Monday, September 17, 2018

El Pan de Cada Día - Decimoquinto Domingo después de Trinidad


Decimoquinto Domingo después de Trinidad
9 de septiembre, A+D 2018
El Pan de Cada Día

¿Qué te apetece comer?  Seguramente, un poco de pan, ¿no?

     Una de las cosas en la cual Shelee y yo somos más diferentes culturalmente de los españoles tiene que ver con el lugar de pan en nuestra dieta.  Nos gusta pan, y comemos pan.  Pero no siempre.  De verdad, mucho menos que los españoles.  Os cuento una historia para explicarme.    

     Una vez, hace unos años, acogíamos una conferencia de los pastores y seminaristas de nuestra iglesia en nuestro hogar en Sevilla.  Shelee preparó la cena, con un guiso típico norteamericano con nombre español, “chili con carne.”  Se sirve con un bizcocho de harina de maíz.  También preparó varios aperitivos, embutidos, queso, etc., una cacerola de verduras, una ensalada de lechuga, y otra de fruta, creo.  Me preguntó si necesitábamos pan, y le dije, ¿por qué?  ¿Quién necesitaría pan cuando hay el bizcocho de maíz y tanta comida? 

     Bueno, sentamos alrededor de la mesa, con todos los teólogos laudando a Shelee por la buena pinta de la comida.  Dimos gracias al Señor, y íbamos a empezar la cena, pero todos los españoles estaban mirando por la mesa, y luego los unos a los otros, todos pensando lo mismo, pero nadie quería vocalizar su pregunta.  Finalmente, después de unos momentos muy incómodos, alguien, no voy a decir quien, pero alguien finalmente se armó de valor, y le dijo a mi esposa, “Shelee, has olvidado traer el pan a la mesa…”. Pero, … no había pan en la casa…

     Porque somos luteranos que viven bajo el Evangelio del pleno perdón de los pecados, logramos sobrevivir la vergüenza de este error.  Nuestros huéspedes intentaron fingir que no era un problema, y aprendimos que los españoles siempre necesitan pan, no importa lo que se come.

     Y en esto, los españoles son muy bíblicos.  Porque el pan es muy central a todas las culturas bíblicas.  De hecho, comer pan es una parte importante de la maldición que recibió Adán en el jardín: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra.”  Al mismo tiempo, porque Dios nos ama y es muy bondadoso, pan también puede ser una alegría, delicioso y lleno de bendición. 

     Todavía, aunque recibimos nuestro pan de cada día del Señor, la realidad de nuestra condición caída se muestra muy claramente en relación con el pan.  Cuando no tenemos comida, cuando el hambre es un compañero constante y una amenaza a la vida, cuando nuestros estómagos están vacíos, no podemos pensar en nada más excepto hallar un trozo de pan.  Rezamos a Dios con honestidad y fervor cuando no hay de comer.  Pero, muy pronto, una vez que hemos llenado el estómago, y tenemos alimento en la dispensa, la importancia de mantener nuestra conexión con Dios decae. 

     La abundancia de nuestra edad hace el suelo misional muy duro.  Y, aunque nuestra vida abundante debería darnos corazones ansiosos de hacer bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe, la triste realidad es que muchas veces nuestra riqueza nos da un impulso de aislarnos de otros, para proteger y disfrutar solo de nuestros propios bienes.   

     Por esta triste tendencia humana, ver la obediencia de la viuda de Sarepta es una maravilla.  Seguro, recibir una orden especial directamente del Señor tiene un efecto sobre una persona, y por lo tanto, cuando vino Elías pidiendo agua, no hay problema.  Hay agua en el pozo, y entonces ella se la dio al profeta. 

     ¿Pero pan?  Este Jehová Dios, ya había dejado que su marido se murió, y ahora, ella está preparando a morir, junto con su único hijo, porque no hay pan de comer.  Un panecillo más, con la última de su harina y aceite, y ya está.  ¿Y ahora este profeta tiene la cara de pedirlo para sí mismo? 

     Pero, la orden del Señor todavía hace eco en sus oídos.  Y que nos demos cuenta de la palabra de promesa que proclama Elías, “No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.”  Escuchó una palabra de ley del Señor: “Sustenta al profeta que va a venir a ti”, y luego escuchó una palabra de evangelio del profeta del Señor, “No tengas temor,” y ya está: la vida de esta mujer y su hijo cambia para siempre. 

     Porque, irónicamente, esta viuda muriéndose de hambre llegó a creer que la vida es más que pan, es más que comer y vestirse.  Más bien la vida es oír, escuchar y creer la Palabra de Dios, la cual Él ha enviado a nosotros. 

     Por un lado, nos tenemos pavor de comer pan de lágrimas, es decir el hambre, la angustia por nuestro sufrimiento y los de nuestros queridos, y el miedo de la muerte, y por el otro lado esperamos comer el pan de gozo, como en el banquete de la boda de nuestro hijo, la seguridad de una cuenta bancaria sobrellenada, o la alegría sencilla de un buen día.  Estas son las cosas que naturalmente pensamos son las esenciales de la vida, las cosas que queremos evitar, o conseguir.  

     Pero tu Señor Jesús dice que no.  No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir… ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 

     Sí, valéis muchísima más al Padre celestial que las aves.  Por lo tanto, Él nos da nuestra orden, igual como la dio a la viuda: buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.  Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.        

    Bueno, tenemos, entonces, nuestras ordenes:  Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y no preocuparnos por mañana, solamente por los problemas de hoy…  Conceptualmente muy sencillo, ¿no?  Una regla entendible para la vida como un seguidor fiel de Dios.  Muy bien.  Vámonos… 

     Pues, no es tan fácil, ¿eh?  Es una cosa entender la orden de Dios.  Pero, es enteramente otra cosa tener la capacidad de cumplirlo.  Como vemos con la viuda.  “Sí, Señor, sustentaré a tu profeta cuando necesite agua, porque la tenemos, y sabemos donde sacarla.  Pero no tengo harina y aceite para alimentarle con pan.  Déjame morir, por favor.”  Ante nuestra orden recibida de Dios, somos naturalmente igual a ella.  No sabemos dónde encontrar la entrada a su reino, ni donde está su justicia.  La idea de no preocuparnos por el futuro o la comida, bebida y ropa nos suena bien, pero hace frio en el invierno, y los estómagos gruñen, y no sabemos como vivir sin preocuparnos. 

     Por eso, Elías prometió a la viuda de Sarepta que siempre tendría suficiente pan, y tu Señor Jesús hace la misma promesa a ti.  Tu pan, tu pan celestial, tu pan de justicia, la comida que te trae al reino de Dios, nunca te faltará.  Esto no quiere decir que un cristiano no puede sufrir de hambre, aun hasta la muerte.  No es común, pero sí, podemos. De hecho, podemos sufrir de todos los males de este mundo caído. 

     Pero tu pan de vida nunca faltará.  Nunca.  Porque Jesús mismo es tu pan de vida.  Jesús es el Verbo de Dios, la Palabra encarnada, que ha puesto sí mismo en la Palabra de la Biblia, para que por el escuchar de esta Palabra, nuestra fe reciba la alimentación necesaria para nacer, crecer y permanecer, hasta el fin. 

     Como fue cumplida la promesa de Elías sobre la harina y el aceite, todas las promesas hechas por Dios en su Biblia están cumplidas en Cristo mismo.  Él es la fuente de toda vida, el verdadero Pan de Vida, que bajó del Cielo, para dar su carne, su sangre, su propia vida, para la vida del mundo.  El Bebé que durmió como si fuera alimento de animales en un pesebre se creció a ser el Hombre Santo, quien dio a su misma carne para alimentar a nosotros con su justicia, la justicia de Dios, que borra todos nuestros pecados. 

     Nunca deberíamos preocuparnos por el futuro, ni por la comida, bebida y vestido.  Deberíamos esforzarnos 100% para encontrar y lograr el reino y la justicia de Dios.  Cada vez que desobedecemos estas órdenes sencillas de Dios, merecemos su rechazo y castigo.  Pero Dios nos ama, aunque somos débiles, aunque somos pecadores.  En y por Cristo Jesús, Dios nos ama y nos quiere como herederos en su reino eterno. 

     Por eso, como hizo Elías con la viuda de Sarepta, igualmente hace Cristo con nosotros:  lo que quiere ver en nuestra vida, Él mismo viene y provee.  Nuestra entrada en el reino de Dios es Él mismo, desde que se unió con nosotros en el bautismo, y cada vez que esté con nosotros para cuidar, enseñar, proteger, perdonar y bendecir, que es cada vez que nos reunimos en su Nombre.  Nuestra justicia es su propio cuerpo y sangre, dado y derramada para nosotros, y dados a nosotros para comer y beber aquí, realmente presente bajo el pan y el vino, provistos a cristianos en altares fieles en todas partes del mundo. 

     De verdad, el milagro que hizo Elías para la viuda de Sarepta, que ella siempre tuviera unas barras de pan cada día hasta el fin de la sequía, no es tan impresionante, no en comparación con nuestro milagro.  Porque nuestro pan del cielo, en Palabra y Sacramento, es la verdadera Pan de Vida, que nos da el reino y la justicia del Padre, quien nos ha dado su Espíritu, para que podamos conocer a su Hijo como Señor y Salvador. 

Nuestro pan de cada día
el Padre nuestro nos da,
hoy, aquí,
en el Nombre de Jesús, Amén. 


Wednesday, September 5, 2018

¡Jesús, Maestro, gracias por tu misericordia!


Decimocuarto Domingo después de Trinidad
2 de Septiembre de 2018
San Lucas 17, 11-19
¡Jesús, Maestro, gracias por tu misericordia!

     El evangelio de este domingo nos lleva de la mano al relato de un encuentro de Jesús con un grupo de diez leprosos a la entrada de una aldea del norte de la Palestina. 

     Encontrarse con un leproso no era como encontrarse con un amigo en la Gran Vía de Madrid. La lepra es una enfermedad infecciosa, poco común, que invalidaba a la persona, secaba la piel, los músculos y hacía que se perdieran extremidades. La ley mosaica del templo les obligaba a guardar distancia, a avisar a gritos que eran leprosos, para que la gente se alejara por miedo al contagio. Eran apedreados, insultados, golpeados con palos, expulsados por la fuerza, y tenidos como culpables de haber sido castigados por Dios por algún pecado grave. Habitaban cuevas, desiertos o cementerios. Tenían prohibido ir a las actividades normales ni siquiera al templo o la sinagoga. En la noche o en la mañana temprano, mientras todos dormían, se acercaban a los pueblos para buscar comida, agua, ropa o saludar a distancia a los seres queridos.
     El aspecto monstruoso de sus rostros y cuerpos eran incompatibles con la vida en sociedad. Ser leproso significaba ser un muerto en vida, un verdadero zombie. Nadie te tocaba, nadie te besaba, nadie te hablaba, no podías trabajar ni pedir dinero ni estar con tu familia ni tus amigos, todos te rechazaban. ¿Te imaginas tener que vivir así?

Jesús lo sabía.

     Para colmo, entre los diez leprosos había samaritanos, según declara el texto, vistos como extranjeros y enemigos de los judíos, indignos de ser tenidos en cuenta tras el gran cisma en tiempo del rey Roboam, hijo de Salomón, nueve siglos antes, tras un golpe de estado, que dividió el Pueblo del Señor en dos, el reino del norte, llamado Israel al principio, y luego llamado Samaria, y el reino del sur, llamado Judea. Los norteños, excomulgados del templo, ni siquiera adoran al Señor en Jerusalén, sino en el monte Gerizim hasta nuestros días.

     Samaritanos entonces, eran gente poco recomendable en aquellos días para un judío, aún para Jesús, judío de nacimiento, pero criado en el norte en Galilea, cercano a ellos.
  
     De igual manera que nosotros al reconocer nuestros pecados oramos el "Kyrie", “Señor, ten piedad,” los diez leprosos sabían que nada podían hacer para ser liberados de su enfermedad por sí mismos, salvo un acto gracioso de la misericordia de Dios. Cansados de gritar que eran leprosos para que la gente se apartara de ellos, en su desesperación gritaron con más fuerza todavía, a Jesús: "¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!" 

    Ellos sabían cuáles eran sus límites, se sintieron y se sabían enfermos, imperfectos, pecadores y esperaban que Jesús podía ayudarlos. Porque, en este momento de su carrera, todos le reconocen a Jesús como un gran maestro, un profeta poderoso.    

     Por su parte, Jesús entiende la situación triste de los leprosos, porque está en el camino a la Cruz, donde sufriría en su lugar, y en el nuestro, en el lugar de todos.  Su presencia en la tierra y su ministerio tenían desde el principio el propósito principal de que Él iba a quitar todos los pecados y todo el sufrimiento del mundo, cargándolos sobre sí mismo, para expiarlos en su Cruz.  Salvar y presentar a su Padre un pueblo santo de todas las naciones es su meta, y su gran gozo. 

     Por lo tanto, Jesús no mira la etnia, ni el aspecto, ni se escandaliza por el atrevimiento, tampoco alude a su cansancio después de haber caminado durante horas para llegar hasta aquella pequeña aldea.   

     Lo que escucha es el grito del corazón desesperado que clamaba a Él. "¡Jesús, Maestro, ¡ten misericordia de nosotros!  Muy bien, Él es el Salvador del Mundo. ¿Cómo pasar de largo? ¿Cómo ser insensible ante ese dolor? Solamente Él podía ayudarlos. ¿Qué pensáis que hará?

     Nuestra condición humana nos muestra que podemos vivir sin hacer misericordia a nadie, es una opción.  La opción de hacer misericordia es elegida solo por aquellos que han recibido, de forma impactante, misericordia en sus vidas.  Gloria sea a Dios, Jesús es la misericordia encarnada.   

     Muy bien. Hemos visto el pecado y el fruto del pecado del hombre, en forma de lepra esta vez. Ahora vamos a ver la Palabra de Dios en acción, que como sabéis, es sanadora, salvífica y transformadora. Una Palabra que, lejos de exigir fe, de verdad produce fe en nosotros y luego nos reta a seguir el camino de esa fe recibida.

     Jesús pone su condición a esa petición de sanidad: “Id, mostraos a los sacerdotes.” Jesús les demanda la obediencia de ir y presentarse ante los sacerdotes judíos, porque ellos tenían la autoridad de reconocer su curación y readmitirlos a la sociedad.  Junto con cumplir la ley mosaica, Jesús con su instrucción de acudir a los sacerdotes estaba dando evidencia pública de que el Mesías de Dios había llegado con su salvación.

¿Qué ocurrió finalmente?

    El texto nos enseña que fueron sanados mientras iban de camino. Imagínate:  Alegría, estupefacción, sorpresa, gritos de gozo, abrazos, llanto, liberación de la angustia, saltos, baile... Que gran momento. 

     Ahora, si quieren ser reinsertados a la sociedad, tendrán que acudir a los sacerdotes para que ellos comprueben que estén limpios de la enfermedad. No pueden irse sin verlos. Los sacerdotes preguntarían quien les hizo el milagro y Dios sería glorificado en Jesús. Sin embargo, este no es el final de la historia.

     Uno de los diez, solo uno, con gran alegría, pospuso su visita a los sacerdotes y volvió.  Pero Jesús no se sorprende que uno ha vuelto, sino que solo uno ha vuelto, y no diez. 
     Jesús se pregunta: "Les he devuelto la vida ¿y solo uno viene?"   Y, al escuchar el acento de sus gritos, se da cuenta de que no era judío, no era del Pueblo de Dios, sino un samaritano, un excomulgado de Judá. ¡Cómo es la condición humana!

     La Palabra de vida había sanado a este leproso sensato; esa Palabra ha hecho nacer la fe en él, sin mérito previo.  Su lepra le reveló su condición desesperada, y su curación le ha dado fe en Jesús, que ya ha dejado de ser un mero rabino para él, más bien ahora entiende el samaritano que Jesús es Dios mismo.  Por eso se postró, rostro en tierra, a sus pies, reconociendo su pecado sanado, rindiéndole culto y acción de gracias, lleno de gratitud y grandes lágrimas. 

     Es como Lutero nos explica: "... el hombre por sí mismo, o por su propio poder natural, no puede hacer nada ni ayudar nada en su conversión, y que la conversión no es sólo en parte, sino única y exclusivamente la operación, dádiva y obra del Espíritu Santo, que la ejecuta y la efectúa por su poder y fortaleza, mediante la palabra, en el intelecto, la voluntad y el corazón del hombre, en tanto que este no hace ni obra cosa alguna, sino que sólo sufre,  (es decir, recibe la conversión)".(Declaración sólida de la Confesión de Augsburgo pág, 358).
     El leproso curado ha recibido a Jesús, como hoy lo hacemos en la Santa Cena, con pureza de fe, sin importar su origen ni su clase ni su condición, plenamente aceptado y acogido por Jesús, en su cuerpo, en su sangre, en su Palabra y la operación del Espíritu Santo.

     Todavía Jesús no ha dicho nada, salvo preguntar dónde se habían metido los nueve restantes, también sanados. No hay respuesta fácil a esa pregunta. La respuesta es que muchos son los llamados y, desgraciadamente, poco los que han escuchado y creído la voz de Dios. ¿Qué respuesta hubo en ellos a la Palabra que les salvó?  No vemos que se han sido convertidos.  Esperamos que luego la fe brotara en ellos también, que llegaran a reconocer que Jesús es el Salvador único de sus espíritus, almas y cuerpos, una salvación plena y eterna. 

    Finalmente, Jesús muestra a sus discípulos la nueva realidad del Reino de Dios, declarando al samaritano:  Levántate, vete; tu fe te ha salvado.  Con estas palabras Jesús revela a los futuros Apóstoles que judíos y gentiles recibirían plena salvación sin diferencias, una verdad tan sorprendente que no llegarían a reconocerla plenamente hasta que Pablo mostró esa realidad en el primer concilio de Jerusalén, como está escrito en el Hechos 15.

     Lo que Jesús dice al sanado, también dice a nosotros, sanados igualmente de la lepra espiritual en las aguas bautismales: ¡Levántate de tu condición de pecado que te destruyó la vida! ¡Déjala atrás! ¡Camina como peregrino en esta vida, sin regresar atrás ni perderte en tu pasado, vive de nuevo conmigo! ¡Renuévate diariamente en mis promesas, y en la comunión con mi cuerpo y en mi sangre! Porque la fe que pusiste en mi Palabra, recibida como don de Dios para ti, te ha salvado, para que seas auténticamente libre.

¡Jesús, Maestro, gracias por tu misericordia! Amén.



Tuesday, September 4, 2018

Compassion and Hope to my Roman Catholic Friends


To my Roman Catholic friends suffering through the latest 
clergy abuse scandals:
A Compassionate and Hope-filled Word.

1. All of Christendom mourns with you. 

    The whole Christian Church on earth, and in eternity, mourns with you.  I mourn with you, and you continue in my prayers.  As also with martyrs, Christian solidarity means that our hearts break also for the millions of Roman Catholics, laity and clergy, who are reeling from the latest series of revelations of sexual abuse, cover-up and scandal amongst the Roman Catholic clergy.  I pray that by God’s grace and guiding, we may all learn to confess our sins and bring them into the light of the eternal day, the place where the Holy Spirit promises to shine the redeeming light of Christ, which alone has the power to make all things new. 

2. Do not give up Hope.       

     Speaking of the redeeming light of Christ:  Do not give up hope.  Despair is half a step from unbelief, but it is also the place of the smoldering wick and the bruised reed, that is to say, the very place the Savior goes to seek and to save.  God who did not spare His Son, but gave Him up to save us, is certainly more than ready to lift you up, wash your wounds, and bring you into His good pastures.  He will not abandon you; this is His promise to you in your Baptism. 



3.  Our Resolution to do better is not the Way.

     Many are rightly calling for a return to true holiness, and for the bishops of the Roman Catholic Church to demonstrate heroic and loving leadership.  This is right.  All Christians are called to live holy lives.  However, our re-dedication to holy living, no matter how sincere, will not solve this problem.
     St. Paul said Christ Jesus has become to us wisdom from God, and righteousness, and sanctification, and redemption, and what he meant is that Jesus is our 100% righteousness, sanctification and redemption, without any contribution from us.  True Christian living, by clergy or laity, depends not on our efforts, but on our constant connection to and repentant reliance upon Jesus, who alone can empower us to live more holy lives tomorrow than we lived today, by the power of His forgiveness.           



4. Neither is our anger the Way.

     You are probably angry at the horrible sins against the most vulnerable that have been revealed.  Be careful with your anger.  As forgiven sinners, who deserve God´s wrath but in Jesus have received His mercy, we are called to love our enemies, pray for their conversion, and leave vengeance to the Lord.  Take care not to let your anger turn you against the only true source of consolation and hope that there is, the crucified and resurrected Son of God. 




5. Consider what may seem Impossible. 

     The suspicion that this problem is endemic in the Roman Catholic Church is by no means irrational.  Nor is it contrary to good theology.  I implore you to consider that this recurring problem may be due in large part to fundamental theological errors and contradictions of God´s Word that are officially taught by the Roman Catholic Church, which compound and multiply the perverse power of human sinfulness. 

6.  Understand Suffering under the Gospel: 

     Finally, be warned, there is no perfect Christian institution on earth, just as there are no perfect Christians, only Sinner-Saints.  In and of ourselves we are completely sinful and without hope.  But joined to Christ by Baptismal faith, and strengthened by Him through the Eucharist, we are truly Saints, completely holy and righteous because God says so, in His Word of Promise.  We are pleasing in the Father´s eye simply and solely because we are covered by the perfect righteousness of Christ, whose blood washes away all our sin.



     Under this beautiful Gospel, we can face whatever the devil, the world and our own sinful flesh throw at us, because the Gospel binds us to Jesus, the valiant One who fights for us.  By this pure Gospel, we are together, united, with the whole Christian Church of every time and every place, and the Church can never fail, because her groom is Christ, who reigns forever and ever.

The Peace of Christ and His forgiving love be with you. 

Pastor David Warner

If you would be interested in reading an extended version of this letter, or if you would like to engage Pastor Warner on this topic, please go here: 



Tuesday, August 28, 2018

To my Roman Catholic friends: Compassion and Exhortation.


August 28th, Year of Our + Lord 2018
To my Roman Catholic friends:  A Compassionate and Hope-filled Word, and an Exhortation.

1.  All of Christendom, that is the Church catholic, mourns with you. 
     The Church catholic mourns with you.  All members of the Christian Church, the congregation of true believers that extends to every place and across all time, mourn with you.  I mourn with you, and you continue in my prayers. 


     Just as the Church catholic, that is all Christians, mourned with the Coptic Christians martyred by ISIS, and prays for the oppressed Church in China, so also Christian solidarity means that our hearts break for the millions of Roman Catholics, laity and clergy, who are reeling from the latest series of revelations of sexual abuse and scandal amongst the Roman Catholic clergy.  Is this simple misconduct?  Have there been errors in judgement?  No, it is much worse.  The overwhelming evidence points to gross sin, and wicked evil, all too often intentionally covered up and allowed to fester, in order, it seems, merely to protect the hierarchy. 
     The appetite of Satan and the World to denigrate the Church will not be sated until the Last Day, and so I fear that the current troubles will multiply and continue.  As we struggle and mourn in the face of great evil within the Church, and as we are shamed by the world´s celebration of our struggles, I pray that by God’s grace and guiding, we may all learn to confess our sins and bring them into the light of the eternal day, the place where the Holy Spirit promises to shine the redeeming light of Christ, which alone has the power to make all things new.  

2. Do not give up Hope.        
     Speaking of the redeeming light of Christ:  Do not give up hope.  Despair is half a step from unbelief, but it is also the place of the smoldering wick and the bruised reed, that is to say, the very place the Savior goes to seek and to save.  God who did not spare His Son, but gave Him up to save us, is certainly more than ready to lift you up, wash your wounds, and bring you into His good pastures.  As our Lord taught us, the Christian Way is the way of the Cross, and so we cannot expect this road to be easy.  But Jesus Christ walks with you.  Fix your eyes on Him, by filling your ears with His Word.  He will not abandon you; this is His promise to you in your Baptism. 



     Jesus promised His apostles that “in the world you have tribulation; but take courage; I have overcome the world.”  And so, the Apostle John reminds us: “You are from God, little children, and have overcome them; because greater is He who is in you than he who is in the world.”  You have no reason to give up hope, because Jesus Christ is your Hope, and in Him the victory is already complete. 

3.  Our Resolution to do better is not the Way.
     Like many, Kathryn Jean Lopez of National Review is rightly calling for a return to true holiness, and for the bishops of the Roman Catholic Church to demonstrate heroic love like that of a mother.  She is not wrong.  All Christians are called to live holy lives.   
     I encourage you, however, based on the experience of the last 30 years, and more importantly based on the Word of God, to consider the possibility that no matter how seriously we dedicate ourselves to the cause, we cannot generate the holiness we desire. 
     Our re-dedication will not save the Church.  But do not give up.  Rather, consider the possibility that when St. Paul said Christ Jesus has become to us wisdom from God, and righteousness and sanctification, and redemption (1 Corinthians 1:30), he literally meant Jesus is our 100% righteousness, sanctification and redemption, without any contribution from us.  As the same Apostle says in Philippians 2:13, it is God who is at work in you, both to will and to work for His good pleasure.  Even though it is counter intuitive, consider the possibility that true Christian living, by clergy or laity, depends not on our efforts, but rather on our constant connection to and repentant reliance upon Jesus, who alone can empower us to live more holy lives tomorrow than we lived today, by the power of His forgiveness. 



     To fail to understand this truth will always lead us to greater and greater failure as we attempt to realize the impossible.   As Jesus said:  Abide in me, and you will bear fruit.  Apart from me, you can do nothing.  (St. John 15:5)  In our Baptism, in the Absolution, and in the Holy Supper, the foremost thing is His blood bought forgiveness, delivered to us again, and again, which binds us to Jesus and makes our good works possible.  Our resolution to lead holier lives cannot produce holiness, but rather only repentant faith in the forgiveness of Jesus.  So, for each of us, improvement starts and continues only in repentance and the forgiveness of sins, delivered through the Gospel in Word and Sacrament. 

4. Neither is our anger the Way.
     Many people are understandably angry at the horrible sins against the most vulnerable that have been revealed, and with the official cover-up of these travesties.  Be careful with your anger.  Remember what St. James wrote:  But everyone must be quick to hear, slow to speak and slow to anger; for the anger of man does not achieve the righteousness of God.  James 1:20-21
     Earthly justice belongs to the state, and we should all support a just application of the law.  Given the gravity of the current situation, Christian citizens may well loudly call for the full extent of the law of the land to be applied to those guilty of these terrible crimes. 
     As Christians, as baptized children of the Lord, we remember that ultimate justice belongs to God, and His justice is given to each of us in Jesus Christ.  Vengeance is mine, sayeth the LORD, and on the Cross Jesus has expiated the entire wrath of God against human sin.  As forgiven sinners, who deserve God´s wrath but in Jesus have received His mercy, we are called to love our enemies and pray for their conversion. 
     Take care not to let your anger overcome you.  Anger at the Church, at the priests, at the bishops, at the Pope, may be used by Satan to lead you into anger at Christ, the One who has taken our sins into His own body and extinguished them.  Be careful not to allow your anger to turn you against the only true source of consolation and hope that there is, the crucified and resurrected Son of God. 

5. Consider what may seem Impossible: 
     I am a concerned but not well-informed observer, and so my litany of places where the current scandal has been revealed is incomplete, but still numbing:  Pennsylvania, Boston, Australia, Chile, Rome, Ireland…  Suffice it to say that the suspicion of many that this problem is endemic in the Roman Catholic Church is by no means irrational.  Nor is it contrary to good theology.  Part of my prayer and exhortation is that you recognize and deal with the possibility that these problems that keep recurring have their roots not simply nor solely in the frailty of mankind, but rather are also due to fundamental theological errors and contradictions of God´s Word that are officially taught by the Roman Catholic Church, which compound and multiply the perverse power of human sinfulness.  



To whom am I speaking?       As a baptized Christian, I have a fraternal concern for the faith of all who confess the Triune God, so when I exhort “you” to consider the possibility of fundamental errors in Roman doctrine, my “you” could be understood to mean the whole Roman Catholic Church.  But, beyond my baptism, I have no special vocation to speak to all of Rome.  What is more, the mutual consolation of the brethren and pastoral care are both inherently personal Christian activities.  And so, I most especially mean you, singular, whatever your place in the church is: priest, deacon, nun or laity. 

What do I mean by “errors”?  The requirement of the celibacy of priests,[1] the doctrine of infallibility of the Pope and the Councils, [2]  the doctrine of the Apostolic succession as taught by Rome,[3] and the indelible character of priests,[4] to mention four. You can consider my reasoning for naming these errors in the footnotes.  
     But to say it briefly, I pray the current moral crisis will lead you to reconsider the example of Peter in Matthew 16, who went from being lauded as the confessing rock of Christ´s Church to being called Satan by the same Jesus in the space of five verses, because he denied the coming Cross of Jesus.    Apostolicity has to do with faithfully proclaiming the doctrine of Christ the Crucified.  It is not dependent on any particular person.  You should also consider Peter´s later betrayal of the Gospel, which again required his rebuke and correction, which Paul describes in Galatians.  You should think about the implications of Paul´s self-defense in 1 Corinthians 9:5, or the reality of Peter having a mother-in-law in Matthew 8.  Most importantly, I pray you will consider the possibility that the office of the apostolic ministry is defined, limited and empowered by Christ and His Word, and not by any specific sinner who may be called to serve in that office, nor by any particular bishop in any important See who claims a unique authority not mentioned in the Bible.     
     The demand sounding loudly today that “this time” there be a truly significant lay voice in the planning of needed reforms has the ring of hopelessness to my ear.  Structure, tradition and culture within and outside the Roman church will continue to make a churchwide reform extremely difficult.  But every soul can, by God´s grace, grapple with the Word of God and pray for the enlightenment of the Holy Spirit, that He lead us into all Truth.  And there are faithful pastors who will humbly walk with you to understand more fully the Truth recorded for us in Scripture.  I am willing to serve you in this way, within my limitations.  And, if I cannot walk with you in this journey to find the Truth, I will work to find someone who can.    
      There is unlimited Hope in the Truth who is Jesus Christ.  Do not be afraid to dig into His Word, without the filters you have learned from Rome.  The temporal risks may be significant for you, but the reward of the Truth is eternal, and the Church catholic, that is, the whole body of believers in every place, is privileged to walk with you, and to pray with and for you. 
     To turn to Kathryn Lopez again, I found it salutary that in one of her articles on this sad topic, she quoted and called on us to consider the wisdom of Bishop Gregory of Nyssa from the 4th century, who hailed from what is today Turkey.  Gregory has much to teach us, and significantly, he would never have understood the concept that catholicity runs by necessity through Rome.  This leads me to exhort you:  Consider the possibility that the Roman Catholic Church and the Church catholic are not coterminous.  Meditate and pray upon the proposition that perhaps, as has been long protested by voices rejected and at times persecuted by Rome, the authority of the Bishop of Rome is a man-made authority, which cannot claim the blessing of the Triune God, and so true catholicity should be defined differently and will be found in unexpected places.

6.  Understand Suffering under the Gospel: 
     Finally, be warned, there is no perfect Christian institution on earth, just as there are no perfect Christians, only Sinner-Saints, in and of ourselves completely sinful and without hope.  But clothed in Christ by Baptismal faith, and strengthened by Him through the Eucharist, we are truly Saints, completely holy and righteous because God has declared this to be true.  We are pleasing in the Father´s eye simply and solely because we are covered by the perfect righteousness of Christ, whose blood takes away all sin. (See Romans chapters 1 - 6 and especially 7, and simply take Paul at his word to better understand this truth). 
     The Church catholic is the church that confesses and preaches the full truth about human sinfulness and inability to contribute to salvation, and the full truth that the blood of Jesus is the once for all time and for all people 100% atonement for sin, which is given as a free gift to repentant sinners who, through the ministry of the Word and Sacraments, are brought to trust in Jesus as their Savior.  While it certainly should be that the ministerium of the Church catholic is faithful and that all clergy lead Christian lives, true catholicity does not depend on the ministerium, but solely on Christ and His Gospel. 



     I am privileged to belong to and serve a church that teaches and practices according to these Truths.  Imperfectly to be sure, and not without our own gross failures.  But we suffer these failures under the pure Gospel, and that makes all the difference.  Our institutions are feeble, our clergy and our laity are poor miserable sinners.  But we live from the forgiveness of sins, distributed freely and frequently, by Christ, through His Spirit empowered Word.  And so, although we suffer from the attacks of Satan and the world, and the cross of our own sinful flesh, we do so with a constant hope, the hope which surpasses all understanding.  The hope of the pure, free Gospel is what gives us the courage to confess our sins daily, which God then forgives, freely, and daily, for the sake of Jesus.  And so we are set free, to seek to lead holy lives here in time, and to look forward to living in perfect holiness in eternity, when we will finally be freed from sin and live in the nearer presence of Christ, forever. 
     I firmly believe that by God´s grace there are many members of the true Church catholic within the Roman Catholic Church.   This is not by virtue of them being under the authority of the Bishop of Rome, but rather by the true faith that the Holy Spirit has created and maintains in their hearts by His Word and Sacraments.   Blessed are those who hear the Word of God and keep it. (Luke 11:28)  I invite you to deal with the sorrow, anger, and scandal you now face by reconsidering the Good News that Jesus is for you, and He is all you need. 



     By the pure Gospel, we are together, united, with the whole Christian Church of every time and every place, the Church catholic, which can never fail, because her groom is Christ, who reigns forever and ever.

The Peace of Christ and His forgiving love be with you. 

Pastor David Warner





[1] First error: The requirement of the celibacy of priests. 
     Sexual immorality by clergy will be a problem until Christ returns because we Christians continue to be sinners in this life.  But Phillip Melanchthon in 1531 wrote in his Apology of the Augsburg Confession about the particularly grave problems of enforced priestly celibacy in the Roman Church. ( http://bocl.org?AP+XXIII )  His description of the situation in the 16th century and his cautions about the problems that will come from forcing men into a status for which they have not been equipped by God still rings true today.  The 12th century decision at the second Lateran Council to declare the requirement for priestly celibacy greatly exacerbated the problems of sexual immorality by the clergy, with increasingly bitter fruit today.    

[2] Second error:  The doctrine of infallibility of the Pope and the Councils
     While the Roman Church upholds the authority of Scripture, the effect of the doctrine of the infallibility of Popes speaking ex cathedra, of the councils and of the Holy Tradition, is to render the opinions of men as a higher authority than Scripture.  If the New Testament teaches us that Apostles and other ministers can be married, (as in 1 Corinthians 9:5, Matthew 8, 1 Timothy 3, etc), but the Church decides differently, the teaching of Scripture loses, and the Church suffers from the errors of men.  The doctrine of infallibility of Popes and Councils (which was only declared to be dogma in 1870, although the idea is medieval), also makes it nearly impossible for the Church to fully correct the errors of the past.  For, how can the hierarchy admit a theological error in the past if theological errors are impossible?  Which leads us to consider the third error on my list:
  
[3] Third error:  The doctrine of the Apostolic succession as taught by Rome.
     Jesus chooses men, once immediately, in the case of the Apostles, and today through the means of the Church, to fill the Apostolic ministry.  This is clearly taught throughout the New Testament Scriptures.  Jesus Christ, present with His Church through the Apostolic ministry of Word and Sacrament, does not need a Vicar on earth; he needs faithful pastors and bishops, who preach, baptize, absolve and feed God´s people according to the Word of Christ.      
     Faithfulness in proclaiming the true doctrine of Christ is required for one to remain in the Apostolic ministry.  Jesus chose Peter, and Eleven other men, in order to teach them to fish for men, through the proclamation of His Cross and Resurrection.  It was faithfully confessing the divine identity of Jesus that led our Lord to praise Peter in Matthew 16:17-19, and to predict the future of his Apostolic office.  It was Peter´s denial, in Matthew 16:22, that led Jesus to rebuke him as Satan.  The Roman doctrine of Apostolic succession that must run through the Bishop of Rome is a man-made tradition that lacks Biblical warrant.  Furthermore, it has enabled the aggrandizement of the Roman See, with many terrible consequences in the course of history, but more importantly enabled the abandonment of pure teaching and faithful Gospel ministry as the fundamental measuring stick of Church authority. 

[4] Fourth error: The indelible character of priests received through ordination. 
     The teaching that in proper Apostolic ordination a priest receives an indelible character that elevates him to a holier status and gives him the special power to forgive or retain sins, consecrate the elements, etc., minimizes the central role that Jesus gives to the power of His own Word, (Isaiah 55, Luke 10:16, James 1:21. Romans 1:17-18).  This doctrine teaches people that the man who has been made a priest has the power of eternal life or death.  Aside from lacking Biblical basis, the teaching of the indelible character of priests both puts them in a position of power from which they may prey on the weak, and it makes the impact of clergy abuse all that more horrible.  The victim, and their family, must struggle to understand why God, who supposedly made this man special and holy, then allowed him to abuse one of his members.  The blow to the faith of the victims is greatly multiplied by the teaching that ordination makes priests into a holier class of people, instead of what clergy rightly should be understood to be:  sinful men who have been called by God´s grace to serve in His office, in order to preach and distribute His Gospel, by which God saves sinners.