Tuesday, January 2, 2018

La Bendición Mejor

Primer Domingo después de la Navidad
La Bendición Mejor

Lucas 2:22-40, Galatas 4:1-7

     Estamos en medio de una temporada de bendición.  Es verdad que más y más en la cultura actual, estamos escondiendo a Jesús durante la Navidad, o el Jesús que se está presentado es una versión falsa.   Sin embargo, la Navidad todavía es una temporada de bendición.  



     Esto es correcto; así debería ser.  Que siempre intentemos que el verdadero Jesús sea el centro de las fiestas navideñas.  Pero, no es poca cosa que, aun cuando errores fundamentales manchan las celebraciones, todavía durante la temporada hablamos mucho de bendición.  Y siempre que todo el mundo está pensando en bendiciones, haya una oportunidad evangélica para anunciar la verdadera bendición de la Navidad. 

     ¿Cómo lo haremos?  Los evangelios nos ofrecen muchas palabras de bendición para sazonar a nuestras conversaciones.  Podemos recordar la Anunciación, la visita de Gabriel a María, cuando el mensajero celestial anunció la Encarnación del Hijo de Dios en su matriz, y María respondió con la voz de fe, sencilla y profunda:  He aquí, la sierva del Señor. 
     O el mensaje en sueño del ángel que condujo a José a cuidar a María y Jesús:  No teme, José, el Hijo engendrado en María es santo, y va a salvar a su pueblo de sus pecados.  
     Hay la exclamación de Elisabet y el cántico de María que surgieron cuando la prima joven fue al campo a visitar a la mayor, las dos milagrosamente encintas:  Mi alma magnifica al Señor.
   También tenemos el cántico de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, el Bautista, y las propias palabras de Juan cuando Jesús vino a él para ser bautizado:  He aquí, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 




     Y, por supuesto, son consoladoras las palabras del cántico de los ángeles en la Nochebuena, anunciando a los pastores el nacimiento del Salvador, Cristo el Señor, en Belén.  Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres. 

     Todos estos están llenos de palabras de bendición, primero en el sentido de proclamar alabanzas al Dios que hacía estas cosas, “Bendito sea el Señor, Dios de Israel,” y más, como anuncios de bendiciones en el sentido de buenas nuevas para toda la gente, a través del nacimiento del Hijo de María.    
  
     Hoy, tenemos una canción más de bendición, el Cántico de Simeón, cantado por este profeta anciano, desde el Templo, donde los padres de Jesús le llevaron para cumplir los requisitos de la Ley.  Con el Niño en sus brazos, Simeón celebró el cumplimiento de una promesa, y la paz que viene de saber que estás perfectamente preparado para morir.  Con tal confianza en su salvación, la cual fue encarnada en el bebé que estaba en sus propios brazos, Simeón cantó sobre la bendición que es este bebé. 


     De los muchos cánticos de los Evangelios, y especialmente de San Lucas, el de Simeón es el último para llegar a ser parte de nuestra liturgia dominical.  El Nunc Dimittis, en latín, o el Cántico de Simeón, desde muy temprano en la historia de la Iglesia estaba cantado durante Vísperas, la oración de la tarde entrando en la noche, una canción adecuada en la preparación para dormir, puesto que en Cristo nuestra muerte es convertido en un breve sueño, prólogo de la vida eterna.  Entre los luteranos, en los siglos 19 y 20, surgió la idea de también usar el Nunc Dimittis en la liturgia de la Santa Cena.  Después de unos intentos, se encontró un sitio permanente en la Eucaristía Luterana: el cántico post-comunión, una nueva extensión de nuestro entendimiento de las bendiciones que recibimos en la Cena. 

     Primero, Simeón lo cantó con Jesús en sus brazos, declarando su bendición particular, que él estaba listo para salir de este mundo, habiendo visto el Salvador prometido.   Veinte siglos luego, los luteranos, justo después de comulgar, declaran la bendición de estar igualmente preparados, porque en Cristo ya hemos muerto y ya hemos resucitado, y bajo el pan y el vino hemos experimentado una comunión única con Dios, llena de promesa y confianza.  Ahora, Señor, despides a tu siervo, en paz.  ¡Qué bendición!

     ¿Cuál bendición es la mejor de los dos, la de Simeón, o la nuestra? ¿Cuál preferirías tú, tener el Hijo de Dios en tus brazos, hace dos mil años, en Jerusalén, o haber recibido hoy en día el cuerpo y la sangre del mismo Dios hecho hombre, dado y derramado para el perdón de todos tus pecados?  ¿Cuál es la bendición mejor?

     Sin duda, hay ventajas en el abrazar al niño.  Como muchos de vosotros ya sabéis, el 25 de noviembre Shelee y yo nos convertimos en abuelos.  Bueno, de verdad, desde la perspectiva de Dios, nos convertimos en abuelos nueve meses antes, cuando la vida de nuestra nieta, Heather, empezó, dentro de nuestra nuera Teresa.  Pero para nosotros humanos, es más real cuando podemos ver a los nietos, y ya hemos disfrutado de docenas de fotos y videos de ella.  


     Pero en dos semanas, cuando con la ayuda de Dios estaremos en Minnesota, con Heather dentro de nuestros brazos… esto será totalmente otra cosa.  Hay algo especial en abrazar, en contactar físicamente con nuestros seres queridos.  Sí, de verdad la bendición particular de Simeón fue espectacular.   

     Al mismo tiempo, había desventajas de estar presente, de ser un testigo presencial de la vida de Jesús, al lado de Simeón, José y María.  Recordad como profetizó Simeón sobre el niño, y sobre el dolor futuro de María: “He aquí, éste (niño) está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma, María), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.” 

     ¡Qué pena, qué decepción!  Justo después de su cántico de bendición, una profecía de juicio y dolor.  Simeón nos recuerda que la bendición que el Niño iba a otorgar al mundo era la salvación de nuestros pecados.  Fue nacido para morir, en nuestro lugar.  Para rescatar a todos los pecadores, condenado a la muerte eterna.  Seguramente la espada que traspasó el alma de María su madre fue singularmente dolorosa. 

      Pero, es cierto que, para cada persona que vio, escuchó, creyó y tocó al Jesús, y especialmente al fin de su trayectoria, para los que miraron su levantamiento en una vil cruz, fue una pesadilla inimaginable. 


     Por eso también muchas personas quieren evitar hablar del verdadero Cristo durante la Navidad. No queremos que los pensamientos de nuestros corazones sean revelados.  El reconocer de la verdad, que este niño tuvo que pagar para mi maldad, es demasiado difícil.  Contemplar esta caída cuesta tanto.  Mejor durante las fiestas sólo compartir bendiciones anodinas, deseos alegres, pero muy superficiales, porque hablar honestamente sobre el contenido de la vida de este niño es tan duro. 

     Así es, para el mundo, y para nosotros.  No podemos aguantar ver toda la realidad de la que el Bebé de Belén se encargó. 

     Pero Él, sí; Jesús pudo.  Jesucristo, y sólo Jesucristo, lo aguantó, dejando atrás a todos sus amigos y familiares, finalmente aun dejando su madre en el cuidado de su amigo Juan, para enfrentar por sí solo la carga eterna. 

     Y, en un milagro de amor y poder y sabiduría divina, Cristo lo hizo para gozo, el gozo de levantar a todos sus amigos y familiares, y también a sus enemigos.  Lo hizo todo para levantar a todos los pecadores, porque para ellos fue nacido.  ¡Tan temerosa la caída, pero aún mejor y más alegre el levantamiento!  



     De verdad, la comparación de las dos bendiciones es errónea, porque no son realmente diferentes.  El Salvador en los brazos de Simeón es el mismo que recibiremos pronto en la Cena.  La paz del profeta anciano, preparado para morir, fue también la paz de saber que iba a vivir siempre, con Jesús.  Y esta misma paz es nuestra, en el Niño, quien fue al Templo para empezar cumplir su propia ley, y quien finalmente fue a la Cruz, para quitar desde encima de nosotros las amenazas de la ley, y darnos en cambio la libertad de los herederos de Dios. 

     Entonces, cada vez que cantamos el Cántico de Simeón después de comulgar, o antes de acostarnos, podemos regocijar con Simeón, porque, como dijo San Pablo: Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.  Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
     6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.



     Por lo tanto, teniendo paz para con Dios, nuestro Abba Padre, tenemos aún más alegría en el abrazar de los niños hoy.  Porque para nuestra nieta, y para todos que confían en el Hijo de Dios, no solamente esperamos una vida terrenal, a veces feliz, a veces triste, y nada más.  Por el Niño que abrazó Simeón, podemos abrazar a nuestros bebés, y a todos nuestros queridos, con la confianza que ni aun la muerte puede separarnos del amor de Dios, que es nuestro en Cristo Jesús. 

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Amén. 


Wednesday, December 6, 2017

El Señor Viene

Primer Domingo en Adviento, 3 de diciembre, A+D 2017
El Señor Viene, San Mateo 21:1-9

CC 005                                   Redentor Precioso, Ven

1. Redentor precioso, ven; Tú del mundo, la esperanza;
Mi rescate y sumo bien, Ven, en Ti mi fe descansa.
Tu hermosura singular, Cristo, espero contemplar.

El Señor Jesús viene.  ¡Y que gozo sentimos!  El miércoles pasado Shelee y yo pusimos un pequeño belén en la ventana del Centro Casiodoro de Reina, el nuevo templo y también la nueva sede de nuestra iglesia en Sevilla.  Mientras lo arreglábamos, varias personas pararon por afuera para mirar, y aunque no pudimos oír sus palabras, por el tono de sus voces fue obvio que se alegraban de ver el retorno de los belenes. 

Aun muchos incrédulos quieren celebrar la Navidad, y no todos solamente por Santa Claus y por tener una excusa para una fiesta en pleno invierno.  La idea de la llegada de un Salvador pequeño, una esperanza escondida en la forma de un bebé, es muy llamativa, y consoladora, aun para ellos que lo consideran un mito y nada más. 

Por eso, nosotros que confiamos en el Hijo de María tenemos más alegría que nunca, porque durante la temporada de Adviento y Navidad tenemos otra oportunidad de celebrar y anunciar a nuestros vecinos y familiares la buena noticia de que la Navidad y la llegada de un Salvador no es un mito.  El Señor Jesús, Hijo de María e Hijo de Dios, vino una vez, y viene todavía.  Jesús vino y todavía viene para enfrentar nuestras peores dificultades, asumiendo la responsabilidad de corregirlas y quitarlas de nosotros, intercambiándolas con nosotros por su vida victoriosa. 

El Adviento está lleno de alegría, porque la salvación del Cristo que viene en el nombre del Señor es un hecho completado, y un don gratuito.  Pero el Adviento también lleva sus dificultades, y la proclamación de las Buenas Nuevas paradójicamente no está bien recibida.  Como bien sabemos, a pesar de que, en su llegada a Jerusalén montado en una asna, Jesús fue recibido con los loores de la gente, en los días después, su recepción iba a cambiar radicalmente.  ¿Y la razón de esta triste realidad?  La encontraremos en una frase pequeña en la próxima estrofa de nuestro himno: 


2. Entra en este corazón, Santo Rey y Dios sublime;
Haz en mí tu habitación, Todo mal en mí suprime:
¡Qué tesoro encuentro en Ti Cuando moras Tú en mí!

¿Todo mal en mí suprime?  ¿Qué mal?  ¿Y quién eres tú, para acusarme de ser pecador? 

Tal vez estáis pensando que hago referencia a los incrédulos con esto, y sí, es verdad que, especialmente hoy, pero en realidad desde siempre, a los seres humanos no les gustan oír declaraciones de su pecaminosidad.  ¿Cuántas veces hemos oido, “Yo soy una buena persona”?

    Pero, el juicio tiene que empezar en casa.  La verdad es que nosotros tampoco queremos oír tales acusaciones.  Por esta razón, la temporada del Adviento tiene una doble cara.  Sí, Adviento nos trae alegría y felicidad, porque Jesús viene, humilde y bondadoso, el niño cuidado por José y durmiendo en los brazos de María, y como un rey manso y amable, no montado en un caballo de guerra, más bien en el pollino de una burra.  Pero este mismo Jesús también va a venir en gloria, como un juez celestial, un juez que no acepta el pecado.   


     Pensar en una fiesta de alegría y bendición con Dios es agradable.  Confesar que somos oprimidos, con necesidad de ayuda, es, a veces, aceptable.  En nuestros momentos orgullosos, no; cuando pensamos que tenemos la vida controlada y todo va bien, entonces no nos gusta oír de nuestras debilidades.  Pero en los momentos bajos, cuando estamos cansados, presionados, confundidos, o tristes, sí, en estos momentos el recibir de un salvador bondadoso es una cosa buena. 

     ¿Pero escuchar que, en nuestros momentos buenos y en nuestros momentos malos, nuestro principal problema no es otra cosa excepto nuestro propio mal interno, nuestra propia culpa por nuestros pecados?  ¿Oír que Cristo también viene como juez de todos en el día final, para separar las ovejas y las cabras?  No queremos oír que todos los que no sean santos y puros vayan a recibir la condenación eterna.  Ni nosotros ni los incrédulos quieren este tema del Adviento.  Pero es así.

     Por lo tanto, es cada día imprescindible que los cristianos viven la vida de arrepentimiento.  Como dijo Lutero en el primer de sus 95 tesis con lo cual se arrancó toda la Reforma Luterana, “Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “arrepentíos,” ha querido decir que toda la vida de los creyentes fuera de arrepentimiento.” 

     Arrepentimiento es, en total, el reconocimiento y confesión del mal que está en cada uno de nosotros, y la petición a Dios para perdón, por causa de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.  El saber de mi culpabilidad entera es insoportable sin la buena nueva de que Cristo ha vencido mi culpa 100%, quitándola de mí y expiándola en la Cruz.  Este arrepentimiento diario, que conlleva a la vez una confianza eterna en la promesa de Jesús, es el corazón de la vida cristiana, y el mundo necesita ver esto en nosotros. 


3.  Ramos tiendo a Ti, Señor. Con hosannas de victoria:
Tributarte adoración Es mi anhelo y suma gloria.
Respondiendo a tu favor, Canto siempre tu loor.

     Esta estrofa es una expresión buenísima de la voluntad y las acciones de gracias que fluyen naturalmente desde la nueva criatura que el Espíritu ha creado en cada cristiano.  ¡Qué Dios nos ayude hacerlo siempre!  Pero no sea que nos olvidemos de la tensión, de la lucha que está en el centro de la fe cristiana militante, es decir, la vida cristiana en este mundo caído, donde todavía nos acompaña el hombre viejo, el pecador que cada uno de nosotros seguimos siendo.  El favor de Dios a lo que respondemos no es principalmente la providencia de comida, casa, y bienes.  Más bien, es el favor de Dios para con los pecadores, por causa de la Cruz de Cristo.

     Por lo tanto, el contenido de nuestra adoración no es principalmente que Dios es todopoderoso o que sabe todo o que es santo y glorioso y nos da salud y larga vida.  Todo esto es verdad y digno de ser alabado.  Pero nosotros pecadores no podemos vivir con un Dios todopoderoso, plenamente sabio, glorioso y completamente santísimo, sin la buena nueva de que en Cristo tenemos perdón completo, que la santidad de Jesús nos cubre.




     De verdad es difícil pensar que la gente que gritaba: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!” de verdad entendiera que tipo de Rey iba entrando a Jerusalén para salvarles.  Un Salvador que da vida a través de la muerte.   Un Vencedor que gana por una derrota vergonzosa y aparentemente total.  Un Dios, escondido en la forma de un hombre, para salvar a los mismos hombres que le mataban.   Todo esto es un recordatorio para nosotros que, hasta Cristo viene en el Último Día, su presencia será escondido. 

     Es el desafío de la fe:  el fundamento de nuestra confianza no se puede ver.  Se puede oírlo, lavarse en ello, comerlo y beberlo.  Y, más importante, se puede creerlo, porque la fe cristiana es un don del Espíritu Santo quien nos fue dado en nuestros bautismos.  Pero hoy el mundo no puede ver a Cristo, ni tampoco nosotros le podemos ver. 

     Por eso, nuestra fe, y la salvación del mundo, dependen del contacto continuo con la Ley y el Evangelio de Cristo.  Porque a través de su Palabra, el Espíritu mantiene nuestra fe viva.  Igualmente, el mundo necesita que continuemos en estrecho contacto con Cristo a través de su Palabra, para que nuestro arrepentimiento y fe, y las buenas obras que fluyen naturalmente de ellos, sean visibles a nuestros vecinos.  Porque es por estas cosas que Dios atrae otros pecadores a su Iglesia, para oír la buena noticia que Jesús es también su Salvador.

     Entonces, cantemos loores.  Cantemos loores por la salvación que Jesús nos ganó el viernes después de su entrada en Jerusalén.  Cantemos loores por la promesa de su presencia salvadora escondida hoy en la Palabra y los Sacramentos, y por su llegada futura para recogernos y llevarnos a su reino celestial en el Último Día.  También, para que nuestros vecinos y amigos que no confían en Cristo puedan también oír y creer, cantemos hoy y siempre, cantemos loores como estos en nuestra última estrofa, Amén.      

4.  De David Hijo y Señor, 
A los tuyos sé propicio.
Llénenos, ¡Oh Bienhechor!, 
De tu gracia el beneficio,

Oye el canto de tu grey; 
¡Gloria, hosanna a nuestro rey!

Sunday, September 3, 2017

Jesús Lo Hace Todo

Jesús Lo Hace Todo
Marcos 7:31 - 37

     Hay un dicho norteamericano, tal vez hay uno parecido en España; va como esto: “Si quieres que un trabajo sea hecho correcto, tienes que hacerlo tú mismo.”  Es una idea popular y común.  Desde luego, no es verdad.  Nadie es competente para hacer cada y cualquier trabajo.  Compartir, y delegar, y buscar a la persona con la aptitud y el tiempo para una tarea, estos constituyen el modo de trabajar con éxito.

     Quizás un padre, hablando en relación del trabajo de sus niños, puede decir este dicho con veracidad, pero solo hasta que sus niños crezcan a ser adolescentes, enseñando a su padre como usar su móvil. 

     Pero, hay uno que siempre puede decir este dicho.  Lo puede decir Dios. Para formar y sostener a su Iglesia, Jesús tiene que hacer todo. Nos puede extrañar, la idea de que el Dios todopoderoso, ubicado en toda la gloria, el Santo, Santo, Santo Señor, tiene que descender tan profundamente para lograr su meta de tener un pueblo santo.  Pero así es.

     Así también con el hombre sordo y tartamudo a quien Jesús sanó en nuestro Evangelio de hoy.  Jesús tenía que hacer todo, incluso hasta el punto de involucrarse en maneras que nos podría parecer desagradable, o aun repugnante. 

     Siempre lo odiaba cuando mi madre, justo antes de que llegáramos a visitar a la casa de unos amigos, escupía en un pañuelo de papel y se giró por atrás en el coche para limpiar mi cara.  Desagradable y ofensiva, en mi opinión. 

     Pero el mismo Señor Jesús no tiene reparos en meter sus dedos en los oídos de este sordo, escupiendo y tocando su lengua. El texto no dice exactamente, pero parece que Jesús escupió en sus dedos, y luego tocó la lengua del hombre.  Efata, dijo Jesús, sé abierto, mientras gimiendo y llamando al cielo.  Efata.  La palabra y las acciones juntas hacen el milagro. Nuestro Señor lo hace todo, todo lo que sea necesario, no importa la vergüenza, para desbloquear los oídos de este hombre y darle una lengua capaz de hablar correctamente. 

     Esto es el punto principal que debemos aprender. En relación con las preocupaciones de Dios, tú y yo no podemos hacer nada por nuestra cuenta. Somos espiritualmente débiles. Nuestros oídos están llenos y tapados con las mentiras de Satanás y del mundo.  Nuestra lengua está ocupada  con los pensamientos de autobombo que hoy amamos proclamar sobre nosotros mismos por las redes sociales. La autoestima es el eslogan favorito de la psicología pop, pero es totalmente inapropiada para los seguidores de Jesús que saben que nadie es bueno, sino sólo Dios.

     No somos buenos.  No hacemos las cosas bien. Bueno, es verdad que podemos ser buenos vecinos terrenales, e incluso podemos ser capaces de hacer algunas cosas de gran valor terrenal, como cocinar una comida, cuidar a un niño, o hacer un trabajo como cambiar un neumático para una persona varada en la carretera. Las noticias nos cuentan de héroes en Barcelona y en Houston, ayudando a aquellos que fueron heridos por los yihadistas y rescatando a personas amenazabas por la inundación causada por Huracán Harvey.  En medio de estas tragedias encontramos un poco de esperanza.

     Demos gracias a Dios por las buenas obras en Barcelona y Houston.  Muy bien.  Pero la fecha de caducidad de estas obras es muy pronto, especialmente en comparación con la eternidad.  Desgraciadamente, no podemos hacer nada de valor celestial y eternal, no por nuestros propios poderes. 

     No podríamos salvarnos a nosotros mismos si todo lo que se necesitaba era solo un pensamiento 100% puro, porque somos pecadores, desde el centro de nuestro ser.  Nuestra condición infecta cada cosa que hacemos.  Cuando se trata del Reino de los Cielos, si Dios quiere que el trabajo sea hecho correcto, Él tiene que hacerlo su mismo. 

     Por eso la multitud estaba tan asombrada del milagro de Efata, de las orejas abiertas y de la lengua desatada. Jesús hizo algo muy bueno, un hecho claramente celestial y divino. Por lo tanto las multitudes exclamaba: Él ha hecho todas las cosas bien. 

     Las palabras griegas para "bien" y “bueno” son “kalon” y “kalos.”  En hebreo es “tov,” la misma palabra que Jesús, junto con su Padre y el Espíritu, vio en la primera luz, y en las primeras tierras y mares separados, en las plantas y las aves y las criaturas marinas y los animales.  Dios creó estas cosas, y vio que eran buenas. “Tov” en hebreo. “Kalos” en griego. Dios hizo bien, y luego sonrió para ver su mejor creación, que era muy buena.  Así era la estimación de Dios cuando el hombre y la mujer fueron añadidos a la obra creativa.

     Jesús, al restaurar un fragmento de la creación en los oídos y la lengua de este hombre sordo y tartamudo, hizo de nuevo el bien. Algo nuevo estaba entrando en este mundo caído, por lo que las multitudes estaban asombradas.  Sabían que ningún hombre normal podía hacer todas las cosas bien.

     Pero Jesús podía hacerlo. Y Jesús puede. Jesús lo ha hecho y Él todavía lo hace. Jesús lo hace todo, y todo lo hace bien. Esta es la importancia de la Encarnación, cuando el Hijo de Dios se convirtió en ser también un ser humano, convirtiéndose en el único hombre perfectamente y eternamente bueno, llegando a vivir la vida llena de buenas obras, para la cual Dios nos creó.  Esa obra buena está ya hecha en Jesús.  Es terminada. Y es buena.

     ¿Qué fue la obra de Cristo?  Fue más que sanar a algunos pobres, más que alimentar a la muchedumbre o enseñar correctamente la Ley de Dios.  Jesús es el único hombre sin pecado. No obstante, vino para dar el pago por el pecado.  Vino para enfrentarse a la ira de Dios contra todo pecado humano, muriendo la muerte eterna que merecemos, todo esto empacado en unas horribles horas de un viernes que Jesús pasó colgado en una Cruz. Ese trabajo está hecho.  Terminado. Y es bueno.

     Pero espera, hay más.  Jesús no dejó de trabajar en la Resurrección, ni siquiera después de su Ascensión, cuando se sentó a la diestra de Dios. Jesús todavía lo está haciendo todo, ahora invisiblemente, a través del poder de su Palabra.

     La intimidad, la desagradable terrenidad de este milagro de Efata es, en parte, por qué la Iglesia siempre lo ha asociado con el Bautismo, que es también muy terrenal.  En tu bautismo, que parece nada más que un poco de agua y algunas palabras, Cristo te unió a su Cruz, a su muerte y a su nueva vida.

     Ahogarse es aún más desagradable a considerar que alguien toque tu lengua, pero esto es exactamente lo que Dios te ha hecho en las aguas del Santo Bautismo.  Ahogó a tu naturaleza pecaminosa, tu Viejo Adán, para que un Hombre Nuevo, una nueva criatura, un hijo redimido de Dios, podría surgir y resucitar para vivir en justicia y pureza ante Dios, para siempre. El bautismo, aún más que la curación de este sordomudo, es un milagro personal, incómodo, y muy bueno.


     Por supuesto, otra conexión entre el Bautismo y el milagro de Efata es el desbloqueo de los oídos y el desatamiento de la lengua. Dios también hace esta obra en el Bautismo, usando su Palabra de Promesa para crear fe, fe que nos hace vivos, porque recibimos la Fe Viviente, Jesucristo.  La fe nuestra, entonces, proclama naturalmente las alabanzas de nuestro Salvador.

     Normalmente la gente no se queda asombrada por un bautismo, pero deberíamos maravillar. Yo digo que los milagros de Jesús hoy son aún más impresionantes que los de los tiempos bíblicos. Hoy en día, en su Iglesia, Jesús combina, en uno, un misterio y un maravilloso privilegio. Aunque nuestro Señor no aparece visiblemente en los Bautismos, ni en la Cena del Señor, Él está verdaderamente presente. ¡Qué privilegio!  Y misterio de misterios, Él escoge trabajar su bien a través de las palabras y acciones de pecadores. Como yo. Como el Pastor Adam y el Pastor Juan Carlos. Y, como Dios te mueve a hablar su nombre y ofrecer su misericordia en tu vida cotidiana, Jesús también habla y hace el bien a través de ti. 

     Hoy, aunque por nuestra cuenta, somos incapaces de hacer algo verdaderamente bueno según el estándar de la eternidad, Dios elige realizar su mayor bien, recreando el mundo caído, a través de nuestras palabras. Es decir, a través de las palabras que el Espíritu de Cristo pone en nuestras bocas, Jesús lo hace todo.

     Tendemos a ponernos nerviosos cuando empezamos a pensar en hacer cosas en la Iglesia, o hacer cosas en la causa del Evangelio. Pero en la siguiente verdad podemos relajarnos un poco: si el trabajo es realmente bueno e importante, no tenemos que lograrlo. Jesús hará lo que haya que hacer. Tendremos cosas que hacer, sí, pero los resultados están en las manos de Jesús.

     Es algo así como nuestro canto en la Iglesia. Tratamos de cantar bien. Debido a quien, y de lo que estamos cantando, debido al mensaje evangélico que nos es dado para cantar, tratamos de cantar bien. Porque el pueblo de Dios está reunido aquí en su Nombre, Jesús está aquí. Por esta razón también, tratamos de cantar bien. 


     Es importante. No tratar de cantar bien estaría mal. Realmente queremos cantar bien, es divertido. Pero el valor de nuestro canto, para enseñar y elevar y consolar, no depende de nuestra calidad musical, sino más bien del Espíritu de Cristo, que trabaja a través de las palabras que cantamos.  Dios lo hace, ya sea que sonamos como una alondra, o más como un viejo cuervo.

     De manera similar, yo, como todo pastor, tengo un llamado a predicar bien, verdaderamente, fielmente, y de una manera que podáis oír. Y quiero hacer esto. Pero la creación de corazones fieles y alegres depende de Dios. 

     Cristo es el que supera las debilidades y fallos de todo hombre llamado a predicar. Él es el Buen Pastor, el Predicador a quién la Iglesia escucha, para recibir todos sus dones.

     Dios hará todas las cosas bien, con respecto también a tu papel en la Iglesia. Tal vez sólo puedes orar, o dar sólo un poco de dinero o tiempo. O tal vez puedes contribuir una cantidad significativa de dinero, y gastar muchas horas en el servicio de la Iglesia.   No es importante la cantidad de tu trabajo y ofrenda.  Lo que es importante es que enfoques en Cristo y lo que Él ha hecho para ti.  Porque, cuando estás lleno del regalo de perdón y vida nueva, entonces todo lo que hagas será perfecto, porque Jesús lo hará. 

     Tus obras aún no serán perfectas en el sentido de que no pecarás ni harás errores. Jesús tendrá que venir a nosotros de nuevo, y otra vez, para desatascar nuestros oídos y abrir nuestros corazones con su Palabra de Ley y Evangelio. El feliz estado de estar sin pecado y sin fallos, sin necesidad de ser corregidos por la Ley, el Día en que no necesitamos más perdón, ese Día no vendrá hasta que la Nueva Creación esté revelada.  Hasta entonces, necesitamos pedir la misericordia y confesar diariamente nuestros pecados y escuchar la palabra de perdón, hasta la muerte, o hasta que vemos a Jesús montado en las nubes, flanqueado por la hueste celestial, introduciendo los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra.

     Sin embargo, ahora mismo, por la fe en Jesús, tus obras son perfectas, porque estás atrapado en la Misión de Jesús, y Él hace todas las cosas bien. Él hizo, hace y hará todo bien, todo lo necesario, para llevarte a su Reino Celestial, en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.


Wednesday, July 26, 2017

Libro de Odio y Amor, Muerte, y Vida

Libro de Odio y Amor, Muerte, y Vida

     Una pregunta:  ¿Odias el Catecismo? 

     Siempre hay enlaces entre las lecturas de un domingo en el calendario litúrgico y el Catecismo de Lutero.  Pero hoy, con los Diez Mandamientos desde Éxodo 20, el discurso de San Pablo sobre el Bautismo en Romanos 6, y las enseñanzas de Jesús en Mateo 5 sobre el entendimiento correcto de la Ley, los vínculos con el Catecismo son más que obvios.  

     Nuestras lecturas de hoy van bien con mis actividades recientes.  El fin de semana pasada, hablé por 3 o 4 horas sobre el Catecismo con una familia peruana que ha sido asistiendo al culto con la congregación Emanuel en Madrid.  Ayer hablaba con Seba y JuanMi, para probar su entendimiento del Catecismo Menor, para que Antonio y yo podamos planificar los próximos pasos en su enseñanza.  Es normal que yo esté ocupado con el Catecismo; es una herramienta básica de un pastor luterano, porque el Catecismo viene de las Escrituras, la fuente de toda enseñanza en la Iglesia.  El Catecismo tiene su valor en que nos ofrece un resumen fiel de las doctrinas fundamentales de Cristo. 

     Me encanta conversar y estudiar la Palabra de Cristo a través del Catecismo.  Excepto cuando lo odio. 

     Siempre nuestra relación con el Catecismo es una de amor y odio.  Y no es simplemente porque a veces los pastores y catequistas no presentan el material en un modo perfectamente dinámico e interesante, aunque a veces sí, esto puede ser un problema.  Los maestros deberían hacer su trabajo bien, y los alumnos deberían tener paciencia, y buscar más allá de lo superficial, recordando que estudiar el Catecismo es algo importantísimo.  Pero, aun cuando la presentación del Catecismo es fenomenal, pedagógicamente, todavía vayamos a tener una relación de amor y odio con él.  O mejor, por la gracia de Dios, tendremos una relación de odio, y entonces amor. 

     La razón está dentro del texto de los Diez Mandamientos:  Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 

     El Señor nos habla de dos opciones, el camino del aborrecimiento, u odio, y el camino del amor.  A nosotros, los días son siempre una mezcla de odio y amor:  Yo odio despertarme por la mañana, pero siempre me ha gustado mucho ver a mis amigos, sea en el trabajo, o en el mercado, en el cole, o en la universidad.  Por eso salgo de la cama.  Odio fregar los platos, pero me encanta comer una comida buena, así entonces acepto el mal con el bien.  Pero Dios no quiere mezclar odio y amor.  Él dice, “O me amas, o me odias, y volveré lo mismo a ti.” 

     Pues, a Dios amemos, hermanos, para vivir.  Sin problema, ¿no?  Excepto que Dios ata el amor a Él con el cumplimiento de sus mandamientos.  Hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.  Ahora vemos el problema.  Puedo concordar en el valor y la justicia de los mandamientos.  En mis mejores momentos, quiero seguir en su camino recto.  Pero no puedo cumplir los mandamientos, especialmente en el modo que Jesucristo nos demanda.  Porque el Hijo de Dios, enseñando a las multitudes en Galilea, hace muy clara que su estándar es uno de cumplimiento por afuera, en las acciones visibles, y por adentro, en la mente y el corazón. 

     Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 

    Según este estándar, soy asesino, todos los días.  ¿Y vosotros?  Cada vez que pensamos mal de nuestro esposo, de nuestros padres, hermanos, o de un vecino, según la ley, somos culpables de matar.  Si continuamos leyendo en Mateo 5, vamos a ver que Jesús hace lo mismo, subiendo el estándar de la ley, con todos los mandamientos. 

     Por ejemplo, el Señor dice:  Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.  28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…
    También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.  32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio…
   Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.  44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos…

     La Palabra de Cristo es demasiado para nosotros.  Por eso, es normal que, junto con el aprecio por la sabiduría, utilidad y hermosura del Catecismo, y de toda la Palabra de Dios, también sentimos miedo y malestar por estudiarlos.  La ley, es decir, los mandamientos, siempre nos acusan, porque siempre fracasamos en cumplirlos.  Moisés nos dio una lista de leyes que realmente no podemos guardar.  Jesús las eleva a un nivel que destruye cualquier esperanza que tuviéramos para ser justos por la obediencia. 

     Es natural que, enfrentando estos requisitos radicales, sentimos mal, y empezamos de odiar a esta Palabra.  Si me vas a matar, ¿cómo no te odiaré?  Yo odio a mi situación miserable, y temo que mi aborrecimiento podría llegar a ser dirigido al Señor mismo.  Me gustaría vivir, pero por mi pecado, que recibe poder desde la Ley, estoy destinado a morir. 

     La Ley de Dios es imposiblemente exigente.  Como dice Jesús, os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.  Entonces, por la ley, y por nuestra incapacidad de cumplirla, tenemos que morir.  No hay otra opción. 

    Pero ¡ánimo! ya habéis muerto.



     ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nuevaRecurrimos en fe a la obra de Jesucristo, quien murió y resucitó logrando el perdón y salvación de todo el mundo.

     A nadie le gusta la desesperación que nos viene cuando la Ley de Dios nos está amenazando.  ¿Pero sabes que a Dios tu situación es aún más inaceptable?  Eres su favorito, de todas las criaturas, y el Señor no acepta que seas perdido. 

     Nosotros pensamos de cómo podamos evitar la Ley y nuestra culpa.  Cristo Jesús no vino para evitar nada, más bien para cumplir su propia Ley y tragar nuestra culpa en su propio cuerpo.  Nuestro viejo hombre, es decir nuestra naturaleza pecaminosa, que nos hace incapaces de cumplir la ley, fue crucificado juntamente con JesúsÉl no estaba colgando en el madero cruel para sí mismo, porque nunca pecó.  No tenía ningún culpa.  Estaba en la Cruz en nuestro lugar, por nuestra culpa, y para nuestro bien. 

     Así, el cuerpo del pecado ha sido destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.  Dios nos ha salvado, no para vivir en pecado, sino para que vivamos como Cristo, como cristianos.  Y esto podemos hacer no de nuestra propia fuerza, pero únicamente a través de una conexión íntima a Él, a Cristo.  Porque solamente Cristo murió para los pecados del todo el mundo.  Solo Cristo ha resucitado para revelar la justicia de Dios, que es su regalo a los pecadores. 

     Esto es una Palabra salvadora, porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.  En Cristo, hemos sido declarado inocente, por Dios.  Si morimos con Cristo, y ya lo hemos hecho en nuestro Bautismo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él, ni de nosotros

     Porque, como es para Cristo, también es para los suyos.  Porque en cuanto Jesús murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.



     La meta de la fe es Cristo, es decir, la vida cristiana en este mundo caído no es el último, sino el penúltimo.  Los cristianos, porque somos vinculados al Crucificado, llevamos varias cruces en esta vida, por la buena voluntad de Dios.  Y la primera cruz de cada creedor bautizado es nuestro propio pecado, que todavía agarre a nosotros.  Cuanto más cerca a Cristo estamos, lo más sentimos nuestro pecado.  Porque ahora, en Cristo, tenemos un amor verdadero, aunque todavía imperfecto en nosotros, un amor para nuestros prójimos, y también para los mandamientos de Dios, que son justos y buenos.     

     Entonces, esta es la forma de la vida nueva:  un recorrido diario al bautismo, hecho por la Confesión y Absolución, que es la práctica del Bautismo, el ahogado diario del hombre viejo, para que el hombre nuevo, la nueva persona cristiana, pueda salir y resucitar, para vivir ante Dios en la justicia de Cristo Jesús.  

     Viviendo en arrepentimiento, a la misma vez nos regocijamos, porque la Ley ya ha sido cumplido, en Cristo Jesús, en su vida perfecta de amor a Dios y a sus prójimos, y en su muerte expiatoria, en nuestro lugar.  Consumado es, dijo Jesús desde la Cruz.  Es decir, la Ley de Dios es cumplido perfectamente, en Cristo, Dios hecho hombre.  Ahora, el Amor y la Vida de Dios son nuestros, revelados en su gloriosa resurrección. 

    Viviendo en Cristo, todo es diferente.  La vida cristiana es la vida de amor, la vida sin temor.  Es solo posible cuando practicamos el Bautismo, pero en este, es garantizada.  Como bien sabemos, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Pero, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.  1 Juan. 1:8-9

     Siempre dentro de nosotros existe la tendencia de evitar la Palabra, en la Biblia, y en el Catecismo.  Porque sí, siempre la Ley nos acusa.  No es cómodo de ninguna manera.  El mundo, evitando cualquier cosa desagradable, y también sirviendo las metas de Satanás, siempre nos dice que la Biblia está equivocada.  El mundo nos dice que, por si acaso hay un Dios, seguramente no sea tan exigente. 

     Pero ya sabemos esta prédica es mentira, porque en Cristo vemos que la Ley de Dios es bueno y nos sirve.  Además, sabemos que siempre vale la pena de oír y estudiar y orar y meditar sobre la Palabra, porque, junto con la Ley que nos acusa, presente en la Palabra está Cristo mismo, listo para rescatarnos, una y otra vez.  

     ¿Necesitas más fuerza para la vida cristiana?  Jesús ya lo sabe.  Por esta causa, nos dio la Santa Cena también.  O mejor decir, por esta causa Cristo nos da la Cena, hoy, la Cena en que Él es anfitrión, y también en que nos ofrece su propio cuerpo y sangre, para perdonarnos y darnos fuerza, hasta que nos otorgue liberación, paz y salud perfectas.  Esto es la meta que ya podemos ver en Cristo, crucificado, resucitado y ascendido a los cielos:  Liberación final y perfecta del pecado y la culpa y el odio; la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento; y la salud perfecta y eterna, viviendo en su santa y amorosa presencia, por los siglos de los siglos, Amén.