Sunday, June 24, 2018

¿Por qué estamos celebrando?


Nacimiento del Juan el Bautista            
24 de junio       
¿Por qué estamos celebrando?

     ¿Por qué estamos celebrando el Nacimiento de Juan el Bautista hoy?  Pues, ¿por qué no?  ¿No queremos aprovechar de la oportunidad de cantar villancicos en el verano, dándonos un recuerdo aural de las fechas invernales, los días fríos, llenos de luz y esperanza, especialmente en este día en que un infierno de calor nos está abrumando?  ¡Buena noticia, solo seis meses hasta la Nochebuena!

     Pronto después de recibir en su matriz la concepción inmaculada del Hijo de Dios, la Virgen María fue al campo, para visitar a su prima Elizabet, que estaba en su sexto mes de embarazo con Juan el Bautista.  Por eso, entendemos que Juan nació más o menos seis meses antes de su primo y Señor, Jesucristo.  Por ende, hoy, seis meses antes de celebrar la Nochebuena, celebramos el Nacimiento de Juan el Bautista, el Precursor del Cristo, quién preparó sus caminos, y anunció la llegada del Reino de Dios en la persona de Jesús, Dios hecho hombre. 


     De verdad, hay muchas razones fantásticas para celebrar este acontecimiento.  Por ejemplo, el nacimiento de Juan, junto con lo de Jesús, nos recuerdan el gozo de ser pro-vida. 

     Sin duda, hay una ley que nos enseña ser pro-vida: el quinto mandamiento: no matarás, lo cual Lutero explica así:  Debemos temer y amar a Dios de modo que no hagamos daño o mal material alguno a nuestro prójimo en su cuerpo, sino que le ayudemos y hagamos prosperar en todas las necesidades de su vida. 
     Seguro que el aborto, junto con el eutanasia, son mucho más que un simple daño a nuestro prójimo.  Y es un daño a los prójimos más vulnerables, de cierto.  El Señor Dios es la fuente de toda vida, y como sus criaturas, no tenemos derecho de determinar quien vive y quien muere.  No importa si la vida tiene solo unos días en la matriz del madre, o si es de un anciano, o una persona discapacitada, deberíamos proteger y celebrar la vida, desde la concepción hasta la muerte.

      Muy bien, sabemos la ley, y sabemos nuestra culpabilidad, como una sociedad y como individuos, en relación con este tema.  Pero, con la concepción y nacimiento de Juan y Jesús, aprendemos la razón mejor para ser pro-vida:  el gozo, el gozo de entender, aunque solo en parte, el gran valor que cada vida humana tiene en los ojos de Dios.  Que alegría saber, desde la visita de María a Elisabet, que Dios puede y quiere dar fe en Cristo, aun a un bebé en útero.  Porque Juan, dentro de su mamá, saltó por gozo por oír la voz de la madre de su Señor, dándose cuenta del hecho que estaba por primera vez en la presencia cercana de Dios.  Que gozo oír en el Gradual de hoy la promesa de Dios a Jeremías, que nos indica quien es el Autor de vida, y también nos habla de la importancia de cada vida a Dios, aun antes de su concepción: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué. 

     Dios ama a la vida humana.  El Señor ama a tu vida, aún más que tú.  Él tiene tanto amor para tu vida, que el Mesías, el Salvador, ha pasado por cada etapa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte, para redimir cada etapa.  El amor del Creador para las vidas humanas es tan profundo que provee perdón y salvación en la sangre de Cristo, poderosa para limpiarnos del pecado, incluso el pecado de matar sin justicia.  En Cristo, no tenemos que vivir con la culpa y el miedo de la justicia de Dios por haber participado en matar o adelantar la muerte.  Este pecado también Cristo ha pagado y superado.  Arrepiéntete, tus pecados contra la vida humana son perdonados. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por el gran poder de Dios, realizado a través de criaturas indefensas.  Después de nombrar a su hijo con el nombre “Juan,” como el ángel le había indicado, su padre Zacarías cantó:
Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo,
69 Y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo,
70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;
71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;
72 Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su santo pacto; 

      Todo esto, la llegada de un Salvador poderoso, el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas, la victoria sobre los enemigos, la misericordia y el cumplimiento del pacto de Dios con Israel, todo esto, ya realizado en el bebé todavía creciendo en la matriz de María. 

     Luego Zacarías canta del futuro y la misión su propio hijo:
Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;
77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados,
78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros pies por camino de paz.  
     Impresionante futuro previsto para Juan. 

     Nuestra nieta Heather es muy bonita y muy capaz.  Si todavía no lo sabéis, yo pudiera compartir algunos fotos y videos con vosotros después de la bendición final.  Creo que el futuro de mi nieta Heather será brillante. 

   Pero no tengo expectativas por ella tan altas como las que tenía Zacarías por Juan.  Sobre estos dos bebés, Juan y Jesús, que en el momento de su cántico solo tenían entre los dos un año de vida terrenal, quedaba el cumplimiento y la revelación de toda la Ley y los Profetas y de todas las promesas de Dios a su pueblo, y a toda la raza humana.  Por causa de Juan y Jesús, los primos más importantes de toda la historia, mi nieta, y todos nosotros, de verdad tenemos un futuro brillante, por el perdón de los pecados y el camino de paz que Cristo nos ha construido.  El poder de Dios lo ha conseguido, a través de estos niños, nacidos para compartir amor y misericordia. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por la humildad.  Aunque Juan fue elegido por Dios para realizar un ministerio único y sumamente importante, todavía Juan sabía quién era: un pecador con gran necesidad de un Salvador.  Cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies.  El profeta del altísimo no tenía orgullo en si mismo, todo su orgullo fue en su primo Jesús. 


    Y milagro de humildad, Jesús mismo demostró la humildad por excelencia de toda la historia.  El rey de los cielos, el unigénito Hijo de Dios, se humillo a sí mismo, para cumplir su misión salvadora.  No fue que simplemente bajo del cielo y vivió una vida pobre y dura.  Es que él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

     Hoy celebramos por la consolación: Porque hemos recibido doble por todos nuestros pecados.  ¿Cómo hemos recibido doble?  ¿Tal vez por las dos naturalezas en Cristo, que en Jesús, Dios y hombre son unidos eternamente, y por lo tanto, nuestra seguridad es eterna?  ¿O es porque Cristo se hizo nuestro  sustituto, activo y pasivo, activamente cumpliendo los requisitos de su propia ley en nuestro lugar, y luego pasivamente sufriendo todo nuestro castigo merecido, para liberarnos completamente de la acusación de Satanás?  ¿O quizás es doble por el paz de hoy y la esperanza brillante para mañana que tenemos en Jesús?  ¿Cuál es la razón correcta?  Yo digo “sí” a todas estas posibilidades.   


     Celebramos porque la predicación de Juan continúa, la predicación del arrepentimiento para el perdón de pecados, vinculado al Bautismo, la predicación de la Ley y el Evangelio, culminando hoy en la Santa Cena, donde acercamos confesando nuestro pecado, y confiando que en el Cuerpo y Sangre de Jesús tenemos plena redención. 

      Juan el Bautista predicó con los ojos al futuro, esperando la culminación de la misión de su primo.  Juan predicó, sufrió y murió antes de la Pasión de Jesús, que es la plena revelación de todo el misterio de la salvación.  Por haber muerto antes, a veces la vista de Juan no estaba completamente clara.  Pero los predicadores, y los oyentes de hoy, ya sabemos la plenitud del Evangelio.  Nuestra predicación hacemos con los ojos al pasado, lo que vemos con mucha más claridad que Juan, una claridad recibida por ver todo a través de la Cruz y la Resurrección de Jesucristo.  Y predicamos con los ojos al futuro de gloria y paz eternal, que Él ha ganado para nosotros.

    Entonces, sí, celebremos hoy, y cada día, los niños y primos, Juan el Bautista, y su Señor y Dios, Cristo Jesús, la Palabra de Salvación, en quién tenemos vida, gozo, paz, poder, humildad y la vida eterna, Amén.
         

Thursday, June 14, 2018

Nuestra Identidad


Segundo Domingo después de la Trinidad
Nuestra Identidad
Lucas 14:15-24

     ¿Con quién de nuestra parábola de hoy nos gustaría ser identificados? 

     ¿Con quién seremos identificados? 

     Cuando escuchamos una buena historia, o cuando miramos una película o leemos una novela bien escrita, es normal y agradable que nos identifiquemos con uno o más de los personajes de la historia.  En nuestra imaginación, nos preguntamos ¿quién soy yo en esta historia?  Por ejemplo, normalmente me identifico con los caracteres de las películas realizados por actores como Sean Connery o Clint Eastwood. Naturalmente. 

     Entonces, entre los personajes de nuestra parábola de hoy, ¿con quién te identificas? ¿Con el padre de familia?  Creo que no.  O al menos espero que no.  Es suficiente claro que el padre de familia representa a Dios mismo.  No somos Él.  Hay un solo Dios, y el primer mandamiento nos instruye que no nos es permitido adorar a otro, particularmente si este otro dios sea nosotros mismos.  

     ¿Te identificas con los convidados buscando excusas para evitar la cena del señor?  Otra vez, creo que no. 

     O tal vez sí.  La invitación de Dios es una buena noticia, pero si algunas veces en nuestra vida tú y yo hemos despreciado las buenas noticias de Dios, esta parábola nos pudiera golpear como una condenación fuerte.  Ya sabéis como lo justificamos a nuestra ausencia:  Yo sé que reunirme con el pueblo de Dios para escuchar su Palabra y recibir sus dones es bueno, pero, … toda la familia va a la playa, o las montañas, o, tengo que ir a una comida de mi primo, o, o, lo que sea… y por eso este domingo, no puedo asistir a la Eucaristía…

     Rechazar la invitación bondadosa del Padre es un estupidez, pero yo apuesto a que cada uno de nosotros hubiéramos tenido, o todavía tengamos alguna culpa por evitar venir adonde Dios nos ha invitado, a su congregación, reunida alrededor de su Palabra. 

     ¿Queréis identificaros con los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos?  Bueno, sí, deberíamos quererlo.  Dado que ellos llegan a sentarse en el banquete del señor, es una buen idea.  Pero, ¿identificarme con los pobres y los cojos, literalmente, por ejemplo, sufrir tales problemas en mí vida?  No, no lo quiero mucho, de ninguna manera. 

    Hablando de la pobreza, preferimos la forma de San Mateo, “bienaventurados los pobres, en espíritu.”  (Mt 5:3) Somos capaces de encontrar una definición menos dura en la “pobreza del espíritu,” en vez de la pobreza literal.  Pero este evangelista Lucas, supuestamente más alegre y suave que Mateo, lo dice diferente: “Bienaventurados vosotros, los pobres,” (Lc 6:20), punto, sin adjetivo, sin una palabra que nos ofrecería una salida de la idea de que deberíamos aceptar la pobreza y el sufrimiento con alegría. 

     ¿Hay alguien aquí que se identifica con el siervo del padre de familia? Quizás… Llevar la invitación del padre a los vecinos es una vocación alta.  Como exactamente deberíamos realizar esta tarea santa ha sido el tema de nuestra reunión de este fin de semana, nuestro Foro.  Creo que todos ya sabemos que no es un trabajo leve o fácil.  Y, de todos modos, si tú quieres llevar la invitación del Padre a alguna persona específica aquí en España, o incluso quieres hacerlo como una vocación, como un siervo de la Iglesia, hablemos, tú y yo.  Después de todo, cuando oramos que el Padre envíe más obreros en su cosecha, estamos hablando de personas de entre nosotros.  

     Muy bien, puede ser divertido y servicial considerar con quien nos identificamos en una parábola.  Pero, más importante que con quién nosotros nos identificamos es la pregunta de con quién nos será identificados por otros, y finalmente, por Dios. 

     No somos el Padre. 

     ¿Seremos identificados con los convidados que no quisieron venir al banquete? ¡Ay de mí! Esperamos que no.

     Deberíamos querer ser identificados con los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos.  Pero, nos da mucho miedo la idea de desear ser pobre o incapacitado. 

    De verdad, las opciones de este parábola nos da miedo, miedo de con quién Dios nos identificara. 

    Y, digo yo, este miedo está muy bien.  Porque el temor de Jehová es  el principio de la sabiduría.   

     El temor de Jehová, del Señor, es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.

     El temor del Señor es el principio de la sabiduría, pero no el fin.  Hay que proceder al conocimiento del Santísimo para tener una inteligencia salvadora.  Es decir, al final, aunque es sumamente importante la pregunta de con quién seremos identificados por Dios, esta no es la pregunta principal.  De verdad es una pregunta del camino de la Ley, y siempre nos va a encontrar dudas por ella, porque aunque dediquemos toda nuestra vida y fuerza a siempre estar listo de responder a la invitación del Señor, no lo hacemos. 

    No, la pregunta principal es la de siempre cuando tratamos con la Palabra de Dios:  ¿Dónde está Cristo en esta historia?  ¿Con cuál personaje deberíamos identificar a Él?

     Y la respuesta sorprendente es que Cristo nuestro Salvador se identifica con todos los caracteres de esta parábola.

     Podemos ver una identidad compartida entre Jesús y el padre de familia, porque Jesús y su Padre son uno.  Si vemos al Hijo, vemos al Padre.  No podemos entrar profundamente dentro de este misterio hoy, pero es verdad.   

     ¿Podemos identificar a Jesús como el siervo del Padre?  Claro que sí.  Es el Siervo escogido, el Santo de Dios, enviado a este mundo para invitar a todos a la cena celestial y sin fin.  El Señor quiere que todos sean salvos, y por eso envió a su Siervo, su único Hijo para entrar en nuestra carne, para hacerse nuestro hermano.  Nos alegramos en esta buena noticia, que el Hijo del Hombre, el Mesías de Dios, no vino para ser servido, sino para servir, incluso para dar su vida en rescate por muchos. 

     Para rescatarnos, Cristo Jesús, el eterno Hijo del Padre, tuvo que identificar con nosotros, hasta el último.  Jesús, dejando su trono en la gloria y el poder divino, se identificó con los pobres, los sufridos, los que están en duelo.  Qué mensaje más consolador, que en nuestros momentos más bajos podemos confiar que Jesús ha pasado lo mismo, y peor, y que Él todavía está con nosotros, especialmente en nuestro sufrimiento. 

     Pero no somos solamente personas inocentes, sufriendo los dardos de Satanás y el odio del mundo.  Mucho menos, somos, en nuestro pecado, enemigos de Dios, rechazando su invitación y despreciando a su Siervo una y otra vez, cada vez que pecamos.  Por lo tanto, para rescatar a mí, para rescatar a ti, para rescatar a todo el mundo, fue necesario que Cristo se identificara también con los malos convidados que no quisieron venir a la gran cena.  

     Y, en la sorpresa más grande y buena de toda la historia, Jesús lo hizo.  El Santo Siervo de Dios se identificó con los fariseos, quienes amaban al dinero y confiaban en su propia justicia, en sus buenas obras, como ya habían merecido una invitación para entrar en la cena eterna del Señor.  Cristo se identificó con los malhechores, los asesinos y los ladrones, y con gobernadores sin preocupación por la justicia.  El Santo Siervo de Dios dejó que sus enemigos le identificaron como blasfemador.  Y luego, para tragar el último de la copa de maldición, Jesús fue identificado como el Pecador de pecadores por el Padre de la Casa, su propio Padre Celestial. 

     Todos tus pecados, y los míos, y los de todos, y todo el castigo justo que hemos merecido, fueron aceptado y consumido por Él, colgado en una cruz, bajo el odio de Satanás y todo este mundo caído, y peor, y en un momento incomprensible, bajo toda la ira justa de su Padre.  Consumado es. 

     Y luego, después de cumplir el sábado en la tumba, Jesucristo se resucitó.  La muerte no tenía poder suficiente para retener al Hijo de Dios, porque Él es la luz y la vida del mundo. 

     Y por todo eso, en Cristo Jesús, tú tienes una nueva identidad.  Tú puedes identificarte con Cristo, porque Él ha puesto su nombre, su justicia y su santidad sobre ti en tu bautismo.  Por causa de la obra de Jesús, el Padre te ha declarado justo y santo.  La morada de Dios en el Espíritu está contigo, porque tenerte con Él para siempre es su gran deseo. 

     De verdad, bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios.  Tú puedes confiar que por, y en, y a través de Cristo Jesús, ya tienes un sitio reservado en la cena eternal, una cena de que también Jesús nos da un anticipo, aquí, hoy, alimentándonos con su cuerpo y su sangre, para perdón, vida y salvación. 

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén. 

Sunday, May 13, 2018

Cristo el Emperador


Séptimo Domingo de Pascua – Rogate
Trece de mayo, A+D 2018
El Imperio de Cristo
Lucas 24:44-53 y Juan 15:26 - 16:4

… en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.  1 Pedro 4 :11

     La gloria y el imperio pertenecen a Jesucristo.  ¿Sabíais que Cristo tiene un imperio?  

     ¿Qué pensáis del hecho que nuestro Salvador es un emperador?  Otras traducciones de la Biblia usan diferentes palabras para este mismo versículo de la primera carta de San Pedro.  En nuestra de hoy, la Reina Valera 1960, la palabra elegida es “imperio.”  En la Biblia de las Américas, del año 1986, es “dominio,” una palabra parecido a imperio, un poco más variado en sus significados.  Otras, como las traducciones nuevas de la Reina Valera Contemporánea y la Nueva Versión Internacional eligen usar “poder,” una palabra mucho más genérica y flexible.  Lingüísticamente, todas son aceptables.  Dependiendo del contexto, cada uno de estas palabras puede ser una traducción correcta de la palabra griega del texto original. 

     Pero es mejor usar “imperio” o “dominio,” palabras más concretas, que suelen hacer referencia a un hecho concreto, una zona particular, y una población contenida dentro de unas fronteras, y bajo el poderío de un líder fuerte, un emperador.   “Poder” es una palabra más abstracta, y nos deja olvidarnos del hecho que el Reino de Dios es un reino, un dominio o un imperio, algo concreto.  Dios manda los ejércitos celestiales, los ángeles y arcángeles y toda la corte celestial.  También pertenecen al Imperio de Cristo todos los creyentes, los vivos y los muertos, las huestes de la fe.  El Reino de Dios no es meramente un concepto, ni sola una idea.  Aunque no podemos verlo, es real, concreto como un imperio, con seres viviendo adentro, y otros existiendo por fuera. 

    Sin embargo, entiendo porque los traductores nuevos eligen “poder” en vez de “imperio” o “dominio.”  Hoy en día, ninguna de las dos palabras son muy bien aceptadas.  En particular, “imperio” es de mala fama.  Es un insulto decir que un país o un líder está intentando construir un imperio.  No nos gusta la idea de que alguien tiene dominio sobre otros, porque la historia mundial de los imperios es algo muy feo. 

     Nuestro disgusto con la palabra imperio viene de la triste historia de los imperios humanos.  Seguramente hay que decir que el mundo ha experimentado muchas avanzas, especialmente en la tecnología, por causa de las actividades de varios imperios.  Pero siempre con los beneficios ha venido sufrimiento humano extremo.  Por ejemplo, consideremos el famoso Imperio Romano.  

     Fue una maravilla, y vemos artefactos de su logros por todas partes de España.  Pero el Imperio Romano fue fundado sobre la guerra y la esclavitud.  Utilizó torturas crueles con impunidad, incluso lo peor, la ejecución por ser colgado en una cruz.

     Otros imperios importantes incluyen el Sacro Imperio Romano, un intento de reproducir el antiguo Imperio Romano en Europa de la Edad Media.  Y el Sacro Imperio Romano instigó o fue la causa de docenas de guerras en que murieron miles y miles de personas.

     El descubrimiento por Colón del mundo nuevo trajo muchas bendiciones a Europa.  Pero hay mucha tristeza en el choque entre los imperios de los Aztecas y de los Incas y el naciente imperio de las Españas.  Y creo que todos conocemos los problemas del Imperio Napoleónico de Francia, o del Tercer Reich de Alemania, ambos proyectos que causaron muchísimo muerte y sufrimiento, incluido en España.

     Lo peor de los imperios, desde la perspectiva cristiana, ocurre cuando la iglesia intenta unirse al poder político.  Los resultados, para la doctrina, la misión y también para la reputación de la Iglesia, son siempre malísimos.  Podemos empezar un resumen de esta historia en la Biblia.  Aunque el Reino de Israel del Antiguo Testamento fue construido bajo el consentimiento de Dios, fue un desastre.  Los pecados, traiciones y errores de David, el mejor rey de Israel, causaron una guerra civil dentro de la familia real.  Y, salvo dos o tres excepciones, los reyes siguientes de David eran peores, siempre conduciendo Israel a la idolatría y la derrota militar.   

     Deberíamos aprender que la Iglesia de Cristo no debe intentar coger el poder político, ni entrar en acuerdos para compartir poder con gobiernos seculares.  Pero nos cuesta mucho recordar la lección.  Estos intentos siempre han resultado mal, desde los Estados Pontificios, es decir, el imperio de la Iglesia Católica Romana, hasta las iglesias estatales de Alemania y Escandinavia.  La primera víctima cuando la Iglesia persigue el poder político o militar es siempre la proclamación del Evangelio. 

    Sin embargo, es verdad que sí, Dios tiene un imperio.  Nuestro Dios es, como cantamos en el Sanctus,  el Señor Dios de Sabaot.  Sabaot es una palabra hebrea que significa los ejércitos celestiales, los ángeles y arcángeles, etc.  El problema en sí no es que exista un imperio; nosotros somos el problema.  El problema viene de nuestra conducta dentro de los imperios.  Siempre, cuando un ser humano agarra poder político y militar sobre los vecinos, el propósito, no importa tal noble que sea en papel, vaya a ser distorsionado.  Es probable que el imperio vaya a ayudar a unos, durante un periodo al menos, pero también es verdad que el imperio va a dañar a otros.  La mala fama de los imperios ha sido merecida.  

     Pero no deberíamos rechazar a todos los imperios, porque Dios tiene su propio imperio.  Nuestro desafío en esto es que nos cuesta mucho entender el Imperio de Cristo.  Porque es totalmente diferente que cualquier imperio humano. 

     Mira a nuestro Emperador.  Los imperios y los emperadores humanos siempre fracasan porque, por un lado, carecen el poder total necesario para completamente dominar a sus súbditos.  Por el otro lado, aun cuando tienen suficiente poder para controlar en gran medida a todo, la pecaminosidad de cada emperador resulta en que ningún imperio pueda evitar perjudicar a sus súbditos; las cosas vayan mal, y una rebelión imparable surja.  Un verdaderamente buen y exitoso imperio es un sueño imposible para nosotros. 

     Pero mira a Cristo, nuestro Emperador.  Finalmente hay un emperador con el poder y la sabiduría para hacer todo bien.  Ya ha demostrado su poder, y su clemencia, sirviendo sin cansar a tantas personas humildes con su poder milagroso.  Además , ya ha muerto, y luego se reveló como el vencedor sobre la muerte.  Todo está preparado para su gran coronación, su gran victoria sobre todos los imperios humanos.  Puesto que Jesús, crucificado y resucitado, ya está revelado como el Todopoderoso, el Señor Dios de los ejércitos celestiales, la guerra para derrotar a los romanos y cualquier otro poder mundial debería ser muy corta y fácil. 


     Pero mira que hace nuestro Emperador Jesús.  El gran vencedor sobre la muerte, el que hace milagros y controla la naturaleza, no dirige una campaña final de victoria mundial.  No, más bien se esconde.  Solo se revela a sí mismo a unas docenas de sus seguidores, y luego, se desaparece, ascendiendo ante los ojos de los Once, y siendo recibido por un nube, ocultado de sus propios tenientes.  Justo cuando, desde nuestra perspectiva, la victoria estaba a su alcance, Jesús ascendió.


    ¿Y cómo ha preparado nuestro Emperador a sus seguidores para que ellos puedan consolidar su imperio?  Sin armas blancas, sin poder económico, sin influencia política.  Jesús solo ha equipado a sus tenientes con un mensaje, y una promesa, que iba a venir un ayudante, la Promesa de su Padre.  Muy bien… pero,  ¿qué tipo de ayudante vendrá?  ¿Un guerrero con experiencia, un general sabio, o al menos un cortesano, un diplomado sagaz?  No, este ayudante prometido es descrito por Jesús como un Consolador, el Espíritu no de victoria ni de poder, más bien el Espíritu de Verdad.  Aunque es también el Todopoderoso Dios, el Espíritu Santo, como Jesús, solo quiere luchar con palabras.

     Es de verdad como dijo Jesús a Poncio Pilatos:  mi reino no es de este mundo.  El poder mundial no le importa, ni tampoco cualquier imperio humano.  No tienen ningún atracción para nuestro Emperador.  Aunque sería muy fácil que Cristo destruya a todos los poderes e imperios humanos en un segundo, esto no es su meta.  Porque el poder mundial, al fin y al cabo, solo llega a la miseria y la muerte. 

     Dios quiere mejor para los seres humanos.

     Mira a Cristo, nuestro Emperador.  Incluso los Apóstoles tenían dificultad de aceptar que su imperio iba a ser un imperio de amor, y nada más, que la única arma de la Iglesia sería la Palabra sola. 

     Todos los imperios humanos tienen la meta de mejorar la vida, para alguien, sea solamente el emperador y su corte, o la clase alta de una sociedad, o un pueblo entero, por supuesto al coste de los pueblos vecinos.  Todos los imperios están intentando hacer bien, según su propia idea de lo que es correcto y bueno.  Pero esta meta es inalcanzable para los imperios humanos, por causa de la debilidad y maldad de los hombres, y por el hecho que aun la mejor vida humana termina en un sepulcro. 


     El imperio de Cristo, al contrario, no persigue meramente mejorar esta vida terrenal.  No, antes bien Cristo quiere conquistar una vez para todos ambos el pecado y la muerte, para compartir el único imperio bueno y eterno, con todos los seres humanos.  Y esta meta ya se ha sido ganado, en el misterio horrible y amoroso de su Cruz.  “Consumado es,” la declaración de Jesús desde la Cruz, significa que los pecados, los pecados de todos, incluso los de sus enemigos, ya estuvieron expiados.  “Consumado es.” “Consumado es,” y luego, “¡Cristo vive!” “¡Cristo vive!,” la exclamación de la Resurrección, significa que la muerte ha sido derrotada. 

    Luego, con su imperio ya conquistado, no con armas ni con poder ni sabiduría humana, pero con la sabiduría y el amor y la justicia de Dios mismo, Cristo ascendió, preparando nuestro hogar celestial con su presencia concreta en los cielos, y cediendo el lugar al Espíritu Santo, la promesa del Padre, quien, a través de la proclamación de la Verdad de Cristo, iba a ganar más y más ciudadanos del Imperio de Cristo, no por fuerza, sino por el perdón gratuito.  Y el Espíritu los entrega un corazón nuevo, un corazón nuevo lleno del amor de Dios, que ahora quiere seguir al Emperador Cristo, en humildad y sinceridad, hasta que se revela el Imperio eterno y celestial, los nuevos cielos y la nueva tierra, donde con Cristo nuestro buen Emperador, viviremos en paz y amor, para siempre. 

    Todos los creyentes en Cristo, todos los bautizados confiando en la ciudadanía celestial recibida por el lavamiento del agua con la Palabra, ya son miembros del eterno imperio de Jesús, el Reino de Dios.  Pero no es un imperio que nos hace jactarnos y burlarse de aquellos que todavía están fuera del imperio. 

     No somos nada más que pecadores perdonados por Cristo; él es nuestro único orgullo.  Y él quiere salvar a todos.  Por eso, oremos para todos, e invitemos a ellos a venir, y escuchar, y recibir el mismo don que hemos recibido, aquí, donde el Espíritu Santo crea fe y paz en nosotros, a través de su única arma, la espada de la Palabra de Cristo, que nos da perdón y vida eterna, en el Nombre de Jesús, nuestro buen Emperador, Amén



Tuesday, March 13, 2018

Nuestro Pan de Vida

Sermón del Cuarto Domingo en Cuaresma
Juan 6:1-15


En el Nombre del Padre, y del + Hijo,
y del Espíritu Santo. Amén.
     Los que estaban en la ladera de la montaña eran débiles. No podrían viajar más sin comida. No podrían llegar a casa sin desmayarse en el camino. 
     ¿Es posible que Jesús no se diera cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿Por qué les permite seguirlo tan ciegamente, tan captados por su Palabra que se olvidaron de las necesidades de la vida? 
     La respuesta es que Jesús los condujo al campo salvaje a propósito. No es que el sufrimiento o el dolor o el miedo provengan de Él.  Pero Él los utiliza, para el beneficio de la gente, según su misericordia divina. Sí, Él la llevó a la multitud a un punto sin esperanza. Y justo allí, en la situación desesperada, Él les proveyó para ellos. Él les enseñó que solo hay un lugar donde buscar sustento. Les demostró que Él es la esperanza para los sin esperanza. 
     Así en el sufrimiento aprendemos fe.  No obstante, muchos en aquel entonces solo pensaban en sus estómagos, solo querían a Jesús como un Rey de Pan.  Por lo tanto, Jesús se retiró solo, porque ser un Rey de Pan no fue su misión.   
      Hoy, aquí en nuestra ladera de la montaña, los estómagos todavía gruñen.  El tirón de la carne puede ser tan fuerte, o nuestra depresión tan intensa, que nuestros huesos duelen dentro de nosotros, y murmuramos. 
     Es una ironía muy extraña que, en nuestra época, cuando para muchos, seguramente para nosotros, hay más que suficiente pan, y además todo tipo de comida rica, y tenemos la Palabra de Dios, y acceso a mucho conocimiento y tecnología, y disfrutamos de una vida bastante cómoda, sin muchos de los peligros que han afligido a los seres humanos durante casi toda la historia, no obstante, no vivimos en paz.
     Tenemos muchas preocupaciones y dudas acerca de la Palabra de Dios.  De vez en cuando surgen preguntas irreverentes de nuestros corazones, preguntas que a veces salen de la boca: “¿Qué me importa todo esto, Señor Jesús?  ¿Qué me importa si hiciste milagros y enseñaste grandes cosas hace 2,000 años?  Nos profetizaste un futuro muy bueno.  Pues, ¿dónde estás ahora? ¿Dónde han ido esas experiencias espirituales magníficas, cuando llevaste a tus seguidores a la cumbre de la montaña emocional?” 

     ¿Cuándo serán multiplicados los panes para mí? No tengo hambre literal, pero tengo suficientes problemas.  Yo lloro y rezo hacia el cielo, que me quites mis sufrimientos de mí.  Pero el sol se levanta y se pone, y las nubes pasan, lloviendo, o no, sin darse cuenta de mí.  Luego la noche viene, y no veo ningún milagro para mí. 
     ¿Qué relevancia tiene la alimentación de los cinco mil para mi vida?  ¿Cómo podemos orar por alivio, cuando ha sido nuestra oración incesante durante tanto tiempo, y durante tanto tiempo la ha quedado sin respuesta? Cuántas veces, mientras enfrentando una necesidad grande, nos hemos compadecido con Felipe, diciendo: "El pan de doscientos denarios no sería suficiente."  Es decir, “no hay esperanza.” Y con Andrés hemos dicho: "Aquí hay un muchacho con cinco panes de cebada y dos pececillos, pero ¿Qué son entre tantos?" Es decir, "Es imposible, Señor.”
     Bajo el amable sol, creo todo lo que dice la Palabra acerca de ti, Jesús.  Pero, cuando la cortina negra de la depresión, la desesperación o la frustración desciende a mi alrededor, separando a mí de mis seres queridos y mis cosas buenas, entonces todo me parece irrelevante. 
     Oh, tú que conquistó el pecado y la muerte, ¿no puedes vencer mi dolor? 

     ¿Qué dijiste, Señor?  ¿Sí, puedes hacerlo?  Pues, muy bien, ¿por qué no me lo has hecho? 

    Es posible que aun nosotros prefiramos un Rey de Pan, y no un Salvador.

     Queridos amigos, a veces tristes y solitarios, a veces tercos y quejosos: las imposibilidades; los obstáculos insuperables; las noches largas y oscuras; estas cosas no son nada para Dios.  Para Él, todo es posible.  Él puede conquistar, y lo hace.  
     De las cenizas se elevó el fénix a la vida, pero es solo un mito.  Pero escucha:  desde una tumba prestada se levantó nuestro Señor Jesucristo. No es un mito. Es verdad. ¿Tienes duda?  O.k., investígalo.  Te acompañaré en la investigación.  Este milagro nos ha dejado muchas pistas, y es un gozo estudiarlo.  Porque es verdad. 

     Y de la Cruz y la Resurrección aprendemos la Verdad Imprescindible: que, desde las circunstancias más insignificantes, utilizando cosas poco impresionantes, desde la debilidad y la humildad, incluso desde la muerte, Jesús reparte los mejores regalos. 
    Tú dices, "¿Qué debo hacer? Estoy triste. Estoy solo. Estoy deprimido. Estoy frustrado.  Tengo miedo. No hay a donde acudir". 
     Y el Señor te dice: "Siéntate.  Si quieres, recuéstate.”    
     Eso es lo que dijo en la ladera de la montaña de la alimentación milagrosa. Él ordenó que la gente se recostara, que se sentara y descansara en la abundante hierba.   También hoy Él te dice: "Siéntate, descánsate." 
     Siéntate y escucha. Siéntate y espera. Serás provisto según su manera, en su tiempo. Él te proveerá.  Después de todo, Él vino a salvarte, no solo para la eternidad, sino también para el aquí y ahora.


     Jesús alzó los ojos a los cinco mil hombres, más mujeres y niños, que habían venido a escucharle, y tuvo compasión de ellos. A su palabra, se sentaron y Él se hizo cargo de ellos.  El vio a esa asamblea, y a lo largo de los siglos, también vio a todos sus amados hijos de todos los tiempos.  Él ve tus alegrías y sonríe contigo.  Él ve tu dolor y tristeza también. 
     Él te oye llorar, "Señor, me duele". Y él responde: "Lo sé. Me hicieron daño a mí también. Pero mi Padre no me dejó en la tumba. Me liberó de las profundidades del infierno. Así también yo te liberaré.  Mi muerte es suficiente. Mi sangre cubre todos tus pecados. El precio ha sido acordado, pagado en su totalidad, y aceptado por la eternidad.
     Jesús te dice hoy: “Espera. Te amo. Estoy aquí para ti, donde he prometido estar.”   
    Cristo te recuerda:  En los días grises y últimos, yo soy el consuelo, la paz, y la esperanza. Hay fuerza para el viaje, pero solo en Mí. Yo soy el único Nombre bajo el cielo por el cual los hombres sean salvos. Ningún hombre viene al Padre sino por Mí.  No hay consuelo, no hay curación, no hay paz en ningún otro lado.
     Por lo tanto, Jesús te dice: “Siéntate. Deja de murmurar, y deja de intentar hacer tu propio camino. Estoy aquí para servirte. Escucha mis Palabras de vida, de amor, y de perdón. Ven. Arrodíllate ante Mí. Déjame alimentarte con pan que satisfaga tu alma. Y debes saber esto: yo volveré a buscarte."
      Jesucristo te escucha. Él responde a tus oraciones. Su respuesta no va a satisfacer siempre los antojos de tu carne. Él sabe lo que es mejor. A menudo, sus acciones no tienen sentido para nosotros. Pero sabemos que Él da abundantemente, de acuerdo con lo que es bueno y con lo que podemos aguantar.
     Recuerda como Jesús alimentó a los cinco mil con raciones más que suficientes; dio tanto que cada persona comió hasta que se llenó, y aún quedaban doce cestas rebosantes. Donde Dios reparte sus dones, los vasos humanos se llenan hasta rebosarse. No pueden contenerlo. La gracia de Dios es más grande que nuestra necesidad.
      La victoria sobre el pecado, la muerte y el infierno está completa. Ha sido anunciado en la Resurrección.  Pronto pasaremos a través de este velo de lágrimas y entraremos en nuestro hogar celestial.   

    Por el momento solo hay una forma de luchar, de seguir adelante, de viajar por este desierto. Es por el Maná celestial que Él otorga tan generosamente.   Es por su Palabra y sus Sacramentos. Por su Gracia y Providencia, estos dones te están disponibles.
     Él te ha dado la Biblia. Cógelo. Léelo. Hay consuelo allí para ti.
    Él también te ha dado su Cuerpo y su Sangre, que te fortalecerán y sostendrán en esta vida, con preparación para la próxima. En la Cena Él perdona tus pecados, lava tu alma y te lleva a la comunión perfecta con él.
     Además, hay la Absolución. Él mismo es tu Abogado, que te representa como inocente delante de su Padre, por causa de sus propias heridas.  En la Absolución, Cristo mismo habla por la boca de su siervo, con el resultado bendito que tú seas puro y santo como Él es puro y santo.
     Por el momento, estos dones no te quitan todo tu dolor o sufrimiento. Ni siquiera curan todas tus dudas. Pero te darán la fuerza para continuar, para creer en medio de los problemas. Te protegerán de desmayarte en el camino. 

    Al final, te llevarán a tu destino donde la cruz será intercambiada por una corona, al lugar donde no haya lágrimas, ni remordimientos, ni vergüenza, ni miedo, ni culpa, ni soledad, ni depresión.
     Aun con Cristo, esta vida puede ser una vida difícil.  A menudo, la realidad de la maldición se nos viene encima; el caos y la muerte nos atacan. Están más allá de nuestra comprensión, porque los hijos de Dios no pueden comprender el mal que los rodea.
     No es fácil la vida cristiana, pero es buena.  La vida cristiana está centrada en su Palabra.  Esta Palabra de Cristo expulsará las impurezas de tu boca, y limpiará tus labios, y así disfrutarás de la paz que solo Dios puede dar, hoy por la fe, y pronto, en la gloria.
     Así que, ven a las aguas que satisfacen, que limpian y refrescan. ¿No tienes dinero? Ven, de todos modos. Ven, compra vino y leche sin dinero y sin precio. Deja que tu alma se deleite en la abundancia y la misericordia del Señor.  Deja que llene los espacios vacíos dentro de ti. ¡Escucha, y tu alma vivirá!


     Jesucristo, Dios encarnado, no da nada menos que a sí mismo, el Pan de Vida, su Palabra, y su cuerpo y su sangre, comida divina para las almas en conflicto que sufren bajo la cruz, esperando la gloria por venir. 
     Pronto, a los rezadores cansados, a los tristes, a los solitarios, y a los confundidos, Cristo vendrá, con su descanso eternal. Por ahora, viene comida celestial, amor milagroso, y fortaleza para el viaje. Nuestra copa está rebosando.  Dios es bueno.  Amén.    

(Sermón adaptado de uno de Pastor David Peterson, Redeemer Lutheran Church, Fort Wayne, Indiana)