Sunday, September 3, 2017

Jesús Lo Hace Todo

Jesús Lo Hace Todo
Marcos 7:31 - 37

     Hay un dicho norteamericano, tal vez hay uno parecido en España; va como esto: “Si quieres que un trabajo sea hecho correcto, tienes que hacerlo tú mismo.”  Es una idea popular y común.  Desde luego, no es verdad.  Nadie es competente para hacer cada y cualquier trabajo.  Compartir, y delegar, y buscar a la persona con la aptitud y el tiempo para una tarea, estos constituyen el modo de trabajar con éxito.

     Quizás un padre, hablando en relación del trabajo de sus niños, puede decir este dicho con veracidad, pero solo hasta que sus niños crezcan a ser adolescentes, enseñando a su padre como usar su móvil. 

     Pero, hay uno que siempre puede decir este dicho.  Lo puede decir Dios. Para formar y sostener a su Iglesia, Jesús tiene que hacer todo. Nos puede extrañar, la idea de que el Dios todopoderoso, ubicado en toda la gloria, el Santo, Santo, Santo Señor, tiene que descender tan profundamente para lograr su meta de tener un pueblo santo.  Pero así es.

     Así también con el hombre sordo y tartamudo a quien Jesús sanó en nuestro Evangelio de hoy.  Jesús tenía que hacer todo, incluso hasta el punto de involucrarse en maneras que nos podría parecer desagradable, o aun repugnante. 

     Siempre lo odiaba cuando mi madre, justo antes de que llegáramos a visitar a la casa de unos amigos, escupía en un pañuelo de papel y se giró por atrás en el coche para limpiar mi cara.  Desagradable y ofensiva, en mi opinión. 

     Pero el mismo Señor Jesús no tiene reparos en meter sus dedos en los oídos de este sordo, escupiendo y tocando su lengua. El texto no dice exactamente, pero parece que Jesús escupió en sus dedos, y luego tocó la lengua del hombre.  Efata, dijo Jesús, sé abierto, mientras gimiendo y llamando al cielo.  Efata.  La palabra y las acciones juntas hacen el milagro. Nuestro Señor lo hace todo, todo lo que sea necesario, no importa la vergüenza, para desbloquear los oídos de este hombre y darle una lengua capaz de hablar correctamente. 

     Esto es el punto principal que debemos aprender. En relación con las preocupaciones de Dios, tú y yo no podemos hacer nada por nuestra cuenta. Somos espiritualmente débiles. Nuestros oídos están llenos y tapados con las mentiras de Satanás y del mundo.  Nuestra lengua está ocupada  con los pensamientos de autobombo que hoy amamos proclamar sobre nosotros mismos por las redes sociales. La autoestima es el eslogan favorito de la psicología pop, pero es totalmente inapropiada para los seguidores de Jesús que saben que nadie es bueno, sino sólo Dios.

     No somos buenos.  No hacemos las cosas bien. Bueno, es verdad que podemos ser buenos vecinos terrenales, e incluso podemos ser capaces de hacer algunas cosas de gran valor terrenal, como cocinar una comida, cuidar a un niño, o hacer un trabajo como cambiar un neumático para una persona varada en la carretera. Las noticias nos cuentan de héroes en Barcelona y en Houston, ayudando a aquellos que fueron heridos por los yihadistas y rescatando a personas amenazabas por la inundación causada por Huracán Harvey.  En medio de estas tragedias encontramos un poco de esperanza.

     Demos gracias a Dios por las buenas obras en Barcelona y Houston.  Muy bien.  Pero la fecha de caducidad de estas obras es muy pronto, especialmente en comparación con la eternidad.  Desgraciadamente, no podemos hacer nada de valor celestial y eternal, no por nuestros propios poderes. 

     No podríamos salvarnos a nosotros mismos si todo lo que se necesitaba era solo un pensamiento 100% puro, porque somos pecadores, desde el centro de nuestro ser.  Nuestra condición infecta cada cosa que hacemos.  Cuando se trata del Reino de los Cielos, si Dios quiere que el trabajo sea hecho correcto, Él tiene que hacerlo su mismo. 

     Por eso la multitud estaba tan asombrada del milagro de Efata, de las orejas abiertas y de la lengua desatada. Jesús hizo algo muy bueno, un hecho claramente celestial y divino. Por lo tanto las multitudes exclamaba: Él ha hecho todas las cosas bien. 

     Las palabras griegas para "bien" y “bueno” son “kalon” y “kalos.”  En hebreo es “tov,” la misma palabra que Jesús, junto con su Padre y el Espíritu, vio en la primera luz, y en las primeras tierras y mares separados, en las plantas y las aves y las criaturas marinas y los animales.  Dios creó estas cosas, y vio que eran buenas. “Tov” en hebreo. “Kalos” en griego. Dios hizo bien, y luego sonrió para ver su mejor creación, que era muy buena.  Así era la estimación de Dios cuando el hombre y la mujer fueron añadidos a la obra creativa.

     Jesús, al restaurar un fragmento de la creación en los oídos y la lengua de este hombre sordo y tartamudo, hizo de nuevo el bien. Algo nuevo estaba entrando en este mundo caído, por lo que las multitudes estaban asombradas.  Sabían que ningún hombre normal podía hacer todas las cosas bien.

     Pero Jesús podía hacerlo. Y Jesús puede. Jesús lo ha hecho y Él todavía lo hace. Jesús lo hace todo, y todo lo hace bien. Esta es la importancia de la Encarnación, cuando el Hijo de Dios se convirtió en ser también un ser humano, convirtiéndose en el único hombre perfectamente y eternamente bueno, llegando a vivir la vida llena de buenas obras, para la cual Dios nos creó.  Esa obra buena está ya hecha en Jesús.  Es terminada. Y es buena.

     ¿Qué fue la obra de Cristo?  Fue más que sanar a algunos pobres, más que alimentar a la muchedumbre o enseñar correctamente la Ley de Dios.  Jesús es el único hombre sin pecado. No obstante, vino para dar el pago por el pecado.  Vino para enfrentarse a la ira de Dios contra todo pecado humano, muriendo la muerte eterna que merecemos, todo esto empacado en unas horribles horas de un viernes que Jesús pasó colgado en una Cruz. Ese trabajo está hecho.  Terminado. Y es bueno.

     Pero espera, hay más.  Jesús no dejó de trabajar en la Resurrección, ni siquiera después de su Ascensión, cuando se sentó a la diestra de Dios. Jesús todavía lo está haciendo todo, ahora invisiblemente, a través del poder de su Palabra.

     La intimidad, la desagradable terrenidad de este milagro de Efata es, en parte, por qué la Iglesia siempre lo ha asociado con el Bautismo, que es también muy terrenal.  En tu bautismo, que parece nada más que un poco de agua y algunas palabras, Cristo te unió a su Cruz, a su muerte y a su nueva vida.

     Ahogarse es aún más desagradable a considerar que alguien toque tu lengua, pero esto es exactamente lo que Dios te ha hecho en las aguas del Santo Bautismo.  Ahogó a tu naturaleza pecaminosa, tu Viejo Adán, para que un Hombre Nuevo, una nueva criatura, un hijo redimido de Dios, podría surgir y resucitar para vivir en justicia y pureza ante Dios, para siempre. El bautismo, aún más que la curación de este sordomudo, es un milagro personal, incómodo, y muy bueno.


     Por supuesto, otra conexión entre el Bautismo y el milagro de Efata es el desbloqueo de los oídos y el desatamiento de la lengua. Dios también hace esta obra en el Bautismo, usando su Palabra de Promesa para crear fe, fe que nos hace vivos, porque recibimos la Fe Viviente, Jesucristo.  La fe nuestra, entonces, proclama naturalmente las alabanzas de nuestro Salvador.

     Normalmente la gente no se queda asombrada por un bautismo, pero deberíamos maravillar. Yo digo que los milagros de Jesús hoy son aún más impresionantes que los de los tiempos bíblicos. Hoy en día, en su Iglesia, Jesús combina, en uno, un misterio y un maravilloso privilegio. Aunque nuestro Señor no aparece visiblemente en los Bautismos, ni en la Cena del Señor, Él está verdaderamente presente. ¡Qué privilegio!  Y misterio de misterios, Él escoge trabajar su bien a través de las palabras y acciones de pecadores. Como yo. Como el Pastor Adam y el Pastor Juan Carlos. Y, como Dios te mueve a hablar su nombre y ofrecer su misericordia en tu vida cotidiana, Jesús también habla y hace el bien a través de ti. 

     Hoy, aunque por nuestra cuenta, somos incapaces de hacer algo verdaderamente bueno según el estándar de la eternidad, Dios elige realizar su mayor bien, recreando el mundo caído, a través de nuestras palabras. Es decir, a través de las palabras que el Espíritu de Cristo pone en nuestras bocas, Jesús lo hace todo.

     Tendemos a ponernos nerviosos cuando empezamos a pensar en hacer cosas en la Iglesia, o hacer cosas en la causa del Evangelio. Pero en la siguiente verdad podemos relajarnos un poco: si el trabajo es realmente bueno e importante, no tenemos que lograrlo. Jesús hará lo que haya que hacer. Tendremos cosas que hacer, sí, pero los resultados están en las manos de Jesús.

     Es algo así como nuestro canto en la Iglesia. Tratamos de cantar bien. Debido a quien, y de lo que estamos cantando, debido al mensaje evangélico que nos es dado para cantar, tratamos de cantar bien. Porque el pueblo de Dios está reunido aquí en su Nombre, Jesús está aquí. Por esta razón también, tratamos de cantar bien. 


     Es importante. No tratar de cantar bien estaría mal. Realmente queremos cantar bien, es divertido. Pero el valor de nuestro canto, para enseñar y elevar y consolar, no depende de nuestra calidad musical, sino más bien del Espíritu de Cristo, que trabaja a través de las palabras que cantamos.  Dios lo hace, ya sea que sonamos como una alondra, o más como un viejo cuervo.

     De manera similar, yo, como todo pastor, tengo un llamado a predicar bien, verdaderamente, fielmente, y de una manera que podáis oír. Y quiero hacer esto. Pero la creación de corazones fieles y alegres depende de Dios. 

     Cristo es el que supera las debilidades y fallos de todo hombre llamado a predicar. Él es el Buen Pastor, el Predicador a quién la Iglesia escucha, para recibir todos sus dones.

     Dios hará todas las cosas bien, con respecto también a tu papel en la Iglesia. Tal vez sólo puedes orar, o dar sólo un poco de dinero o tiempo. O tal vez puedes contribuir una cantidad significativa de dinero, y gastar muchas horas en el servicio de la Iglesia.   No es importante la cantidad de tu trabajo y ofrenda.  Lo que es importante es que enfoques en Cristo y lo que Él ha hecho para ti.  Porque, cuando estás lleno del regalo de perdón y vida nueva, entonces todo lo que hagas será perfecto, porque Jesús lo hará. 

     Tus obras aún no serán perfectas en el sentido de que no pecarás ni harás errores. Jesús tendrá que venir a nosotros de nuevo, y otra vez, para desatascar nuestros oídos y abrir nuestros corazones con su Palabra de Ley y Evangelio. El feliz estado de estar sin pecado y sin fallos, sin necesidad de ser corregidos por la Ley, el Día en que no necesitamos más perdón, ese Día no vendrá hasta que la Nueva Creación esté revelada.  Hasta entonces, necesitamos pedir la misericordia y confesar diariamente nuestros pecados y escuchar la palabra de perdón, hasta la muerte, o hasta que vemos a Jesús montado en las nubes, flanqueado por la hueste celestial, introduciendo los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra.

     Sin embargo, ahora mismo, por la fe en Jesús, tus obras son perfectas, porque estás atrapado en la Misión de Jesús, y Él hace todas las cosas bien. Él hizo, hace y hará todo bien, todo lo necesario, para llevarte a su Reino Celestial, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.


Wednesday, July 26, 2017

Libro de Odio y Amor, Muerte, y Vida

Libro de Odio y Amor, Muerte, y Vida

     Una pregunta:  ¿Odias el Catecismo? 

     Siempre hay enlaces entre las lecturas de un domingo en el calendario litúrgico y el Catecismo de Lutero.  Pero hoy, con los Diez Mandamientos desde Éxodo 20, el discurso de San Pablo sobre el Bautismo en Romanos 6, y las enseñanzas de Jesús en Mateo 5 sobre el entendimiento correcto de la Ley, los vínculos con el Catecismo son más que obvios.  

     Nuestras lecturas de hoy van bien con mis actividades recientes.  El fin de semana pasada, hablé por 3 o 4 horas sobre el Catecismo con una familia peruana que ha sido asistiendo al culto con la congregación Emanuel en Madrid.  Ayer hablaba con Seba y JuanMi, para probar su entendimiento del Catecismo Menor, para que Antonio y yo podamos planificar los próximos pasos en su enseñanza.  Es normal que yo esté ocupado con el Catecismo; es una herramienta básica de un pastor luterano, porque el Catecismo viene de las Escrituras, la fuente de toda enseñanza en la Iglesia.  El Catecismo tiene su valor en que nos ofrece un resumen fiel de las doctrinas fundamentales de Cristo. 

     Me encanta conversar y estudiar la Palabra de Cristo a través del Catecismo.  Excepto cuando lo odio. 

     Siempre nuestra relación con el Catecismo es una de amor y odio.  Y no es simplemente porque a veces los pastores y catequistas no presentan el material en un modo perfectamente dinámico e interesante, aunque a veces sí, esto puede ser un problema.  Los maestros deberían hacer su trabajo bien, y los alumnos deberían tener paciencia, y buscar más allá de lo superficial, recordando que estudiar el Catecismo es algo importantísimo.  Pero, aun cuando la presentación del Catecismo es fenomenal, pedagógicamente, todavía vayamos a tener una relación de amor y odio con él.  O mejor, por la gracia de Dios, tendremos una relación de odio, y entonces amor. 

     La razón está dentro del texto de los Diez Mandamientos:  Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 

     El Señor nos habla de dos opciones, el camino del aborrecimiento, u odio, y el camino del amor.  A nosotros, los días son siempre una mezcla de odio y amor:  Yo odio despertarme por la mañana, pero siempre me ha gustado mucho ver a mis amigos, sea en el trabajo, o en el mercado, en el cole, o en la universidad.  Por eso salgo de la cama.  Odio fregar los platos, pero me encanta comer una comida buena, así entonces acepto el mal con el bien.  Pero Dios no quiere mezclar odio y amor.  Él dice, “O me amas, o me odias, y volveré lo mismo a ti.” 

     Pues, a Dios amemos, hermanos, para vivir.  Sin problema, ¿no?  Excepto que Dios ata el amor a Él con el cumplimiento de sus mandamientos.  Hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.  Ahora vemos el problema.  Puedo concordar en el valor y la justicia de los mandamientos.  En mis mejores momentos, quiero seguir en su camino recto.  Pero no puedo cumplir los mandamientos, especialmente en el modo que Jesucristo nos demanda.  Porque el Hijo de Dios, enseñando a las multitudes en Galilea, hace muy clara que su estándar es uno de cumplimiento por afuera, en las acciones visibles, y por adentro, en la mente y el corazón. 

     Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 

    Según este estándar, soy asesino, todos los días.  ¿Y vosotros?  Cada vez que pensamos mal de nuestro esposo, de nuestros padres, hermanos, o de un vecino, según la ley, somos culpables de matar.  Si continuamos leyendo en Mateo 5, vamos a ver que Jesús hace lo mismo, subiendo el estándar de la ley, con todos los mandamientos. 

     Por ejemplo, el Señor dice:  Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.  28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…
    También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.  32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio…
   Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.  44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos…

     La Palabra de Cristo es demasiado para nosotros.  Por eso, es normal que, junto con el aprecio por la sabiduría, utilidad y hermosura del Catecismo, y de toda la Palabra de Dios, también sentimos miedo y malestar por estudiarlos.  La ley, es decir, los mandamientos, siempre nos acusan, porque siempre fracasamos en cumplirlos.  Moisés nos dio una lista de leyes que realmente no podemos guardar.  Jesús las eleva a un nivel que destruye cualquier esperanza que tuviéramos para ser justos por la obediencia. 

     Es natural que, enfrentando estos requisitos radicales, sentimos mal, y empezamos de odiar a esta Palabra.  Si me vas a matar, ¿cómo no te odiaré?  Yo odio a mi situación miserable, y temo que mi aborrecimiento podría llegar a ser dirigido al Señor mismo.  Me gustaría vivir, pero por mi pecado, que recibe poder desde la Ley, estoy destinado a morir. 

     La Ley de Dios es imposiblemente exigente.  Como dice Jesús, os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.  Entonces, por la ley, y por nuestra incapacidad de cumplirla, tenemos que morir.  No hay otra opción. 

    Pero ¡ánimo! ya habéis muerto.



     ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nuevaRecurrimos en fe a la obra de Jesucristo, quien murió y resucitó logrando el perdón y salvación de todo el mundo.

     A nadie le gusta la desesperación que nos viene cuando la Ley de Dios nos está amenazando.  ¿Pero sabes que a Dios tu situación es aún más inaceptable?  Eres su favorito, de todas las criaturas, y el Señor no acepta que seas perdido. 

     Nosotros pensamos de cómo podamos evitar la Ley y nuestra culpa.  Cristo Jesús no vino para evitar nada, más bien para cumplir su propia Ley y tragar nuestra culpa en su propio cuerpo.  Nuestro viejo hombre, es decir nuestra naturaleza pecaminosa, que nos hace incapaces de cumplir la ley, fue crucificado juntamente con JesúsÉl no estaba colgando en el madero cruel para sí mismo, porque nunca pecó.  No tenía ningún culpa.  Estaba en la Cruz en nuestro lugar, por nuestra culpa, y para nuestro bien. 

     Así, el cuerpo del pecado ha sido destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.  Dios nos ha salvado, no para vivir en pecado, sino para que vivamos como Cristo, como cristianos.  Y esto podemos hacer no de nuestra propia fuerza, pero únicamente a través de una conexión íntima a Él, a Cristo.  Porque solamente Cristo murió para los pecados del todo el mundo.  Solo Cristo ha resucitado para revelar la justicia de Dios, que es su regalo a los pecadores. 

     Esto es una Palabra salvadora, porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.  En Cristo, hemos sido declarado inocente, por Dios.  Si morimos con Cristo, y ya lo hemos hecho en nuestro Bautismo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él, ni de nosotros

     Porque, como es para Cristo, también es para los suyos.  Porque en cuanto Jesús murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.



     La meta de la fe es Cristo, es decir, la vida cristiana en este mundo caído no es el último, sino el penúltimo.  Los cristianos, porque somos vinculados al Crucificado, llevamos varias cruces en esta vida, por la buena voluntad de Dios.  Y la primera cruz de cada creedor bautizado es nuestro propio pecado, que todavía agarre a nosotros.  Cuanto más cerca a Cristo estamos, lo más sentimos nuestro pecado.  Porque ahora, en Cristo, tenemos un amor verdadero, aunque todavía imperfecto en nosotros, un amor para nuestros prójimos, y también para los mandamientos de Dios, que son justos y buenos.     

     Entonces, esta es la forma de la vida nueva:  un recorrido diario al bautismo, hecho por la Confesión y Absolución, que es la práctica del Bautismo, el ahogado diario del hombre viejo, para que el hombre nuevo, la nueva persona cristiana, pueda salir y resucitar, para vivir ante Dios en la justicia de Cristo Jesús.  

     Viviendo en arrepentimiento, a la misma vez nos regocijamos, porque la Ley ya ha sido cumplido, en Cristo Jesús, en su vida perfecta de amor a Dios y a sus prójimos, y en su muerte expiatoria, en nuestro lugar.  Consumado es, dijo Jesús desde la Cruz.  Es decir, la Ley de Dios es cumplido perfectamente, en Cristo, Dios hecho hombre.  Ahora, el Amor y la Vida de Dios son nuestros, revelados en su gloriosa resurrección. 

    Viviendo en Cristo, todo es diferente.  La vida cristiana es la vida de amor, la vida sin temor.  Es solo posible cuando practicamos el Bautismo, pero en este, es garantizada.  Como bien sabemos, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Pero, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.  1 Juan. 1:8-9

     Siempre dentro de nosotros existe la tendencia de evitar la Palabra, en la Biblia, y en el Catecismo.  Porque sí, siempre la Ley nos acusa.  No es cómodo de ninguna manera.  El mundo, evitando cualquier cosa desagradable, y también sirviendo las metas de Satanás, siempre nos dice que la Biblia está equivocada.  El mundo nos dice que, por si acaso hay un Dios, seguramente no sea tan exigente. 

     Pero ya sabemos esta prédica es mentira, porque en Cristo vemos que la Ley de Dios es bueno y nos sirve.  Además, sabemos que siempre vale la pena de oír y estudiar y orar y meditar sobre la Palabra, porque, junto con la Ley que nos acusa, presente en la Palabra está Cristo mismo, listo para rescatarnos, una y otra vez.  

     ¿Necesitas más fuerza para la vida cristiana?  Jesús ya lo sabe.  Por esta causa, nos dio la Santa Cena también.  O mejor decir, por esta causa Cristo nos da la Cena, hoy, la Cena en que Él es anfitrión, y también en que nos ofrece su propio cuerpo y sangre, para perdonarnos y darnos fuerza, hasta que nos otorgue liberación, paz y salud perfectas.  Esto es la meta que ya podemos ver en Cristo, crucificado, resucitado y ascendido a los cielos:  Liberación final y perfecta del pecado y la culpa y el odio; la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento; y la salud perfecta y eterna, viviendo en su santa y amorosa presencia, por los siglos de los siglos, Amén.   




Wednesday, July 19, 2017

Encuentros con Dios

Quinto Domingo después de Trinidad
Encuentros con Dios 
1 Reyes 19:11-21, 1 Corintios 1:18-25, Lucas 5:1-11

     Es normal que Dios nos viene a través de medios.  En el principio, Adán aprendió de su necesidad de una mujer, una ayuda idónea, su compañera de vida, a través de hacer su tarea, recibida del Señor, de nombrar a todos los animales. 

     Dios les ofreció al hombre y la mujer que coman para la vida eterna desde el Árbol de Vida. 

     Dios probó su fe a través de su restricción sobre el comer del fruto del Árbol del Entendimiento del Bien y del Mal. 

     Después de la Caída en Pecado, aún más Dios tenía que venirnos y comunicar con nosotros por medios, puesto que ya era peligroso para nosotros pecadores estar en la presencia del Dios Santísimo, porque su esencia justa y santa destruye y echa aparte a toda cosa pecaminosa.  Así que, desde una zarza ardiente, en una nube, en una columna de fuego, y, más que todo, por su Palabra, procedente de la boca de sus profetas, el Señor se encontraba y comunicaba y bendecía a su Pueblo.   

     Elías fue uno de estos profetas de Dios, uno de los mayores.  Fue un hombre de fe, y acción, un hombre de la Palabra, un predicador y hacedor de milagros en el Nombre del Señor, un hombre a quién vino personalmente y con frecuencia la Palabra de Dios.   

     Pero en nuestra lectura del Antiguo Testamento de hoy, Dios viene a Elías por un modo especial.  Parece que esto fue por causa de los sufrimientos y persecuciones que había sufrido Elías.  La causa del Señor y su Pueblo parecía derrotada:  profetas asesinados, altares derribados, ídolos adorados por la gran mayoría de la gente.  Justo antes de nuestra lectura, en desesperación, Elías pidió al Señor que se deje morir.  El Señor no lo quiso.  Dios tenía todavía algunas tareas pendientes para su profeta valiente.  Lo animó, lo alimentó, y lo envió de nuevo en camino, hasta que Elías vino a la cueva en el monte de Horeb, donde le encontramos hoy.   

     Y el Señor le dijo (a Elías): Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva.

     No se presentó Dios a Elías en el modo que esperaríamos: no estaba en el viento fuerte, ni en el terremoto, ni en el fuego.  Más bien Dios vino en un silbo apacible y delicado, en un susurro, una voz pequeña y pacífica.  Qué sorpresa. 


     No nos debería sorprender, porque el Señor siempre ha querido relacionarse con nosotros por medios creados, a través de cosas terrenales, y muchas veces inesperadas.  Pero siempre el Señor nos busca, para bendecirnos. 

     Como Él hizo con Elías.  El profeta fue agotado, y podemos percibir dudas en su corazón sobre el futuro de la misión de Dios.  No obstante, a pesar de sus dudas, el Señor amó a Elías y le dio una audiencia especial, y además, una promesa, dicha en esta voz pequeña: Mi Palabra y mi Misión no van a fallar.  Entiendo que estás cansado Elías, y la situación actual parece fatal.  Pero ¡ánimo!  Todavía estoy guardando en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron. Le dio a Elías instrucciones específicas, para ungir a nuevos reyes, y a un nuevo profeta, Eliseo, para encargarle con las responsabilidades de Elías.  La Misión de Dios no puede fallar; el Pueblo de Dios siempre será.  Dios mismo lo jura, y nunca fallará en sus propósitos.  Desde una voz pequeña, una promesa grande y consolador. 

     En el evangelio, de San Lucas 5, vemos algo diferente, un encuentro muy agradable.  Vemos que la multitud está buscando oír la Palabra de Dios.  Y la ha encontrado, en la persona de Jesús de Nazaret.  El gentío agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. 

     Que pudiéramos ver algo parecido hoy en día.  Ahora las multitudes buscan cualquier otra palabra, excepto la de Dios.  ¿Por qué la diferencia, entre el siglo primero y hoy? 

     Bueno, hoy, la vida para muchos es bastante fácil, controlada.  La tecnología y la economía moderna dan a nosotros un nivel de vida que hubiera sido incomprensible durante la mayoría de la historia.  Con estómagos llenos y cuerpos cómodos, no pensamos tanto en Dios y la eternidad.  Después de todo, según muchos de los científicos, los sabios que nos proveen la tecnología que mejora el mundo de hoy, Dios y la eternidad no existen.  Al menos, ellos piensan así.  Dios tiene otra opinión.  Y lo insensato de Dios es más fuerte que los hombres.

     Seguramente, la condición de vida en Israel en el primer siglo fue mucho peor materialmente, una realidad que siempre causa que el ser humano considere a los temas espirituales.  También hay una diferencia en la realidad de la cultura del Israel antigua, una cultura bien basada en la Palabra de Dios, escrito por Moisés, y en los Salmos y los Profetas.  Jesús interpretaba con autoridad la existente palabra de Dios, y declaró que todas las profecías estaban llegando a su cumplimiento, en Él.  Por el amor y el entendimiento de la Palabra de Dios, la gente de aquel entonces estaba lista para escuchar a Jesús, hasta agolparse sobre Él para oírla.      

     Además, junto con predicar el cumplimiento de las promesas de la Palabra de Dios, este Jesús estaba también mejorando las vidas cotidianas de sus oidores, sanando enfermedades, dando de comer, haciendo milagros. 

    Hay lecciones para nosotros en esto.  No sé si alguien de nosotros tenga poderes milagrosos, pero tenemos la capacidad de ayudar a personas.  Igualmente, no sé si vayamos a tener éxito en inculcar un amor para la Biblia en la población general en España.  Ojalá que sí.  Pero tenemos oportunidades menos difíciles, oportunidades de compartir la palabra que son posibles dentro de nuestro alcanzo y capacidad. 

    Estamos aquí hoy, congregado en torno a la Palabra.  Muy bien.  Siempre podemos invitar a asistir a amigos y vecinos.  También pudiéramos oír la Palabra en casa.  Memorizar versículos claves, y así llevarlos por adentro.  Compartir la Palabra con nuestros hijos y nietos.  Expandir las oportunidades de reunirse alrededor la Palabra de Cristo puramente proclamada, por el ministerio de la Iglesia Luterana, nuestra iglesia aquí en España.  Podemos animar los unos a los otros que no dejemos de congregarnos, que es una tendencia latente en cada cristiano todavía viviendo en este mundo.


     No es dentro de nuestro control el resultado de nuestros esfuerzos de promulgar la Palabra de Dios; esto pertenece al Espíritu Santo.  Pero sí, sabemos que difundir la Palabra es tarea buena, un privilegio de todos los miembros de la Iglesia, y una actividad que nos sirve igualmente.  Mientras proclamamos la Palabra al mundo, nuestros esfuerzos en la misión de Dios resultarán que nos profundicemos en el Evangelio, fortaleciendo nuestra fe y enriqueciendo nuestras vidas.

     Finalmente, volvamos al lado del lago de Genesaret, y consideremos otro encuentro, el muy especial, entre Simón Pedro y Dios.  Por la captura enorme de peces que habían realizado Pedro y sus compañeros, se dio cuenta que Jesús fue divino.

     Es fácil decir que Pedro no debía haber tenido miedo, porque Jesús es bueno, el Amor de Dios hecho carne.  Y es verdad, Dios, y solamente Dios, es bueno en sí mismo.  Pero esto no quiere decir que la reacción de Pedro fue incorrecta.  No, fue completamente correcta.  Elías cubrió su cara al encontrar la presencia de Dios en un susurro.  Moisés tuvo que quitar sus sandalias ante la zarza ardiente, y se postró con la cara en el suelo.  Al ver el Señor en una visión, Isaías declaró:  Ay de mí, estoy perdido, porque soy pecador, y estoy en la presencia del Altísimo.  Siguiendo esta tradición santa, Pedro, cuando de repente supo que había estado en la presencia de Dios durante un largo rato, dijo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.



      Pedro dio la respuesta de un pecador arrepentido, una vez consciente que esté en la presencia de Dios. 

    Y nuestro Dios, encarnado en Jesús de Nazaret, dio la repuesta del Dios quién nunca va a dejar que su misión fracase:  No temas; desde ahora serás pescador de hombres.

     En el hecho y en el momento que Simón Pedro consideró que fue indigno, y lo confesó, él fue convertido por Jesús en un ser digno, por la gracia de Dios, obrando por la Palabra de Paz:  No temas; desde ahora serás pescador de hombres.  Es como dijo el profeta Miqueas, ¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebeldía del remanente de su heredad? No persistirá en su ira para siempre, porque se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, hollará nuestras iniquidades. Sí, arrojarás a las profundidades del mar todos nuestros pecados.  (Miqueas 7:18-19)

     No hay un dios como el Señor Dios.   Otros dioses, los falsos, los ídolos, siempre quieren encontrar justicia dentro de las personas, requiriendo que produzcamos nuestra propia santidad.  Pero nuestro Dios trae la justicia, su propia justicia, para dárnosla, y por eso hacernos santos.  Desde mucho antes de su conversación en susurro con Elías, Dios había sido preparando la entrega de su justicia y gracia a nosotros. 

     Este mismo Simón Pedro, pescador, iba a cambiar de carreras, para pescar a pecadores.  Su cebo sería, otra vez y como siempre, la Palabra de Dios, específicamente el Evangelio de la muerte y resurrección de Cristo para el perdón de los pecados. 

    Somos beneficiarios y participantes en esta misma misión de Dios.  Aquí, hoy en día, el Señor nos encuentra y nos comunica a través de los medios elegidos de Él:  todavía la Palabra, y también la Cena misteriosa, donde recibimos perdón, vida y salvación, entregado a nosotros por el pan y el vino, cambiado por el Espíritu en ser también el cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo. 

     Por eso, aunque últimamente la situación de la Iglesia de Cristo nos parece muy mal, y aunque quizás tu propia fe te parece débil, no temas.  No pierdas la esperanza porque tu consciencia tiene fuerte lucha con tus pecados.  Cuanto más sientas deshonra por tu pecado, siempre que lo confiesas y deseas la salida de tu pecado, cuanto más rápido el Señor Dios imparta su gracia a ti, junto con la fuerza de seguir a Él.  Por eso Dios nos ha congregado aquí.  Y Él va con nosotros después, para realizar todas sus promesas a ti, y a todo el mundo,

En el Nombre de Jesús, Amén.    


Monday, July 10, 2017

La Piedad Que Es Dios

Cuarto Domingo después de Trinidad, 9 de julio, A+D 2017
La Piedad que es Dios

   Cuando empecé de estudiar nuestros textos de hoy, el Gradual de la semana pasada, de Primer Timoteo 3:16, empezó de sonar en mis oídos:  E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: El fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.

    Es un texto que claramente habla de Jesucristo y su misión salvadora.  Pero a mí, con inglés como primera lengua, suena extraño, por causa de la palabra “piedad.”  El mismo versículo en inglés dice “grande es el misterio de “godliness,” es decir, la característica de ser como Dios.  En inglés Dios es “God,”, como es  “like”, y el sufijo “ness,” en inglés es como el sufijo “dad” en castellano.  Entonces, “God-like-ness,” o “godliness.” 

    Tenemos otra palabra en inglés que es igual a “piedad”, pero es poco en uso hoy.  Esta palabra es “piety.” “Piedad” y “piety” son derivadas de la misma raíz latina.  También en inglés tenemos “pity” que significa misericordia o compasión.  Pero para la palabra en griego que estamos traduciendo, normalmente en inglés usamos la palabra “godliness” que indica una persona o una acción que es apropiada a Dios mismo.  Algo que es “como Dios, propio de su naturaleza.”  En castellano, en la Reina Valera y también en la Biblia de las Américas, la misma palabra griega es siempre traducida con “piedad.”

     Entonces, ser como Dios, o llevar una característica de Dios, es uno de los significados de “piedad.”  Pero no creo que sea el significado que venga a mente primero.  No, cuando oímos “piedad” creo que pensemos en misericordia o clemencia o compasión.  Y es correcto hacerlo.  Pero también es correcto pensar en las características de Dios, que también, en nuestros mejores momentos, por la obra del Espíritu en nosotros, sean reflejadas en sus fieles, en su pueblo.  Entonces San Pablo habla mucha de la importancia de que los cristianos viven en piedad, con que el Apóstol quiere decir vivir en un modo apropiado a un hijo o una hija de Dios.  

     Todo esto vino a mente para mí, porque este doble sentido de la palabra “piedad” nos da la interpretación fundamental de nuestras lecturas hoy.  

     En su Palabra de hoy, Dios no está dándonos otra ley, más mandatmientos para obedecer.  Más bien, la Palabra simplemente nos invita ser quien somos: hijos de Dios, miembros de su Pueblo, su Iglesia.  

Entonces, Jesús nos dice:     Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

Y San Pablo nos instruye: 
Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis… No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.  Esta instrucción viene del hecho que Dios ha vencido el mal con el bien, en Jesús.

Finalmente, en la lectura del Antiguo Testamento, José responde a la idea que, después de la muerte de su padre Jacob, él iba a incumplir el perdón que antes había anunciado a sus hermanos.  José los explica que su voluntad es sometida a la voluntad de Dios:  Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 

   Considerando todo esto, sí, es indiscutible, el misterio de la piedad es grande.   Parece que, en cualquier situación, el cristiano debería perdonar, hacer bien, bendecir, no importa la circunstancia.  Señor, ten piedad de nosotros. 

   Pero, mas que todo, hoy el Espíritu de Jesús nos está enseñando sobre el carácter de Dios, que es ser misericordioso, bondadoso, llena de piedad.  Entonces, es bueno que el castellano lleva un doble sentido para la palabra “piedad.”  Porque necesitamos recordar esta verdad sobre Dios.  Es imprescindible que sabemos en el corazón que Dios es misericordioso, lleno de piedad.  Este entendimiento es más o menos equivalente con creer, con tener fe en Jesucristo, lo que es la clave de todo, porque la obra de Dios es creer en el que Él ha enviado. 

     Considerando todo esto, para mí es muy consolante, más que nunca, recitar el Kyrie.  Decir “Señor ten piedad, Señor, ten compasión y misericordia, de nosotros,” es nada más que pedir que Dios sea como es.  De verdad, Él no puede hacer otra cosa.  Porque Dios es piadoso, misericordioso, en su esencia.  ¿Que mejor noticia pudiéramos oír?  El misterio de la piedad es grande.     

     Ahora alguien va a preguntarme:  Muy bien, esta idea es muy dulce, muy atractivo.  Pero también hay una palabra muy dura y temerosa en nuestras lecturas:  Dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

     Alguien tiene razón.  Y no requiere mucha esfuerza encontrar otros versículos de la misma Biblia que nos parece describir un Dios que no sea tan lleno de bondad y piedad.  Incluso esta palabra fuerte de Jesús hoy, “hipócritas.” Nos recuerda de otros instantes en que el Señor la dijo, junto con amenazas de fuego e infierno eterno para todos los hipócritas.  Hay muchas palabras de piedad y compasión en la Biblia.  No obstante, hay también muchas palabras amenazadoras.  ¿Como podemos resolver la diferencia entre el Dios de piedad y el Dios de venganza?

     Nosotros no podemos resolver esta diferencia.  Por un lado, es imposible resolverla, porque no hay una diferencia.  Los dos, la piedad y la justicia, la misericordia y la venganza, ambos son de la esencia de Dios, son facetas diferentes del mismo diamante de la voluntad de Dios. 

     Pero, porque somos desde nuestro inicio pecadores, no podemos oír correctamente la voluntad de Dios, que es que amemos a Él con todo nuestro corazón, mente, y fuerza, y que amemos al prójimo como a nosotros mismos.  En esto, pecadores como tú y yo oímos requisitos imposibles.  Tememos amar al prójimo, porque sospechamos que el prójimo va a herirnos, hurtar algo de nosotros, hablar mal de nosotros, o defraudarnos en algo.  

     También pensamos lo mismo a cerca de Dios.  No queremos amar a Dios, porque sospechamos que Él está guardando algo de nosotros, que su promesa de bendecirnos en el mejor modo posible es, en algún modo, una mentira.  Rechazamos el amor de Dios, porque no tenemos fe que sea verdad. 

     Pero, el rechazo del amor de Dios es la elección de su venganza.  Porque finalmente, solo hay amor, solo hay piedad, solo hay vida en Dios.  Él es la fuente de todo bien.  En su piedad Él permite que amor, piedad y vida parciales e imperfectas existan en este mundo caído.  Pero al final, aparte de Él no hay amor, no hay piedad, es decir, solo hay venganza, la venganza de estar separado de Dios.

     La diferencia, el problema, está en nosotros, no en Dios.  Carecemos la fe que Dios es verdaderamente bondadoso, piadoso, y amoroso.  Queremos demostrar nuestras sospechas, y así justificarnos a nosotros mimos, pero es difícil juzgar al Todopoderoso.  Por eso, enfocamos en los blancos más accesibles, enfocamos en juzgar a los prójimos.  “Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo,” sin mirar la viga que está en el ojo nuestro.  

     Todos lo hacemos.  Quizás tenemos la capacidad de esconderlo.  Tal vez solo estamos pensando en juzgar a los prójimos, solo imaginamos que Dios no es verdaderamente piadoso, sin decir una palabra en voz alta.  Pero la hacemos.  Es verdad, somos hipócritas.  Aunque entendemos muy bien que necesitamos confiar en Dios y debemos amar al prójimo desde el corazón, siempre encontramos una lucha dentro de nosotros mismos. 

     Podemos verlo en el egoísmo de un niño de dos años, intentando manipular a sus padres, aunque ellos le dan todo.  Podemos verlo en las actitudes endurecidas entre familiares, los argumentos que siempre están justo abajo de la superficie de nuestras relaciones más cercanas.  Podemos verlo en el mundo, y dentro de la Iglesia.  Hay más que suficientes pruebas de que no podemos resolver el problema que está dentro de nosotros. 

   No podemos resolver nuestro problema, pero lo necesitamos resuelto.  Y por eso, indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Cristo Jesús, la Piedad de Dios hecho carne, guardó la venganza de Dios, para resolver nuestro problema.  Porque como está escrito:  Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. 

     La piedad de Dios, su misericordia, y su amor, están revelados y probados en esto:  Dios mismo, en la persona de Jesucristo, aceptó su propia venganza en la Cruz, pagando nuestra deuda, para que no tengamos que pagarla. 

     Es verdad que, sobre cada persona quien llegue al último día separado del amor de Dios revelado en Cristo, la venganza de Dios va a caer, una amenaza sin límite, inimaginable.  Aunque el perdón de Dios es infinito, solo es accesible en Jesús.  Como la Iglesia de Dios, tenemos la responsabilidad de anunciar la amenaza, aunque vamos a sufrir por hacerla.  Pero el fin, la meta de nuestra proclamación es la piedad, es la misericordia. 

     Amenazamos sobre el infierno y el problema de pecado para ganar la oportunidad de anunciar la resolución, que, en la Cruz de Cristo, la tensión entre piedad y justicia, entre el amor y la venganza de Dios, ya es resuelto.  Nuestras hipocresías, todos nuestros pecados, y los pecados del todos los seres humanos, ya son pagados, en el cuerpo roto y la sangre derramada de Cristo.  Todos los que creen esta promesa son salvos.    


    El Diccionario de la Lengua Española nos ofrece una definición más de “la Piedad,” que es una representación en pintura o escultura del dolor de la Virgen María al sostener el cadáver de Jesucristo descendido de la cruz. 

     Aunque San Juan nos dice que era Nicodemo y José de Arimatea que bajó el cuerpo de Jesús de la Cruz y lo sepultó, es posible que la escena representada en los miles de pinturas y esculturas con el nombre “La Piedad” sí ocurrió.  Solamente no lo podemos decir bíblicamente.  Es sin duda una representación fuerte de la tristeza de la muerte de Jesús, muy apropiada para el Viernes Santo, un medio que comunica el dolor de toda la Iglesia que confiesa que Jesús murió por nuestros pecados.  Pero es una representación de derrota, y la piedad que es Dios sobrepasa la derrota y emerge victoriosa. 

    Por eso, los objetos de arte que se llama La Piedad no puede ser la representación final de la piedad de Dios, de su esencia misericordiosa y amorosa.  Pero hay opciones mejores.  De hecho, Dios ha elegido sus propios medios para comunicar su esencia, su piedad, a nosotros. 

     Como en el evangelio proclamado, en lo que San Pablo dice que Cristo crucificado nos está presentado públicamente.  Y en el Bautismo, donde fuimos crucificado y resucitado con Jesús.  En la Absolución terrenal nuestros pecados son perdonados ante Dios en los cielos.  En la copa de bendición que bendecimos, participamos en la sangre de Cristo, y en el pan que partimos participamos en el cuerpo de Cristo.  El misterio de Piedad es grande, porque Dios viene a nosotros, a través de estos medios, para resolver nuestro problema, por el perdón de todos nuestros pecados.   


     El misterio de la Piedad, y del evangelio, es que Cristo viene en medio de nosotros, para darnos su Espíritu Santo, para que la voluntad buena de Dios sea nuestra voluntad, para que podamos confiar y entender que todos los dones y beneficios de Dios ya son nuestros, en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, Amén.