Sunday, December 16, 2018

Otro Tipo de Grandeza - Adviento 3, en español e inglés


Tercer Domingo de Adviento, A+D 2018, Gaudete
Otro tipo de grandeza
San Mateo 11:2-11

(English Sermon follows the Spanish)

     Hace dos semanas se falleció George Herbert Walker Bush, el cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos.  Él tenía una grandeza especial.

     El primer presidente Bush fue nacido en una familia rica y poderosa, con gobernantes y empresarios importantes por todos lados.  Tuvo 17 años cuando los japoneses atacaron a Pearl Harbor, después de que los EEUU entraron en la Segunda Guerra Mundial.  La familia de George quería protegerlo de los riesgos de la guerra, pero, en el día de su decimoctavo cumpleaños, cuando por ley podía decidir por sí mismo, George se alistó en la Marina Americana.  Llegó a ser el piloto de combate americano más joven de nunca, y completó 58 misiones de combate, incluso uno en que su avión fue destrozado por las armas japonesas, y Bush tuvo que ser rescatado de una balsa en el Océano Pacífico.  Aún después de esta experiencia, George volvió a luchar en el aire.  Nunca quería ser favorecido por la reputación y riqueza de su familia.  Solo quería servir a su patria.  Tenía una grandeza especial.

     George Bush nos puede servir como un ejemplo actual de la grandeza de que habla Jesús en nuestro evangelio de hoy.  Solo una sombra de la grandeza de que nos habla Jesús, por supuesto, pero un ejemplo, sin embargo.  Porque George Bush eligió servicio, en lugar de beneficiar del estatus de su familia, o el poder de su riqueza.  No habría sido difícil para Bush a encontrar un modo de “servir” en la guerra en un puesto cómodo y seguro.  La reputación y las  conexiones de sus familiares pudieran haber conseguido esto sin problema.  Pero, George quería servir de verdad, quería servir hombro con hombro con sus compatriotas, luchando para la libertad mundial, arriesgando su vida para proteger a las vidas de millones de otros.

     Lo cual es un poco parecido a la historia de Juan el Bautista.  Juan fue hijo de un sacerdote, un grupo especial e importante entre los judíos.  Además, fue el producto de un milagro, porque sus padres, Zacarías y Elizabet estaban mucho más allá de la edad de concebir y tener hijos.  Finalmente, desde muy temprano en su vida, el Señor Dios comunicaba directamente a Juan, dirigiéndolo en su camino especial.  Sin duda, Juan el Bautista era alguien excepcional. 

    Pero Juan nunca intentó beneficiarse a sí mismo de su estatus especial.  Vivió en el desierto, comiendo langostas y miel salvaje.  No retrocedió de anunciar la Verdad que Dios le había revelado, incluso sobre los pecados de sus oyentes.  No le importaba si estos oyentes fueran fariseos, o soldados romanos, o aun el rey Herodes, reprochado por Juan por tener a la esposa de su hermano. 

     Finalmente, nunca retrocedió de hablar de la identidad de su primo y Salvador, Jesús de Nazaret.  Una vez, cuando sus propios discípulos le invitaban a quejar sobre el hecho de que el ministerio de Jesús estaba eclipsando su propio ministerio, Juan les dijo: “Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya.”  Al final, su fidelidad a la Verdad de Dios, cuando reprochó a Herodes, fue lo que resultó en su arresto, y eventualmente, en su muerte sangrienta y cruel.   

     Fidelidad, honor, compromiso, desinterés, carácter.  Podemos ver estos rasgos en George Bush.  Aún más, son obvios en Juan el Bautista.  Pero, en nuestra cultura popular y en la política actual, son valores obsoletos. 

     ¿Y con nosotros?  ¿Por nuestras palabras y acciones, cuáles valores parecen importantes a nosotros?

     No somos presidentes, ni guerreros defendiendo la libertad contra el Socialismo Nacionalista y el Imperio Japonesa.  Seguramente no somos profetas del Señor, enviados ante su Hijo para preparar su camino.  Pero somos cristianos, unidos por el bautismo con Jesús, con un llamado para vivir como hijos de la luz.  San Pablo, San Juan y Jesús mismo nos instruyen que no conformemos a este mundo caído en que vivimos.  Es decir, no deberíamos seguir los caminos egoístas, superficiales, y pecaminosos que son tan populares. 

     El Señor nos llama a servir, en vez de ser servido.  Nos manda que amemos, y no odiemos, aun a nuestros enemigos.  Dice que el grande entre nosotros es el que sirve a los demás.

     ¿Cómo va?  ¿Encontramos nuestro valor en las bendiciones recibidas en Cristo, y en el privilegio de compartir su amor con otros?  ¿O es que ansiemos por la adulación del mundo, demasiado preparados a olvidarnos de la Verdad de Dios, si esté en conflicto con lo popular de la cultura?  ¿Buscamos ser grandes en la estimación de nuestra cultura, de nuestros amigos y vecinos, o perseguimos la grandeza del servicio y sacrificio?

     No tenéis que responder. Cada uno de nosotros sabemos que no cumplimos nuestros deberes.  La verdad es que un hombre como Presidente Bush nos pone a la vergüenza.  Y Juan el Bautista tanto más. 

     Es triste.  Cuanto más buscamos nuestra propia grandeza, cuanto más pequeño y sin importancia llegamos a ser.  Y aún si pudiéramos ser igual al Bautista o aún a Bush, no sería suficiente.  Porque George Bush era rápido para admitir sus errores y confesar sus fallos.  Y Juan el Bautista, profeta llamado directamente por Dios desde antes de su concepción, sabía muy bien sus limitaciones.  Cuando Jesús vino a él para recibir su bautismo, Juan le dijo:  no soy digno de desatar tus sandalias, menos aún para bautizarte. 

     En términos humanos, la grandeza de George Bush fue impresionante, especialmente comparado con los demás hombres ricos y políticos poderosos.  Y Juan el Bautista es verdaderamente importante en la historia de salvación.  Declara Jesús: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista.”  Esto es una grandeza especial, ¿no?  Pero, no es suficiente para llenar  la necesidad humana.   

     En esto podemos ver la gran diferencia entre el bueno de este mundo caído y el bueno del reino de Dios, que es de una grandeza distinta, diferente.  Imagínate, aunque Juan fue grande, también dice Jesús que “el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.”   En esto, empezamos de comprender cuán grande fue la obra de Cristo, para realizar el cumplimiento de lo necesario para abrir este reino a nosotros. 

     Pues, la grandeza del reino de los cielos no es solamente mayor que la grandeza de Juan, o George, o cualquier otra persona.  Es mucho más grande, claro que sí, pero, además, es un tipo de grandeza totalmente distinto.  

     La grandeza de Bush tiene que ver con mejorar un mundo problemático, no con perfeccionarlo.  Su voluntad de luchar en el aire en la Segunda Guerra Mundial, o servir con honestidad y desinterés como político, fue siempre un intento de mejorar situaciones difíciles o peligrosas.  Hoy en día las naciones quieren convertir sus presidentes en salvadores, pero George Bush supo muy bien la realidad de que nadie de este mundo iba a resolver todos los problemas, ni aun la mitad. 

     Y es similar con Juan el Bautista.  Sí, fue profeta de Dios, pero su rol tuvo principalmente dos partes: predicar contra el pecado, y anunciar la llegada del Mesías de Dios, el Cristo.  Juan no fue perfecto.  En la cárcel, por no entender perfectamente la obra del Cristo, llegó a tener dudas de si su profecía acerca de Jesús había sido correcto.  Envió sus mensajeros a Jesús con la pregunta: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” 

     Juan fue encarcelado y eventualmente ejecutado por su predicación contra el pecado.  La grandeza de su ministerio profético no logró mucho en la cultura ni en el mundo, ni tampoco en los cielos.  Fue totalmente de preparación, muy importante, pero preparación y nada más.  La grandeza terrenal no puede resolver nuestros problemas más serios, como nuestro pecado, nuestra muerte, o nuestras dudas sobre como deberíamos relacionar con Dios.     

     Aun por la fuerza de los mejores hombres, todavía no hallemos soluciones completas y eternas.  Esto requirió una grandeza distinta, una grandeza divina, una voluntad profunda para servir y una humildad increíble.  La razón que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan el Bautista, es que el reino de los cielos está hecho en la misma persona de Cristo Jesús, verdadero hombre, y verdadero Dios.

     Cristo es el ejemplo por excelencia de servicio sin ego, y la culminación de sacrificio de un grande para los pequeños.  No fue meramente hijo de un senador, o de un sacerdote, pero fue, y es, el unigénito y eterno Hijo del Padre.  Salió de la gloria de la corte celestial, para lograr la mejor gloria de Dios, que es la salvación de sus propios enemigos, la raza humana que había rebelado contra Él, desde Adán, hasta la última persona nacida.

     Jesús nos mostró otro tipo de grandeza.  La grandeza del amor de Dios que no requiere nada de los amados. El Señor hace un compromiso total a todos los pecadores, aun cuando esos pecadores rechazan a Él.  Vino para crear de nuevo a todo, empezando con el hombre, caído desde su concepción.  Por eso, humildemente, el infinito Dios se encarnó de la Virgen María, y vivió como un refugiado perseguido.  Su voluntad de servir y salvar no tenía límite.

     Por lo tanto, la humildad de su nacimiento tiene sentido.  Aunque nos encanta los belenes tan bonitos, el nacimiento de Jesús no fue tan lindo o tranquilo. Las condiciones vergonzosas de la entrada de Jesús en este mundo nos da una previsión de la vergüenza y el terror de su muerte, porque el Bebé injustamente puesto en la madera del pesebre sería más tarde puesto injustamente en la madera de una cruz romana.

     Nos parece imposible que el Todopoderoso haría tales cosas.  Y sí, para nosotros, sería imposible.  Pero para el Dios quien es amor, fue la culminación de su servicio divino, fue su momento más grande de todos.

     Cuando fui un joven, tenía un cartel con una cita atribuida a George Herbert Walker Bush: “Él que no tiene nada que vale la pena de arriesgar la muerte, no tiene nada que vale la pena de vivir.” Es un lema fuerte, y solo podemos entenderlo correctamente si entendemos que George Herbert Walker Bush confesó su fe cristiana abiertamente. 

     Porque solo por confiar en el servicio divino,  el sacrificio sublime, y el reino eterno de Cristo Jesús, podamos entonces tener el valor de vivir sin miedo y en servicio a otros.  El lema de Bush es solamente aceptable porque dos mil años antes, llegó a ser un hecho divino en la vida, cruz y resurrección de Jesús, quien quiso morir, para que pudiéramos vivir.  Esto es una grandeza distinta.

     Podemos vivir en amor y servicio, porque la vida, la cruz y la resurrección de Jesús son una realidad entre nosotros, aquí, hoy.  Porque Él está con nosotros, y su Espíritu está obrando en nosotros ahora mismo, por su Palabra de promesa.  Todo el fruto de la grandeza de Cristo nos es dado aquí, en el pleno perdón de nuestros pecados, y en el acceso al reino de los cielos que tenemos, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Third Sunday of Advent , A + D 2018
Another King of Greatness

Two weeks ago, President George Herbert Walker Bush, the forty-first president of the United States, passed away. He had special greatness. The first President Bush was born into a rich and powerful family, with important government officials and businessmen on all sides. He was 17 years old when the Japanese attacked Pearl Harbor, after the US entered the Second World War. George's family wanted to protect him from the risks of war, but on his eighteenth birthday, when by law he could decide for himself, George enlisted in the American Navy. He became the youngest pilot ever, and completed 58 combat missions, including one in which his plane was destroyed by Japanese weapons, and Bush had to be rescued from a raft in the Pacific Ocean. But he returned to fight in the air later. George never wanted to be favored by the reputation and wealth of his family. He just wanted to serve his country. He had a special greatness.

George Bush can serve us as a current example of the greatness that Jesus speaks of in our Gospel today. Only a shadow of the greatness that Jesus speaks of, of course, but an example, nonetheless.   Because George Bush chose service, instead of benefiting from the status of his family, or the power of his wealth. It would not have been difficult for Bush to find a way to "serve" in the war in a comfortable and safe position. The reputation and connections of his family members could have achieved this without problem. But George wanted to truly serve, to stand shoulder to shoulder with his countrymen, fighting for world freedom, risking his life to protect the lives of millions of others.

Which is quite a bit like John the Baptist. He was the son of a priest, a special and important group among the Jews. In addition, he was the product of a miracle, because his parents, Zacarias and Elizabet, were far past the age to conceive and have children. Finally, from very early in his life, the Lord God spoke directly to John, directing him on his special path. That is to say, John the Baptist was someone exceptional.

But John never tried to benefit from his special status. He lived in the desert, eating locusts and wild honey. He never recoiled from announcing the Truth that God had revealed to him, even about the sins of his hearers, no matter if these hearers were Pharisees, or Roman soldiers, or even King Herod, reproached by John for having his brother's wife. Finally, he never retreated from talking about the identity of his cousin and Savior, Jesus. Once, when his own disciples invited him to complain about the fact that Jesus' ministry was overshadowing his own ministry, John told them: "It is necessary that He increase, and that I decrease." In the end, it was his faithfulness to the Truth of God, when he reproached Herod, that resulted in his arrest, and eventually, in his bloody and cruel death.

Fidelity, honor, commitment, selflessness, character. We can see these traits in George Bush. Even more, they are obvious in John the Baptist. And in us? We are not presidents, nor warriors defending freedom against National Socialism and the Japanese Empire. Surely, we are not prophets of the Lord, sent before his Son to prepare his way. But we are Christians, baptized and united with Jesus, with a call to live as children of light. Saint Paul, Saint John and Jesus himself instruct us not to conform to this fallen world in which we live. That is, we should not follow the selfish and sinful ways that are so popular. The Lord calls us to serve, instead of being served.  He commands us to love, and not to hate, even our enemies. He says that the greatest among us is the one who serves others.

How's it going? Do we find our value in the blessings received in Christ, and in the privilege of sharing his love with others? Or is it that we long for the adulation of the world, prepared to forget the Truth of God, if it is in conflict with the popular culture? Do we seek to be great in the estimation of our culture, of our friends and neighbors, or do we pursue the greatness of service and sacrifice?

You do not have to answer. Each one of us knows that we do not fulfill our duties. The truth is that a man like President Bush puts us to shame. And John the Baptist even more. It's sad. The more we seek our own greatness, the smaller and less important we become. And even if we could be equal to John, or even just George, it would not be enough. Because George Bush was quick to admit his mistakes and confess his failures. And John the Baptist, a prophet called directly by God from before his conception, knew his limitations very well. When Jesus came to him to receive his baptism, John told him: I am not worthy to untie your sandals, much less baptize you. 

In human terms, George Bush's greatness was impressive, especially when compared with other rich men and powerful politicians. And John the Baptist is truly important in the history of salvation. Jesus declared: "Among those born of women, no one has risen who is greater than John the Baptist." That is is a special greatness, is not it?  But it is not sufficient for the depth of the human need.

In this we begin to see the great difference between the good of this fallen world and the good of the kingdom of God. Also, we began to understand how great was the work of Christ, to fulfill all that was necessary to open this kingdom to us. Imagine, although John was great, Jesus also says that "the least in the kingdom of heaven, the greater is he."

You see, the greatness of the kingdom of heaven is not only greater than the greatness of John, or George, or any other person. It is much greater, of course, but also, it is a different kind of greatness. Bush's greatness has to do with improving a troubled world. His willingness to fight in the air in World War II, or serve with honesty and selflessness as a politician, was always an attempt to improve difficult or dangerous situations. Nowadays, cultures want to turn their presidents into saviors, but George Bush knew very well the reality that nobody was going to solve all the problems, not even half.

And it is similar with John the Baptist. Yes, he was a prophet of God, but his role had mainly two parts: preaching against sin, and announcing the arrival of the Messiah of God, the Christ.   John was not perfect.  In prison, because he did not understand perfectly the work of the Christ, he had doubts as to whether his prophecy about Jesus had been correct. He sent his messengers to Jesus with the question: "Are you the one who was to come, or will we wait for another?" John was imprisoned and eventually executed for his preaching against sin. The greatness of his prophetic ministry did not achieve much in culture, or in the world, nor in the heavens. Earthly greatness cannot solve our most serious problems , such as our sin, our death, our doubts about how we should relate to God.

By the strength of the best men, we still do not find complete and eternal solutions. This task required a different greatness, a divine greatness, an amazing willingness to serve and an incredible humility. The reason that the least in the kingdom of heaven is greater than John the Baptist is that the kingdom of heaven is created in the person of Jesus Christ, true man, and true God. Christ is the quintessential example of egoless service, the culmination of a great sacrificing for the small.  He was not merely the son of a senator, or of a priest, rather he was, and is, the only begotten and eternal Son of the Father. He left the glory of the heavenly court, to achieve the greatest glory of God, which is the salvation of his own enemies, the human race that had rebelled against Him, since Adam, down to the last person born.

Jesus showed us another kind of greatness. The greatness of love without expectations.  The commitment of God to all sinners, even when those sinners reject Him. Jesus came to create everything again, beginning with man, fallen from his conception. Therefore, humbly, the infinite God became incarnate of the Virgin Mary, and lived as a persecuted refugee. His willingness to serve and save had no limit. Therefore, the humility of his birth makes sense, and indeed, gives us a foresight of the shame and terror of his death. For as the baby Jesus was unjustly placed in the wood of the manger, later Jesus would be unjustly put on the wood of a Roman cross. 

It seems impossible, that the Almighty would do such things.  And yes, for us, it would be impossible. But for Jesus Christ, it was the culmination of his service, it was his greatest moment of all.

When I was young I had a poster with a quote from George Bush:  If we do not have anything for dying for, then we do not have anything that is worth living for.  This is a strong motto, and we can only understand it correctly if we understand that George Bush openly confessed his Christian faith. Because just by trusting in the service, sacrifice, and reign of Christ Jesus, we can then have the courage to live without fear and in the service of others. Bush's motto is only acceptable because two thousand years before, it was a fact in the life, cross and resurrection of Jesus.

We can live in love and service, because the fact of the life, cross and resurrection of Jesus is a reality among us, here, today, because He is with us, because his Spirit is working right now by his Word, because all the fruit of the greatness of Christ is given to us here, in the full forgiveness of our sins, and access to the kingdom of heaven that we have,

In the name of Jesus, Amen.

Monday, December 3, 2018

He aquí, que vienen días. Sermón del Adviento 1


Adviento 1 (Ad Te Levavi)
He aquí, que vienen días.
San Mateo 21:1-9, Romanos 13:8-14, Jeremías 23:5-8

Adaptado del sermón de Pastor Adam Lehman,
que bendiciones sean sobre su cabeza…

En el nombre del Padre, y del + Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Los días vienen.  ¡Preparémonos!  

     Es la temporada del Adviento, un tiempo, sí, para prepararnos la celebración, en unas pocas semanas,  del nacimiento de nuestro Salvador. También es el tiempo de preparación para la Segunda Venida, el Segundo Adviento de nuestro Señor ... su regreso en el Último Día.  Por lo tanto, escuchad bien las palabras del profeta:  He aquí, que vienen días, dice Jehová. Los días están viniendo. Hay urgencia.  El tiempo es esencial.

     ¿Pero, en qué estamos realmente enfocados? ¿Oramos diariamente, “Ven, Señor Jesús, ven”?  ¿O es que olvidemos de enfocar en su regreso porque tenemos que salir de compras y queremos disfrutar de todas las ventas y decoraciones navideñas?  Tal vez lo mejor que podamos decir es que somos generosos, que queremos asegurarnos que cada persona en nuestra lista esté bien atendida, en la Navidad, y los Reyes. 

     Por supuesto, es bueno dar regalos.  Pero ojo, en medio de tanta actividad alegre, es fácil olvidar de lo que es más importante. Es fácil olvidar la urgencia con que el profeta nos llama, y pasar por alto el motivo de la advertencia que el Señor nos está declarando ... He aquí, que vienen días.

     Vienen días para que nuestro Rey venga a nosotros, el mismo renuevo justo de David, que un día pronto reinará como Rey universal, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra.  Es tiempo para preparar. 

     Nos preocupamos mucho por el tiempo, que pasa demasiado rápido, excepto cuando corre demasiado lento.  Pero los días vienen cuando toda nuestra preocupación por el tiempo terminará, porque el tiempo en sí terminará. Para todos que estén en Cristo, con la terminación del tiempo llegarán otros finales: el final de la preocupación, el final de tener que estar aquí y allá.  El estrés, los problemas de dinero, la enfermedad, la angustia, las divisiones familiares, el pecado, todos estos terminarán, y sí, vendrá el final de la muerte en sí.

He aquí, que vienen días.

     Pues, tan segura que ocurrió la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén, la que fue predicha por los profetas, esperada durante miles de años por la gente, y llevada a cabo en la plenitud del tiempo, así también, su Segundo Adviento llegará. Su venida en gloria. Su triunfo final. Su regreso para tomar su trono y su corona. En aquel día, Él no viene manso y humilde, sobre un asno.  No tomará una cruz ni llevará una corona de espinas, sino que más bien será aclamado en un triunfo mundial que lo colocará a Jesús visiblemente en el centro del universo, cumpliendo todo lo que se ha testificado de Él en las Escrituras.

He aquí, que vienen días.

     De verdad, todos nos estamos moviendo hacia este día, sea conscientemente, o no.  Por eso el tiempo es esencial. Y por eso, San Pablo nos dice que debemos levantarnos del sueño. Celebrar la Navidad con gozo está bien, siempre que recordemos que hay algo mucho más importante que las compras y las fiestas, más esencial que cocinar y decorar.

     ¡Estamos preparando el camino real para encontrarnos con nuestro Rey! ¡Estamos almacenando tesoros eternos en el cielo para disfrutarlos en la fiesta que nunca terminará! En aquella mesa allá, saludaremos a nuestros hermanos de todos los tiempos y lugares, todos nosotros alrededor del trono del Cordero, y cantaremos: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! 

La meta es gloriosa.  ¡Preparémonos!

     La primera vez que el Señor vino a nosotros, quedó indefenso y fue colocado en un pesebre. Él vino a nosotros como uno de nosotros. Se unió a nosotros en nuestra debilidad y mortalidad, aunque no fuera justo que Él sufriera, porque no tuvo ningún pecado. Pero lo hizo todo, por amor. 

     Y cuando vino a reclamar su reino en Jerusalén, su ciudad real ancestral, vino manso, y sentado sobre una asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga. Al entrar en la ciudad, fue aclamado como rey, y las multitudes querían darle una corona.  Cinco días después, recibió una corona distinta, y lo llevaron a Él fuera de las murallas de la ciudad, burlándose de Él como un mesías fraudulento y falso, echándolo fuera de Jerusalén, para ser crucificado.

     Él vino la primera vez para sufrir en nuestro lugar, por nuestros pecados. Murió soportando nuestro castigo, sacrificándose para lograr nuestra redención. Y luego, resucitó como vencedor de la muerte, para que nosotros, su pueblo amado, pudiéramos vivir para siempre con Él.

     Y así, esperamos ansiosamente este regreso trascendental de nuestro Señor. Porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. El tiempo es esencial, porque el tiempo nos lleva a la eternidad. 

     Entonces, mientras nos preparamos para el ajetreo de la temporada navideña, preparémonos también espiritualmente para la próxima era. Encontrémonos preparados para saludar a nuestro Señor en la eternidad, ya sea que Él venga a nosotros al fin del mundo, o que vayamos a Él al final de nuestras vidas. Porque no sabemos cuándo sucederá ninguno de los dos eventos. Pero al igual que la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén, su Segundo Adviento y el fin vendrán.

     ¿Y cómo podemos prepararnos?  Empecemos por recordar como Jesús ha venido a nosotros, individualmente y como Iglesia.  Aunque cada uno de nosotros estábamos muertos en nuestro pecado, Dios nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados).  Hemos sido redimidos por la Santa Sangre del Señor, bautizados por el Agua Santa del Señor, perdonados por la Santa Absolución del Señor. Estamos invitados a una unión mística con Él a través de la Santa Cena del Señor.

     Él nos ha preparado todo, en el día en que se ofreció a sí mismo por nosotros. Ahora, nos ha invitado a la fiesta. Él ha preparado este camino de Palabra y Sacramentos para que nos unamos a Él por la eternidad, dejando atrás el tiempo mismo y todo el ajetreo, la preocupación y el dolor, la enfermedad, el pecado, y la muerte.

     Entonces ven. Ven a Él, donde y cuando Él viene a ti este Adviento, y durante todo el año.  Él vino a nosotros para nuestra salvación como el Bebé en Belén, como el Rey montado en un asno, y como el Pecador castigado por Dios en la Cruz. Ahora el Cristo resucitado nos ofrece el fruto de su obra, hoy en día, aquí mismo.  Ven a Él, así como Él nos llega humildemente, montado sobre su Palabra de promesa, y con el pan y vino, perdonando nuestros pecados y dándose Él mismo en el milagro de la Eucaristía.

     El tiempo es esencial, porque la noche está avanzada, y se acerca el día. Ven a Él, así como Él viene a ti en cada Misa, para prepararte y unirte a Él, hoy, y por la eternidad.  Y así, estés preparado por el Día en que Él vendrá a nosotros, la Iglesia, su Novia.  Él vendrá como Conquistador al final de los siglos, derrotando a Satanás y la muerte de una vez por todas.

He aquí, que vienen días, dice Jehová.

     Los días están viniendo. El tiempo es esencial. Hay un sentido de urgencia. Porque esto es verdaderamente importante.

     Pero a la vez, es un tiempo de gozo, porque nos viene el mejor regalo de todos.
He aquí, tu Rey viene a ti.  

Por ende, cantemos juntos: 
¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!  Amén. 

Monday, November 26, 2018

La Buena Noticia de la Comida Seca de la Serpiente


Último Domingo del Año Eclesiástico
ANTIGUO TESTAMENTO              Isaías 65:17-25 (RV60)     
EPÍSTOLA                           1 Tesalonicenses 5:1-11 (RV60)
EVANGELIO                          San Mateo 25:1-13 (RVR60)

El lobo y el cordero serán apacentados juntos,
     y el león comerá paja como el buey;
     y el polvo será el alimento de la serpiente.

     Hay una cierta falta de simetría en estas últimas líneas de nuestra lectura de Isaías.  Primero, tenemos dos parejas de enemigos naturales, el lobo y el cordero, y el león y el buey, convertidos en amigos, compartiendo su alimentación.  Pero en la tercera, la serpiente, sola, sin compañero, recibe una comida no muy agradable.  Es interesante que, casi al final de esta lectura que es, desde su inicio, totalmente alegre y llena de promesa, viene esta nota disonante.  ¿Por qué?

     Podría ser una respuesta simple, la realidad de que vivimos en un mundo caído.  Aún después de nuestra conversión a ser creyentes bautizados, es imprescindible que, siendo todavía pecadores, sigamos oyendo las advertencias y amenazas de la Ley de Dios.  Por eso, la Palabra de Dios es dividido entre ley, y evangelio.  Por un lado, los requisitos y prohibiciones de Dios para nosotros, y por el otro, las promesas, las cosas que el Señor hace, para salvarnos.  Necesitamos oír la ley, no porque ahora podamos cumplirla y conseguir o mantener nuestro estatus como cristianos.  No, no, no.  Más bien seguimos escuchando la ley de Dios para que nos demos cuenta de nuestra continua necesidad de la gracia de Dios en Cristo. 

    Por lo tanto, oímos, juntos con los Tesalonicenses, la ley desde nuestra Epístola:  Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, … animaos unos a otros, y edificaos unos a otros.  También desde el Evangelio de San Mateo, con la parábola de los vírgenes esperando la llegada del Novio, quien es Cristo, conocemos que es necesario velar por su venida sin parar; velar, y mantener nuestras lámparas llenas con la fe viviente.  

   Pero esta última idea de Isaías 65, de la serpiente que solo va a comer polvo, es más notable por la gran alegría del resto del pasaje.   

     Escuchad de nuevo:  Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento… Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; … me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro, ni voz de clamor. …  No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos. Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído.”

     ¡Qué excelente, qué bonito!  Los únicos recordatorios de imperfecciones vienen dentro de promesas de que nunca más sufrirán los fieles de Dios de estos problemas. 

     Luego oímos: “El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey.”  Muy bien, la violencia de la naturaleza convertida en paz.  Pero, finalmente, “y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová.”

    ¿Por qué, en la penúltima frase, el Señor añadió esta maldición a la serpiente, cuando todo lo demás es de paz y la ausencia de mal?  Empieza por decir que nada del viejo mundo será parte del nuevo, ni aun la memoria. Pero, seguramente esto de la serpiente parece algo de la creación anterior. ¿Por qué está mencionada?  ¿Es solamente que el Señor quería dar una patada al antiguo enemigo malvado?  ¿O podría indicar algo más, algo que concuerda mejor con el tema de alegría en todo el resto de la profecía?

     Pues, tal vez ya habéis hecho una conexión a otro versículo, uno que seguramente es de referencia, la maldición que anunció el Señor a la serpiente, en el jardín, justo después de su tentación exitosa del primer hombre y mujer.  Después de hallarlos, escondiendo de Él por miedo, porque entendieron que habían hecho muy mal, el Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué es esto que has hecho? Y la mujer respondió: La serpiente me engañó, y yo comí. Y el Señor Dios dijo a la serpiente:
Por cuanto has hecho esto,
maldita serás más que todos los animales,
y más que todas las bestias del campo;
sobre tu vientre andarás,
y polvo comerás todos los días de tu vida.
   
    Es indudablemente correcto ver una conexión fuerte con Génesis 3 y nuestra lectura de Isaías 65.  ¿Pero, es solamente que el Señor, en medio de su profecía de los nuevos cielos y la nueva tierra, quisiera dar un recordatorio de que la serpiente, que era Satanás, sería castigada, y nada más?  Posiblemente, pero ¿porque insertar esto aquí, en este anuncio alegre del paraíso nuevo, donde la serpiente, el diablo, no vaya a estar presente?     

    A ver.  La maldición de la serpiente a comer polvo es un versículo famoso, pero no es la primera vez que la palabra “polvo” ocurre en Génesis.  Antes, en capítulo 2, ya hemos oído del polvo.  Porque, el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente.  El polvo de la tierra es la masa de que Adán fue construido.  Además, polvo ocurre de nuevo en Génesis 3, en la maldición de Adán por su pecado.  El Señor le dijo: Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. 

    El polvo de la tierra, originalmente la masa elegida por Dios para crear la vida humana, ahora, después de la introducción destructiva del pecado en la buena creación de Dios, es cambiado a ser la comida de la serpiente y una marca de la muerte para los hombres. 

     Todo eso me da más preguntas sobre por qué Isaías termina su profecía de promesa y celebración con una mención del polvo como alimento de la serpiente.  ¿Por qué en nuestro pasaje de Isaías el Espíritu Santo interrumpe el flujo de felicidad y promesa con este recordatorio de muerte y castigo? 

     Cuando en la Palabra de Dios encontramos algo difícil de entender, es muy servicial recordar que toda la Biblia es una historia sobre Jesucristo, el Hijo de Dios.  Jesús mismo dijo lo mismo varias veces.  Por ejemplo, a los judíos en San Juan capítulo 5: “Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”  También en San Lucas 24, en la tarde del día de la Resurrección, Jesús dijo a sus discípulos: “Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.  Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día.” 

    Así, podemos esperar oír de Cristo y su Cruz en todas partes de la Biblia, y esto es lo que tenemos en este versículo de Isaías sobre la serpiente comiendo el polvo.  Sí, nos recuerda de la maldición proclamada a la serpiente en el jardín, pero también, es una profecía de la obra de salvación de Cristo en su Cruz. 

     Porque el Hijo de Dios se hizo el Hijo del Hombre, se convirtió en el Segundo Adán, por su nacimiento de la Virgen María.  El primer Adán fue formado desde el polvo, y por su pecado fue destinado a regresar al polvo en la muerte, y nosotros juntos con él.  Pero, para salvar a él y todos sus descendientes, el Segundo Adán, el Nuevo Adán, el Hijo de Dios, asumió esta misma carne, hecho originalmente del polvo.  Se hizo hombre, para cambiar nuestro destino, un cambio que logró por su propia muerte. 

     Como también profetizó el Señor en el jardín, la serpiente iba a morder, o se podría decir, iba a intentar comer, al Simiente de la mujer, pero esta mordida resultaría en su propia destrucción.  Dijo el Señor a la serpiente:  Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón.      
     Por intentar comer el Segundo Adán, Satanás precipitó su propia derrota eterna.   

    Es como muchos antiguos teólogos de la iglesia, desde Gregorio de Nisa, hasta Lutero, explicaron:  El hombre Jesús, colgado en la Cruz, fue como un cebo que la serpiente, el Diablo, no pudo resistir.  Por su odio ciego, Satanás pasó por alto el hecho que este hombre, este nuevo Adán, fue también Dios mismo.  Intentó morderlo, comerlo vivo, y al principio, parecía exitoso, porque Cristo se falleció. 

     Pero este nuevo hombre de polvo fue diferente, fue el Creador, el Autor de Vida, y su muerte fue parte del plan.  En su autosacrificio, todos los pecados y la muerte merecida por Adán y todos sus descendientes son pagados, totalmente borrados.  En este sacrificio, Jesucristo nos rescató, por destruir el poder de Satanás a acusarnos por nuestros pecados.  Porque en Cristo, no queda ninguna deuda.  Por intentar alimentar de este polvo, la carne del Nuevo Adán, la serpiente fue destruido, y nosotros recibimos perdón, y acceso a los nuevos cielos y la nueva tierra, el paraíso de Dios.

    Por lo tanto, esta frase: “y el polvo será el alimento de la serpiente,” es ciertamente una buena noticia.  Cabe perfectamente en este anuncio de puro Evangelio de Isaías 65.  Es cierto, todas las promesas del paraíso son nuestros, porque la serpiente tuvo polvo por su alimento.

    Y ahora, para mantenernos velando por su regreso, Él que ofreció su propio cuerpo para rescatar al mundo caído nos alimenta con comida tan bueno que es difícil describirlo adecuadamente.  Por su Palabra, verdadera comida para el alma, el Espíritu de Cristo nos convence, nos perdona, y nos consuela, recordándonos como, en nuestro bautismo, hemos sido vestidos en la justicia de Cristo.  Y en su Cena, el mismo Jesús nos ofrece su propio cuerpo y sangre, una vez ofrecidos en la Cruz, y ahora glorificados a la diestra del Padre. Con su cuerpo y sangre, Jesús nos limpia de cada mancha.  Esta alimentación divina nos lleva por toda esta vida, hasta la vida eterna. 

    Así somos vírgenes prudentes, bien preparados para saludar al Novio; así somos hijos de la luz, preparados por su retorno, cuando con Jesucristo entraremos en el Paraíso de Dios. 

  Por lo tanto, oremos:  Ven, Señor Jesús, ven, Amén. 

Sunday, November 18, 2018

Las Buenas Noticias de las Águilas y el Cuerpo Muerto - En Español e Inglés


Vigésimo Quinto Domingo después de Trinidad, 
18 de noviembre de 2018
San Mateo 24:15-28, 1 Tesalonicenses 4:13-18, Job 14:1-6

Sermón en inglés después del sermón en castellano.  

     ¡Buenas noticias! Dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas.  Qué bien, ¿no?  Podemos confiar y estar tranquilos, porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas. 

     ¿Qué es el problema?  No me parece que estéis alegres por oír esta buena noticia.  ¿Por qué?  ¿No es obvio que las águilas juntadas alrededor del cadáver sea buena noticia?

     De verdad, por escucharlo sólo una vez, hay mucho preocupante en nuestro evangelio de hoy.  Por ejemplo, Jesús predijo que la abominación desoladora iba a volver al lugar santo, es decir, al Templo de Jerusalén.  El Señor hace referencia a la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, la profanación del Templo por los soldados griegos en el año 167 a.C., cuando sacrificaron un cerdo a Zeus, dentro de la casa del verdadero Dios.

     También Jesús advierte que una tribulación terrible iba a caer sobre los judíos.  Estas profecías se cumplieron en el año 70 d.C., cuando los legionarios romanos arrasaron el Templo, y destruyeron a Jerusalén, matando a miles de judíos, y dispersando miles más.  Esta prédica de Jesús fue dura, es cierto.

     Además, hemos oído el lamento de Job sobre la futilidad de la vida humana:
El hombre nacido de mujer, Corto de días,
  y hastiado de sinsabores, 
Sale como una flor y es cortado,
  Y huye como la sombra y no permanece. 

     Una lectura temerosa, otra deprimente.  Es fácil entender porque el tema del fin de la edad, el juicio de Dios y el regreso de Cristo siempre ha dado dudas y miedo a casi todos. 

     Sin embargo, no es así, o al menos no es necesariamente así.  Es mi papel y mi privilegio, en este día cuando el invierno y la oscuridad avanzan en el calendario y en las noticias, es mi privilegio anunciarte que el propósito de Dios con nuestra lectura de San Mateo hoy es darnos alegría y confianza, confianza en su amor, y gozo sobre nuestro futuro. 

     Es verdad que las amenazas de Cristo sobre el fin de la edad, en San Mateo y en otros textos, son fuertes, e importantes.  No quiero decir que los eventos hablados por Jesús no son riesgos verdaderos.  El Espíritu de Cristo, con estas amenazas, quiere captar la atención de cualquier persona que esté ignorando la realidad del Fin, del Último Día, y el retorno de Cristo.  Es una advertencia para el mundo, que un juicio, el Juicio Final, viene, y cualquier persona que no se arrepienta de sus pecados vaya a ser perdida, condenada, y separada eternamente de Dios y de toda cosa buena. 

     Es una advertencia para el mundo, para los no creyentes, y también para nosotros.  Es para nosotros una advertencia al pecador, al hombre viejo, que sigue existiendo en cada cristiano durante su vida terrenal.  Nuestro hombre viejo quiere desviarnos del camino de Cristo, quiere que no prestemos atención a la venida del Señor.  Las palabras de Jesús nos recuerdan de la realidad de esta lucha interno que vivimos, la lucha entre la fe y la incredulidad.  Hay muchas cruces en la vida cristiana, pero la primera y muchas veces la más difícil es esta lucha interior contra nuestra propia pecaminosidad e incredulidad.  Hay que luchar, y aún más confiar que el Espíritu, por el amor de Jesús, nos guardará, con su Palabra poderosa. 

     Las amenazas sobre el Último Día son reales.  Pero, como creyentes bautizados, es decir para la nueva criatura que Dios ha hecho de nosotros por su Palabra recreadora, verdaderamente las palabras de Jesús deberían darnos paz y alegría, aun esta frase extraña: Dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas.     

     Desde nuestros textos de hoy, podemos confiar, primero, que no vamos a perder el regreso de Cristo.  Esta es la promesa más fácil de entender.  Dice Jesús repetidamente: si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes. 
     Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis. Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre.  Nadie va a perderla. 

     Segundo, tenemos otra promesa de San Pablo.  Cuando pensamos en los fines, el fin del mundo, o el fin de una vida humana, nuestra vida o la de un querido, es muy común tener dudas y aprehensiones.  Pero, como cristianos, escuchemos lo que dice Cristo, a través de San Pablo.  En relación con la muerte terrenal, porque confiamos en Jesucristo, crucificado, resucitado y ascendido a la diestra del Padre, Pablo nos consuela así:  Acerca de los que duermen, no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. 
     Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él… el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.  Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

     El regreso de Cristo es buena noticia para cristianos, y la muerte terrenal es sólo un traspaso para vivir con Dios.  Pero ojo:  Escuchemos a Cristo y sus apóstoles.  Siempre que miramos por alrededor, cuando escuchamos las noticias, o pasamos tiempo en Facebook o Twitter, vamos a ver muchas razones para dudar las promesas de Dios.  Además, escucharemos muchas voces negando la Palabra de Dios. 

     Escucha a Cristo.  La sabiduría cristiana es saber que el mundo no puede aceptar la Palabra de Cristo, que nos da perdón y salvación.  Entonces, nuestra tarea no es escuchar la palabra del mundo, más bien es recibir la Palabra de Cristo diariamente, y luego compartir esta Palabra salvadora con nuestros vecinos, para que el Espíritu haga su obra de salvación en ellos.        

     Finalmente, tenemos que resolver el misterio del cadáver y las águilas.  Cierto, no parece que las águilas alrededor del cuerpo muerto sean predicadores de buenas noticias.  El cuadro que nos describe Jesús es extraño, con estas águilas juntadas.  O, pudieran ser buitres, porque la palabra en griego del texto original significa ambas, águila y buitre.  Sean lo que sean, allí están, congregados alrededor del cadáver.  Ambas aves son carroñeras, y es fácil imaginar una escena distópica al extremo, algo de una peli de horror.   

     Pero no es así.  Bueno, es verdad que Jesús está refiriendo a un momento terrible, cuando las águilas se juntaron alrededor de su propio cuerpo muerto.  Es que el águila fue el símbolo de las legiones de Roma.  Cada soldado romano la llevaba en su ropa y armadura.  Jesús con esta frase está hablando de su propia muerte en la Cruz, donde sufrió, rodeado de legionarios, sufriendo para quitar los pecados de todo el mundo.

     Es cierto que con esta frase Cristo estaba siendo misterioso.  Pues, recordemos que su sermón que oímos hoy fue predicado primero durante la Semana Santa original, solo unos días antes del Viernes Santo.  Nadie, ni incluso sus discípulos más cercanos, pudiera entender lo que iba a pasar, que el unigénito Hijo del Padre, el Señor Dios encarnado, iba a sacrificarse, para salvar al mundo, a sus enemigos, a los soldados romanos, y a nosotros.  Pero, hasta que fuera cumplido, fue necesario hablar en enigmas.  El que lee, entienda.

    Fue el momento peor de todos, cuando se murió el único hombre verdaderamente santo e inocente.  Pero, por la voluntad y misericordia de Dios, también fue un momento bueno, lo mejor de toda la historia.  Porque, en su cruz, bajo el poder de Poncio Pilatos y sus soldados, Jesús ganó nuestra salvación, nuestro perdón gratuito y la garantía que, en Cristo, nuestro futuro eterno es seguro, y glorioso. 

     Imagínate, con esta frase tan extraña, que donde estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas, Jesús nos está confortando.  Aun el Centurión, comandante de los soldados romanos, fue movido por el Espíritu a predicar.  Mirando al cuerpo muerto de Cristo, el Centurión declaró:  Verdaderamente este fue un Hombre Justo, este fue el Hijo de Dios.

     Y gloria sea al Señor Dios, la muerte no pudo prohibir que el Autor de Vida se resucita.  ¡Cristo resucitó!  ¡Jesús vive!  El cuerpo una vez muerto ya está glorificado, reinando sobre todo el cielo y la tierra.  Por lo tanto, podemos estar tranquilos.  Siempre que, como hacen creyentes bautizados, vivimos conectado a Él a través de su Palabra y Sacramentos, dependiendo no en nosotros mismos ni en nuestras obras o santidad.  Bien arraigados en la Buena Noticia de Cristo y su perdón y amor, podemos estar tranquilos sobre el Último Día y el fin de esta edad. 

     Porque en Cristo, el Último Día ya está cumplido; ya hemos pasado desde la muerte a la vida eterna.  Su victoria ya es nuestra victoria, su vida es nuestra vida, y su regreso es nuestra esperanza. 

Entonces oremos:  Ven, Señor Jesús, ven, Amén.

Twenty-fifth Sunday after Trinidad, 

November 18, 2018
Matthew 24: 15-28 1 Thessalonians 4:13-18, Job 14:1-6

     Good news! Wherever the corpse is, there will the eagles be gathered together. That´s great, no?  We can trust and be calm, because wherever the dead body is, there the eagles will gather.

     What´s the problem? I do not think that you are glad to hear this good news. Why? Is it not obvious that the eagles gathered around the corpse is good news?

     Really, to hear it just once, there is much that is concerning in our Gospel today. For example, Jesus predicted that the Abomination of Desolation was going to return to the holy place, that is, to the Temple of Jerusalem. The Lord refers to the Abomination of Desolation, spoken of by Daniel the prophet, the desecration of the Temple by the Greek soldiers in 167 BC, when they sacrificed a pig to Zeus, inside the very house of the true God.   

     Jesus also warns that a terrible tribulation was going to fall on the Jews. These prophecies were fulfilled four decades later, in 70 AD, when the Roman legions razed the Temple, and destroyed Jerusalem, killing thousands of Jews, and scattering thousands more. This sermon from Jesus is difficult, it´s true.

     In addition, we have heard Job's lament about the futility of human life:
The man born of woman, Short of days,
   and weary of sorrows,  
He comes out like a flower and is cut off,
   and he flees like a shadow and does not remain.  

     One fearful reading, another depressing one. It is easy to understand why the theme of the end of the age, the judgment of God and the return of Christ has always given doubts and fear to almost everyone. 

     Nevertheless, it is not like this, or at least not necessarily so. It is my role and my privilege, on this day when winter and darkness advance in the calendar and in the news, to announce to you that God's purpose with our reading of St. Matthew today is to give us joy and confidence, confidence in his love, and joy about our future.

     It is true that the threats of Christ about the end of the age, in St. Matthew and in other texts, are strong, and important. I do not mean that the events spoken of by Jesus are not real risks. The Spirit of Christ with these threats wants to capture the attention of anyone who is ignoring reality of the End, the Last Day, and the return of Christ. It is a warning for the world that a judgment, the Final Judgment, is coming, and anyone who does not repent of their sins will be lost, condemned, and separated eternally from God, separated from every good thing.  

     It is a warning to the world, to non-believers, and also to us. It is a warning to us, to the sinner, the old man, who remains in every Christian during his earthly life. Our old man wants to lead us astray from the way of Christ. The words of Jesus remind us of the reality of this internal struggle which we live, the struggle between faith and unbelief. There are many crosses in the Christian life, but the first and often the most difficult is this inner struggle against our own sinfulness and unbelief. We must fight, and even more trust that the Spirit, for Jesus´sake, will protect us with His powerful Word. 

     The threats about the Last Day are real. But as baptized believers, that is to say, for the new creature that God has made of us by His recreative Word, these words of Jesus should truly give us peace and joy, even this strange phrase: wherever the dead body is, there the eagles will gather.  

     From our texts today, we can trust, first of all, that we will not miss the return of Christ. This is the easiest promise to understand. Jesus says repeatedly: if anyone says to you: Look, here is the Christ, or look, there he is, do not believe it.   For there will arise false Christs, and false prophets, and they will do great signs and wonders, in such a way as to deceive, if possible, even the elect.  I've told you beforehand.  
     So, if they tell you: Look, he´s in the desert, do not go out; or look, he's in the upper rooms, do not believe it.   For like the lightning that comes from the east and flashes to the west, so will also the coming of the Son of Man.   Nobody is going to miss it.

     Second, we have another promise from St. Paul. When we think about the “ends”, the end of the world, or the end of a human life, be it our death, or that of a loved one, it is very common to have doubts and apprehensions. But, as Christians, let us hear what Christ says through St. Paul.  Regarding earthly death, because we trust in Jesus Christ, crucified, risen and ascended to the right hand of the Father, Paul, comforts us in this way: About those who sleep, do not grieve like the others who have no hope.  Because if we believe that Jesus died and rose again, so will God bring with Jesus those who have fallen asleep in him ... the Lord Himself with a voice of command, with the voice of an archangel, and with the trumpet of God, will descend from heaven; and the dead in Christ will rise first.   Then we who live, who are left, will be caught up together with them in the clouds to receive the Lord in the air, and so we will always be with the Lord.  Therefore, encourage one another with these words.

     Christ 's return is good news for Christians, and physical death is only a transport from this fallen world to live with God. But beware: Listen to Christ and his apostles. Whenever we look around, when we hear the news, or spend time on Facebook or Twitter, we will see many reasons to doubt the promises of God. In addition, we will hear many voices denying the Word of God. 

     Listen to Christ!  Christian wisdom is knowing that the world cannot accept the Word of Christ, which gives us forgiveness and salvation.  So, our task is not to listen to the word of the world, rather it is to receive Christ daily, through receiving His Word, and then to share the saving Word with the world.    

     Finally, we must solve the mystery of the dead body and the eagles. True, it does not seem that the eagles around the corpse are preachers of good news. The picture that Jesus describes to us is awful, with those eagles gathered.  Or, they could vultures, because the word in Greek of the original text means both eagle and vulture, two types of scavengers, carrion birds. Whichever they are, eagles or vultures, these birds are there, gathered around the corpse. It is easy to imagine an extreme dystopian scene, something right out of a horror movie.  

     But it is not like that. Well, it is true that Jesus is referring to a terrible moment, when the eagles gathered around his own dead body. You see, the eagle was the symbol of the Roman legions.  Each Roman soldier wore the eagle on his clothes and armor.   Jesus with this strange phrase about “eagles gathered around the corpse” is speaking of his own death on the Cross, for the sins of the whole world. 

     Truly, Christ is speaking mysteriously. Well, let´s remember that his sermon which we hear today was first preached during the original Holy Week, a few days before Good Friday. No one, not even his closest disciples, could understand what was going to happen, that the only begotten Son of the Father, the Lord God incarnate, was going to sacrifice himself, to save the world, to save his enemies, to save us. So then, it was necessary to speak in enigmas. Let the reader understand.

    It was the worst moment of all, when the only truly holy and innocent man died. But, by the will and mercy of God, was also a good moment, the best of all time. Because, on his cross, under the power of Pontius Pilate and the Romans, Jesus won our salvation, our free forgiveness, and the guarantee that, in Christ, our eternal future is safe, and glorious. With this strange phrase, that where the corpse is, there the eagles will gather, Jesus is comforting us. Remember how the Centurion, the commander of those Roman soldiers who crucified Jesus, was moved by the Spirit to preach.  Looking at the dead body of Christ, the Centurion declared: Truly this was a Just Man, this was the Son of God.

     And glory be to the Lord God, death could not forbid that the Author of Life should rise from the dead.  Christ is risen!  Jesus lives! His body, once dead, is now glorified, reigning over all heaven and earth.  Therefore, we can be calm. As long as we live in the way baptized believers live, connected to Him through His Word and Sacraments, depending not on ourselves or our works or holiness, we can be reassured about the Last Day and the end of this age. Because in Christ, the Last Day is already fulfilled; we have already passed from death to eternal life. His victory is already our victory, his life is our life, and his return is our hope.

So then let us pray: Come, Lord Jesus, come, Amen.