y Amor, Muerte, y Vida

     Una pregunta:  ¿Odias el Catecismo? 

     Siempre hay enlaces entre las lecturas de un domingo en el calendario litúrgico y el Catecismo de Lutero.  Pero hoy, con los Diez Mandamientos desde Éxodo 20, el discurso de San Pablo sobre el Bautismo en Romanos 6, y las enseñanzas de Jesús en Mateo 5 sobre el entendimiento correcto de la Ley, los vínculos con el Catecismo son más que obvios.  

     Nuestras lecturas de hoy van bien con mis actividades recientes.  El fin de semana pasada, hablé por 3 o 4 horas sobre el Catecismo con una familia peruana que ha sido asistiendo al culto con la congregación Emanuel en Madrid.  Ayer hablaba con Seba y JuanMi, para probar su entendimiento del Catecismo Menor, para que Antonio y yo podamos planificar los próximos pasos en su enseñanza.  Es normal que yo esté ocupado con el Catecismo; es una herramienta básica de un pastor luterano, porque el Catecismo viene de las Escrituras, la fuente de toda enseñanza en la Iglesia.  El Catecismo tiene su valor en que nos ofrece un resumen fiel de las doctrinas fundamentales de Cristo. 

     Me encanta conversar y estudiar la Palabra de Cristo a través del Catecismo.  Excepto cuando lo odio. 

     Siempre nuestra relación con el Catecismo es una de amor y odio.  Y no es simplemente porque a veces los pastores y catequistas no presentan el material en un modo perfectamente dinámico e interesante, aunque a veces sí, esto puede ser un problema.  Los maestros deberían hacer su trabajo bien, y los alumnos deberían tener paciencia, y buscar más allá de lo superficial, recordando que estudiar el Catecismo es algo importantísimo.  Pero, aun cuando la presentación del Catecismo es fenomenal, pedagógicamente, todavía vayamos a tener una relación de amor y odio con él.  O mejor, por la gracia de Dios, tendremos una relación de odio, y entonces amor. 

     La razón está dentro del texto de los Diez Mandamientos:  Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 

     El Señor nos habla de dos opciones, el camino del aborrecimiento, u odio, y el camino del amor.  A nosotros, los días son siempre una mezcla de odio y amor:  Yo odio despertarme por la mañana, pero siempre me ha gustado mucho ver a mis amigos, sea en el trabajo, o en el mercado, en el cole, o en la universidad.  Por eso salgo de la cama.  Odio fregar los platos, pero me encanta comer una comida buena, así entonces acepto el mal con el bien.  Pero Dios no quiere mezclar odio y amor.  Él dice, “O me amas, o me odias, y volveré lo mismo a ti.” 

     Pues, a Dios amemos, hermanos, para vivir.  Sin problema, ¿no?  Excepto que Dios ata el amor a Él con el cumplimiento de sus mandamientos.  Hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.  Ahora vemos el problema.  Puedo concordar en el valor y la justicia de los mandamientos.  En mis mejores momentos, quiero seguir en su camino recto.  Pero no puedo cumplir los mandamientos, especialmente en el modo que Jesucristo nos demanda.  Porque el Hijo de Dios, enseñando a las multitudes en Galilea, hace muy clara que su estándar es uno de cumplimiento por afuera, en las acciones visibles, y por adentro, en la mente y el corazón. 

     Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 

    Según este estándar, soy asesino, todos los días.  ¿Y vosotros?  Cada vez que pensamos mal de nuestro esposo, de nuestros padres, hermanos, o de un vecino, según la ley, somos culpables de matar.  Si continuamos leyendo en Mateo 5, vamos a ver que Jesús hace lo mismo, subiendo el estándar de la ley, con todos los mandamientos. 

     Por ejemplo, el Señor dice:  Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.  28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…
    También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.  32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio…
   Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.  44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos…

     La Palabra de Cristo es demasiado para nosotros.  Por eso, es normal que, junto con el aprecio por la sabiduría, utilidad y hermosura del Catecismo, y de toda la Palabra de Dios, también sentimos miedo y malestar por estudiarlos.  La ley, es decir, los mandamientos, siempre nos acusan, porque siempre fracasamos en cumplirlos.  Moisés nos dio una lista de leyes que realmente no podemos guardar.  Jesús las eleva a un nivel que destruye cualquier esperanza que tuviéramos para ser justos por la obediencia. 

     Es natural que, enfrentando estos requisitos radicales, sentimos mal, y empezamos de odiar a esta Palabra.  Si me vas a matar, ¿cómo no te odiaré?  Yo odio a mi situación miserable, y temo que mi aborrecimiento podría llegar a ser dirigido al Señor mismo.  Me gustaría vivir, pero por mi pecado, que recibe poder desde la Ley, estoy destinado a morir. 

     La Ley de Dios es imposiblemente exigente.  Como dice Jesús, os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.  Entonces, por la ley, y por nuestra incapacidad de cumplirla, tenemos que morir.  No hay otra opción. 

    Pero ¡ánimo! ya habéis muerto.



     ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nuevaRecurrimos en fe a la obra de Jesucristo, quien murió y resucitó logrando el perdón y salvación de todo el mundo.

     A nadie le gusta la desesperación que nos viene cuando la Ley de Dios nos está amenazando.  ¿Pero sabes que a Dios tu situación es aún más inaceptable?  Eres su favorito, de todas las criaturas, y el Señor no acepta que seas perdido. 

     Nosotros pensamos de cómo podamos evitar la Ley y nuestra culpa.  Cristo Jesús no vino para evitar nada, más bien para cumplir su propia Ley y tragar nuestra culpa en su propio cuerpo.  Nuestro viejo hombre, es decir nuestra naturaleza pecaminosa, que nos hace incapaces de cumplir la ley, fue crucificado juntamente con JesúsÉl no estaba colgando en el madero cruel para sí mismo, porque nunca pecó.  No tenía ningún culpa.  Estaba en la Cruz en nuestro lugar, por nuestra culpa, y para nuestro bien. 

     Así, el cuerpo del pecado ha sido destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.  Dios nos ha salvado, no para vivir en pecado, sino para que vivamos como Cristo, como cristianos.  Y esto podemos hacer no de nuestra propia fuerza, pero únicamente a través de una conexión íntima a Él, a Cristo.  Porque solamente Cristo murió para los pecados del todo el mundo.  Solo Cristo ha resucitado para revelar la justicia de Dios, que es su regalo a los pecadores. 

     Esto es una Palabra salvadora, porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.  En Cristo, hemos sido declarado inocente, por Dios.  Si morimos con Cristo, y ya lo hemos hecho en nuestro Bautismo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él, ni de nosotros

     Porque, como es para Cristo, también es para los suyos.  Porque en cuanto Jesús murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.



     La meta de la fe es Cristo, es decir, la vida cristiana en este mundo caído no es el último, sino el penúltimo.  Los cristianos, porque somos vinculados al Crucificado, llevamos varias cruces en esta vida, por la buena voluntad de Dios.  Y la primera cruz de cada creedor bautizado es nuestro propio pecado, que todavía agarre a nosotros.  Cuanto más cerca a Cristo estamos, lo más sentimos nuestro pecado.  Porque ahora, en Cristo, tenemos un amor verdadero, aunque todavía imperfecto en nosotros, un amor para nuestros prójimos, y también para los mandamientos de Dios, que son justos y buenos.     

     Entonces, esta es la forma de la vida nueva:  un recorrido diario al bautismo, hecho por la Confesión y Absolución, que es la práctica del Bautismo, el ahogado diario del hombre viejo, para que el hombre nuevo, la nueva persona cristiana, pueda salir y resucitar, para vivir ante Dios en la justicia de Cristo Jesús.  

     Viviendo en arrepentimiento, a la misma vez nos regocijamos, porque la Ley ya ha sido cumplido, en Cristo Jesús, en su vida perfecta de amor a Dios y a sus prójimos, y en su muerte expiatoria, en nuestro lugar.  Consumado es, dijo Jesús desde la Cruz.  Es decir, la Ley de Dios es cumplido perfectamente, en Cristo, Dios hecho hombre.  Ahora, el Amor y la Vida de Dios son nuestros, revelados en su gloriosa resurrección. 

    Viviendo en Cristo, todo es diferente.  La vida cristiana es la vida de amor, la vida sin temor.  Es solo posible cuando practicamos el Bautismo, pero en este, es garantizada.  Como bien sabemos, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Pero, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.  1 Juan. 1:8-9

     Siempre dentro de nosotros existe la tendencia de evitar la Palabra, en la Biblia, y en el Catecismo.  Porque sí, siempre la Ley nos acusa.  No es cómodo de ninguna manera.  El mundo, evitando cualquier cosa desagradable, y también sirviendo las metas de Satanás, siempre nos dice que la Biblia está equivocada.  El mundo nos dice que, por si acaso hay un Dios, seguramente no sea tan exigente. 

     Pero ya sabemos esta prédica es mentira, porque en Cristo vemos que la Ley de Dios es bueno y nos sirve.  Además, sabemos que siempre vale la pena de oír y estudiar y orar y meditar sobre la Palabra, porque, junto con la Ley que nos acusa, presente en la Palabra está Cristo mismo, listo para rescatarnos, una y otra vez.  

     ¿Necesitas más fuerza para la vida cristiana?  Jesús ya lo sabe.  Por esta causa, nos dio la Santa Cena también.  O mejor decir, por esta causa Cristo nos da la Cena, hoy, la Cena en que Él es anfitrión, y también en que nos ofrece su propio cuerpo y sangre, para perdonarnos y darnos fuerza, hasta que nos otorgue liberación, paz y salud perfectas.  Esto es la meta que ya podemos ver en Cristo, crucificado, resucitado y ascendido a los cielos:  Liberación final y perfecta del pecado y la culpa y el odio; la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento; y la salud perfecta y eterna, viviendo en su santa y amorosa presencia, por los siglos de los siglos, Amén.   




Thursday, August 4, 2016

Un Salvador Radical

Décimo Domingo después de Trinidad
Un Salvador Radical - San Lucas 19:41-48

     Salvador Radical.  No es normalmente un halago llamar a alguien “un radical.”  Especialmente hoy, después de los últimos días y meses, con atentados en todos los lugares típicos, como Bagdad, Kabul, y Siria, pero también con masacres en sitios que solíamos considerar pacíficos y seguros, como Paris, Múnich, Orlando, Dallas, Niza y aun dentro de una iglesia en Roen, en Normandía, todos queremos que sean menos hombres radicales y extremistas, y más personas razonables, pacientes, y tiernas.

     De verdad, por su descripción de la purificación por Jesús del Templo en Jerusalén, me parece que San Lucas no quiso hablar mucho de radicalismo.  El buen doctor solo dice que Jesús, entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.   Un acontecimiento notable, pero no se describe como acto radical.  Pero era.  Todos los evangelistas anotan esta historia de Jesús purificando al Templo, y los otros ofrecen detalles que dan una impresión más fuerte, como el estruendo de las monedas de las cambistas derramadas sobre el pavimento, y los gritos de los animales huyendo cuando el Señor volcó las mesas de los vendedores, o que Jesús hizo y usó un azote, demostrando su ira.  Fue de verdad un momento radical, una acción extrema.

     Aunque no nos gustan los radicales de hoy, no podemos leer los evangelios sin darnos cuenta de que el Señor Jesús mantuvo muchas doctrinas extremas, e hizo muchas cosas radicales.  Por ejemplo, el día antes de nuestras lecturas, Jesús entró en Jerusalén como un rey conquistador, aceptando los loores de la gente, una procesión que parecía el inicio de una rebelión.  Hay una paradoja grande en la Cristiandad:  las metas de la fe son vida, amor, paz, amistad, alegría.  Pero al mismo tiempo la historia de Jesús trata de una competencia dura, y de violencia, ira, con muchas palabras y acciones radicales. 

     Es muy fácil, especialmente hoy, cuando hay tanta violencia en el mundo, que ignoremos las partes radicales en la historia y la enseñanza de Jesús, y finjamos que no hay nada de radicalismo en el cristianismo.  Pero si rechazamos una parte de la historia de salvación, el diablo se regocija, porque pronto perdamos la salvación.  Necesitamos toda la historia.  Aunque no queremos ver el radicalismo en el mundo de hoy, necesitamos el radicalismo de Jesús.  Pero, ¿cómo debemos entender esto?  ¿Qué es la diferencia entre el radicalismo de Jesús y los actos radicales que vemos hoy?  ¿Tenemos que ser radicales en algún sentido, si queremos ser verdaderos cristianos?

     Mi tutora de español muchas veces ha corregido mis sermones, pidiéndome no usar el verbo odiar, especialmente con la persona de Dios.  Me dice que no es apropiado para un discurso culto.  Pero normalmente mis usos de las palabras `odiar´ y `odio´ no son mis propias palabras, más bien son citaciones bíblicas.  Hoy, para mucha gente, es inaceptable el modo en que la Biblia dice que Dios odia.  Dicen que esto suena de radicalismo, y debemos rechazarlo. 


    Pero es verdad que Dios odia.  Dios odia pecado.  Y esto no es radical.  De verdad, todo el mundo odia pecado.  Bueno, hay excepciones con nosotros, como cuando pensamos que podemos obtener beneficio desde el pecado, o cuando nos hemos engañado a nosotros mismos, para pensar que algo pecaminoso no es verdaderamente un pecado.  Pero, cuando vemos un pecado cometido contra un amado nuestro, o contra una persona que nos parece inocente, o, especialmente, cuando vemos a alguien pecando contra nosotros, entonces odiamos este pecado.  Claro que sí, porque el pecado es mal.  Dios odia pecado, y deberíamos también.  Pero esto no es el radicalismo de Dios.  Esto no es el camino extremo de Jesús.

     De hecho, que Jesús purificó al Templo no fue radical; hubo hecho el igual muchas veces en la historia de Israel.  Dios eligió a los descendientes de Abraham para ser su propio pueblo, dándoles su Palabra, el Templo, el culto, los sacrificios, un reino poderoso, y una ley sana y justa, para que ellos pudieran vivir como su propia gente. 
     Pero los Israelitas nunca podían hacer su parte.  Siempre estaban siguiendo atrás otros dioses falsos, siempre ignorando la ley, siempre rechazando a Dios.  Y varias veces el Señor usó reyes y ejércitos extraños y otras calamidades para purificar a su pueblo.  Pero cada vez, después de poco tiempo, regresaron al pecado.  Esta es la historia repetida de Israel, y aunque es deprimente, no hay nada radical en esto. 

     La purificación del Templo por Jesús fue una repetición, excepto por una cosa, una diferencia en la situación.  Antes, cuando Dios purificó a su pueblo, cuando castigó a Israel para darles arrepentimiento, Él lo hizo solo como Dios, por su poder ilimitado, sin ningún riesgo de que Israel tomara represalia contra Él.  Dios es Dios, y los hombres no pueden herirle de ninguna manera.

     Excepto ahora, en el Templo, el día después de la entrada triunfante en Jerusalén, cuando las multitudes le aclamaba a Jesús como el nuevo Rey David:  Este mismo Jesús, ya el objeto de la ira de los sacerdotes y fariseos, los líderes religiosos de los judíos, decidió purificar al Templo, provocando las intrigas que iban a resultar en su crucifixión.  Dios, ahora hecho hombre en Cristo Jesús, purificó a su pueblo otra vez, pero ahora su pueblo tuvo el poder de tomar represalias. 

     Además, después de enojar tanto a sus enemigos, Jesús no se escondió.  No, Él continuaba en público, enseñando cada día en el templo; aunque los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle.  Esto es radical.  Esto es el amor radical de Jesús, quien, para salvar a sus propios enemigos, hizo purificaciones y predicó denuncios contra los judíos, para que ellos le matarían.

     Aunque los judíos no merecieron su amor, y aunque nosotros no merecemos su amor, el plan radical de Jesús siempre era amarnos al final, hasta su propia muerte, completamente inmerecida e injusta.  Jesús hizo esto para que, en su muerte, nosotros podamos encontrar el mérito y la justicia que nos purifica, no para un día, pero perfectamente y eternamente. 

     Quizás es todavía difícil hablar de la realidad de la Cruz.  Como dice San Pablo, es “piedra de tropiezo y roca de caída.”  La Cruz nos ofenda.  El sufrimiento y la muerte de Cristo nos da vergüenza y culpa, porque no solamente los pecados de los judíos, pero también nuestros pecados fueron causa de la Cruz.  Es una verdad amargura. 

     Arrepiéntete.  Arrepiéntete de tus pecados, arrepiéntete de tu vergüenza, y oír lo que Cristo quiere que conozcas:  la Cruz es para tu paz. 



     La Cruz es para tu paz, y no tienes que ir a Jerusalén, ni tampoco viajar a través tiempo, para encontrar tu paz.  Aunque Jesús murió y resucitó hace dos mil años, el día de tu visitación por el Salvador radical es hoy, aquí, donde Él te encuentra, para purificarte otra vez, con la victoria de su amor radical. 

     Los actos radicales de los meros hombres siempre fallan, porque no tienen el poder del amor de Dios.  Más, siempre están contaminados con nuestros pecados.  Como dice Santiago, la ira del hombre no obra la justicia de Dios, (Santiago 1:20).  Pero la ira de Dios sí, ha obrado nuestra justicia.  Esto es el amor radical de Jesús, quién envolvió en su propio cuerpo todo el pecado de los hombres y toda la ira de Dios contra nosotros, enterrando los dos para siempre. 

     En esto podemos ver que el amor radical de Jesús es un misterio, que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo ha conseguido nuestra salvación, dentro de su propio ser.  Entonces, no necesitas temer nada, ni a nadie, porque tu salvación es un hecho, en Dios mismo.  Él te la ha entregado por medio de la fe, por medio de la palabra y el agua.  Y aquí, en la compañía de los hermanos, congregado en torno a su Palabra y su Cena, Él continúa recordándote de su amor cada día. 

     Entonces, el radicalismo cristiano es único, completamente distinto de los métodos de los hombres.  Los métodos de los hombres son llenos de odio, y falta la remedia del perdón de Cristo.  Las intenciones de los hombres para purificar el mundo son nada más que sus propias fantasías malas.  Nada bueno viene del radicalismo humano.

     Pues, todavía vivimos en este mundo violento, cada día más lleno de radicales.  ¿Cómo responderemos al odio y violencia y los atentados de hombres violentos? 

     Con palabras radicales, que proclama el amor de Cristo. 

     Con actos valerosos, aunque simples, congregando en torno a la mesa del Señor para recibirlo en su cuerpo y su sangre, y presentando nuestras oraciones a Dios, para la conversión de los enemigos de la Cruz, por la proclamación de la misma Cruz, donde hay perdón y amor radical para todos


     Porque somos la iglesia de Cristo, además tenemos un papel de compartir estas noticias del amor radical de Cristo con todos.  Tenemos un papel de servir a nuestros vecinos, los pacíficos y los violentos, como Dios nos ha servido. 

     No quiero decir que no debemos defender a nuestras familias, o que el gobierno no debe luchar contra los radicales violentos.  Quiero decir esto:  No sé dónde o como, pero como la iglesia, vamos a encontrar oportunidades para servir, por algún modo, a nuestros enemigos.  Estos también sean tareas radicales. 

     No podemos hacerlas por nuestra propia fuerza.  Solo el amor radical de Dios, que nos viene en el evangelio de Cristo, puede darnos voluntad y fuerza para intentarlas.  Necesitamos aferrar a Él siempre, siempre recibiéndole por el escuchar de su Palabra, o todos nuestros esfuerzos para el bien del mundo van a fracasar.                 

     Pero con Cristo, sí, podemos atrever amar radicalmente.  Porque Cristo está a nuestro lado, podemos amar sin expectación de recompensa, porque ya tenemos todo en Dios.  Podemos atrever hablar la verdad de Dios, abiertamente y sin temor, porque sabemos que Jesús mismo es la Verdad de Dios que viva eternamente, y nosotros vivimos con Él. 

     Y, como vamos a celebrar en unos momentos, con el amor radical de Jesús, un varón y una mujer pueden atrever amar como cristianos, sacrificándose el uno para el otro, porque están seguros en el sacrificio perfecto que hizo Cristo para su novia, la iglesia. 


     Cada uno de nosotros podemos enfrentar a esta vida incierta con la confianza y la paz que vienen de la absolución completa del Padre, el consuelo y consejo de su Espíritu, y el amor radical de Cristo, que nos da vida.  No podéis fracasar, porque mayor es Él que está en vosotros que él que está en el mundo.  El que creyere en Jesucristo, el Salvador radical, no será avergonzado.  Tienes su paz y victoria, hoy, y por los siglos de los siglos, Amén.

Wednesday, March 16, 2016

Nuestra Gallina Divina

Segundo Domingo en Cuaresma, (transferido), 13 de Marzo, A+D 2016
Jeremías 26:8-15, San Lucas 13:31-35

¿Qué es la cuestión, la idea central? 

     Yo paso bastante tiempo en tren, trabajando en mí ordenador, a veces viendo
las películas de RENFE.  Intento trabajar, y por eso normalmente no me pongo los auriculares.  Veo las pelis en las pantallas unos momentos, de vez en cuando, sin escucharlas.  Y es interesante; normalmente puedo entender la trama de la historia, puedo coger la idea central, sin oír las palabras.  Solo por ver los escenarios, y los carácteres, sus caras y sus acciones, normalmente puedo entender bien el sentido de una peli.    Puede tener docenas de caracteres, tramas, tramas secundarias, y varios escenarios, pero, si es una
historia típica, va a tener solo un tema central, un punto al que la historia conduce.  Y usualmente puedo saberlo, solo por mirar.  No es tan difícil, aún sin palabras. 

    Es porque de verdad no hay tantas historias diferentes.  El Amor.  La amistad.  La guerra.  Problemas familiares.  Desafíos en sobrevivir o conquistar a la naturaleza, las enfermedades, o las discapacidades.  Se pueden mezclar como quieran; sin embargo, sabemos de qué van.      

     La Palabra de Dios también es una historia con una idea central, un solo punto.  Pero muchas veces parece muy difícil entender correctamente la historia de la Biblia.  Se dice que es una guía moral, instrucciones de cómo debemos vivir.  O es un documento de filosofía, con buenos consejos para personas sensatas, o una historia construida por hombres intentando controlar a la gente.  Y la Biblia sí tiene cosas relacionadas con estas ideas.  Sin embargo, la historia de la Biblia solo tiene una trama, una idea central.  Es toda una historia sobre Cristo Jesús.  Y no necesitáis creer a mí.  Jesús mismo lo dice, varias veces, como en el Evangelio de San Juan, capítulo 5.  Discutiendo con los judíos, Jesús les dijo: Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. 

     Además, dos veces en el último capítulo de San Lucas Jesús declaró que la 
historia de las Escrituras es su propia historia.  Una vez fue con dos discípulos en el camino a Emaús, en la tarde del día de su Resurrección. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a El en todas las Escrituras. Lucas 24:27

   La otra fue con los Once Apóstoles en Jerusalén, unas horas más tarde:  Y les dijo: Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Lucas 24:44 

     Toda la Biblia es la historia de Cristo, y también, hay solo una meta, un punto central de esta historia.  Con los Once, Jesús continuó:  Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde JerusalénLucas 24:45 – 47 
  
     Cristo Jesús, su encarnación, vida, muerte y resurrección para la salvación del mundo, esto es la trama de la Palabra de Dios.  Es la clave para entender la Biblia.  Podemos usar este clave para interpretar las Escrituras siempre, no importa que parte de la Biblia oímos o leemos. 

     Por ejemplo, podemos ver una prefiguración importante de este punto central de la historia de Jesús en nuestra lectura del Antiguo Testamento de hoy, del libro de Jeremías. Desde ahí, oímos acerca de un profeta en peligro de muerte, solamente porque declaró la verdad de Dios.  Y cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablase a todo el pueblo, los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano, diciendo: De cierto morirás.  Es muy duro, este rechazo de la verdad de Dios, este ataque contra un profeta del Señor. 

     Siempre ha sido lo mismo.  Como nos dice Jesús hoy:  ¡¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!!  Desde Abel hasta San Juan Bautista, ha sido muy normal que un profeta honesto recibe ataques por su fidelidad a la Palabra de Dios.   

     ¿Por qué?  Porque naturalmente, no nos gusta oír la verdad de Dios.  Si un predicador quiere hablarnos de la grandeza de la creación, o la belleza de la humanidad, o si podemos escuchar una historia interesante sobre los personajes de la Biblia… muy bien.  Quizás soportamos algo de consejo sobre cómo podemos mejorar nuestra vida.  Pero, aunque hay casos de estos en la Biblia,
mucho más la Palabra de Dios nos habla del pecado, de la justicia de Dios y nuestros fallos en mantenerla.  Dios siempre nos está advirtiendo sobre el castigo que hemos merecido con nuestros pecados.  No nos gusta nada.  Y, aunque no le podemos hacer nada a Dios, sí podemos hacer algo a sus mensajeros. 

     Sin embargo, la historia de la Biblia, la historia de Jesús, es una historia de misericordia. De perdón.  De amor, vida y alegría.  Pero necesitamos oír toda la Palabra de Dios, incluidas las partes difíciles, para entender cómo pueda ser.

     El Todopoderoso Dios es justo, y quiere mantener la justicia en este mundo pecaminoso.  Esto implica que nosotros pecadores vamos a sufrir el castigo divino.  Pero, aunque siempre Dios mantiene la misma actitud de justicia, del rechazo al mal, y a los malhechores, a la misma vez, Dios siempre mantiene su actitud de amor, de servicio a los seres humanos, una actitud de protección.  Aunque todas las personas son pecadores, Dios tiene ganas de tener a su pueblo consigo mismo. 

     Es muy chocante, la diferencia que vemos en este mundo entre la justicia y el amor.  Tenemos a veces la idea que es imposible tener los dos, justicia y amor, que es imposible hacer justicia y también amar.  Y de los dos, para nosotros mismos, y para nuestros amados, normalmente preferimos que la justicia sea disminuida.  La justicia es buena, cuando se aplica a otros, pero para mí, quiero solamente sentir el amor.  Pero esto no sirve. 

     Sin justicia, no hay ningún amor verdadero.  Los padres de niños lo saben.  Aunque los pequeños nunca lo dicen, nuestros hijos quieren disciplina, quieren reglas, dentro de que ellos pueden vivir sin temor.  Para amar a nuestros niños, necesitamos darles justicia.  También, sin que todo el mundo trate a los prójimos con honestidad y justicia, los ricos y fuertes vayan a dominar a los pobres y débiles, que vayan a sufrir.  Necesitamos justicia, y amor.  Pero, hay un choque, un conflicto, entre justicia y amor, que no podemos resolver.
  
     Podemos ver este conflicto entre justicia y amor en este dicho muy interesante de Jesús: ¡¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!!   Con esta frase, estamos llegando a la puerta del punto central de toda la historia de la Biblia.  ¿Puedes ver en tu mente el escenario que pinta Jesús?  Escucha otra vez, “Jerusalén, Jerusalén, ¡¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!!”


     Cristo Jesús, verdadero Dios, nos dice que ha querido juntar a su pueblo, como la gallina junta a los pollitos debajo de sus alas.  Mira lo que nos enseña esto.  Imagínate un momento a Jesús como una gallina.  ¿Por qué quiere juntar los pollitos debajo de las alas?  Para protegerlos.  La gallina hace de sí misma un escudo de carne y plumas, para ofrecer protección a sus crías.    Pero, para hacerlo, la gallina tiene que abandonar su propia defensa.   Una gallina, para defenderse a sí misma, puede huir, corriendo y volando un poco, como hacen las gallinas.  Por el otro lado, si la gallina quiere pelear, ella sola tiene una herramienta, sola un arma, las garras.  Pero si, para proteger a los pequeños, la gallina está en el suelo con las alas extendidas ampliamente sobre los pollitos, ella no puede huir, ni defenderse. Si un enemigo fuerte viene, ella va a morir, protegiendo a sus hijos.

      Aunque no tenemos una pantalla, ¿puedes ver este cuadro?  La gallina protegiendo a sus crías debajo de sus alas nos ofrece un cuadro de Jesús, sin defensa, colgando en una cruz, protegiendo a sus hijos, ofreciéndonos el escudo de su carne y sangre para cubrirnos, perdiendo su vida, para salvarnos.   
      
      Cuando toda la vida va muy bien, es fácil pensar que yo soy muy capaz, muy independiente, sin la necesidad de ser salvado.  Pero mi vida no siempre va bien.  Vienen los días cuando necesito ayuda, cuando los problemas del mundo, y mi propio pecado, mis debilidades y temores, me hacen buscar una gallina que me cubra con sus alas, un Salvador que me protege bajo las alas de su Cruz. 

     Este Salvador yo lo tengo, y también tú lo tienes.


     Cristo ha llegado para protegernos, no solo de los males que nos amenazan hoy, sino por protegernos de todo el poder malo del diablo, del mundo y de nuestra propia naturaleza pecaminosa.  Él murió para hacernos seguros.  Él no tiene vergüenza de salvarnos, aun quiere describirse a sí mismo como una Gallina Divina, muriendo para proteger a sus pollitos.  Y, desde que la muerte no podía restringir al Señor de Vida, porque Él resucitó al tercer día, ya sabemos que nuestra protección divina es eterna.  Los enemigos pueden herirnos un poco, hoy en día, pero la victoria es nuestra, debajo de las alas de Cristo, tu Gallina Divina, tu Salvador y Dios, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.