Wednesday, March 16, 2016

Nuestra Gallina Divina

Segundo Domingo en Cuaresma, (transferido), 13 de Marzo, A+D 2016
Jeremías 26:8-15, San Lucas 13:31-35

¿Qué es la cuestión, la idea central? 

     Yo paso bastante tiempo en tren, trabajando en mí ordenador, a veces viendo
las películas de RENFE.  Intento trabajar, y por eso normalmente no me pongo los auriculares.  Veo las pelis en las pantallas unos momentos, de vez en cuando, sin escucharlas.  Y es interesante; normalmente puedo entender la trama de la historia, puedo coger la idea central, sin oír las palabras.  Solo por ver los escenarios, y los carácteres, sus caras y sus acciones, normalmente puedo entender bien el sentido de una peli.    Puede tener docenas de caracteres, tramas, tramas secundarias, y varios escenarios, pero, si es una
historia típica, va a tener solo un tema central, un punto al que la historia conduce.  Y usualmente puedo saberlo, solo por mirar.  No es tan difícil, aún sin palabras. 

    Es porque de verdad no hay tantas historias diferentes.  El Amor.  La amistad.  La guerra.  Problemas familiares.  Desafíos en sobrevivir o conquistar a la naturaleza, las enfermedades, o las discapacidades.  Se pueden mezclar como quieran; sin embargo, sabemos de qué van.      

     La Palabra de Dios también es una historia con una idea central, un solo punto.  Pero muchas veces parece muy difícil entender correctamente la historia de la Biblia.  Se dice que es una guía moral, instrucciones de cómo debemos vivir.  O es un documento de filosofía, con buenos consejos para personas sensatas, o una historia construida por hombres intentando controlar a la gente.  Y la Biblia sí tiene cosas relacionadas con estas ideas.  Sin embargo, la historia de la Biblia solo tiene una trama, una idea central.  Es toda una historia sobre Cristo Jesús.  Y no necesitáis creer a mí.  Jesús mismo lo dice, varias veces, como en el Evangelio de San Juan, capítulo 5.  Discutiendo con los judíos, Jesús les dijo: Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. 

     Además, dos veces en el último capítulo de San Lucas Jesús declaró que la 
historia de las Escrituras es su propia historia.  Una vez fue con dos discípulos en el camino a Emaús, en la tarde del día de su Resurrección. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a El en todas las Escrituras. Lucas 24:27

   La otra fue con los Once Apóstoles en Jerusalén, unas horas más tarde:  Y les dijo: Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Lucas 24:44 

     Toda la Biblia es la historia de Cristo, y también, hay solo una meta, un punto central de esta historia.  Con los Once, Jesús continuó:  Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde JerusalénLucas 24:45 – 47 
  
     Cristo Jesús, su encarnación, vida, muerte y resurrección para la salvación del mundo, esto es la trama de la Palabra de Dios.  Es la clave para entender la Biblia.  Podemos usar este clave para interpretar las Escrituras siempre, no importa que parte de la Biblia oímos o leemos. 

     Por ejemplo, podemos ver una prefiguración importante de este punto central de la historia de Jesús en nuestra lectura del Antiguo Testamento de hoy, del libro de Jeremías. Desde ahí, oímos acerca de un profeta en peligro de muerte, solamente porque declaró la verdad de Dios.  Y cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablase a todo el pueblo, los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano, diciendo: De cierto morirás.  Es muy duro, este rechazo de la verdad de Dios, este ataque contra un profeta del Señor. 

     Siempre ha sido lo mismo.  Como nos dice Jesús hoy:  ¡¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!!  Desde Abel hasta San Juan Bautista, ha sido muy normal que un profeta honesto recibe ataques por su fidelidad a la Palabra de Dios.   

     ¿Por qué?  Porque naturalmente, no nos gusta oír la verdad de Dios.  Si un predicador quiere hablarnos de la grandeza de la creación, o la belleza de la humanidad, o si podemos escuchar una historia interesante sobre los personajes de la Biblia… muy bien.  Quizás soportamos algo de consejo sobre cómo podemos mejorar nuestra vida.  Pero, aunque hay casos de estos en la Biblia,
mucho más la Palabra de Dios nos habla del pecado, de la justicia de Dios y nuestros fallos en mantenerla.  Dios siempre nos está advirtiendo sobre el castigo que hemos merecido con nuestros pecados.  No nos gusta nada.  Y, aunque no le podemos hacer nada a Dios, sí podemos hacer algo a sus mensajeros. 

     Sin embargo, la historia de la Biblia, la historia de Jesús, es una historia de misericordia. De perdón.  De amor, vida y alegría.  Pero necesitamos oír toda la Palabra de Dios, incluidas las partes difíciles, para entender cómo pueda ser.

     El Todopoderoso Dios es justo, y quiere mantener la justicia en este mundo pecaminoso.  Esto implica que nosotros pecadores vamos a sufrir el castigo divino.  Pero, aunque siempre Dios mantiene la misma actitud de justicia, del rechazo al mal, y a los malhechores, a la misma vez, Dios siempre mantiene su actitud de amor, de servicio a los seres humanos, una actitud de protección.  Aunque todas las personas son pecadores, Dios tiene ganas de tener a su pueblo consigo mismo. 

     Es muy chocante, la diferencia que vemos en este mundo entre la justicia y el amor.  Tenemos a veces la idea que es imposible tener los dos, justicia y amor, que es imposible hacer justicia y también amar.  Y de los dos, para nosotros mismos, y para nuestros amados, normalmente preferimos que la justicia sea disminuida.  La justicia es buena, cuando se aplica a otros, pero para mí, quiero solamente sentir el amor.  Pero esto no sirve. 

     Sin justicia, no hay ningún amor verdadero.  Los padres de niños lo saben.  Aunque los pequeños nunca lo dicen, nuestros hijos quieren disciplina, quieren reglas, dentro de que ellos pueden vivir sin temor.  Para amar a nuestros niños, necesitamos darles justicia.  También, sin que todo el mundo trate a los prójimos con honestidad y justicia, los ricos y fuertes vayan a dominar a los pobres y débiles, que vayan a sufrir.  Necesitamos justicia, y amor.  Pero, hay un choque, un conflicto, entre justicia y amor, que no podemos resolver.
  
     Podemos ver este conflicto entre justicia y amor en este dicho muy interesante de Jesús: ¡¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!!   Con esta frase, estamos llegando a la puerta del punto central de toda la historia de la Biblia.  ¿Puedes ver en tu mente el escenario que pinta Jesús?  Escucha otra vez, “Jerusalén, Jerusalén, ¡¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!!”


     Cristo Jesús, verdadero Dios, nos dice que ha querido juntar a su pueblo, como la gallina junta a los pollitos debajo de sus alas.  Mira lo que nos enseña esto.  Imagínate un momento a Jesús como una gallina.  ¿Por qué quiere juntar los pollitos debajo de las alas?  Para protegerlos.  La gallina hace de sí misma un escudo de carne y plumas, para ofrecer protección a sus crías.    Pero, para hacerlo, la gallina tiene que abandonar su propia defensa.   Una gallina, para defenderse a sí misma, puede huir, corriendo y volando un poco, como hacen las gallinas.  Por el otro lado, si la gallina quiere pelear, ella sola tiene una herramienta, sola un arma, las garras.  Pero si, para proteger a los pequeños, la gallina está en el suelo con las alas extendidas ampliamente sobre los pollitos, ella no puede huir, ni defenderse. Si un enemigo fuerte viene, ella va a morir, protegiendo a sus hijos.

      Aunque no tenemos una pantalla, ¿puedes ver este cuadro?  La gallina protegiendo a sus crías debajo de sus alas nos ofrece un cuadro de Jesús, sin defensa, colgando en una cruz, protegiendo a sus hijos, ofreciéndonos el escudo de su carne y sangre para cubrirnos, perdiendo su vida, para salvarnos.   
      
      Cuando toda la vida va muy bien, es fácil pensar que yo soy muy capaz, muy independiente, sin la necesidad de ser salvado.  Pero mi vida no siempre va bien.  Vienen los días cuando necesito ayuda, cuando los problemas del mundo, y mi propio pecado, mis debilidades y temores, me hacen buscar una gallina que me cubra con sus alas, un Salvador que me protege bajo las alas de su Cruz. 

     Este Salvador yo lo tengo, y también tú lo tienes.


     Cristo ha llegado para protegernos, no solo de los males que nos amenazan hoy, sino por protegernos de todo el poder malo del diablo, del mundo y de nuestra propia naturaleza pecaminosa.  Él murió para hacernos seguros.  Él no tiene vergüenza de salvarnos, aun quiere describirse a sí mismo como una Gallina Divina, muriendo para proteger a sus pollitos.  Y, desde que la muerte no podía restringir al Señor de Vida, porque Él resucitó al tercer día, ya sabemos que nuestra protección divina es eterna.  Los enemigos pueden herirnos un poco, hoy en día, pero la victoria es nuestra, debajo de las alas de Cristo, tu Gallina Divina, tu Salvador y Dios, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.    

Wednesday, March 2, 2016

Miércoles de Ceniza - Sermón sobre Salmo 51 - Pastor Adam Lehman

Míercoles de Ceniza, Sermón sobre Salmo 51
Pastor Adam Lehman, traducido por Pastor J. García  

Salmo 51
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve.
Hazme oír gozo y alegría,
Y se recrearán los huesos que has abatido.
Esconde tu rostro de mis pecados,
Y borra todas mis maldades.
10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.
11 No me eches de delante de ti,
Y no quites de mí tu santo Espíritu.
12 Vuélveme el gozo de tu salvación,
Y espíritu noble me sustente.
13 Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos,
Y los pecadores se convertirán a ti.
14 Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación;
Cantará mi lengua tu justicia.
15 Señor, abre mis labios,
Y publicará mi boca tu alabanza.
16 Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría;
No quieres holocausto.
17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
18 Haz bien con tu benevolencia a Sion;
Edifica los muros de Jerusalén.
19 Entonces te agradarán los sacrificios de justicia,
El holocausto u ofrenda del todo quemada;
Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.



En el Nombre del Padre, y del + Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
     El Salmo 51 es un regalo maravilloso para la iglesia. De hecho, la comprensión de este bendito Salmo es necesaria y profundamente útil de muchas maneras. Este salmo contiene la instrucción de las partes principales de toda la fe cristiana. Nos enseña sobre el pecado, el arrepentimiento, la gracia y la justificación, así como la enseñanza sobre el culto que debemos prestar al Único Dios Verdadero. Finalmente, nos enseña sobre la confesión y la absolución, y por eso, es referido a menudo como un "salmo penitencial."

Tal como enseñamos en el Catecismo Menor:  La confesión tiene dos partes.
     En primer lugar, confesamos nuestros pecados, y en segundo lugar, recibimos la absolución, es decir, el perdón del pastor como de Dios mismo, sin dudar, y con la convicción de que por medio de ella nuestros pecados son perdonados ante Dios en el cielo. (Catecismo)

     A través de la pluma del Rey David, nuestro Señor nos presenta ambos (confesión y absolución) ante nosotros esta tarde. Al comienzo del salmo le vemos profundamente preocupado por el conocimiento de su pecado y el peso de su conciencia. "Ten piedad de mí, oh Dios," escribe, "limpia mi pecado! Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. ". Y al final del Salmo vemos a David consolado por la gracia y la misericordia del Señor. Está tan lleno de alegría por el perdón de los pecados que simplemente no puede contenerse. Y así escribe, "mi lengua cantará tu justicia. Señor, abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza. ". David sabe que ha sido perdonado de su profunda maldad. De hecho, la historia en 2º libro de Samuel, capítulo 12 es bien conocida. Los pecados de David incluyeron el adulterio, la mentira, el asesinato, abuso de autoridad, y encubrimiento de sus pecados; acumulando pecado sobre pecado.


     Con esto en mente, vemos que David es un ejemplo de todos los hombres, incluidos nosotros. Uno a uno rompió cada uno de los mandamientos del Señor. Sin embargo, se negó a reconocer su pecado. Y esta negativa a reconocer el pecado fue lo más peligroso para su alma eterna. David quería ser conocido como un rey justo y santo. Él quería que sus pecados fuesen secretos para todos. Por lo tanto, se negó a admitir su pecado. Se negó a arrepentirse. Es por esto que el Señor envió a Natán el profeta a David: para enfrentarse a él con la Ley, pero no para destruirle, aunque lo merecía. Dios envió a Natán a David para llamar a David al arrepentimiento, a fin de que pudiera recibir el perdón. Y con el perdón, él también recibiría la vida y la salvación.

     A la luz de lo expuesto, la tragedia de David se convierte en un ejemplo muy emotivo del pecado, y aún más, de la gracia. Y sin esta visión de la vida de David, tendríamos una imagen totalmente distorsionada de este patriarca en la fe.

     Si la Santa Escritura no nos hubiera hablado de este vergonzoso recuento ¿quién creería que un hombre tan santo podría caer tan bajo? Después de todo, a través del Espíritu Santo, David había instituido el culto de Jehová en el tabernáculo. Había escrito bellos himnos cantados por los fieles ... Había ganado muchas batallas militares, en las que el Señor había luchado en su nombre. Confió totalmente en el Señor para la victoria. De hecho, fue el elegido directamente por el Señor para servir como el rey. Incluso el propio Mesías sería luego conocido como el Hijo de David.

     Y, aun así, un hombre tal cayó en pecado. Y el gran rey David no cayó en un mero "pecado pequeño", sino en muchos pecados realmente graves.  Y lo que es peor, cayó en la impenitencia. Cayó en una arrogancia tal que se negó a arrepentirse. Y si un hombre como David pudo caer tan miserablemente que Natán tuvo que enfrentarse con él cara a cara, entonces desde luego, nosotros no estamos exentos de una caída similar que puede hasta destruir el alma. Nosotros también debemos ser confrontados con nuestro pecado. Nosotros también tenemos que tragarnos nuestro orgullo pecaminoso, y humildemente caer de rodillas ... Arrepentirnos ... pidiendo la misericordia de Jehová. Debemos ser honestos con nosotros mismos sobre lo que realmente somos: pobres, miserables pecadores, mendigos ciegos que necesitan desesperadamente de la misericordia de Jehová.

     Esta noche el Señor nos habla palabras que son muy difíciles de escuchar. Pero también nos entrega las palabras más dulces que los oídos pecaminosos pueden jamás oír. Incluso, al mismo tiempo que estamos abatidos por el reconocimiento de nuestras transgresiones profundas, somos elevados por la bendita palabra de su perdón. Nuestro Señor nos llama a arrepentirnos de nuestros pecados, y por ninguna otra razón que con el fin de que recibamos el perdón, la vida y la salvación. No confesamos nuestros pecados por el mero bien de la confesión de nuestros pecados. No, confesamos nuestros pecados, a fin de que recibamos la sagrada absolución.

Como dice en el Catecismo, En primer lugar, confesamos nuestros pecados.
En segundo lugar, recibimos la absolución ...
Es decir, el perdón del pastor como de Dios mismo ...
Sin dudar, pero con la convicción de que por ella nuestros pecados son perdonados ante Dios en el cielo. (Catecismo)


     Natán fue enviado a David con el fin de que pudiera ser llevado al arrepentimiento, y que pudiera recibir el perdón, la paz, y el gozo de ser justo antes con Dios. Nos hemos reunido aquí esta tarde para el mismo propósito. Habéis llegado a confesar vuestros pecados, a fin de que podáis recibir el perdón, la paz, y el gozo de ser justo antes con Dios. Y debido a la pasión y muerte de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, estáis perdonados. De las llagas de Cristo Crucificado fluye el perdón de todos tus pecados. Y de esas heridas fluye la paz eterna entre tú y tu Padre celestial. Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesucristo es el Cordero de Dios que ha muerto para el perdón del pecado de David. Jesucristo es el Cordero de Dios que ha sufrido y muerto con el fin de que tú puedas vivir. Por ello estás perdonado.


Como dista el oriente del occidente, tus pecados son perdonados, en el Nombre de Jesús +. Amén.

Friday, December 25, 2015

Que Tú Recibas Mas Esta Navidad

El Nacimiento de Nuestro Señor – Día de Navidad, Servicio Matutino
Que Tú Recibas Mas Esta Navidad - San Lucas 2:1-20

     Que tú recibas más esta Navidad.  Esta frase me suena como un anuncio de una tienda, un eslogan, quizás de Corte Ingles, Fnac, o MediaMarkt.  Y de verdad, aunque el Nacimiento de Jesucristo es la fundación para la fiesta más grande en todo el mundo, para la mayoría, la fiesta no tiene mucho que ver con la verdadera historia de Jesús.  Realmente, el modo común de celebrar la Navidad tiene mucho que ver con el ocio, los placeres, y las compras, mucho de consumismo. 


     La comercialidad de la temporada causa otra tradición anual: las quejas sobre el hecho que, para demasiada gente, la Navidad es solamente una excusa para recibir regalos.  Pastores, sacerdotes, y probablemente rabinos también protestan porque debemos simplificar y hacer algo diferente con la temporada navideña.

     Muy bien.  Las quejas sobre el comercialismo y consumismo son válidas, en un sentido.  Es posible que muchos de tus deseos sean pecaminosos y egoístas. Yo no sé.  Pero realmente, “que tú recibas más esta Navidad” no es un eslogan de una tienda.  Esto es mi deseo para ti, en esta Navidad.  Bueno, mis deseos no importan tanto.  Pero tengo buenas noticias.  Dios quiere “que tú recibas más esta Navidad.” Esto es su voluntad, para ti. 

     Que tú recibas más esta Navidad.  Realmente, no es el caso de que tú esperas demasiado.  Es mucho más probable que estés esperando muy poco, que solamente quieras cosas pequeñas.  Debes desear y esperar regalos más grandes.  Porque necesitas regalos más grandes.  Mucho más grandes, y mejores. 

     Todo el mundo sabe cómo la mayoría de los regalos de la temporada no duran.  Las baterías se gastan, los juguetes se rompen, y después de poco tiempo, los nuevos videojuegos y móviles de Samsung cambiarán a ser viejos, fuera de moda.  No hay un fin de nuestros deseos para cosas materiales, porque no hay nada de este mundo que puede durar y no envejecer. Quieres cosas buenas que no envejezcan, pero no las encuentras.  Verdaderamente, necesitas las cosas que duran, las cosas que realmente mejoran la vida.   

     Que todos nosotros recibamos más esta Navidad.  Como un fin a la violencia y la guerra.  Hay mucho odio en nuestro mundo de hoy.  Cada domingo, tenemos otra atrocidad por lo que necesitamos orar: la guerra civil en Siria, los asesinatos de cristianos y otras minorías por el Daesh, los sufrimientos de los refugiados, o los atentados en París, Mali, y California.  Sin duda, sería un deseo mejor si pudieras pedir y recibir paz en el mundo como tu regalo.  Seguramente, debemos rogar al Dios y exigir a nuestros gobiernos que las fuerzas de mal sean parados, para que tengamos paz en el mundo, como cantaron los ángeles.    

     Pero, de la propia boca de Jesús, sabemos que no vamos a conseguir una paz perfecta en este mundo.  El nivel de paz puede ser mejor o peor, y ciertamente estamos listos para una situación mejor.  Pero la paz en este mundo pecaminoso nunca será perfecta, porque cada uno de nosotros destruimos la paz con nuestros propios hechos.  Todos nosotros tenemos una parte de la responsabilidad para el ciclo del mal en el mundo.  Porque, como nos recuerda San Pablo, nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros.  En otro tiempo fuimos así, y, a nuestra vergüenza, todavía hoy, tenemos que confesar que pecamos mucho cada día, si no en nuestras actos y palabras, al menos en nuestros pensamientos.  Queremos ver paz entre los hombres.  Pero necesitamos algo mejor esta Navidad.  Necesitamos recibir la paz entre los hombres y Dios.  Necesitamos recibir a Dios mismo.  
  
     Que tú recibas más esta Navidad.  ¿Pero, deseas a Dios mismo, de verdad?  Nuestro impulso, aun como cristianos, es huir de Dios, es evitar a Dios.  Cada vez que Dios le aparece a una persona, o aun solamente uno de sus ángeles, la reacción es siempre la misma: temor. Temor, y a veces terror.  Recuerda Moisés y la zarza ardiente, cayendo en su rostro lleno de miedo, al oír la voz del Señor.  O a Isaías, llevado al corte celestial del Señor, gritando: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos… porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.”  La primera palabra del ángel a los pastores fuera de Belén tenía que ser: “No temáis,” porque los pastores tuvieron gran temor.  Es temeroso encontrar a los seres celestiales, y aún más a Dios mismo.  Dios es santo, y todopoderoso, completamente opuesto al mal, contra el pecado, un fuego consumidor.  Sabemos solo un poco de cómo es Dios, y sin embargo, cuando tenemos el coraje para considerar nuestra vida honestamente, la idea de encontrar a Dios nos da miedo. 

     Por miedo de nuestros pecados, y por nuestra vergüenza de ser pecadores, muchas veces no queremos las cosas mejores, no queremos recibir a Dios mismo.  Es más fácil distraerse con divertimiento, con juguetes para nuestros niños y comidas buenas para nuestras familias.  Hemos vivido en esta manera desde siempre.  Pero, sin embargo, Dios quiere que tú recibas más esta Navidad, que tengas el único regalo que puede darte paz, salud y alegría, para siempre.  Por eso, Dios vino.

     Dios vino, para que tú puedas recibir los mejores regalos.  Él vino con un propósito, el propósito de salvarte.  Dios vino, en la forma de un niño, para redimir cada etapa de tu vida.  Como San Pablo dice en Gálatas, capítulo 4, “Cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,  a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.” (Gálatas 4)  Esto es la Navidad.  Y es buenas noticias para ti, porque, como oímos en la epístola de hoy, “cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros  abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador,  para que justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna.”   


     Que tú recibas más esta Navidad.  No hay necesariamente un problema con las compras y los deseos de recibir juguetes o ropa o coches o cualquier otro bien de este mundo.  Todos los bienes verdaderos vienen de Dios.  El dar regalos puede ser una celebración buena del nacimiento de Cristo, y para que podamos dar regalos, alguien necesita recibirlos.  Seguramente, necesitamos cuidado en esto, para que no hagamos un Dios del consumismo, un ídolo de las cosas materiales.  Porque hay solo un Dios verdadero, Él que ha venido a nosotros, durmiendo en un pesebre, esperando el Día en el que haría el Sacrificio que te salva.  Las compras y los los regalos no hacen la Navidad.  La Navidad es Dios dándote el regalo mejor, que es sí mismo, como tu Salvador. 

     Es maravilloso, de verdad.  Para tenerte como su propio hijo, Dios Padre nos dio su único Hijo, el Hijo de la eternidad, quién hace 2000 años nació de la Virgen María.  Cristo Jesús vino, para llevar toda la violencia, todo el odio, todo el egoísmo y todo el mal en el mundo.  Jesús, que recordamos hoy como un niño, creció al ser el Hombre de Sufrimiento, para que tú no necesitas sufrir el castigo justo contra tus pecados.  Esta historia, sin los detalles claves, puede parecer como una historia muy fea.  Sin embargo, es la mejor historia de amor, y de paz.  Porque, aunque parecía tan pequeño y débil, de verdad, este Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la Cruz, ha sido el todopoderoso Dios, el Dios de toda la riqueza, el Dios de toda la gloria.  Pero aún más que el poder o la riqueza o la gloria, este Niño en el pesebre es el Amor de Dios.  Él quiere darte el regalo mejor de todos, el regalo de sí mismo, como tu Salvador, tu Amigo y Buen Pastor, hoy, y hasta siempre. 
  
     Para que tú recibas más esta Navidad, hoy Jesús envía su Espíritu Santo, para revelar estas buenas nuevas, para que tú confíes en ellas, y puedas descansar en las promesas.  Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo constantemente, porque la salvación es por fe, y no es muy fácil creer el evangelio, especialmente en este mundo violento y lleno de pena.  No podemos ver las pruebas, y por eso no es fácil creer que vayas a recibir todos los regalos prometidos, como vida y paz eterna, como una existencia completamente libre de mal.  Es aún más difícil creer que tus propios pecados son perdonados.  Por tus dudas y por las mentiras del mundo y de satanás, quizás tu corazón está muchas veces lleno de duda.

     Por eso, Jesús te dice hoy: todos tus pecados son perdonados por mí Padre, porque todos tus pecados están perdonados, en mí, en mí propio cuerpo.  Todo esto es verdad, es mi evangelio para ti. 

     Las promesas de Cristo son verdaderas.  Y para que tú puedes creer y empezar regocijándote, aunque todavía vives en este mundo, Jesús ha dado a su iglesia las siguientes tareas: “Proclamar todos los días que yo he cambiado la madera de mi pesebre para la madera de mi cruz.” “Proclamar sin cesar que he quitado los pecados del todo el mundo, y que vengo todavía, en mi Palabra, en mi Bautismo, y en mi Cena, para quitar todos tus pecados, y darte mi justicia, santidad, y paz.”  “Aquí,” promete Jesús, “tú recibes los mejores regalos, directamente de Dios.”   


     Cuando la iglesia proclama este mensaje buenísimo, Jesús ha prometido que estará allí, con su iglesia, para entregar los regalos.  Y además, en los rebaños de Cristo, en la congregación, sea grande o pequeñita, también Jesús te regala una familia, hermanos verdaderos, unidos contigo, por la misma fe en el Evangelio de perdón y paz. Estas son las promesas del Niño de Navidad, su mejor regalo, para ti, hoy, y todos los días, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén. 

Sunday, November 29, 2015

La Llegada de Nuestro Paz - The Arrival of Our Peace

Below are two sermons, the first in Spanish, the second in English, for the First Sunday in Advent.  

Abajo hay dos sermones, el primero en Español, y la segundo en Íngles, por el Primer Domingo en Adviento.  

Primer Domingo de Adviento, 29 de Noviembre, A+D 2015
La Llegada de Nuestra Paz:  San Lucas 19:28 – 40  Iglesia Evangélica Luterana Española

En estos días, cuando movemos desde el fin del año litúrgico a la temporada de Adviento, enfocamos en las llegadas de Jesús.  Es lógico que, en el fin del año, consideramos el retorno de Cristo, en el día final.  Pero también en Adviento, la temporada antes de la Navidad, tenemos el día final en mente, justo con el advenimiento de Cristo en Belén.  De verdad, en la temporada de Adviento meditamos en cuatro llegadas diferentes de Jesús.  El tema de la temporada es menos la preparación para la Navidad, y más la preparación para dar la bienvenida a Jesús, todas las veces que Él nos viene.  

Todo eso tiene razón, creo yo, porque Adviento significa llegada, venida, un advenimiento, y para la Iglesia la llegada más importante es siempre la llegada de Cristo.  Debemos saber todo lo posible a cerca de la llegada de Cristo, porque es solo en Él que Dios nos revela su amor.  Encontramos el amor de Dios en la obra de salvación que Dios ha hecho para nosotros en Cristo.  Por eso, durante todo el año las lecturas bíblicas nos muestran aspectos diferentes de las llegadas de Cristo, como la intención de Dios a llegar al día en que los seres humanos vivan con Él en gloria, o como el problema de pecado hizo necesario una llegada de Cristo en forma humilde, para ser nuestro Salvador. 

Hay cuatro llegadas de Jesús.  La primera fue su llegada a través de la nación de Israel.  Su
humanidad vino físicamente por los hijos de Abraham, por la tribu de Judá, y por la casa real de David.  Además, por la proclamación de los profetas, y por la promesa de los sacrificios en el Templo, Cristo vino espiritualmente para crear la fe salvadora en los Israelitas.  Los profetas y los fieles de Israel buscaron al futuro, tratando de ver la llegada prometida del Salvador, que iba a ser revelada en la historia de Jesús, desde Belén al Calvario.

Nos encanta la historia del nacimiento de Jesús, como debe ser.  Todas personas deben amar a una vida nueva.  Debemos amar a todos los bebes.  Pero en el nacimiento de Jesús hay más, mucho más.  Dios llegó a nosotros, y para nosotros, en Belén.  El eterno Hijo de Dios se hizo también el hijo humano de María.  Por el poder de Espíritu Santo, empezó desde de una célula en el seno de la virgen, creciendo al bebé cuyo nacimiento celebraremos dentro de unas pocas semanas.  En Belén recibimos la segunda llegada de Jesús, cuando Dios llego en carne humana. 

Ahora, en este día, Jesús viene, todavía, viniendo a nosotros en la Palabra y en el Sacramento. Como Él nos prometió, “He aquí, yo estaré con vosotros todos los días,” y también “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy.”  Jesús nos anima con estas promesas: “Dondequiera mi Iglesia bautiza, predica el arrepentimiento y la fe en mi Evangelio, dondequiera que mi gente se reúnen alrededor de mi mesa, allí estoy, para servir a todos. Jesús hace su advenimiento hoy, para ofrecer consuelo, para perdonar, restaurar y renovar.  Jesús viene por su Palabra y su Sacramento, su tercera llegada.  

Algún día, tal vez mañana, tal vez en mil años, pero seguramente algún día Jesús llegará nuevamente, la cuarta vez.  Él vendrá otra vez, visiblemente a todos.  Esta cuarta llegada será su vuelta en poder y gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. Jesús vendrá de nuevo, para reunir a los suyos en sus mansiones eternas. 

Las lecturas del Domingo de Ramos, que usamos en este primer domingo de Adviento, también marcan un advenimiento de nuestro Señor, un parte importante de su advenimiento como Dios encarnecido para salvar.  El Señor se acercó a Betfagué y  Betania justo fuera de Jerusalén, preparándose para su entrada triunfal en un burro humilde.  Su entrada real pondría en marcha las maquinaciones finales de sus enemigos, que temieron a este Rey de la Paz, y quisieron verle muerto.

La historia del Domingo de Ramos toca todas las facetas diferentes del Adviento. El Monte de Olivos sería la colina de donde pronto Jesús ascendería al cielo, y también el monte donde se espera que Jesús vuelva en la gloria, en el Último Día. Igualmente, la predicación del advenimiento del Salvador, que hicieron los profetas, está claramente presente ya que la gente proclama el saludo del Antiguo Testamento al Mesías: ¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!

De verdad, la iglesia del Nuevo Testamento está presente, ya que los discípulos de Cristo le rodean y alaban los trabajos fuertes de Dios.  Es igual como cuando nos juntamos en torno a la Palabra de Cristo para dar la alabanza a Su Padre por todo que ha hecho para nosotros. 

Por último, hay un poco de la Navidad el domingo de Ramos, como la gente canta la canción de los ángeles en el campo fuera de Belén: “Paz en el cielo y gloria en las alturas! " Bueno, la canción en el Domingo de Ramos es casi como la de Navidad. La canción de los ángeles de Belén es un poco diferente. Normalmente la recitamos como parte de nuestro liturgia de la Santa Cena: “Gloria a Dios en las alturas, y paz a su pueblo en la tierra.”  Durante el Adviento, dejamos de cantar esta canción, que se llama en latín “Gloria en Excelcis.”  La idea es incrementar nuestra anticipación para la Nochebuena, cuando la volvemos a cantar con los ángeles.  Pero tenemos hoy un eco de esta canción en el Domingo de Ramos: “Paz en el cielo y gloria en las alturas!"

Es como la canción de Navidad, pero con una gran diferencia. En Belén fue gloria en las alturas, y la paz estuvo en la tierra, con buena voluntad a los hombres. En el Domingo de Ramos la paz está en el cielo.  

¿Por qué la diferencia? ¿Por qué la paz está en la tierra en Navidad, sino la paz está en el cielo en el Domingo de Ramos?   Bueno, la diferencia en el lugar nos ayuda a entender lo que está sucediendo en la historia de Jesús y sus llegadas.

En la Navidad los ángeles proclaman que la paz ha llegado a la tierra, porque el hijo de Dios ha entrado en nuestra historia humana.  Esto fue necesario, porque nuestra historia humana no es pacífica. Adán y Eva establecen el modelo para matrimonios después de la Caída en el Pecado.  Todavía hicieron su vida junta, pero no sin lucha.  Todos los matrimonios también tienen sus luchas, sus problemas.  Pero, quizás no hacemos tanto mal como Caín, el primer hijo de Adán y Eva.  Caín mató a su hermano Abel, y la humanidad ha estado en guerra desde entonces.

Pero Jesús vino para llevarnos la paz.  Mejor, Él es nuestra paz.  Los ángeles cantan de la paz en la tierra en la noche de la venida del niño Jesús, porque esto era algo nuevo.  La situación había cambiado en la tierra, porque Jesús había llegado.  Paz en la tierra.

Pero ahora, en el Domingo de Ramos, la canción cambia porque el lugar de la paz, está a punto de cambiar otra vez.  Paz en el cielo, la multitud cantaron, pero no creo que entendieran el significado de lo que declararon. El hombre de la paz está a punto de regresar al cielo, y así la canción de las multitudes es profética, profetizando el trabajo próximo de Jesús, su muerte, su resurrección y su ascensión. Llegando en Jerusalén sobre un burro, Cristo está en la etapa final de su viaje. La paz que vino a la tierra en Navidad está a punto de regresar al cielo. Paz en el cielo y gloria en las alturas!"

Sin embargo, la paz de Cristo viene con un precio. De hecho, Jesús mismo parece contradecir esta idea de una vía pacífica desde el cielo a la tierra y otra vez al cielo.  Durante su ministerio terrenal Él declara: ¿Piensan que vine a dar paz en la tierra? No, os digo, sino más bien división.  ¿Qué significa Jesús, que Él no viene a dar paz?   Tal vez quiere decir que no vaya a dar paz en esta vida terrenal, pero ciertamente él dará paz a su pueblo, en el cielo. Muy bien.  Pero creo que hay más, que Jesús está hablando aún más profundamente, y creo que la clave es la palabra "dar".   Es que Jesús no vino para darnos paz, más bien Él es nuestra paz, y solo Él puede separarnos del pecado y muerte eternal.

Lo que quiero decir es que la paz no es una mercancía que Jesús está distribuyendo, como un amuleto de buena suerte. No, Jesús mismo, en su carne y sangre, es nuestra paz. No podemos tener la paz con Dios aparte del Señor que entró en Jerusalén montado en un burro.  La paz sólo se encuentra en Él;  debemos ser uno con Él, ser unido con Él, para tener paz.

Jesús no podría ser nuestra paz desde lejos.  Él tenía que venir a la tierra.  Aún más, para ser nuestra paz, Jesús tuvo que convertirse en un ser humano, porque la culpa que nos separa de Dios tenía que ser pagado por los humanos.  No fue posible un rescate desde una distancia.  Jesús fue completamente comprometido.

Y en los días después del Domingo de Ramos, en la Semana Santa original, nos enteramos de cuánto Jesús tenían que hacer, hasta sufrir el infierno que merecemos por nuestros pecados. No haría mera representación dramática de la ira de Dios contra el pecado, no solo pasar por los movimientos. No, Jesús tuvo que sufrir verdaderamente, en la cruz, llevando nuestros pecados en su propio cuerpo.  Este es cómo Él ha ganado nuestra paz.

Ahora, Jesús es nuestra paz, en los cielos, preparando un lugar para nosotros.  Debido a nuestros pecados, que todos nosotros todavía tenemos, Dios por su justicia es naturalmente en guerra contra nosotros. Nuestros pecados merecen la ira de Dios. No podemos llegar ante su trono todavía llevando nuestra pecaminosidad.  Sin embargo, ahora tenemos un lugar en el cielo.  Este lugar está en Jesús, en su propio cuerpo.  En su Ascensión, Jesús entró en el cielo con su cuerpo, crucificado y resucitado.  Su presencia como ser humano en la presencia de Dios Padre es nuestra entrada.  Por eso, todos los fieles, unidos a Cristo a través de la fe en el perdón de pecados, tienen ya su lugar en el cielo reservado, en Cristo. 

Nuestra paz es Jesús, en su cuerpo sin pecado, sentado a la diestra de Dios. Él es la Paz entre Dios y el hombre, porque Él ha hecho la paz entre Dios y el hombre, en el Calvario.  Ahora Él es nuestra garantía de paz eterna, en la gloria de Dios.


La paz es tener a Jesús resucitado en medio de nosotros, como en la noche después de la Resurrección.  Jesús apareció en el aposento alto, en medio de los discípulos.  Aunque habían oído las buenas noticias varias veces, todavía los 11 discípulos se escondían, llenos de miedo.  En este momento Jesús se puso en medio de ellos. Allí estaba, en medio de ellos, Dios mismo, en el hombre Jesús.  La paz del cielo había llegado a ellos, milagrosamente.  Y Jesús les dijo: Paz a vosotros.

Jesús ha venido. Jesús vendrá de nuevo. Y Jesús viene, ahora, incluso en medio de nosotros, reunido en su Nombre hoy. Jesús os dice: Paz a vosotros.  Esto es la temporada de Adviento. Dios quiere que encuentres la paz en esta temporada.  Por eso, Jesús, viene a ti, para ser tu paz, la Paz que sobrepasa todo entendimiento, y que guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús, hoy, hasta su llegada final, y por los siglos de los siglos, Amén.

1st Sunday of Advent, November 29th, anno + Domini 2015
Luke 19:28 - 40
The Arrival of Our Peace

     Advent, this early winter season before Christmas, traditionally begins with the Palm Sunday story, which happened a week before the Resurrection, in the Spring.  Which may seem strange, but actually makes sense, when you consider that Advent is not just the season leading up to Christmas.  It is also the beginning of the Church Year.  Every twelve months we take a journey that moves us from the beginning of time, when God created the heavens and the earth, to the End, the return of Christ, the end of this age and the beginning of the New Heaven and the New Earth.  As we hear the entire story of God’s love toward us each year, beginning in the middle, near the climax, is actually a reasonable place to start. 

     It makes sense because Advent means the Coming, and during the year we have four different Comings of Christ to consider.  First Jesus advented, He came, in the preaching of the Prophets.  Jesus came to the faith of all the Old Testament saints who heard the Promise of a Savior and believed. 

     Then Jesus advented, He came in Bethlehem.  The Son of God became also the Son of Mary, growing by the power of God’s Word from one cell in her virgin womb to the Baby whose birth we will celebrate in a few weeks.  God came into human flesh.

     Now Jesus advents, He comes to us in Word and Sacrament.  Lo, I will be with you always, Jesus promised, wherever two or three are gathered in my Name, wherever my Church baptizes, preaches repentance and faith in the Gospel, wherever my people gather around my table, there I am, to serve.  To comfort, forgive, restore and renew.  Jesus comes in Word and Sacrament. 

     Someday, maybe tomorrow, maybe in a thousand years, someday Jesus will advent again.  He will come again, visibly, to all, returning in power and glory to judge both the living the dead.  Jesus will come again to gather His own into His eternal mansions. 

     So there are four Advents of Christ for us to consider, and so Palm Sunday is also a reasonable place to begin our Advent journey, for Palm Sunday also marks an advent of our Lord, as he drew near to Bethphage and Bethany, just outside Jerusalem, preparing for His triumphal entry on a lowly donkey.  His kingly entry which would set in motion the final machinations of His enemies, who feared this King of Peace, and wanted to see Him dead. 

     The Palm Sunday story itself touches on all the different facets of Advent.  The Mount of Olives figures prominently, the hill where Jesus would soon ascend into heaven, the mount where Jesus is expected to return in glory, on the Last Day.  Likewise, the advent preaching of the prophets is present as the people proclaim the Old Testament greeting:  Blessed is the King who comes in the name of the Lord! 

The New Testament Church is present, as the disciples of Christ surround Him and praise the mighty works of God, just as we gather around the Word of Christ to give praise to His Father for all He has done for us. 

Finally, there is a bit of Christmas on Palm Sunday, as the people sing the song of the Angels outside Bethlehem:  Peace in heaven and glory in the highest!"         Well, almost like Christmas.  The angels song from Bethlehem is a little different.   We normally sing it as part of our divine service, at the beginning of our liturgy, Glory to God in the Highest, and peace to His people on earth.  We set aside this Gloria in Excelcis during Advent to build our anticipation for Christmas Eve, but we get an echo of it in Luke’s Palm Sunday story:  Peace in heaven and glory in the highest!" 

It’s like Christmas, but with one big difference.  At Bethlehem it was Glory in the Highest, but the peace was on earth, with goodwill to men.  On Palm Sunday it is Peace in Heaven. 

Why the difference?  Why peace on earth at Christmas, but peace in heaven on Palm Sunday? 

The difference in the where helps us understand what’s going on in the story.  At Christmas the angels proclaim that peace has come to earth, for God’s Son has entered into our human story. 

Our human story is not a peaceful one.   Adam and Eve set the model for marriages after the fall, as they made their life together, but not without struggle.  Most of us do not do as well in our marriages as Adam and Eve.  But perhaps we also don’t go as far as Cain.  For the first son of Adam, Cain, killed his younger brother Abel.  Humanity has been at war ever since. 

But Jesus is at peace.  He is the who of peace, for He is our peace.  The angels sing of peace on earth at the coming of the Christ Child because this was a new thing.  Things were changing on earth, because Jesus had come.  Peace on earth. 

But now, on Palm Sunday, the song changes because the location, the where of peace, is about to change.  Peace in Heaven, the crowds sing out, but I don’t think they understood the full import of what they declared.  There has always been Peace in heaven, that is God does not allow sin and strife in His presence.  But the Man of Peace is about to return to heaven, and so the crowds song is prophetic, of Jesus’ upcoming trials, His death, His resurrection and His ascension.  Riding into Jerusalem on a donkey, Christ is on the final stage of His journey.  The Peace that came down to earth at Christmas is about to return to heaven.  Peace in heaven and glory in the highest!"

Yet, the Peace of Christ only comes at a cost.  Indeed, Jesus Himself seems to contradict this idea of a peaceful pathway from heaven to earth and back to heaven when, in the middle of His earthly ministry He declares:  I did not come to give peace, but rather division.  What does Jesus mean, He does not come to give peace?  Perhaps this is an instance of our Lord using radical language that He doesn’t mean to be taken literally to drive home a point.  In this case Jesus goes on to detail how the message of His cross will divide people, even family members. 

When Jesus says He does not give peace, we could understand that He means He does not give peace in this earthly life, but certainly He does give peace to His people, in heaven.  Jesus seems to use this kind of hyperbole in other places.  The passage, “If your eye cause you to sin, gouge it out,” comes to mind. 

But I am not sure.  Jesus could be speaking more deeply, and I think the key may be the word “give.”  Luke may be making the point that Jesus does not give us peace, but rather He is our peace.  What I mean is that peace is not a commodity that Jesus passes out, like a good luck charm.  No, Jesus Himself, in His flesh and blood, is our peace.  We cannot have peace apart and independently from Him.  Our peace is found only in Him; we must be one with Him, joined to Him, in order to have peace. 

This perspective fits with Luke’s words of peace at Christmas, and at Palm Sunday.   Jesus could not be our Savior from afar, He needed to come to earth, and even more, to be our peace, Jesus had to become a human being.  No arms distance rescue, Jesus was all in.  And in Holy Week we learn just how far Jesus had to go, all the way to suffering the hell that our sins deserve.  No mere dramatic portrayal of God’s wrath against sin would do, no mere going through the motions.  No, Jesus had to truly suffer, for our sins, in His own body.  This is the How of our peace. 

Jesus’ Ascension into heaven is similarly physical and concrete.  He goes to prepare a place for you, that is His humanity being welcomed into heaven is the only way our humanity can hope for heaven.  Because of our sinfulness, God is naturally at war with us.  Our sins deserve God’s attack.  And attack us He will, if we seek to come before His throne still bearing our sinfulness.  But our place in heaven is Jesus, in the flesh.  He is, literally, in His sinless body sitting at God’s right hand, our peace.   He makes peace between God and man, or rather He has made peace between God and man, at Calvary, and now He is our eternal peace treaty, holding our place in glory. 

Jesus Himself is our peace.  We see this once more in Luke’s Gospel, in his last use of the Word peace.  In the upper room, on the night of the resurrection, when the Good News had been told the 11 Disciples by many, and yet they still doubted and feared.  The two from Emmaus came and told them again of Jesus rising from the dead and appearing to them, but still they didn’t believe.  Then Jesus stood in their midst.  Right in the middle of them, God Himself, in the Man Jesus.  Peace from heaven had arrived, miraculously,  right in the midst of them all.  And Jesus said:  Peace to you.   Peace is having the resurrected Jesus in our midst. 

Jesus has come.  Jesus is coming again.  Jesus comes, now, even to us.  This is what Advent is all about.  God grant that you find Peace this season, by sending you His Son, Jesus, who comes to you to remind you of God’s love, and to be your peace, which passes all understanding, and which will keep your heart and mind, unto life everlasting, through Christ Jesus our Lord, Amen. 



Tuesday, November 24, 2015

El Fin Viene. ¿Qué Debemos Hacer?

Último Domingo del Año Litúrgico, 22 de noviembre, A+D 2015
El Fin Viene, ¿Qué Debemos Hacer?  San Marcos 13:24 – 37

Ercole Ramazzani, The Last Judgement, 1597
     Mirad, velad, y orad. Hemos llegado al fin del año litúrgico, cuando en las lecturas concentramos en los fines: el fin del mundo, el fin de este tiempo, los últimos días.  Consideramos el fin de esta edad, cuando Jesús va a venir otra vez, visiblemente, cuando Él venga por la última vez, viniendo en las nubes, como si montado en un caballo, el Rey del Cielo, viniendo para juzgar a todo el mundo e inaugurar visiblemente el reino de Dios.  No sé cómo os lo parece este tema, quizás increíble, o temeroso, espantoso.  O quizás os lo parece irreal, como un sueño.  Pero no importa cómo nos parece la vuelta de Jesús, cuando Él venga, necesitamos estar listos.  Si no estamos, no tendremos tiempo para preparar.  Será demasiado tarde.    

     No estuvimos listos para los atentados en París.  Esto no debería haber sido.  Tuvimos bastantes advertencias, amenazas de violencia de los hombres malvados y violentos de Daesh, el supuesto estado islámico.  Además hemos visto varias acciones violentas en los últimos meses, acciones hecho fuera de su territorio controlado.  Pero no estuvimos preparados, y los actos terroristas en Francia nos impactan como presagios del fin del mundo, como el fin de la edad, o al menos, como el fin de un modo de vida.  Queremos que los culpables sean castigados y que se detenga el mal.  Lo peor es que el 13 de noviembre fue un fin muy inesperado para más que 120 personas.  Nuestra vida buena y suave en el mundo del siglo 21 nos hace creer que la muerte normalmente no sea una sorpresa, y una muerte violente es casi impensable.  Ahora pensamos un poco diferente.

     Los atentados en París no son el fin del mundo, pero ellos nos recuerdan que, para cada persona en el mundo, hay un fin personal, para que debemos estar listos.  Las instrucciones de Jesús para ser preparados para su vuelta sirven también para cada persona en relación con nuestro fin personal: Mirad, velad, y orad. 

     El consejo es igualmente apropiado, no importa si la causa del fin sea atentados terroristas, la muerte causada por cáncer, o la vuelta de Cristo.  Necesitamos mantener la vigilancia, porque no sabemos cuándo vengan los eventos inesperados.

     Cuando Shelee y yo vivimos aquí en España en los años noventa, la misión de mi unidad fue seguridad.  Tuve la responsabilidad de guardar y proteger las instalaciones militares en nuestra zona.  Y os puedo decir que mantener la vigilancia es muy difícil.  Cuando hay una amenaza clara, todo el mundo quiere hacer lo que es necesario para ser preparado.  Pero después de poco tiempo, si los eventos esperados no vienen, entonces la voluntad de todos, incluyendo ambos los guardias y las personas bajo su protección, flaquea mucho. 

     Yo espero fervientemente que los líderes de las naciones mantengan su nueva postura contra el Daesh.  Pero será difícil a mantenerlo.  La voluntad de la población y de los políticos es fuerte hoy.  Pero necesitaremos resolución y tenacidad para soportar todo lo que es necesario para mantener la seguridad y luchar contra los terroristas.  Tenemos la voluntad hoy. ¿Pero en dos semanas, dos meses, dos años?  Vamos a ver.  Y orar.

     La situación actual en Europa y en el mundo a cerca del terrorismo islámico es serio, un tema muy importante.  Pero el tema de la vuelta de Cristo es aún más serio e importante.  Un hombre malvado puede herirte, o aún matarte.  Sería horrible, pero estos males no tocan la eternidad.  Espiritualmente, y con la eternidad en vista, vivimos hoy en un tiempo de riesgos, y también en un tiempo de oportunidad.  Hoy el pecado y el mal tienen mucho control en el mundo.  Pero también, hoy existe la oportunidad para hombres y mujeres pecadores arrepentirse y recibir el reino de Dios a través del perdón de pecados.  Todavía hay tiempo.  Pero cuando Jesús vuelva, no habrá más tiempo.  Todos los pecadores serán castigados, y Dios detendrá todo el mal, para siempre.  Por eso, lo que dice Jesús a los Apóstoles, también dice a todos nosotros, Velad.  Estad alerta.

     Muy bien, tenemos un consejo directamente de Jesús.  ¿Pero exactamente qué quiere decir este mandato: “Velad, estad alerta?”

     Las instrucciones de Jesús, que seamos preparados para su vuelta son: Mirad, velad y orad.  Bueno, creo que entendemos como orar.  Si no, vamos a practicar en unos momentos.  ¿Pero qué quiere decir el Señor cuando dice: “Mirad y velad?”  ¿Qué acciones debería ser visible en nuestra vida cotidiana?

     Cuando nuestro Señor ascendió a los cielos, como leemos en el libro de Hechos, capítulo 1, los Apóstoles quedaron en el Monte de Olivos, mirando fijamente al cielo dónde una nube le había recibido a Jesús y le ocultó de sus ojos.  Pero, mientras los discípulos estaba mirando al cielo, dos hombres en vestiduras blancas les aparecieron y les preguntaron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo.  Entonces regresaron los Apóstoles a Jerusalén. 

     Se puede decir que los Apóstoles estaban mirando y velando, como les instruyó Jesús.  Pero, los dos mensajeros del cielo les corrigieron, enviándolos a Jerusalén, enviándolos a su tarea en el mundo.  De San Lucas capítulo 24, sabemos qué, justo antes de su Ascensión, Jesús también les había dado la instrucción a regresar a Jerusalén  para esperar el don del Espíritu Santo, que sería su señal para empezar la evangelización del mundo.  Los mensajeros en vestidura blanca no estaban equivocados.  Los Apóstoles no tenían un mandato a mirar al cielo.  Entonces el mandato “Mirad y velad,” que Jesús dio en relación con su vuelta, debe tener otro significado.

     Jesús no quiere que los cristianos pasan los días literalmente mirando al cielo, velando para ver su vuelta.  Es natural que los creyentes tienen curiosidad sobre su regreso y la venida del reino nuevo.  De verdad, entre la Resurrección y la Ascensión, los Apóstoles preguntaron a Jesús sobre la venida de su reino.  “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?”  Y Él les dijo: “No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad, pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.” 

     Entonces, debemos mirar y velar para el fin, pero no debemos intentar saber la fecha, ni tampoco debemos dejar de la vida cotidiana para pasar nuestro tiempo mirando al cielo, esperando su venida.  Pero todavía tenemos este mandato, no solo a los Apóstoles, pero a todos vosotros: Velad.  Estad alerta. ¿Qué quiere decir Jesús con este mandato? 

     Voy a empezar mi respuesta con otra pregunta: Confesamos que tenemos comunión con Cristo hoy.  ¿Cómo experimentamos esta comunión? ¿Cómo “vemos” a Jesús hoy?  ¿Cómo experimentamos la presencia de Dios en el siglo 21?  Bueno, es muy común hoy que los cristianos refieren a las emociones como prueba de la presencia de Dios.  Se dice frases como: Puedo sentir al Espíritu… o Puedo sentir a Jesús en mi corazón.  También es natural pensar que donde haya mucha gente y actividad religiosa, allí esté Dios.  ¿Pero, que es la verdad? 

     Claramente, hay muchas emociones en la vida cristiana, y todos queremos ver la Iglesia crece.  Pero hay muy pocas referencias bíblicas que nos apuntan a las emociones o a las apariencias como pruebas de la presencia de Dios.  De verdad, es al revés.  Hay muchísimas promesas en la Biblia, pero estas no nos apuntan a dentro de nuestro ser, ni tampoco a lo que podemos ver. 

     Sino más bien, nos apuntan afuera, a la Palabra de Dios que recibimos por los oídos, y que crea la fe salvadora en nosotros.  Como dice San Pablo, Andamos no por la vista, pero por la fe.  O como Jesús dijo a Tomás en el octavo día de la Resurrección: ¿Por qué me has visto has creído? Bienaventurados los que no vieron y sin embargo creyeron. Y además en Romanos capítulo 10 oímos: Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo. 


     A veces en la historia del mundo, Dios quiso comunicar con su pueblo directamente, cara a cara, y en el Último Día, todos nosotros le veremos a Dios cara a cara.  Pero normalmente, desde la Creación hasta hoy, Dios está comunicando con nosotros, y de verdad está con nosotros, por medio de su Palabra.  Dios eligió a profetas, Apóstoles y pastores para proclamar su Palabra públicamente.  Dios causó que su Palabra fue grabado, escrito, en el libro que llamamos la Biblia.  Y Dios está metiendo su Palabra en los oídos de más y más gente cada día a través de la confesión de los miembros de su Iglesia, confesando Cristo en su vida cotidiana.

     Y precisamente cuando estamos oyendo la Palabra, cuando estamos meditando y orando y compartiendo la Palabra, entonces somos mirando y velando para el retorno de Cristo.  Porque hay solamente una cosa que nos prepara para el fin de días, y esto es una fe viviente en Cristo, nuestro Salvador, crucificado y resucitado.  Y la fe viene por oír la Palabra de Cristo, las buenas noticias que Él ha quitado todo el pecado del mundo, y ha derramado su preciosa sangre para ganar perdón y salvación para todos.        

     Pero espera, ¡hay más!  Cuando estamos escuchando y meditando en la Palabra habitualmente, Dios nos ayuda también con las dudas y los miedos que nos molestan cuando pensamos en el Fin, o en los peligros y males de la vida.  El mensaje de la Biblia nos hace libre del miedo.  ¿Como?  A través de las promesas, y  por el poder del Espíritu.  Podemos afrontar los peligros y las amenazas del mundo de hoy, no porque somos tan fuertes o tan valientes, pero porque somos tan perdonados, y tan bendecidos. 
     No quiero decir que los cristianos nunca deben sentir miedo.  No, pero cuando estamos viviendo continuamente en y con la Palabra de Dios, Dios va a recordarnos que nadie nos puede arrebatar de sus manos. Porque las manos de Dios son las manos de Cristo, y sus manos son todavía marcados con cicatrices.  Las manos de Jesús llevan para siempre las marcas de los clavos, que proclaman que Cristo te ha redimido y elegido, para siempre.

     Por la Palabra, por las cicatrices lleno de amor que la Palabra nos muestra, ahora podemos vivir en la libertad, la libertad de eternidad, que es nuestro, en Jesús.  Podemos vivir en el amor, compartiendo con nuestros vecinos el amor de Jesús, que hemos recibido, y que nunca se agota, porque es el amor del eterno y todopoderoso Dios.  Y aunque la muerte y la violencia y la enfermedad y el Fin nos dan miedo, podemos buscar más allá de todos estos males con esperanza y confianza. 

     Podemos mirar y velar al retorno de Cristo con expectación y alegría, porque nuestro día más importante ya ha pasado, hace 2,000 años, en una cruz afuera de Jerusalén.  Por nuestro bautismo hemos pasado por el último Día de Cristo, cuando Él detuvo todo el mal, recibiendo en su propio cuerpo todo el castigo merecido por nosotros.  Ahora, vivimos ya en la eternidad, por el poder de su resurrección, y por nuestra fe en Él. Cuando recibimos la Santa Cena, recibimos hoy en día la presencia corporal de su sangre y cuerpo, por cual Dios nos entrega perdón y fuerza para vivir.  No tened miedo ni tampoco duda, el Señor esté con vosotros.

     Por todo esto, sabemos que cuando Cristo venga visiblemente, vendrá para bendecirnos.  Su cara va a tener una sonrisa para todos los creyentes que anticipan con gozo su vuelta.  Y por eso oramos, con todos los fieles de cada tiempo y sitio, Amén, ven Señor Jesús, Amén.