Monday, July 10, 2017

La Piedad Que Es Dios

Cuarto Domingo después de Trinidad, 9 de julio, A+D 2017
La Piedad que es Dios

   Cuando empecé de estudiar nuestros textos de hoy, el Gradual de la semana pasada, de Primer Timoteo 3:16, empezó de sonar en mis oídos:  E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: El fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.

    Es un texto que claramente habla de Jesucristo y su misión salvadora.  Pero a mí, con inglés como primera lengua, suena extraño, por causa de la palabra “piedad.”  El mismo versículo en inglés dice “grande es el misterio de “godliness,” es decir, la característica de ser como Dios.  En inglés Dios es “God,”, como es  “like”, y el sufijo “ness,” en inglés es como el sufijo “dad” en castellano.  Entonces, “God-like-ness,” o “godliness.” 

    Tenemos otra palabra en inglés que es igual a “piedad”, pero es poco en uso hoy.  Esta palabra es “piety.” “Piedad” y “piety” son derivadas de la misma raíz latina.  También en inglés tenemos “pity” que significa misericordia o compasión.  Pero para la palabra en griego que estamos traduciendo, normalmente en inglés usamos la palabra “godliness” que indica una persona o una acción que es apropiada a Dios mismo.  Algo que es “como Dios, propio de su naturaleza.”  En castellano, en la Reina Valera y también en la Biblia de las Américas, la misma palabra griega es siempre traducida con “piedad.”

     Entonces, ser como Dios, o llevar una característica de Dios, es uno de los significados de “piedad.”  Pero no creo que sea el significado que venga a mente primero.  No, cuando oímos “piedad” creo que pensemos en misericordia o clemencia o compasión.  Y es correcto hacerlo.  Pero también es correcto pensar en las características de Dios, que también, en nuestros mejores momentos, por la obra del Espíritu en nosotros, sean reflejadas en sus fieles, en su pueblo.  Entonces San Pablo habla mucha de la importancia de que los cristianos viven en piedad, con que el Apóstol quiere decir vivir en un modo apropiado a un hijo o una hija de Dios.  

     Todo esto vino a mente para mí, porque este doble sentido de la palabra “piedad” nos da la interpretación fundamental de nuestras lecturas hoy.  

     En su Palabra de hoy, Dios no está dándonos otra ley, más mandatmientos para obedecer.  Más bien, la Palabra simplemente nos invita ser quien somos: hijos de Dios, miembros de su Pueblo, su Iglesia.  

Entonces, Jesús nos dice:     Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

Y San Pablo nos instruye: 
Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis… No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.  Esta instrucción viene del hecho que Dios ha vencido el mal con el bien, en Jesús.

Finalmente, en la lectura del Antiguo Testamento, José responde a la idea que, después de la muerte de su padre Jacob, él iba a incumplir el perdón que antes había anunciado a sus hermanos.  José los explica que su voluntad es sometida a la voluntad de Dios:  Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 

   Considerando todo esto, sí, es indiscutible, el misterio de la piedad es grande.   Parece que, en cualquier situación, el cristiano debería perdonar, hacer bien, bendecir, no importa la circunstancia.  Señor, ten piedad de nosotros. 

   Pero, mas que todo, hoy el Espíritu de Jesús nos está enseñando sobre el carácter de Dios, que es ser misericordioso, bondadoso, llena de piedad.  Entonces, es bueno que el castellano lleva un doble sentido para la palabra “piedad.”  Porque necesitamos recordar esta verdad sobre Dios.  Es imprescindible que sabemos en el corazón que Dios es misericordioso, lleno de piedad.  Este entendimiento es más o menos equivalente con creer, con tener fe en Jesucristo, lo que es la clave de todo, porque la obra de Dios es creer en el que Él ha enviado. 

     Considerando todo esto, para mí es muy consolante, más que nunca, recitar el Kyrie.  Decir “Señor ten piedad, Señor, ten compasión y misericordia, de nosotros,” es nada más que pedir que Dios sea como es.  De verdad, Él no puede hacer otra cosa.  Porque Dios es piadoso, misericordioso, en su esencia.  ¿Que mejor noticia pudiéramos oír?  El misterio de la piedad es grande.     

     Ahora alguien va a preguntarme:  Muy bien, esta idea es muy dulce, muy atractivo.  Pero también hay una palabra muy dura y temerosa en nuestras lecturas:  Dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

     Alguien tiene razón.  Y no requiere mucha esfuerza encontrar otros versículos de la misma Biblia que nos parece describir un Dios que no sea tan lleno de bondad y piedad.  Incluso esta palabra fuerte de Jesús hoy, “hipócritas.” Nos recuerda de otros instantes en que el Señor la dijo, junto con amenazas de fuego e infierno eterno para todos los hipócritas.  Hay muchas palabras de piedad y compasión en la Biblia.  No obstante, hay también muchas palabras amenazadoras.  ¿Como podemos resolver la diferencia entre el Dios de piedad y el Dios de venganza?

     Nosotros no podemos resolver esta diferencia.  Por un lado, es imposible resolverla, porque no hay una diferencia.  Los dos, la piedad y la justicia, la misericordia y la venganza, ambos son de la esencia de Dios, son facetas diferentes del mismo diamante de la voluntad de Dios. 

     Pero, porque somos desde nuestro inicio pecadores, no podemos oír correctamente la voluntad de Dios, que es que amemos a Él con todo nuestro corazón, mente, y fuerza, y que amemos al prójimo como a nosotros mismos.  En esto, pecadores como tú y yo oímos requisitos imposibles.  Tememos amar al prójimo, porque sospechamos que el prójimo va a herirnos, hurtar algo de nosotros, hablar mal de nosotros, o defraudarnos en algo.  

     También pensamos lo mismo a cerca de Dios.  No queremos amar a Dios, porque sospechamos que Él está guardando algo de nosotros, que su promesa de bendecirnos en el mejor modo posible es, en algún modo, una mentira.  Rechazamos el amor de Dios, porque no tenemos fe que sea verdad. 

     Pero, el rechazo del amor de Dios es la elección de su venganza.  Porque finalmente, solo hay amor, solo hay piedad, solo hay vida en Dios.  Él es la fuente de todo bien.  En su piedad Él permite que amor, piedad y vida parciales e imperfectas existan en este mundo caído.  Pero al final, aparte de Él no hay amor, no hay piedad, es decir, solo hay venganza, la venganza de estar separado de Dios.

     La diferencia, el problema, está en nosotros, no en Dios.  Carecemos la fe que Dios es verdaderamente bondadoso, piadoso, y amoroso.  Queremos demostrar nuestras sospechas, y así justificarnos a nosotros mimos, pero es difícil juzgar al Todopoderoso.  Por eso, enfocamos en los blancos más accesibles, enfocamos en juzgar a los prójimos.  “Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo,” sin mirar la viga que está en el ojo nuestro.  

     Todos lo hacemos.  Quizás tenemos la capacidad de esconderlo.  Tal vez solo estamos pensando en juzgar a los prójimos, solo imaginamos que Dios no es verdaderamente piadoso, sin decir una palabra en voz alta.  Pero la hacemos.  Es verdad, somos hipócritas.  Aunque entendemos muy bien que necesitamos confiar en Dios y debemos amar al prójimo desde el corazón, siempre encontramos una lucha dentro de nosotros mismos. 

     Podemos verlo en el egoísmo de un niño de dos años, intentando manipular a sus padres, aunque ellos le dan todo.  Podemos verlo en las actitudes endurecidas entre familiares, los argumentos que siempre están justo abajo de la superficie de nuestras relaciones más cercanas.  Podemos verlo en el mundo, y dentro de la Iglesia.  Hay más que suficientes pruebas de que no podemos resolver el problema que está dentro de nosotros. 

   No podemos resolver nuestro problema, pero lo necesitamos resuelto.  Y por eso, indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Cristo Jesús, la Piedad de Dios hecho carne, guardó la venganza de Dios, para resolver nuestro problema.  Porque como está escrito:  Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. 

     La piedad de Dios, su misericordia, y su amor, están revelados y probados en esto:  Dios mismo, en la persona de Jesucristo, aceptó su propia venganza en la Cruz, pagando nuestra deuda, para que no tengamos que pagarla. 

     Es verdad que, sobre cada persona quien llegue al último día separado del amor de Dios revelado en Cristo, la venganza de Dios va a caer, una amenaza sin límite, inimaginable.  Aunque el perdón de Dios es infinito, solo es accesible en Jesús.  Como la Iglesia de Dios, tenemos la responsabilidad de anunciar la amenaza, aunque vamos a sufrir por hacerla.  Pero el fin, la meta de nuestra proclamación es la piedad, es la misericordia. 

     Amenazamos sobre el infierno y el problema de pecado para ganar la oportunidad de anunciar la resolución, que, en la Cruz de Cristo, la tensión entre piedad y justicia, entre el amor y la venganza de Dios, ya es resuelto.  Nuestras hipocresías, todos nuestros pecados, y los pecados del todos los seres humanos, ya son pagados, en el cuerpo roto y la sangre derramada de Cristo.  Todos los que creen esta promesa son salvos.    


    El Diccionario de la Lengua Española nos ofrece una definición más de “la Piedad,” que es una representación en pintura o escultura del dolor de la Virgen María al sostener el cadáver de Jesucristo descendido de la cruz. 

     Aunque San Juan nos dice que era Nicodemo y José de Arimatea que bajó el cuerpo de Jesús de la Cruz y lo sepultó, es posible que la escena representada en los miles de pinturas y esculturas con el nombre “La Piedad” sí ocurrió.  Solamente no lo podemos decir bíblicamente.  Es sin duda una representación fuerte de la tristeza de la muerte de Jesús, muy apropiada para el Viernes Santo, un medio que comunica el dolor de toda la Iglesia que confiesa que Jesús murió por nuestros pecados.  Pero es una representación de derrota, y la piedad que es Dios sobrepasa la derrota y emerge victoriosa. 

    Por eso, los objetos de arte que se llama La Piedad no puede ser la representación final de la piedad de Dios, de su esencia misericordiosa y amorosa.  Pero hay opciones mejores.  De hecho, Dios ha elegido sus propios medios para comunicar su esencia, su piedad, a nosotros. 

     Como en el evangelio proclamado, en lo que San Pablo dice que Cristo crucificado nos está presentado públicamente.  Y en el Bautismo, donde fuimos crucificado y resucitado con Jesús.  En la Absolución terrenal nuestros pecados son perdonados ante Dios en los cielos.  En la copa de bendición que bendecimos, participamos en la sangre de Cristo, y en el pan que partimos participamos en el cuerpo de Cristo.  El misterio de Piedad es grande, porque Dios viene a nosotros, a través de estos medios, para resolver nuestro problema, por el perdón de todos nuestros pecados.   


     El misterio de la Piedad, y del evangelio, es que Cristo viene en medio de nosotros, para darnos su Espíritu Santo, para que la voluntad buena de Dios sea nuestra voluntad, para que podamos confiar y entender que todos los dones y beneficios de Dios ya son nuestros, en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, Amén.

Sunday, July 2, 2017

La Visitación – Salvador del Mundo Ven – San Lucas 1:39 - 56

La Visitación - Salvador del Mundo Ven

     Siempre me gusta cuando el leccionario nos da la oportunidad de volver al Adviento y la Navidad en medio del verano.  Hoy la tenemos, con la celebración de la Visitación de María a su prima Elisabet, justo después la Anunciación, cuando el ángel Gabriel vino a María para anunciar la maravilla que ella iba a ser la Madre de Dios.  La Encarnación, la muy buena noticia que el Hijo de Dios fue hecho carne para salvarnos, es nuestro enfoque hoy.  La canción de su Madre María, cantada en el momento de su visita a Elisabet, nos va a servir un poco como nuestro lente a través de que vamos a considerar la buena noticia, que Dios en Cristo fue hecho hombre. 

     Junto con el Cántico de María, que se llama el Magníficat, vamos a usar nuestro himno del día, Salvador del Mundo Ven, un himno muy anciano del Adviento y la Navidad, como esqueleto del sermón.  Fue escrito en el siglo cuatro por Ambrosio, Obispo de Milano, y es una joya de la Iglesia.  Así, vamos a cantar una estrofa, oír algunos comentarios sobre el tema del día, entonces la segunda, comentarios, la tercera, etc.  Vamos entonces a la primera estrofa del himno. 

1. Salvador del mundo, ven,
Hijo de la Virgen es,
Maravilla sin igual
Nacimiento virginal.

     Ciertamente hay demasiado para considerar en la Visitación.  Hoy, cuando el gobierno británico está planificando la muerte del niño Charlie Gard, aunque sus padres quieren llevarlo a los EEUU para un tratamiento nuevo, y tienen el dinero para hacerlo, sería apropiada que hablemos del valor de la vida, desde la concepción hasta la muerte.  También desde el vientre de Elisabet, Juan el Bautista nos enseña que no solamente son los niños en útero personas, seres humanos creados por Dios, pero también pueden tener fe, saltando en alegría al saber que la madre del Señor está llevando el Cristo a medio de nosotros.  Además, Dios en Cristo ha honrado a todos los seres humanos por convertirse en uno.  Por todo esto, cada vida individual es preciosa, y merece nuestra protección.    

    Por otro lado, podríamos hablar del honor que anuncia Elisabet, exclamando como María es “Bendita entre las mujeres” y llamándola “Madre de mi Señor.”  Es justo que celebramos y honramos a María hoy, porque Dios lo ha hecho, y porque a través de ella, el Cristo ha venido a nosotros.  No puede ser un mejor honor dado a ninguna persona.

     El Cántico de María, el Magníficat, es uno de los primeros y más importantes canciones de la Iglesia.  Y de verdad, Ambrosio y María tratan en gran parte de los mismos temas.  María, en las primeras líneas del Magníficat, dice:

Engrandece mi alma al Señor;
Y mi espíritu se regocija
en Dios mi Salvador. 
Porque ha mirado la bajeza de su sierva. 

     Buenas noticias, Dios es el Salvador del mundo lleno de las personas bajas.  Es decir, aunque es temeroso considerar que cualquier persona lleva el Hijo de Dios hecho carne dentro de su propio cuerpo, no obstante, es una buena noticia, porque Dios ha venido para salvar, para rescatar a los hombres, que son todos bajos, todos pecadores, todos en necesidad de salvación.  ¡Y el Salvador ha venido! 

2. Carne no lo concibió,
Del Espíritu nació.
Hombre vino Cristo-a ser
Nace fruto de mujer.

     Carne no lo concibió.  Como nos enseña San Juan en el primer capítulo de su Evangelio, la concepción y el nacimiento de los hijos de Dios vienen de la concepción y el nacimiento de Cristo, el Hijo Unigénito de Dios.  Como es Cristo, también son los cristianos, en el sentido derivativo y apropiado: no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

     Esto, entonces, es el significado de que el nacimiento del Cristo fue virginal:  Salvación pertenece a Dios, y viene de Dios, cien por ciento.  Porque, desde el fracaso de Adán en no proteger a su esposa del ataque de la serpiente, todos los descendientes de Adán han sido pecadores, sin la capacidad de contribuir a su propio rescate.  La culpa pertenece a todos, porque somos todos sus descendientes, todos somos pecadores.  Pero la transmisión del pecado y de la culpa a los hijos es por parte de los varones, no las madres, porque Dios originalmente le dio la responsabilidad a Adán, y él fracasó. 

     Pero Dios no aceptó nuestro fallecimiento.  Desde la Caída en Pecado, Dios ha sido anunciando su intención de corregir el fracaso de Adán.  Moisés nos dio una predicción del nacimiento virginal en Génesis capítulo 3, en la promesa de “la simiente de la mujer”, que vendría para derrotar a la serpiente.  Ahora, en la Encarnación, vemos que el fracaso del primer Adán ya ha sido asumido por el nuevo Adán, el Nuevo y Único Hombre capaz de salvar al mundo.

     Por eso es apropiado e importante reconocer y honrar a la nueva Eva, María, madre del Nuevo Adán.  Pero necesitamos cuidado, porque es muy fácil enfocar demasiado sobre su persona, dado que su vida y experiencia son absolutamente únicas.  Sobre todo, siguiendo sus propias palabras, la Iglesia se junta a María en confesar que el Niño engendrado en ella es el Señor y Salvador, vino para ayudar a la bajeza de nosotros, empezando con María misma, la sierva baja de Dios.  Ella confiesa su necesidad de un Salvador, y en fe recibe a Él, porqué Él recuerde su misericordia, que es de generación en generación. 
    Que el Espíritu nos ayude hacer lo mismo siempre.    

3. En el vientre concibió,
Virgen casta-ella quedó.
La virtud resplandeció,
Dios, su trono, reveló.

     El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. (Apoc 21:3)  Empezando  con el sueño de Jacob, cuando se dio cuenta que el Señor estaba presente en el mismo lugar que él, y Jacob no lo sabía, y continuando durante los años del Tabernáculo en el desierto y el Templo en Jerusalén, la promesa que Dios moraría con su pueblo fue repetido y revelado un poco más y un poco más.  Pero ahora, en la Encarnación, Dios reveló su trono, que siempre ha estado en los cielos.  Ahora también, en el momento de la Visitación, su trono fue María misma.  El Señor exaltó a esta humilde joven, haciendo en ella durante un tiempo el trono de su Hijo. 

      Por eso, por causa de Emanuel, Dios con nosotros, Juan el Bautista y su madre Elisabet se regocijaron, y también María brotó en canción.  Aunque todavía quedaba la pregunta de cómo pudiera ser que el Santo Dios morara con pecadores, la buena noticia es indiscutible:  en el Hijo de María, quien es también el Hijo de Dios, el Señor mora con nosotros, acordándose de la misericordia, y las promesas que hizo a Abraham y su descendencia para siempre.

4. De la-altura descendió
Para darnos salvación.
De la muerte infernal,
Volvió-al trono celestial.

     Para solucionar un problema, es necesario enfrentarlo directamente.  Todo el mundo le gusta celebrar la Navidad, no importa la fe personal que se tiene, especialmente porque en el norte nos da una excusa para una celebración en medio del invierno.  Pero sin una conexión a la finalidad del camino del Niño Jesús, la Navidad es una fiesta vacía, sin el poder de ofrecer una esperanza cierta.

     Es importante que la Iglesia siempre recuerde lo que también supo María, que una espada iba a traspasar aun su propia alma, que la madera del pesebre se convertiría en la madera de la Cruz.  Nuestra amenaza principal siempre ha sido la muerte causada por nuestro pecado.  Por consiguiente, el Hijo de Dios entronizado temporalmente en el matriz de María siempre estaba andando al Calvario. 

     También siempre estaba en camino a su trono celestial, que implica que la Cruz no sería la palabra final.  Pero allí está, no podemos ignorar la Cruz.  Más bien, considerémoslo diariamente.     

5. ¡Oh Santísimo de Dios!
Lo que-el hombre mereció,
Soportaste-hasta la cruz,
Para darle gracia-y luz.

     Nunca queremos considerar que un niño sufra del mal de los hombres.  Por eso el caso de Charlie Gard en Inglaterra está en las noticias, y debe darnos mucha preocupación.  Aun menos queremos pensar que el Santísimo de Dios, el Hijo Jesucristo, tuvo que sufrir no solo por el pecado de los hombres, pero por mi pecado, y vuestro pecado.  “Lo que el hombre mereció” no refiere a una persona anónima, refiere a mí.  Refiere a vosotros. 


     Una de las varias paradojas de la vida cristiana es que, aunque vivimos en y desde el perdón de los pecados, nos sentimos nuestros pecados más y más con el paso del tiempo.  Se puede parecer a otros que un buen cristiano está creciendo en santidad todos los días de su vida, pero la realidad es que, cuanto más que un cristiano acerca a Dios a través de Cristo, cuanto más grave sus propios pecados le van a parecer.  Pero, aunque difícil, esta realidad es también una bendición, porque esta paradoja nos fuerza depender más y más en Cristo, y no en nosotros mismos.  Y la dependencia en Cristo es buena, es la vida, es el lugar de donde vemos su gracia y luz.  Entonces, los cristianos viven día tras día en arrepentimiento, en oración, … y en alegría, porque el Padre siempre está listo de perdonar, en el nombre de Jesús, quién soportó a todo, para redimirnos de todo pecado.     

6.  Tu pesebre-en esplendor,
Da-en la noche resplandor.
Las tinieblas huyen ya,
Pues la fe ha de brillar.

   La fe ha de brillar.  Aunque todavía hay muchos desafíos en la vida cristiana, la fe tiene que brillar, porque su objeto es Cristo, Dios hecho hombre.  Cristo es la luz del mundo, y aún más, junto con su Padre, Jesús es la luz de los cielos, la fuente de toda luz y vida. 

     Esta luz brilló desde el mismo cuerpo del Cristo resucitado, durante los cuarenta días entre la Resurrección y la Ascensión, y todavía lo hace.  En Cristo, la misión de salvación ya está completado.  Por eso, Elisabet se regocijó.  Por eso María cantó, y también nosotros. 

     Como escribió San Pablo a Timoteo, “indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne,  Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria. 
     Entonces, con María y Elisabet, con todos los ángeles, con la Iglesia triunfante, y la Iglesia militante en toda la tierra, cantemos la última estrofa de nuestro himno, exaltando al Santísimo Trinidad, en quien tenemos perdón, salvación, y vida eterna, Amén. 

7. Gloria-al Padre eternal,
Gloria-al Hijo Redentor,
Gloria-al Santo-Espíritu, 
Será por eternidad.  

Sunday, June 25, 2017

Considerad al Maestro del Banquete

Segundo Domingo después de la Trinidad
Considerad al Maestro del Banquete
Lucas 14: 15-24, Efesios 2: 13-22, Proverbios 9: 1-10

   Las lecturas designadas para este domingo nos dan mucha razón para considerar la Cena del Señor.

     Desde Proverbios 9 oímos como la Sabiduría prepara su banquete, llamando a los simples, que vengan a la vida, llamándolos: venid y comed mi pan, y bebed de mi vino mezclado. Para entender esto, es importantísimo saber que en Proverbios 8 oímos la Sabiduría descrita de maneras que nos da razón para que asociemos la Sabiduría con el Hijo de Dios.  Aprendemos que la Sabiduría es desde la eternidad, y que ella es la maestra de obras, trabajando mano a mano con Dios, presente en el momento de la Creación.  Aún más, la Sabiduría nos enseña que "el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová… Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; Todos los que me aborrecen aman la muerte."

     Si oís un eco del Evangelio de Juan, entonces vuestros oídos son sabios.  En particular recordamos la manera en que San Juan describe el Verbo de Dios, Dios hecho carne, que estaba con Dios en el principio, y quien es Dios, y por el cual todas las cosas fueron hechas, y en el cual hay luz y vida.  Por todo esto, y por más, la Iglesia siempre ha visto una estrecha conexión entre la Sabiduría, personificada en Proverbios 8 y 9, y Jesucristo, la eterna Palabra de Dios.  Así, como oímos de la Sabiduría poniendo su mesa con pan y vino que dan vida, ciertamente pensamos con toda razón en la Sagrada Comunión.

     La Epístola continúa el tema. San Pablo habla de que los gentiles y los judíos fueron hechos uno, por la sangre de Cristo, antiguos enemigos reconciliados en un Cuerpo, por la Cruz, ahora miembros igualmente de la casa de Dios. La Cena del Señor es una comida para los miembros, es decir, los creyentes bautizados que comparten una confesión común de la única verdadera Fe. La comida que recibimos en este altar nos lleva a la más íntima comunión con Dios, y nos une también unos a otros, en una comunión creada por Cristo. 
     
     La Sagrada Comunión es para los que confiesan la enseñanza fundacional de los Profetas y los Apóstoles, siendo Cristo Jesús la piedra angular. Y, a los miembros de su Cuerpo, el Espíritu Santo viene para edificarlos para morada de Dios. Fíjate: En su gracia, Dios mora, justo aquí en nuestro medio, Emmanuel, Dios con nosotros, incluso entrando en nosotros por su Cuerpo y Sangre.

     Finalmente, Lucas nos habla de Jesús, enseñando durante una comida, hablando del Reino de Dios en términos de un gran banquete.  Además, el Maestro del Banquete ha determinado que tendrá cada asiento lleno, y cada huésped satisfecho.

     Es un poco agridulce, de verdad, hablar tanto del don maravilloso que es la Santa Cena, dado que hoy, en la Iglesia Luterana en España solo vamos a celebrarla en Sevilla.  La mayoría de nuestros hermanos tendrán que ser satisfechos con la Palabra sola.  Es verdad que el Espíritu Santo puede mantener nuestra fe por la Palabra sola, y Él lo hace. 
    
     Pero Cristo nos ha dado la Cena porque necesitamos el Evangelio en varias formas, y la forma más alegre y que nos satisface lo mejor es la Eucaristía completa, la Palabra y la Cena hombro a hombro, otorgándonos la gracia, perdón y vida de Dios.  Los Luteranos en España saben muy bien las dificultades en torno a proveer adecuadamente y rectamente los dones de Cristo, y nos echamos de menos del culto cuando no podemos reunirnos juntos.  

     Pero Dios es fiel, y nos esforzamos alcanzar al día en que haya muchas más oportunidades.  Porque, sí, tenemos el Evangelio todos los días, pero la celebración de la Santa Cena es aún más evangelio, y por eso los ángeles se regocijan.  

     Pero no es siempre así.  Como vemos en la parábola de hoy, y en la historia del pueblo de Dios, no importa la magnitud del don que es la Santa Cena, los seres humanos siempre han demostrado la capacidad de despreciarlo.  Por eso, Jesús habla de la estupidez y los peligros de negarse ir al banquete de Dios. Sobre la mesa, nuestro Señor Jesús da una advertencia a los judíos, que no estaban muy interesados ​​en recibir el Evangelio que el Señor ofrecía. 

     Muchos de los judíos estaban bastante satisfechos, al parecer, ya que formaban parte del pueblo especialmente escogido de Dios.  Fueron ya bendecidos, en sus mentes, destinados para comer pan en el Reino de Dios.  Pero los judíos tenían la idea equivocada de que Dios los había elegido porque eran tan especiales, tan buenos. La verdad es que Dios escogió a Abraham y a sus descendientes porque Dios es misericordioso y bondadoso, y simplemente eligió derramar su favor, inmerecidamente, sobre ellos.  Los hijos de Abraham, como él mismo, fueron de cierto muy poco impresionantes, y muy pecaminosos.  Nada en ellos los hizo especiales, sino que sólo la graciosa elección de Dios.

     Los judíos gozaban de su estatus especial ante el Señor, pero no querían mucho escuchar lo que el Señor realmente tenía que decir, o hacer lo que el Señor había ordenado. Ni tampoco les gustaba recibir los regalos que Dios les había dado. El Maná milagroso, dado día tras día en el desierto, pronto lo despreciaron como comida repugnante.

     El pueblo de Dios también se aburría con la adoración en el templo, en la cual el Señor dirigía sacrificios a través de los cuales prometió mantener su estatus de gracia. Sin embargo, los Israelitas comenzaron a evitar y descuidar los dones de Dios en la adoración.

     Ignoraban también la realidad que los sacrificios en el Templo apuntaban a un sacrificio futuro, un sacrificio final y completo por el cual Dios vencería de una vez por todas la totalidad pecaminosa de su pueblo, y de toda la humanidad.  Pero a los judíos no les gustó escuchar estas buenas noticias.  ¿Por qué necesitamos un Salvador sacrificial cuando ya somos el pueblo escogido de Dios?


     Así, cuando el Hijo de Dios nació de la virgen María, el Cristo, vino a salvar a su pueblo de sus pecados, bueno, los judíos respondieron tibiamente, en el mejor de los casos. Ellos disfrutaron de los milagros de Jesús, pero no su confrontación de su pecado, ni su condena de la justicia de las obras, que era la enseñanza de los Fariseos, quienes decían que fue posible ganar acceso al Reino de Dios por nuestro propio mérito.

     Los judíos no querían oír las severas advertencias que Jesús dio acerca de las verdaderas obras de justicia, porque les gustaba pensar que ya habían ganado el eterno favor de Dios.  Ciertamente no necesitaron a un Salvador abnegado.

     Los judíos satisfechos consideraban que su pertenencia al Reino de Dios era un derecho merecido, como su propiedad personal, en lugar de un regalo inmerecido, por el cual ellos debían alabar a Dios, día tras día. Sus vidas terrenales y placeres carnales eran más importantes que ir al banquete del Maestro. 

     ¿Hay alguna aplicación dentro de todo esto para nosotros hoy?  Sí.  Los cristianos de hoy son, o mejor, nosotros somos bastante parecidos a los judíos.  Somos miembros bautizados de la Iglesia de Dios, y, a veces, tratamos nuestra relación con Dios como una obra que nosotros hemos completado, como una tarjeta de acceso que hemos ganado en el bautismo o quizás en la confirmación, una tarjeta de acceso que podemos sacar de la cartera y usar cuando la necesitamos, cuando queremos, quizás en las grandes fiestas, o cuando tengamos algunos problemas en nuestra vida. 
Como los judíos, a veces despreciamos la invitación del Maestro al banquete.  Creo que casi todos nos hemos alejado de los cultos de la Casa de Dios porque tuvimos cosas más importantes o más entretenidas que hacer.

     Necesitamos arrepentirnos.  No hay nada más importante en esta vida terrenal que continuar en el camino de justicia ante Dios, un estado que recibimos solamente por gracia a través de la fe, algo no ganado, más bien un regalo gratuito. No hay nada más importante que tú y tus seres queridos tengáis una buena relación con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y Dios es el único que puede sosteneros, una obra de gracia que Él hace por medio de su Evangelio, especialmente a través de su Evangelio proclamado y distribuido en medio de sus congregaciones.

     De hecho, lo más importante que puedo decir esta mañana no es lo que debemos hacer, o lo que no estamos haciendo.  No, este tema siempre terminará siendo muy deprimente, porque no haremos lo necesario.  Pero, hay una Palabra más importante.  Lo más importante es considerar al Dios que prepara tal banquete, para invitados como vosotros, y como yo.

     Considerad, entonces, al Dios que, puesto que no puede hallar dignos invitados para el gran banquete que prepara, decide ir a buscar y encontrar y traer lo más bajo de lo bajo, lo pobre, lo lisiado, lo obviamente débil y pecador, criaturas caídas que yacen en las cunetas de la vida. Considerad al Dios que fue a encontrar a los huéspedes entre los más bajos de los bajos. Luego, para hacerlos dignos de su banquete, Él toma la humildad y los fallos de los invitados sobre sí mismo. Considerad al Dios que se hizo indigno, de hecho, el Hijo de Dios sin pecado quien se convirtió en pecado para nosotros, para que Él pudiera destruir el pecado y elevarnos a la gloria, por su muerte en la Cruz.

     Considerad al Dios que se hace siervo, descendiendo de la gloria para sufrir y morir y resucitar, para que los débiles y humildes puedan ser lavados y vestidos y preparados para la mejor comida, hoy y para siempre. Considerad al Dios que no acepta “no” como una respuesta, que envía a sus siervos a los caminos y vallados, golpeando los arbustos para encontrar otro invitado, para encontrarte a ti, y hacerte creer que no hay otro lugar mejor que estar en la mesa del Maestro, comiendo y bebiendo perdón, vida y salvación.

     Considera al Dios que te ha reunido aquí esta mañana. A pesar de todos los pecados que has cometido, a pesar de tu culpa, a pesar de tu fracaso en ser fiel, a pesar de todas las cosas malas e incluso vergonzosas que son tan evidentes en tu vida, y en la mía, Dios ha arreglado tus oídos para escuchar su misericordia hoy, ahora mismo.

     Jesucristo, el siervo que sufre, la Sabiduría desde lo alto, bajó para salvarnos.  Considera a Jesucristo, el hombre de carne y hueso que es también Dios Todopoderoso.  Él es el anfitrión de nuestra mesa.  Él es el Autor de la Buena Nueva del perdón y vida nueva para todos los que confían en Él.  Jesús es aquel que te habla hoy, ahora mismo, y cada vez que su Palabra de Perdón toca tus oídos.

     Considerad debidamente los dones que Jesús ha preparado para vosotros en su Mesa, en su Cuerpo y Sangre, en el perdón y en la nueva vida que Él ha ganado para todos. 

     Considerad a Jesús, y por la inspiración de su Espíritu, vais a buscar, tal vez incluso vais a demandar la Santa Cena, tan a menudo como deberíamos. 


     Queridos amigos, considerad a Jesús diariamente, y os regocijareis de reuniros y recibirlo una y otra vez, con sus hermanos y hermanas en Cristo. Pero, sobre todo, considerad a Jesús, y sabed que en Él, por su Cuerpo dado a la muerte, por su Sangre, derramada para perdonar, y en su Resurrección, ya tenéis la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo.  En Cristo vuestro Salvador, tenéis un asiento en el Banquete de Dios, hoy, y por los siglos de los siglos, Amén.

Thursday, February 2, 2017

La Ley, el Evangelio, y una Cuerda Elástica con un Solo Gancho

Cuarto Domingo después de la Epifanía, San Mateo 8:23-27

Una vez, hace unos años, cruzaba por el aparcamiento de mi parroquia en Sidney, Montana, y divisé un tesoro en el suelo:  una cuerda de goma elástica con ganchos.  ¡Qué suerte!, me dije.  Las cuerdas con ganchos son muy útiles.  Pueden sujetar un paquete para que no se caiga de tu coche o de tu bicicleta.  Pueden fijar una puerta, para mantenerla cerrada, o abierta, dependiendo de lo que quieras.  Una cuerda de goma con ganchos incluso puede ser usado en una barca, para guardar los enseres, por si acaso te sorprenda una tempestad cuando estés en medio del mar, y grandes olas cubren tu barca.  Me alegré de encontrar esta cuerda con ganchos.  Estaba feliz por mi suerte, hasta el momento en que me di cuenta de que… tenía un solo gancho.

Decepcionado.  Me quedé decepcionado.  ¿Para qué sirve una cuerda de goma con un solo gancho?  No puede cumplir su propósito.  No puede sujetar o asegurar nada.  Tampoco va a ayudarnos a proteger nuestros bienes.  No vale nada.  Quizás se puede usar como un arma, usarla para golpear a alguien, para defensa personal, por supuesto.  Pero sería muy ineficaz como arma, mucho mejor practicar el kárate, o simplemente correr. 

Pensando que mi cuerda de goma elástica con un solo gancho era completamente inútil, iba a tirarla en la basura, cuando de repente pensé en otro propósito para mi cuerda, no como herramienta de sujeción, sino como ayuda teológica, un accesorio para enseñar una realidad muy importante sobre la Palabra de Dios: la realidad que toda la doctrina de la Biblia se puede dividir en dos partes, dos enseñanzas esenciales, la Ley, y el Evangelio. 

En el esquema de este accesorio, la cuerda de goma elástica representa la Palabra de Dios, que es el anuncio de la voluntad de Dios hacia nosotros y su plan para tenernos con sí mismo en la alegría y la gloria de su reino eterno.  La Ley y el Evangelio son los dos ganchos en cada extremo de la Palabra, que dan a la Palabra su forma y su propósito. 

Los dos, la Ley y el Evangelio, son la voluntad de Dios, los dos son buenos, y los dos van juntos en la predicación de Cristo, y de los profetas y los apóstoles.  Pero la Ley y el Evangelio son muy diferentes entre sí.  Necesitamos los dos, pero también necesitamos mantener la distinción apropiada entre ambos. 

Me explico.  La Ley de Dios es, fácilmente explicada, los Diez Mandamientos, las reglas de vida que Dios nos ha dado.  De hecho, la Biblia los simplifica aún más, cuando declara que la suma de la Ley es que debemos temer y amar a Dios con todo nuestro corazón, fuerza, mente y voluntad, y también que debemos amar a nuestros prójimos como nos amamos a nosotros mismos.  Amar a Dios y amar a tu prójimo: la suma de la Ley. 

Genéricamente, la Ley es el listado de cosas que Dios nos ha mandado hacer, y también las cosas que el Señor nos ha prohibido.  Además, debemos incluir en el ámbito de la Ley las amenazas y las condenaciones que vienen con la Ley, las palabras que nos ordenan obedecer, o aceptar las consecuencias, el castigo prometido, si no cumplimos la Ley. 

La Ley es buena en sí.  Si la cumpliéramos perfectamente, seríamos justificados, aceptados por Dios por causa de nuestra propia santidad.  También, en nuestras vidas en este mundo, cuanto más nos acercamos al cumplimiento de la ley, mejor serán nuestras vidas.  Si somos honestos, y no hurtamos, si somos fieles a nuestras parejas, familias, y compañeros, si no hablamos mal de otros, vamos a beneficiar.  En general, cuanto más seguimos la Ley de Dios, la vida va a ir mejor, porque la Ley es la voluntad de Dios. 

Pero ni la idea de cumplir la Ley de Dios perfectamente, ni tampoco el hecho que nuestros esfuerzos por cumplirla mejoran nuestras vidas terrenales, pueden ganar el propósito de Dios, que es unirnos a Él eternamente.  Como una cuerda de goma con un solo gancho, la Palabra de Dios con solo la Ley no puede sujetarnos a Dios. 

El problema no es la Ley, sino nosotros.  En nuestra naturaleza, heredada del primer Adán, está la contaminación de pecado, que nos condena desde nuestra concepción, y que nos conduce a pecar en la vida.  Cuando la Ley se predica, y la estamos escuchando honestamente, la Ley siempre nos recuerda nuestro pecado. 

La Ley siempre nos acusa, porque somos pecadores, y cometemos pecados.  Por causa de nuestro pecado, la Ley no puede ayudarnos ante los requisitos de Dios.  Con solo la Ley, el predicador únicamente puede amenazar y herir nuestras consciencias, intentando forzar que sus oyentes crezcan en santidad.  Tal predicación puede reformar la gente un poco, por un tiempo.  Incluso podría mejorar la comunidad un poco. 

Sin embargo, desde nuestra propia naturaleza siempre rechazamos las reglas, y por eso, finalmente la santidad no crezca.  No amamos con todo nuestro corazón a Dios, ni amamos a los prójimos como nos amamos a nosotros mismos.  Es porque la Ley no cambia nuestros corazones, de donde viene nuestro problema real.  Como mi cuerda de goma con un solo gancho, se puede usar la Ley como un arma, pero nunca va a cumplir el propósito salvador de Dios. 

El Evangelio, diferente a la Ley, proclama las cosas que Dios ha hecho y está haciendo para cumplir su propósito, que es tener un pueblo lleno de hombres y mujeres, viviendo en gozo y paz con Él para siempre.  La Ley nos demanda acciones de nosotros.  El Evangelio nos anuncia las acciones de Dios para ayudarnos y salvarnos. 

Antes de continuar, debería explicaros una cosa.  La palabra “Evangelio” se puede usar con significados distintos, en sentidos amplios, o en un sentido estricto.  Igual como la palabra “Ley”, “Evangelio” a veces significa todo el mensaje de Dios, incluidos ambos la Ley y el Evangelio.  Además, “Evangelio” puede referir a uno de los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  Pero el Evangelio, en el sentido estricto, y en contraste con la Ley, es solamente el anuncio de las acciones salvadoras de Dios, las cuales no nos exigen nada.  El Evangelio es el anuncio de un regalo puro y divino.  Es las buenas noticias de las cosas que Dios en Cristo nos ha hecho, y que todavía nos está haciendo, para salvarnos y darnos vida eterna. 

Muy bien.  Pura alegría.  Queremos más del Evangelio puro.  Nos podría parecer que, con solo el gancho del Evangelio, todo estaría bien.  ¿No sería posible, con solo el gancho del Evangelio, que estuvieramos unidos a Dios?  ¿No deberían nuestros pastores predicar solamente las buenas noticias?  La idea nos parece bien, ¿no?

Pero, no, esto no es correcto.  No es una buena idea.  Si desde la Palabra de Dios solamente oímos la buena noticia de que Dios nos ama, que nos acepta, y que vamos a vivir con Él eternamente, la triste verdad es que al final el resultado será igual de lo que nos ocurre con solamente la predicación de la Ley.  La cuerda elástica con solo el gancho del Evangelio no puede sujetarnos a Dios.  Y para esto hay, al menos, dos razones.  





En primer lugar, otra vez, nosotros somos el problema.  Somos tales pecadores que, por nuestra naturaleza, no queremos el don del Evangelio.  Como se comportan de vez en cuando los niños de 2 o 3 años, protestando con gritas y lágrimas que puedan hacer todas las cosas sin la ayuda de los padres, no queremos aceptar nuestra necesidad de ser salvados por Dios. Denegando nuestra necesidad, somos capaces de condenarnos a nosotros mismos.  Por eso, el Evangelio solo no es suficiente en sí mismo para salvarnos. 

Necesitamos querer ser salvos.  Necesitamos creer y temer la realidad de que somos pecadores, sin la capacidad de salvarnos por nuestros esfuerzos.  Solamente cuando lleguemos a esta verdad tan dura estamos preparados para oír las Buenas Nuevas, el Evangelio de Jesús, quien vino para salvar a los pecadores. 

La segunda razón de que el Evangelio solo no puede salvarnos tiene que ver con el contenido específico del mismo Evangelio.  Jesucristo no nos ha logrado la salvación por anunciar una filosofía nueva.  Él no ha escrito un libro para redimirnos, y su tarea era más que predicar buenas nuevas.  Su gran obra no era un mero milagro, como pacificar a una tempestad, o sanar a los enfermos, o alimentar a miles de personas con unos barras de pan, y menos peces.  El acto esencial del Evangelio es su muerte en una cruz romana, recibiendo lo peor de lo que el mundo le pudo dañar, y aún más, recibiendo la ira justa de Dios contra los pecados de todos.  Los vuestros.  Los míos.  Todos los pecados de todas las personas de todas las épocas, colocado en los hombros de Jesús, colgando en la Cruz.   

Vemos que, en el centro del Evangelio, hay un hecho tan difícil y doloroso, la crucifixión del Hombre Bueno e Inocente, que es imposible verlo como buenas noticias, sin que primero entendamos la verdad sobre nuestros pecados. 

Este entendimiento viene desde la Ley.  La Palabra de la Cruz no tiene sentido, sin el entendimiento de nuestra malísima y atroz situación como pecadores.  No había otra manera de salvarnos.  Solo Dios pudo hacer una obra tan inmensa.  Solo el Creador, el Ser Infinito, solo Dios pudo ofrecer un sacrificio adecuado para toda la humanidad. 

Y Él lo ha hecho.  Este es el hecho que cambia el dolor de la Cruz en alegría, que reemplaza nuestra culpa y temor con bonanza, que reanima nuestras almas, y que crea en nosotros nuevos corazones:  Jesucristo, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, no sufrió para nada, sino que sufrió para ti.  Sufrió por amor a su Padre, y por amor a ti. 

Todo la Biblia, toda la Palabra de Dios, predica dos mensajes: la Ley y el Evangelio.  También, toda la Palabra está cumplida en la Cruz, donde la Ley y el Evangelio se encontraron, con fuerza, y poder terrible, para lograr nuestra salvación. 

Entonces, podemos, y debemos, usar la realidad de la Ley y el Evangelio cuando oímos, leemos y proclamamos la Palabra.  Nos ayuda a entenderla correctamente, y también nos ayuda a ver cómo cualquier historia en las Escrituras se relaciona con la historia central: la historia de la Cruz y la Tumba Vacía.  Tenemos un buen ejemplo en nuestra lectura del Evangelio de San Mateo de hoy.  Considerémoslo por un momento. 

Jesús y los discípulos entraron en una barca, y navegaron al medio mar.  Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero Jesús dormía. Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 
     Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo gran bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

¿Qué es la Ley del pasaje?  Hay mucha Ley.  Está la amenaza de la tempestad, que amenazaba destruir la barca y ahogar a todos en el fondo de las aguas.  Las Escrituras, del Génesis en adelante explica muy claramente que la muerte es consecuencia de nuestro pecado.  No obstante, muchas veces es solamente el acercamiento de la muerte que nos hace entender la fuerza de la Ley.  Por eso, hay mucha oportunidad para proclamar el Evangelio en los hospitales. 

Hay más Ley en nuestro pasaje.  Es muy duro el pensamiento de que Dios nos ha abandonado, tener la sospecha de que Jesús no tiene preocupación por nosotros ni por nuestros problemas.  Estamos muriéndonos, gritamos como los discípulos, y el Señor está durmiendo.  ¿Y, qué pasa cuando hacemos demandas en nuestros rezos?  Cuándo gritamos en desesperación: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! ¿Qué entonces?  El último toque de la Ley: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

¡Ay de mí!  Estamos perdidos.  Dios mismo nos ha condenado, y es justo.  No deberíamos dudar las promesas de Dios.  Pero lo hacemos. 

Y en este momento, Jesús, Dios encarnado como hombre, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo gran bonanza. 

¡Salvación!  Desde una desesperación profunda, en un segundo, Cristo Jesús les rescató, calmando el viento y las olas, cambiando un momento terrorífico a una paz que sobrepuja nuestro entendimiento.  

¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?  Es el hombre que también es Dios, y Él ha hecho el mismo rescate para ti, pero muchísimo más grande.  Esto es lo que significa la Ley y el Evangelio de la Cruz para todos vosotros. 

No importa qué tempestades amenazan la barca de vuestra vida.  No importa qué problemas o qué pecados tenéis que enfrentar, Jesús está aquí, con nosotros, entregando su perdón y su vida, cambiando todo nuestro miedo a gozo y a alegría. 

Escucha la Ley de Dios, que os anuncia la verdad.  Y luego, regocijaos en el Evangelio, que en Cristo, sois salvos, hoy, y por los siglos de los siglos, Amén.