Thursday, February 2, 2017

La Ley, el Evangelio, y una Cuerda Elástica con un Solo Gancho

Cuarto Domingo después de la Epifanía, San Mateo 8:23-27

Una vez, hace unos años, cruzaba por el aparcamiento de mi parroquia en Sidney, Montana, y divisé un tesoro en el suelo:  una cuerda de goma elástica con ganchos.  ¡Qué suerte!, me dije.  Las cuerdas con ganchos son muy útiles.  Pueden sujetar un paquete para que no se caiga de tu coche o de tu bicicleta.  Pueden fijar una puerta, para mantenerla cerrada, o abierta, dependiendo de lo que quieras.  Una cuerda de goma con ganchos incluso puede ser usado en una barca, para guardar los enseres, por si acaso te sorprenda una tempestad cuando estés en medio del mar, y grandes olas cubren tu barca.  Me alegré de encontrar esta cuerda con ganchos.  Estaba feliz por mi suerte, hasta el momento en que me di cuenta de que… tenía un solo gancho.

Decepcionado.  Me quedé decepcionado.  ¿Para qué sirve una cuerda de goma con un solo gancho?  No puede cumplir su propósito.  No puede sujetar o asegurar nada.  Tampoco va a ayudarnos a proteger nuestros bienes.  No vale nada.  Quizás se puede usar como un arma, usarla para golpear a alguien, para defensa personal, por supuesto.  Pero sería muy ineficaz como arma, mucho mejor practicar el kárate, o simplemente correr. 

Pensando que mi cuerda de goma elástica con un solo gancho era completamente inútil, iba a tirarla en la basura, cuando de repente pensé en otro propósito para mi cuerda, no como herramienta de sujeción, sino como ayuda teológica, un accesorio para enseñar una realidad muy importante sobre la Palabra de Dios: la realidad que toda la doctrina de la Biblia se puede dividir en dos partes, dos enseñanzas esenciales, la Ley, y el Evangelio. 

En el esquema de este accesorio, la cuerda de goma elástica representa la Palabra de Dios, que es el anuncio de la voluntad de Dios hacia nosotros y su plan para tenernos con sí mismo en la alegría y la gloria de su reino eterno.  La Ley y el Evangelio son los dos ganchos en cada extremo de la Palabra, que dan a la Palabra su forma y su propósito. 

Los dos, la Ley y el Evangelio, son la voluntad de Dios, los dos son buenos, y los dos van juntos en la predicación de Cristo, y de los profetas y los apóstoles.  Pero la Ley y el Evangelio son muy diferentes entre sí.  Necesitamos los dos, pero también necesitamos mantener la distinción apropiada entre ambos. 

Me explico.  La Ley de Dios es, fácilmente explicada, los Diez Mandamientos, las reglas de vida que Dios nos ha dado.  De hecho, la Biblia los simplifica aún más, cuando declara que la suma de la Ley es que debemos temer y amar a Dios con todo nuestro corazón, fuerza, mente y voluntad, y también que debemos amar a nuestros prójimos como nos amamos a nosotros mismos.  Amar a Dios y amar a tu prójimo: la suma de la Ley. 

Genéricamente, la Ley es el listado de cosas que Dios nos ha mandado hacer, y también las cosas que el Señor nos ha prohibido.  Además, debemos incluir en el ámbito de la Ley las amenazas y las condenaciones que vienen con la Ley, las palabras que nos ordenan obedecer, o aceptar las consecuencias, el castigo prometido, si no cumplimos la Ley. 

La Ley es buena en sí.  Si la cumpliéramos perfectamente, seríamos justificados, aceptados por Dios por causa de nuestra propia santidad.  También, en nuestras vidas en este mundo, cuanto más nos acercamos al cumplimiento de la ley, mejor serán nuestras vidas.  Si somos honestos, y no hurtamos, si somos fieles a nuestras parejas, familias, y compañeros, si no hablamos mal de otros, vamos a beneficiar.  En general, cuanto más seguimos la Ley de Dios, la vida va a ir mejor, porque la Ley es la voluntad de Dios. 

Pero ni la idea de cumplir la Ley de Dios perfectamente, ni tampoco el hecho que nuestros esfuerzos por cumplirla mejoran nuestras vidas terrenales, pueden ganar el propósito de Dios, que es unirnos a Él eternamente.  Como una cuerda de goma con un solo gancho, la Palabra de Dios con solo la Ley no puede sujetarnos a Dios. 

El problema no es la Ley, sino nosotros.  En nuestra naturaleza, heredada del primer Adán, está la contaminación de pecado, que nos condena desde nuestra concepción, y que nos conduce a pecar en la vida.  Cuando la Ley se predica, y la estamos escuchando honestamente, la Ley siempre nos recuerda nuestro pecado. 

La Ley siempre nos acusa, porque somos pecadores, y cometemos pecados.  Por causa de nuestro pecado, la Ley no puede ayudarnos ante los requisitos de Dios.  Con solo la Ley, el predicador únicamente puede amenazar y herir nuestras consciencias, intentando forzar que sus oyentes crezcan en santidad.  Tal predicación puede reformar la gente un poco, por un tiempo.  Incluso podría mejorar la comunidad un poco. 

Sin embargo, desde nuestra propia naturaleza siempre rechazamos las reglas, y por eso, finalmente la santidad no crezca.  No amamos con todo nuestro corazón a Dios, ni amamos a los prójimos como nos amamos a nosotros mismos.  Es porque la Ley no cambia nuestros corazones, de donde viene nuestro problema real.  Como mi cuerda de goma con un solo gancho, se puede usar la Ley como un arma, pero nunca va a cumplir el propósito salvador de Dios. 

El Evangelio, diferente a la Ley, proclama las cosas que Dios ha hecho y está haciendo para cumplir su propósito, que es tener un pueblo lleno de hombres y mujeres, viviendo en gozo y paz con Él para siempre.  La Ley nos demanda acciones de nosotros.  El Evangelio nos anuncia las acciones de Dios para ayudarnos y salvarnos. 

Antes de continuar, debería explicaros una cosa.  La palabra “Evangelio” se puede usar con significados distintos, en sentidos amplios, o en un sentido estricto.  Igual como la palabra “Ley”, “Evangelio” a veces significa todo el mensaje de Dios, incluidos ambos la Ley y el Evangelio.  Además, “Evangelio” puede referir a uno de los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  Pero el Evangelio, en el sentido estricto, y en contraste con la Ley, es solamente el anuncio de las acciones salvadoras de Dios, las cuales no nos exigen nada.  El Evangelio es el anuncio de un regalo puro y divino.  Es las buenas noticias de las cosas que Dios en Cristo nos ha hecho, y que todavía nos está haciendo, para salvarnos y darnos vida eterna. 

Muy bien.  Pura alegría.  Queremos más del Evangelio puro.  Nos podría parecer que, con solo el gancho del Evangelio, todo estaría bien.  ¿No sería posible, con solo el gancho del Evangelio, que estuvieramos unidos a Dios?  ¿No deberían nuestros pastores predicar solamente las buenas noticias?  La idea nos parece bien, ¿no?

Pero, no, esto no es correcto.  No es una buena idea.  Si desde la Palabra de Dios solamente oímos la buena noticia de que Dios nos ama, que nos acepta, y que vamos a vivir con Él eternamente, la triste verdad es que al final el resultado será igual de lo que nos ocurre con solamente la predicación de la Ley.  La cuerda elástica con solo el gancho del Evangelio no puede sujetarnos a Dios.  Y para esto hay, al menos, dos razones.  





En primer lugar, otra vez, nosotros somos el problema.  Somos tales pecadores que, por nuestra naturaleza, no queremos el don del Evangelio.  Como se comportan de vez en cuando los niños de 2 o 3 años, protestando con gritas y lágrimas que puedan hacer todas las cosas sin la ayuda de los padres, no queremos aceptar nuestra necesidad de ser salvados por Dios. Denegando nuestra necesidad, somos capaces de condenarnos a nosotros mismos.  Por eso, el Evangelio solo no es suficiente en sí mismo para salvarnos. 

Necesitamos querer ser salvos.  Necesitamos creer y temer la realidad de que somos pecadores, sin la capacidad de salvarnos por nuestros esfuerzos.  Solamente cuando lleguemos a esta verdad tan dura estamos preparados para oír las Buenas Nuevas, el Evangelio de Jesús, quien vino para salvar a los pecadores. 

La segunda razón de que el Evangelio solo no puede salvarnos tiene que ver con el contenido específico del mismo Evangelio.  Jesucristo no nos ha logrado la salvación por anunciar una filosofía nueva.  Él no ha escrito un libro para redimirnos, y su tarea era más que predicar buenas nuevas.  Su gran obra no era un mero milagro, como pacificar a una tempestad, o sanar a los enfermos, o alimentar a miles de personas con unos barras de pan, y menos peces.  El acto esencial del Evangelio es su muerte en una cruz romana, recibiendo lo peor de lo que el mundo le pudo dañar, y aún más, recibiendo la ira justa de Dios contra los pecados de todos.  Los vuestros.  Los míos.  Todos los pecados de todas las personas de todas las épocas, colocado en los hombros de Jesús, colgando en la Cruz.   

Vemos que, en el centro del Evangelio, hay un hecho tan difícil y doloroso, la crucifixión del Hombre Bueno e Inocente, que es imposible verlo como buenas noticias, sin que primero entendamos la verdad sobre nuestros pecados. 

Este entendimiento viene desde la Ley.  La Palabra de la Cruz no tiene sentido, sin el entendimiento de nuestra malísima y atroz situación como pecadores.  No había otra manera de salvarnos.  Solo Dios pudo hacer una obra tan inmensa.  Solo el Creador, el Ser Infinito, solo Dios pudo ofrecer un sacrificio adecuado para toda la humanidad. 

Y Él lo ha hecho.  Este es el hecho que cambia el dolor de la Cruz en alegría, que reemplaza nuestra culpa y temor con bonanza, que reanima nuestras almas, y que crea en nosotros nuevos corazones:  Jesucristo, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, no sufrió para nada, sino que sufrió para ti.  Sufrió por amor a su Padre, y por amor a ti. 

Todo la Biblia, toda la Palabra de Dios, predica dos mensajes: la Ley y el Evangelio.  También, toda la Palabra está cumplida en la Cruz, donde la Ley y el Evangelio se encontraron, con fuerza, y poder terrible, para lograr nuestra salvación. 

Entonces, podemos, y debemos, usar la realidad de la Ley y el Evangelio cuando oímos, leemos y proclamamos la Palabra.  Nos ayuda a entenderla correctamente, y también nos ayuda a ver cómo cualquier historia en las Escrituras se relaciona con la historia central: la historia de la Cruz y la Tumba Vacía.  Tenemos un buen ejemplo en nuestra lectura del Evangelio de San Mateo de hoy.  Considerémoslo por un momento. 

Jesús y los discípulos entraron en una barca, y navegaron al medio mar.  Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero Jesús dormía. Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 
     Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo gran bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

¿Qué es la Ley del pasaje?  Hay mucha Ley.  Está la amenaza de la tempestad, que amenazaba destruir la barca y ahogar a todos en el fondo de las aguas.  Las Escrituras, del Génesis en adelante explica muy claramente que la muerte es consecuencia de nuestro pecado.  No obstante, muchas veces es solamente el acercamiento de la muerte que nos hace entender la fuerza de la Ley.  Por eso, hay mucha oportunidad para proclamar el Evangelio en los hospitales. 

Hay más Ley en nuestro pasaje.  Es muy duro el pensamiento de que Dios nos ha abandonado, tener la sospecha de que Jesús no tiene preocupación por nosotros ni por nuestros problemas.  Estamos muriéndonos, gritamos como los discípulos, y el Señor está durmiendo.  ¿Y, qué pasa cuando hacemos demandas en nuestros rezos?  Cuándo gritamos en desesperación: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! ¿Qué entonces?  El último toque de la Ley: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

¡Ay de mí!  Estamos perdidos.  Dios mismo nos ha condenado, y es justo.  No deberíamos dudar las promesas de Dios.  Pero lo hacemos. 

Y en este momento, Jesús, Dios encarnado como hombre, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo gran bonanza. 

¡Salvación!  Desde una desesperación profunda, en un segundo, Cristo Jesús les rescató, calmando el viento y las olas, cambiando un momento terrorífico a una paz que sobrepuja nuestro entendimiento.  

¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?  Es el hombre que también es Dios, y Él ha hecho el mismo rescate para ti, pero muchísimo más grande.  Esto es lo que significa la Ley y el Evangelio de la Cruz para todos vosotros. 

No importa qué tempestades amenazan la barca de vuestra vida.  No importa qué problemas o qué pecados tenéis que enfrentar, Jesús está aquí, con nosotros, entregando su perdón y su vida, cambiando todo nuestro miedo a gozo y a alegría. 

Escucha la Ley de Dios, que os anuncia la verdad.  Y luego, regocijaos en el Evangelio, que en Cristo, sois salvos, hoy, y por los siglos de los siglos, Amén. 



Wednesday, October 19, 2016

El Sermón de los Regalos

Epifanía de Nuestro Señor, (Trasladada), 
la Instalación de Adam Lehman como Pastor Misionero de IELE 
San Mateo 2:1-12          14 de Octubre, A+D 2016

Este sermón fue predicado en la Asamblea de la Iglesia Evangélica Luterana Española.  Por razones pedagogicas, elegimos usar textos del Adviento, la Navidad y la Epifanía para el culto, por eso, este sermón trata de la Visita de los Magos al Niño Cristo. 

     Me pregunto ¿en qué idioma adoraron los magos al niño Cristo?  Puesto que no sabemos exactamente de donde ellos vinieron, es difícil decir con certitud qué lengua habrían usado en su adoración.  Parece que ellos compartían un idioma común con los escribas judíos y con el rey Herodes, quizás el griego, o el arameo, o posiblemente el latín.  Y de verdad, en la misión mundial de Dios, aunque la Palabra es
sumamente importante, es imprescindible, es la única arma que tiene la Iglesia, el idioma específico con que anunciamos la Palabra no es tan esencial.  Aunque en la práctica es muy importante que los pastores aprendan como comunicar efectivamente en un idioma que sus oyentes entienden, la falta de capacidad en lenguas no puede parar la misión evangélica de Dios.  Podría ocurrir a través de un milagro, como en el Pentecostés, o a través de un traductor, pero Cristo va a realizar su deseo de que su Palabra sea predicado, oído y entendido.

     Esto no significa que los pastores misioneros de IELE no necesiten aprender a hablar español.  Pero esto debería ser un ánimo a Adam Lehman, como lo es a mí: el hecho de que, en el plan de la misión de Dios, los idiomas no son el requisito número uno.  Número dos o tres, sí, pero no el número uno.

     ¿Y qué es el requisito número uno?  Es el mensaje de los Magos, comunicado en este caso sin palabras, el mensaje de la Epifanía, que es la revelación de Cristo Jesús a todas las naciones.  Aunque no sabemos el idioma de los Magos, podemos considerar lo que hicieron, y regocijarnos en las buenas noticias que el Espíritu nos anuncia a través de ellos. 

     Los Magos recibieron un mensaje de Dios, comunicado, en este caso, por una estrella, un mensaje que, por el poder del Espíritu, ellos entendieron y creyeron como el Evangelio:  Un nuevo Rey de los Judíos ha nacido, un Rey que merece la adoración de las naciones.  Congregarse alrededor de este Niño Rey vale la pena; no importa lo que se requiere, como un viaje largo, difícil y caro, una disrupción de tu vida, o una ofrenda de gratitud y alabanza.  Este Niño Rey merece la adoración, es decir, este Niño es Dios mismo, quien ha entrado en la carne humana, para reinar sobre su pueblo y sobre todas las naciones, con amor y sabiduría. 

     Adam, tú también has recibido un mensaje de Dios, comunicado por su Santa Biblia, el mismo mensaje del Evangelio, que hay un Rey de los Judíos que merece tu adoración.  Además, Adam, tú has sido llamado a España, para compartir este mismo Evangelio con los fieles de la Iglesia Evangélica Luterana Española, porque ellos también han oído el mensaje y, como los Magos, quieren congregarse alrededor del Rey, para adorarle.  A través de ti, Adam, y a través de los miembros de esta iglesia humilde y pequeña, Dios quiere ensanchar su reino, por la incorporación de más pecadores lavados en la sangre del Rey de los Judíos.  

     Los Magos predicaron por su viaje de fe y compromiso.  Además, predicaron por sus regalos al Niño Rey Jesús.  No podemos decir si los Magos entendieron lo que estaban predicando, pero el mensaje de sus regalos es inconfundible: un mensaje sorprendente y doloroso, y al mismo tiempo un mensaje glorioso y alegre, el mensaje del oro, del incienso y de la mirra.   Deberíamos revisarlo, porque es el mensaje que Adam está llamado a proclamar, es el Evangelio que nos salva, y es la única cosa que nos puede hacer
útiles en la misión de Dios.  

     El oro nos enseña que este niño es un rey, pero claramente es un rey diferente, único, un rey con la voluntad de sufrir, un rey desconocido por su propio pueblo, un rey escondido en pobreza y humildad.  El oro, símbolo de riqueza y poder mundial, además nos da una pista de la gloria verdadera de este Rey, la gloria del Dios Padre, la gloria del Rey de reyes y Señor de señores, la gloria que, en amor, el Hijo de Dios dejó al lado por un tiempo, para ganar a un pueblo para su Padre.

     Suba hacia Ti mi oración como el incienso, y el alzar de mis manos cual la oblación de la tarde.  Así oramos anoche en el orden de Vísperas, y así escribió el Salmista, refiriendose al culto de los sacerdotes en el Tabernáculo y el Templo de Israel.  Y así nos enseña el incienso, el segundo regalo de los Magos, que este Niño Rey es también un sacerdote, ofreciendo oraciones a Dios en el nombre del pueblo.  Dios ordenó a los sacerdotes, hombres de entre la tribu de Leví, para que ellos pudieran entrar en su presencia en el lugar santo, para interceder y pedir absolución para los pecados de la gente.

    En la Navidad y la Epifanía de Jesús todo este sistema de culto y sacrificio ya estaba llegando a su fin.  Fue necesario, porque es cierto que al final, solo este sacerdote, este hombre escogido por Dios, este ser humano quién únicamente nunca fue tocado por el pecado de Adán, solo este Niño Sacerdote pudo ofrecer dignamente intercesiones para todo el mundo.  Ahora nosotros pecadores tenemos un Abogado para con el Padre, haciendo intercesión por nosotros, Cristo Jesús el Justo, quien solo, de entre todos los hombres, fue capaz de entrar en la presencia de Dios Padre para ofrecer el sacrificio digno, aceptable y suficiente para cubrir nuestro pecado.     

     Finalmente, la mirra.  Qué regalo extraño, para dar a un niño, un regalo para la muerte, la mirra, que era para la preparación de un cuerpo para la tumba.  Es como dar un ataúd como regalo a un niño recién nacido.  ¿Quién daría tal regalo?  Sólo Dios el Padre.  Y sólo Jesús su eterno Hijo quería recibirlo.  Sólo Dios, por las manos de los Magos, daría mirra a este Niño, porque sabía que aparte de la mirra, ni el oro ni el incienso podían tener ningún valor para nosotros. 

     Sin la Navidad, sin la Epifanía, sin la Cruz y la tumba fuera de Jerusalén, Dios todavía tendría eternamente todo el oro, todo el incienso, todo el poder y la riqueza y la gloria y la adoración de los ángeles.  Todo esto tendría Dios, sin la mirra.  Pero nosotros, tú y yo, no podríamos participar en nada de la gloria y la felicidad eterna, excepto si Jesús también recibiera la mirra.  Porque el recordatorio del
sacrificio que nuestro Sacerdote Jesús siempre está presentando ante el altar del cielo es su propio cuerpo, el cuerpo del Rey de reyes, Dios mismo hecho hombre, el cuerpo sacrificado en la cruz, para el perdón de todos tus pecados, y todos mis pecados, ofrecido para el perdón de todos los pecados del todo el mundo. 

      La mirra fue necesaria.  Fue necesario que, después de la muerte verdadera del Cristo, Nicodemo y José de Arimatea envolvieron el cuerpo de Jesús en tela de lino, con 40 kilos de mirra, y lo pusieron en una tumba.  Porque no hay perdón sin derramamiento de sangre.  La paga del pecado es la muerte, y por eso, para pagar por nuestros pecados, el Niño Rey, el Niño Sacerdote, también tuvo que ser el Sacrificio.  La mirra del Viernes Santo fue necesaria.  Es una parte imprescindible del sermón de los Magos. 

     La mirra fue necesaria el viernes, pero no el domingo.  Las mujeres fueron andando a la tumba para añadir más mirra, más especias de la muerte sobre el cuerpo de Jesús, pero aprendieron que no eran necesarias, porque nuestro Rey y Sacerdote había resucitado.  Este hombre, nacido en Belén, tuvo que morir, pero fue imposible que la muerte mantuviera su poder sobre Él, porque el Niño de Belén es el Señor de la Vida, la fuente de toda vida, nuestro Salvador quién amó tanto a su Padre y tanto a nosotros que aceptó todos los regalos de los Magos. 

    Pastor Adam Lehman, ve y predica el oro, el incienso y la mirra de los Magos.  Predícalos a los miembros de IELE, y a cada persona con quien recibes la oportunidad de explicar las verdaderas buenas noticias de Cristo.  Vete a España, y provee el perdón, la vida y la paz del Niño de Belén, quien ahora reina en los cielos, y al mismo tiempo está en medio de su pueblo en el mundo.  Cristo Jesús quiere bendecirnos, quiere congregarnos alrededor de su Santa Palabra: los bautizados invitados al banquete celestial, al que aun ahora tenemos acceso, en su Santa Cena, una previsión de la vida eterna, a través de que Él nos perdona, nos protege, y nos prepara para servicio de amor en el mundo,   

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. 


Wednesday, September 14, 2016

La Muerte de un Hijo

Decimosexto Domingo después de Trinidad – 11 de Septiembre, 2016
1 Reyes 17:17-24, Efesios 3:13-21, San Lucas 7:11-17  

Gracia, misericordia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre, y el Señor Jesucristo, Amén. 

¿De qué murieron los dos hijos? En las lecturas de hoy, oímos de dos viudas, los dos con un solo hijo, y ambas sufrieron la muerte de sus hijos.  Me pregunto ¿de qué murieron los hijos?

Tal vez fueron víctimas de apendicitis.

Hace dos semanas, mientras Shelee y yo asistíamos a un cumpleaños en Logroño, recibí un WhatsApp de nuestro hijo Jeremy en Minnesota:  “Bueno, estoy en el hospital, esperando que el cirujano me quita el apéndice.”  Fue un susto para nosotros, y una experiencia desagradable, por la distancia y nuestra incapacidad de ayudarle, aparte de ofrecer nuestras oraciones.  Y peor, Teresa, la esposa de Jeremy, estaba en la autopista, porque iba a un festival en Minneapolis.  Ella volvía, pero Jeremy estaba solo cuando entró en la sala de cirugía.  De verdad, si hubiéramos estado en Montana, en vez de España, todavía nuestra inutilidad hubiera sido igual, pero nos afectaba un poco más, creo, por estar aquí.

Gracias a Dios, todo resultó bien.  Fue una decisión sabia y misericordiosa de parte de Jeremy, que no nos informó del problema hasta justo antes de la cirugía.  En vez de un día completo de preocupación, solo pasamos 3 horas, entre recibir el primer mensaje y luego el mensaje después de la cirugía exitosa.  Damos gracias a Dios por las maravillas de medicina, y el servicio bueno de los médicos y enfermeros. 

Todavía, una apendicitis es grave, y si fuera 1916 en vez de 2016, probablemente nuestro hijo habría muerto.  Y no sé cómo habríamos reaccionado.  Porque la muerte de un niño es horrible.  La muerte es siempre mal, pero cuando muere una persona mayor, podemos aguantarlo mejor.  Ha vivido una vida larga, y sus hijos continúan la historia familiar.  ¿Pero la muerte de un hijo, mi hijo, mi hija?  No sé vuestras historias personales, quizás he tocado un tema sensible, quizás sabes algo de este tema triste.  Me preocupe enfocar en este tema, pero es importante, porque la muerte de un hijo es un desafío grande a nuestra fe.  Quizás los padres aquí, como yo, suelan pensar que nuestra fe es fuerte.  Pero la realidad es que es muy difícil mantener la confianza de que Dios es bueno y amoroso, cuando tu hijo muere. 

Si este tema te ha dado un recordatorio de dolor, te pido disculpas, no quiero causar pena a nadie.  Pero mis disculpas no cambian la realidad de que padres a veces sufren la muerte de sus hijos.  Es demasiado común; es una realidad de este mundo. 

Y, también es una historia muy común en la Biblia.  Hoy tenemos dos viudas quienes pierden hijos, y hay más como estas en las Escrituras, y también parejas privadas de hijos.  Estas historias están en todas partes de la Biblia.  Además de la viuda de Nain y la viuda de Sarepta, de nuestras lecturas del Evangelio y Antiguo Testamento de hoy, hay también Eva, la madre de Abel, asesinado por su hermano Caín. 

Tal vez recordáis a Job y su mujer, y la muerte de sus siete hijos y tres hijas. Hay una mujer de Sunem, para quién el profeta Eliseo, el sucesor de Elías, también resucitó a su hijo muerto, en una historia muy parecida a la de nuestra lectura del Antiguo Testamento de hoy. 

Además, está Noemí, la suegra de Rut, quien quería que no se llamara Noemí, pero Mara, que en hebreo significa amarga, porque ella había perdido a su esposo, y a dos hijos.  Hay Betsabé, quien perdió su primer hijo con Rey David, debido a su pecado.  En la historia de la Navidad, siempre tenemos que recordar el sufrimiento de las madres de Belén, quienes con sus hijos sufrieron la ira de Herodes, cuando los reyes magos se marcharon sin decirle dónde estaba el Cristo.  Y hay más. 

La muerte de un hijo o hija es tan triste, y dolorosa.  Siempre nos hace preguntar:  ¿Por qué? ¿Por qué ocurrieron, y por qué están escritos tantas historias parecidas en la Biblia?  ¿Sirven para algún buen propósito?

Sí.  Aunque son difíciles para nosotros leerlas o escucharlas, hay al menos tres propósitos en estas historias. 

Primero:  La muerte de hijos nos enseña de la gravedad del pecado.  Inmediatamente después de comer la fruta prohibida, Adán y Eva reconocieron su desnudez, y su vergüenza.  Las maldiciones de Dios y las dificultades de la vida fuera del jardín les enseñaron aún más.  Pero en el día que su primer hijo mató a su segundo, entendieron la gravedad del pecado en un sentido diferente, el sentido de padres privados de un hijo amado.  No quiero decir que Dios permite la muerte de hijos porque Él quiere dañarnos.  La culpa de la muerte es nuestra, es consecuencia de nuestro pecado, y no podemos evitar nuestra responsabilidad.  Dios no se complace en la muerte del pecador.  Pero Dios sí sabe que, para querer y buscar a un salvador, necesitamos entender la gravedad de nuestro pecado, y en la muerte de un hijo, encontramos una demostración muy fuerte.        

No podemos continuar mucho tiempo en esta situación.  Cuando la ley de Dios, el pecado y nuestra culpa nos atacan y nos presionan con tanta fuerza, necesitamos un rescate pronto.  Aunque la realidad de la ley y un entendimiento de la gravedad de nuestra situación son necesarios, no nos ayudan escapar de nuestro predicamento.  No nos salvan.  Necesitamos socorro, pronto.

Gracias a Dios, viene pronto el segundo propósito de la presencia de tantas historias de la muerte de hijos en la Biblia.  A través de estas tragedias, podemos ganar un entendimiento de la profundidad del amor de Dios.  Estos hijos muertos, mártires de la fe, son iconos de Cristo, el Hijo de Dios.  Nos dan un cuadro del evangelio, una representación poderosa del amor de Dios Padre, quien envió a su amado Hijo para salvarnos a nosotros pecadores, a través de su propia muerte.  El dolor que afrontamos en la muerte de un hijo es una pequeña parte del dolor experimentado dentro de Dios, cuando el Padre eterno, fuente de todo amor y justicia, dejó sufrir a su Hijo Jesucristo en nuestro lugar, sufriendo el castigo merecido por todo el pecado del mundo. 


¿Por qué?  ¿Por qué lo hizo Dios?  ¿Por qué Jesús voluntariamente se sometió a nuestra muerte?  Porque el amor de Dios es aún mayor que la gravedad de nuestro pecado.  Porque Dios quería, y todavía quiere tenerte consigo mismo, para bendecirte y amarte eternamente.  El deseo de Dios en darnos estas historias es también el deseo de que San Pablo nos habla hoy: que seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.  Todo esto encontramos en la muerte, y la resurrección, de Jesús, el Hijo de Dios. 

Entonces, el tercer propósito de las historias de la muerte de hijos es darnos confianza en esta vida, confianza que ahora ni aún la muerte tiene poder sobre nosotros.  Aunque todavía va a tocarnos, la muerte no puede separarnos de Dios, debido al amor de Dios que ha sido derramado sobre nosotros en el único Hijo del Padre, quien voluntariamente se sometió a la muerte en una cruz, para perdonar todos los hijos de los hombres, para tener misericordia de toda la humanidad. 

Con Cristo Jesús, tenemos confianza en la faz de cualquier problema, porque el Hijo del Padre no quedó muerto.   Por lo tanto, quienes son de Él tampoco van a quedar muertos, porque en nuestros bautismos, hemos sido unidos a su muerte, y su resurrección.  Mejor es nuestra bendición que las de los hijos de las viudas en nuestras lecturas de hoy, porque sus resurrecciones eran para continuar en este mundo pecaminoso.  Pero nuestra resurrección será para entrar en la vida eterna, la vida de gloria y paz.  Para los cristianos, la muerte que importa ya ha pasado, estamos ya vivos eternamente en Cristo.  Por eso, podemos vivir sin miedo, y con amor, sirviendo a nuestros prójimos con el amor que hemos recibido del Padre. 

Y cuando nos vienen problemas, cuando la muerte, el pecado, cuando las realidades difíciles de este mundo también nos afectan, sabemos dónde podemos ir.  Podemos recurrir a Cristo, para recibir en nuestros oídos su perdón, para lavar nuestras vestiduras blancas en la sangre del Cordero, para oír y creer otra vez que nuestro Padre nos ha amado perfectamente, y nos continúa amando, hoy, y en el mundo venidero, donde nos regocijaremos con todos los fieles santos, para siempre.


Damos gracias por la medicina moderna, y por la cirugía exitosa de nuestro hijo.  Alabamos a Dios por cada momento bueno con nuestros queridos. Pero nuestra esperanza no es vivir una vida larga aquí con nuestros queridos. Nuestra esperanza es el Hijo de Dios, quien murió, y resucitó, y con quien viviremos eternamente, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.  


Thursday, August 4, 2016

Un Salvador Radical

Décimo Domingo después de Trinidad
Un Salvador Radical - San Lucas 19:41-48

     Salvador Radical.  No es normalmente un halago llamar a alguien “un radical.”  Especialmente hoy, después de los últimos días y meses, con atentados en todos los lugares típicos, como Bagdad, Kabul, y Siria, pero también con masacres en sitios que solíamos considerar pacíficos y seguros, como Paris, Múnich, Orlando, Dallas, Niza y aun dentro de una iglesia en Roen, en Normandía, todos queremos que sean menos hombres radicales y extremistas, y más personas razonables, pacientes, y tiernas.

     De verdad, por su descripción de la purificación por Jesús del Templo en Jerusalén, me parece que San Lucas no quiso hablar mucho de radicalismo.  El buen doctor solo dice que Jesús, entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.   Un acontecimiento notable, pero no se describe como acto radical.  Pero era.  Todos los evangelistas anotan esta historia de Jesús purificando al Templo, y los otros ofrecen detalles que dan una impresión más fuerte, como el estruendo de las monedas de las cambistas derramadas sobre el pavimento, y los gritos de los animales huyendo cuando el Señor volcó las mesas de los vendedores, o que Jesús hizo y usó un azote, demostrando su ira.  Fue de verdad un momento radical, una acción extrema.

     Aunque no nos gustan los radicales de hoy, no podemos leer los evangelios sin darnos cuenta de que el Señor Jesús mantuvo muchas doctrinas extremas, e hizo muchas cosas radicales.  Por ejemplo, el día antes de nuestras lecturas, Jesús entró en Jerusalén como un rey conquistador, aceptando los loores de la gente, una procesión que parecía el inicio de una rebelión.  Hay una paradoja grande en la Cristiandad:  las metas de la fe son vida, amor, paz, amistad, alegría.  Pero al mismo tiempo la historia de Jesús trata de una competencia dura, y de violencia, ira, con muchas palabras y acciones radicales. 

     Es muy fácil, especialmente hoy, cuando hay tanta violencia en el mundo, que ignoremos las partes radicales en la historia y la enseñanza de Jesús, y finjamos que no hay nada de radicalismo en el cristianismo.  Pero si rechazamos una parte de la historia de salvación, el diablo se regocija, porque pronto perdamos la salvación.  Necesitamos toda la historia.  Aunque no queremos ver el radicalismo en el mundo de hoy, necesitamos el radicalismo de Jesús.  Pero, ¿cómo debemos entender esto?  ¿Qué es la diferencia entre el radicalismo de Jesús y los actos radicales que vemos hoy?  ¿Tenemos que ser radicales en algún sentido, si queremos ser verdaderos cristianos?

     Mi tutora de español muchas veces ha corregido mis sermones, pidiéndome no usar el verbo odiar, especialmente con la persona de Dios.  Me dice que no es apropiado para un discurso culto.  Pero normalmente mis usos de las palabras `odiar´ y `odio´ no son mis propias palabras, más bien son citaciones bíblicas.  Hoy, para mucha gente, es inaceptable el modo en que la Biblia dice que Dios odia.  Dicen que esto suena de radicalismo, y debemos rechazarlo. 


    Pero es verdad que Dios odia.  Dios odia pecado.  Y esto no es radical.  De verdad, todo el mundo odia pecado.  Bueno, hay excepciones con nosotros, como cuando pensamos que podemos obtener beneficio desde el pecado, o cuando nos hemos engañado a nosotros mismos, para pensar que algo pecaminoso no es verdaderamente un pecado.  Pero, cuando vemos un pecado cometido contra un amado nuestro, o contra una persona que nos parece inocente, o, especialmente, cuando vemos a alguien pecando contra nosotros, entonces odiamos este pecado.  Claro que sí, porque el pecado es mal.  Dios odia pecado, y deberíamos también.  Pero esto no es el radicalismo de Dios.  Esto no es el camino extremo de Jesús.

     De hecho, que Jesús purificó al Templo no fue radical; hubo hecho el igual muchas veces en la historia de Israel.  Dios eligió a los descendientes de Abraham para ser su propio pueblo, dándoles su Palabra, el Templo, el culto, los sacrificios, un reino poderoso, y una ley sana y justa, para que ellos pudieran vivir como su propia gente. 
     Pero los Israelitas nunca podían hacer su parte.  Siempre estaban siguiendo atrás otros dioses falsos, siempre ignorando la ley, siempre rechazando a Dios.  Y varias veces el Señor usó reyes y ejércitos extraños y otras calamidades para purificar a su pueblo.  Pero cada vez, después de poco tiempo, regresaron al pecado.  Esta es la historia repetida de Israel, y aunque es deprimente, no hay nada radical en esto. 

     La purificación del Templo por Jesús fue una repetición, excepto por una cosa, una diferencia en la situación.  Antes, cuando Dios purificó a su pueblo, cuando castigó a Israel para darles arrepentimiento, Él lo hizo solo como Dios, por su poder ilimitado, sin ningún riesgo de que Israel tomara represalia contra Él.  Dios es Dios, y los hombres no pueden herirle de ninguna manera.

     Excepto ahora, en el Templo, el día después de la entrada triunfante en Jerusalén, cuando las multitudes le aclamaba a Jesús como el nuevo Rey David:  Este mismo Jesús, ya el objeto de la ira de los sacerdotes y fariseos, los líderes religiosos de los judíos, decidió purificar al Templo, provocando las intrigas que iban a resultar en su crucifixión.  Dios, ahora hecho hombre en Cristo Jesús, purificó a su pueblo otra vez, pero ahora su pueblo tuvo el poder de tomar represalias. 

     Además, después de enojar tanto a sus enemigos, Jesús no se escondió.  No, Él continuaba en público, enseñando cada día en el templo; aunque los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle.  Esto es radical.  Esto es el amor radical de Jesús, quien, para salvar a sus propios enemigos, hizo purificaciones y predicó denuncios contra los judíos, para que ellos le matarían.

     Aunque los judíos no merecieron su amor, y aunque nosotros no merecemos su amor, el plan radical de Jesús siempre era amarnos al final, hasta su propia muerte, completamente inmerecida e injusta.  Jesús hizo esto para que, en su muerte, nosotros podamos encontrar el mérito y la justicia que nos purifica, no para un día, pero perfectamente y eternamente. 

     Quizás es todavía difícil hablar de la realidad de la Cruz.  Como dice San Pablo, es “piedra de tropiezo y roca de caída.”  La Cruz nos ofenda.  El sufrimiento y la muerte de Cristo nos da vergüenza y culpa, porque no solamente los pecados de los judíos, pero también nuestros pecados fueron causa de la Cruz.  Es una verdad amargura. 

     Arrepiéntete.  Arrepiéntete de tus pecados, arrepiéntete de tu vergüenza, y oír lo que Cristo quiere que conozcas:  la Cruz es para tu paz. 



     La Cruz es para tu paz, y no tienes que ir a Jerusalén, ni tampoco viajar a través tiempo, para encontrar tu paz.  Aunque Jesús murió y resucitó hace dos mil años, el día de tu visitación por el Salvador radical es hoy, aquí, donde Él te encuentra, para purificarte otra vez, con la victoria de su amor radical. 

     Los actos radicales de los meros hombres siempre fallan, porque no tienen el poder del amor de Dios.  Más, siempre están contaminados con nuestros pecados.  Como dice Santiago, la ira del hombre no obra la justicia de Dios, (Santiago 1:20).  Pero la ira de Dios sí, ha obrado nuestra justicia.  Esto es el amor radical de Jesús, quién envolvió en su propio cuerpo todo el pecado de los hombres y toda la ira de Dios contra nosotros, enterrando los dos para siempre. 

     En esto podemos ver que el amor radical de Jesús es un misterio, que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo ha conseguido nuestra salvación, dentro de su propio ser.  Entonces, no necesitas temer nada, ni a nadie, porque tu salvación es un hecho, en Dios mismo.  Él te la ha entregado por medio de la fe, por medio de la palabra y el agua.  Y aquí, en la compañía de los hermanos, congregado en torno a su Palabra y su Cena, Él continúa recordándote de su amor cada día. 

     Entonces, el radicalismo cristiano es único, completamente distinto de los métodos de los hombres.  Los métodos de los hombres son llenos de odio, y falta la remedia del perdón de Cristo.  Las intenciones de los hombres para purificar el mundo son nada más que sus propias fantasías malas.  Nada bueno viene del radicalismo humano.

     Pues, todavía vivimos en este mundo violento, cada día más lleno de radicales.  ¿Cómo responderemos al odio y violencia y los atentados de hombres violentos? 

     Con palabras radicales, que proclama el amor de Cristo. 

     Con actos valerosos, aunque simples, congregando en torno a la mesa del Señor para recibirlo en su cuerpo y su sangre, y presentando nuestras oraciones a Dios, para la conversión de los enemigos de la Cruz, por la proclamación de la misma Cruz, donde hay perdón y amor radical para todos


     Porque somos la iglesia de Cristo, además tenemos un papel de compartir estas noticias del amor radical de Cristo con todos.  Tenemos un papel de servir a nuestros vecinos, los pacíficos y los violentos, como Dios nos ha servido. 

     No quiero decir que no debemos defender a nuestras familias, o que el gobierno no debe luchar contra los radicales violentos.  Quiero decir esto:  No sé dónde o como, pero como la iglesia, vamos a encontrar oportunidades para servir, por algún modo, a nuestros enemigos.  Estos también sean tareas radicales. 

     No podemos hacerlas por nuestra propia fuerza.  Solo el amor radical de Dios, que nos viene en el evangelio de Cristo, puede darnos voluntad y fuerza para intentarlas.  Necesitamos aferrar a Él siempre, siempre recibiéndole por el escuchar de su Palabra, o todos nuestros esfuerzos para el bien del mundo van a fracasar.                 

     Pero con Cristo, sí, podemos atrever amar radicalmente.  Porque Cristo está a nuestro lado, podemos amar sin expectación de recompensa, porque ya tenemos todo en Dios.  Podemos atrever hablar la verdad de Dios, abiertamente y sin temor, porque sabemos que Jesús mismo es la Verdad de Dios que viva eternamente, y nosotros vivimos con Él. 

     Y, como vamos a celebrar en unos momentos, con el amor radical de Jesús, un varón y una mujer pueden atrever amar como cristianos, sacrificándose el uno para el otro, porque están seguros en el sacrificio perfecto que hizo Cristo para su novia, la iglesia. 


     Cada uno de nosotros podemos enfrentar a esta vida incierta con la confianza y la paz que vienen de la absolución completa del Padre, el consuelo y consejo de su Espíritu, y el amor radical de Cristo, que nos da vida.  No podéis fracasar, porque mayor es Él que está en vosotros que él que está en el mundo.  El que creyere en Jesucristo, el Salvador radical, no será avergonzado.  Tienes su paz y victoria, hoy, y por los siglos de los siglos, Amén.

Monday, July 25, 2016

La Verdadera Palabra de la Boca del Señor

Octavo Domingo después de Trinidad

SALMO                                                    Salmo 48                     
ANTIGUO TESTAMENTO                  Jeremías 23:16-29
EPÍSTOLA                                              Hechos 20:17-38 
EVANGELIO                                          San Mateo 7:15-23 

SERMÓN   15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.  16 Por sus frutos los conoceréis.
     Instrucciones simples.  Guardaos de los falsos profetas, y Jesús aún nos dice como reconocerlos:  Por sus frutos.  ¿Y qué son los malos frutos de los profetas falsos?  Jesús dice que van a llamar al Cristo como Señor, echar demonios en el Nombre del Señor, profetizar en el nombre de Cristo, hacer milagros en el nombre de Jesús…
     ¿Qué dijo el Señor?  ¿No son buenas obras, llamar al Cristo públicamente como Señor, profetizar, o predicar en su nombre, o al menos echar demonios y hacer milagros en el nombre de Cristo?  ¿Cómo es posible que Dios no quiere estas obras?

     Estas obras no son verdaderamente buenas, ni tampoco ninguna otra obra es buena, si el mensaje que las acompaña es falso.  Si estas obras no proceden de una proclamación de la fe verdadera, que solamente confía para justicia y salvación en Cristo y su gran obra salvadora, entonces son malas obras, del diablo, no de Dios.  Porque todo que no proviene de fe, es pecado. (Romanos 14:23)    
     Todas nuestras lecturas de hoy hablan del mismo tema:  el requisito del Señor que sus predicadores hablen la verdad, toda la verdad, y nada excepto la verdad.  Como dice San Pablo, los predicadores deben anunciar “todo el consejo de Dios.”   No deberían anunciar sus propios pensamientos, como hicieron los profetas a quienes Dios condenó a través de la boca de Jeremías:  16 Escucha otra vez: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová… 28 El profeta que tuviere un sueño, cuente el sueño; y aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera. ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? dice Jehová.  29 ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?
Qué raro, y difícil.  Hay en esto varias preguntas para nosotros:
¿Por qué son tan populares los profetas falsos y los predicadores malos? 
   ¿Qué es el problema con su mensaje?
            ¿Qué es la Palabra verdadera de la boca del  
                         Señor? ¿Cómo podemos reconocerla?
            ¿Qué significa todo esto para nuestras vidas, 
                                                            en la edad que viene, y hoy? 
     Los profetas falsos son lobos vestidos como ovejas, son enemigos del Señor, son condenados, junto con todos que creen en sus mentiras.  Pero son tan populares.  ¿Por qué?  La verdad es que el crecimiento de la Iglesia verdadera es casi siempre lento, y las congregaciones que se agarran al puro evangelio son pequeñas históricamente.  Por el otro lado, las iglesias, cristianas en nombre, pero donde se predica una fe falsa, son muchas veces muy popular. ¿Por qué?
     Una gran parte del problema es nosotros, los oyentes, con nuestra comezón de oídos, nuestro deseo para maestros que conforman a nuestros deseos, (2 Timoteo 4:3).  Yo también, como ejemplo de un predicador, soy una gran parte del problema, porque en vez de un compromiso fuerte de ser fiel, por mi naturaleza tengo un deseo de ser popular, y estimado.  Y la verdad es que muchas veces los falsos profetas son más populares.  Así es:  podemos entender este obstáculo en las últimas palabras de nuestra lectura de Jeremías: dice Jehová ¿No es mi palabra como fuego, y como martillo que quebranta la piedra?  No la queremos esta palabra.  No queremos predicar ni escuchar el mensaje verdadero del Señor, porque es un martillo que quebranta nuestra confianza en nosotros mismos, y quema nuestro orgullo.  
     Un problema con el mensaje falso es que nos gusta oírlo.  Y, hay un problema aún más fundamental:  es falso, y la consecuencia de su falsedad es separación de Dios y condenación eterna.  Los lobos distorsionan la verdad de Dios, e ignoran a nuestra realidad espiritual.  Dicen los lobos:  cumplir la ley de Dios, en el modo que yo te explico, y seréis salvos.  Si fuéramos capaces de cumplir la ley de Dios, entonces la predicación de obras y la ley como camino de salvación sería verdad.  Pero no somos capaces.  Somos pecadores; necesitamos ser salvos.
     Esto no significa que la ley de Dios es mal, ni tampoco inútil en el día a día.  La ley es buena, y nuestras vidas son mejores cuando seguimos más cuidadosamente las instrucciones que Dios nos ha dado.  Pero tened cuidado, porque el diablo, y los profetas falsos, abusan esta verdad para engañarnos.  Está bien, hasta un punto, vivir una vida buena en este mundo. Pero la Palabra de Dios no quiere hablarnos de cómo podemos vivir una vida buena aquí, en este mundo que muere. Dios no está salvándonos para continuar en este mundo arruinado.  Él quiere salvarnos para el Reino de los Cielos.  Y el estándar para entrar en la presencia gloriosa de Dios es mucho más alto. 
    Sería más fácil entender el estándar de Dios con un ejemplo.  Voy a usar el estado de limpieza de las habitaciones de los luteranos jóvenes de España, como Titi y Sebastián, Juancho y Juanmi.  Yo puedo decir que sus habitaciones están limpias.  Como pastor, he visitado a casas de mucha gente, en dos continentes y en varios países.  Y puedo decir que las habitaciones de los luteranos jóvenes en España están limpias.  No sé quién debe recibir el crédito por eso, quizás los niños, o quizás las madres.  Pero seguramente, nadie pudiera quejar sobre su estado. 
     Excepto si íbamos a usarlas como salas de cirugía.  Por el estándar adecuado para habitaciones de hijos en la casa de sus padres, están más que aceptables, dignas de alabanza.  Pero por el estándar de servir como una sala de cirugía, con la necesidad de limpieza tan alta, la necesidad de ser antisépticas para evitar infecciones al paciente, las habitaciones están completamente sucias, inadecuadas para esta meta. 
     Los predicadores falsos pretenden que los estándares de justicia que sirven en este mundo también sirven en el Reino de Dios.  Ellos requieren que seamos más o menos honestos, amables, que no cometamos homicidio, no seamos siempre borrachos, que no salgamos con la esposa de otro hombre, etc.  Muy bien, con esta conducta, seremos buenos vecinos.  Pero no seremos puros como requiere el Señor, para entrar en su gloria.  El fuego consumidor de Dios quema toda iniquidad.  El martillo que quiebra las piedras es la ley divina y perfecta, y nosotros, con nuestra naturaleza pecaminosa, somos las piedras.  Como dice Jesús:  sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. (San Mateo 5:48)

     Finalmente, el problema con el mensaje de los profetas falsos es esto:  Si lo creemos, estamos perdidos.  Si creemos que las mentiras de los malos predicadores son verdaderas, entonces estamos rechazando a la verdad de Dios, su verdad sobre el pecado y los pecadores, y también la verdad sobre su salvación, la verdad sobre la persona y la obra del unigénito Hijo de Dios, Jesucristo, en quién hay el único camino para llegar al Padre.  Por lo tanto, necesitamos tener muy clara lo que es la Palabra verdadera de la boca del Señor, para que podamos reconocerla. 
     Hay dos partes principales.  Primera, no importa si parecéis limpios o si estáis obviamente sucios, no sois bastantes limpios.  Por las obras de la ley nadie será justificada, porque todos carecemos la perfección requerida.  Es posible ser una buena persona en los ojos del mundo, en el día a día, pero Dios quiere, y requiere, pureza perfecta, dentro y afuera, cada palabra, acción, y pensamiento.  Esto no lo hacemos. 
     Considera una cosa:  Si fue posible que pudiéramos ganar el amor de Dios por nuestras obras, entonces, ¿porque fue necesario la Cruz, la muerte de Jesús?  Cuando creemos que por nuestra propia santidad podemos alcanzar a la justicia de Dios, menospreciamos a Cristo y su gran obra.  Empezamos salir fuera de su grey, fuera de su iglesia. 
     Gracias a Dios, esto es solamente la primera parte del mensaje que viene de su boca.  Sí, el Señor quiere que las habitaciones de su Espíritu Santo estén perfectamente limpias.  Y por eso, vino Cristo para hacerlo verdad.  La importancia de la Encarnación, el hecho que en la humana Jesús, hijo de María, Dios se ha unido con la humanidad, es esto:  Está en Cristo donde encontramos nuestra habitación limpia con Dios.  Él es nuestro lugar santísimo, nuestro acceso al Padre, nuestra garantía de ser declarados justos ante el juzgado de la eternidad.     
     Mensajeros son fieles cuando sus sermones tienen estas dos realidades claramente declaradas:  primera, la culpa y el pecado de todos los hombres, que merecen el castigo de Dios, y segunda, la gracia y amor y salvación de Dios, ofrecidas gratuitamente en el perdón de pecados.  Las encontramos en Cristo mismo, en los medios donde Él nos ha prometido reunirse con nosotros:  en su Palabra, en su Bautismo, en su Absolución, y en su Santa Cena.  Es como dice San Pablo en nuestra epístola de hoy, que él iba a las sinagogas y las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo.   Arrepentimiento y fe.  Ley y Evangelio.  Esto es el mensaje de San Pablo, de San Pedro, de Juan el Bautista, y del mismo Jesucristo durante su ministerio.  Es el mensaje de todos predicadores fieles.  
     Todo esto, tú ya sabes.  O salvación eterna o condenación eterna, esta es la diferencia entre escuchar a los predicadores fieles, o a los predicadores falsos.  ¿Pero, hay diferencia para la vida hoy en día?  Nuestro destino eterno debería ser bastante razón, pero somos débiles.  Queremos recibir ahora alguna bendición de la fe verdadera.  Y, quizás a veces vivir la vida cristiana no nos parece tanto como bendición. 
     Ser un cristiano fiel no te hace muy popular.  No es fácil vivir como las cosas más importantes y valiosos en esta vida son Cristo y su mensaje.  No es fácil, y el mundo piensa que esta idea es locura. 
     Pero sí, oír y agarrarse a la predicación pura de la Ley y Evangelio es muy valioso para hoy.  Porque cuando entendemos lo que Cristo nos ha dado, lo que Cristo nos ha hecho en su vida y en su Cruz, cuando sabemos quiénes somos en Él, entonces, la vida va diferentemente. 
     Mientras todo el mundo está buscando una identidad buena, comprando tatuajes y cambiando los piercings y el color de pelo y aun, supuestamente, el género, tú tienes el Nombre de Dios Altísimo, impuesto en ti en tu bautismo.  Es la identidad buena que dura eternamente.
     Mientras el mundo no tiene una respuesta a la culpa y el rencor y la lucha para poder y prestigio que dominan la vida normal, tú tienes el perdón de Cristo, el don de su Espíritu, y el amor de su Padre. 
     Mientras el mundo solo piensa en hacer buenas obras cuando es fácil, y va a recibir algo en recompensa, tú estás tan abrumado con el amor de Dios, que estás libre a servir y amar a tu familia, tus vecinos, y aun a desconocidos, porque estás seguro en el amor y el cuidado de Cristo.  Además, disfrutas del amor de tus hermanos en Cristo, tus hermanos y hermanas en la fe, todos que comparten la misma Palabra fiel de la boca del Señor.  Aunque esparcidos, ellos son una familia nueva para ti, una comunidad de amor y ayuda, listos a ayudarte hoy, y cuandoquiera que necesites. 


     No puedo decir que la vida del cristiano es siempre fácil, ni tampoco deberíamos pensar que no vamos a sufrir por la fe.  Pero sí, vale la pena, para la promesa de la vida eterna, y la paz que puedes disfrutar hoy mismo, porque en Cristo Jesús, tu Salvador, ya tienes la Paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, y que guarda vuestros mentes y corazones, hoy, y hasta la vida eterna, Amen.

SALUTACIÓN y la COLECTA DEL DÍA:
P:  El Señor sea con vosotros.          
C:  Y con tu Espíritu.                                                                                        2 Timoteo 4:22, Rut 2:4
P:  Oremos.
     Oh Señor, danos tu Espíritu para pensar y hacer siempre lo que es bueno, a fin de que nosotros, que no podemos hacer nada bueno sin ti, siendo habilitados por tu Espíritu podamos vivir de acuerdo a tu voluntad; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos, Amén