Sunday, December 22, 2019

El Agobio del Pecado, y la Bienaventuranza - Sermón para el Cuarto Domingo de Adviento


Cuarto Domingo de Adviento - Rorate
22 de diciembre Anno + Domini 2019
El Pecado Agobiante, y la Bienaventuranza

Lecturas del día:  Deuteronomio 18:15-19, Filipenses 4:4-7, San Lucas 1:39-56 
 

   (Desde la Colecta del Día)
   Reaviva tu poder, Señor, y ven en nuestra ayuda, para que los pecados que nos agobian sean rápidamente quitados por tu gracia y misericordia.  

   ¿Qué pecados nos agobian?  ¿Qué son los pecados que nos molestan y nos hacen la vida difícil, o quizás que nos torturan, y nos hacen la vida imposible?

   Primeramente, los pecados de otros, las ofensas cometidas por otros contra nosotros. 
   Esta semana, todos hemos estado golpeado por el asesinato del Pastor Luis Coronado en Venezuela, muchos de nosotros con mucha fuerza, por haber sido ovejas de Pastor Luis, lo demás por nuestro cariño a los que sufren más, y también simplemente por el hecho que un hermano y predicador de nuestra iglesia hermana en Venezuela fue matado por hombres malvados, un servidor de Cristo, cruelmente quitado de su familia y congregación.  Gracias al Señor, Pastor Luís descansa en paz, y esta atrocidad no va a parar la obra de Cristo.  Pero la pérdida de él es una tristeza dolorosa.  

   Tal vez otros están sufriendo una crisis en la familia, causada por las decisiones egoístas de otros.  Los errores o abusos de uno pueden dañar a toda la familia, y es difícil saber que hacer, como enfrontar el problema, o si deberíamos aguantarlo en silencio.   
   Otros pecados contra nosotros son más leves, pero todavía nos duelen.  Pueden ser simplemente palabras duras, o una falta de respeto o afección.  Tal vez una amiga de repente te está evitando.  Tal vez tu hijo te dice que no te respeta, con sus palabras o acciones.  Tal vez tu jefe o jefa te maltrata, o tus compañeros se burlan de ti. 
   Hay un sinfín de pecados de otros que nos agobian.  ¿Queremos un minuto para considerar nuestra lista, para presentarlo al Señor? 

   También, hay los pecados de nadie.  Hay muchas tragedias, muchas tristezas de las cuales es difícil identificar el responsable, pero que, sin duda, son malas.  Cuando una patera de inmigrantes buscando una vida mejor en España se hunde en el mar, ¿quién es el pecador responsable? O cuando un volcán mata a turistas en Nueva Zelanda, ¿a quién debemos culpar?  Cuando una familia está separada porque un padre o madre tiene que viajar para el trabajo o para atender de asuntos importantes, todos sufren. 
Y el sufrimiento es claramente una consecuencia del pecado en el mundo.  ¿Pero de quién es este pecado?  A veces es fácil decir, o al menos posible; otras veces no.   Pero claramente, aun cuando no podemos decir a quién un pecado pertenece, todavía puedan agobiarnos.  ¿Hay pecados de nadie que te agobian?...   
   Finalmente, encima de los pecados de otros, contra nosotros, y los pecados de nadie, que también nos dañan, finalmente hay que decir que nos agobian nuestros propios pecados.  Los míos.  Los tuyos.  Yo no sé todos los vuestros, ni sabéis todos los míos.  Pero los tenemos, algunos pecados fáciles de ver, otros escondidos, pecados que nos cuestan mucho para abandonar, unos que aparecen en momentos de cansancio o depresión, otros que nos abruman en momentos de alegría y éxito.  En la Confesión al inicio de la Liturgia, reflexionamos brevemente en silencio antes de confesar.  No sería inapropiado hacer lo mismo ahora…
   A veces es difícil hablar del pecado y nuestra necesidad para tener un Salvador.  Naturalmente queremos ser feliz, y la verdad es que Dios quiere nuestra felicidad aún más que nosotros. Pero este deseo para experimentar la alegría y felicidad nos hace poco dispuestos de afrontar la realidad de pecado.  Algunos días, pueden ser difícil admitir que el pecado nos agobia y necesitamos un Salvador.
   Hoy no tanto.   Con la muerte de Pastor Luis y unos minutos meditando en la realidad del pecado en el mundo, y en nuestra vida, creo que veamos bastante claro que no podemos soportar el peso y la extensión del pecado en nuestras vidas.  Cuando todo va bien, nos cuesta querer un Salvador.  Pero cuando todo va mal, o mejor decir cuando vemos la realidad de nuestra situación, entonces entendemos nuestra necesidad, y miramos alrededor ansiosamente, esperando un rescate, un fuerte Salvador.   Aquí estamos…   
   Cuando, por la obra del Espíritu, estamos listos para un Salvador, necesitamos alguien para guiarnos al único verdadero Salvador.  Alguien para proclamar la buena noticia en nuestros oídos. Hoy nuestra maestra en el tema es Elisabet.  Elisabet, quien sufría durante décadas de la esterilidad, por la culpa de nadie.  Elisabet, ¿contra cuales pecados luchaba ella?  No sabemos.  Pero ahora, ella había recibido la inesperada bendición de un hijo después de haber superado la edad de ser madre.  Y este hijo en su matriz fue vinculado íntimamente con la mejor noticia. 




   Elisabet, recibiendo a su prima María, fue designada para predicar, por el mismo Señor Dios, para explicar y elogiar la bendición aún más grande que crecía dentro de su prima, María.

   María, recién embarazada con el Santo de Dios, vino para pasar un tiempo con Elisabet.  Y en su salutación a María, Elisabet dijo de ella:
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.”

   Muy bonita.  Como todo lo demás de nuestra lectura del Evangelio, son palabras que hemos estado recitando y cantando durante dos milenios.  Pero esta oración de Elisabet es más que bonita.  Junto con la realidad que María en este momento fue embarazada con Jesús, es una declaración profunda, y es una guía e introducción a la entera obra salvadora de Cristo.

   Primeramente, en estos días en que tenemos que enfrentar cosas malas, sería útil que consideráramos la situación de María, cuando fue para visitar a Elisabet.  María era una joven, soltera, prometida, pero todavía no casada, sin embargo embarazada.  Y María no llevaba el niño de su novio.  Tal vez hoy en nuestra cultura, sea lo que sea, esta situación sería menos crítica, pero todavía sería muy difícil…

       Peor todavía es el hecho que la explicación que tuvo María incluye una visita de un ángel y la concepción virginal del Hijo de Dios.  Parece que María es loca, o infiel a su prometido, o tal vez ambas cosas.  Ella no puede evitar el oprobio de su comunidad y familia.  Ella lo tiene muy mal.     

   No obstante, María se regocija en su situación.  Ella consideraba que había recibido la bendición más grande posible.  Viene a Elisabet, rebosando con gozo que le da una voz para cantar: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

   ¿Cómo tuvo María tanto gozo y alegría, a pesar de la apariencia de su situación?  Porque ella entendió el pleno significado de la oración de Elisabet: 
Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.

   Nuestra traducción de Casiodoro de Reina es linda, y correcta, pero aún no nos revela toda la buena noticia presente en las palabras de Elisabet.  Me explico.

   Otra forma de traducirla sería esto:  Bienaventurada la que creyó, porque se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  

   Con esta traducción, vemos que Elisabet habla de los fundamentos de la fe cristiana:  creer, consumar, predicar, y “de parte del Señor,” es decir, que todo viene por la voluntad y la acción del Señor mismo.  Consideremos cada parte, pero al revés, empezando con “de parte del Señor.”

   “De parte de Señor.”  Cualquier fiel Israelita sabe que el Señor es un Dios de acción, de iniciativa.  Una y otra vez Israel fue rescatado, no porque lo merecía, pero porque el Señor quiso salvarlo.  Ahora, Jesús, (el  nombre que significa “el Señor salva”), es presente en la persona del feto creciendo en la matriz de María.  Todas las promesas de venir y salvar a su Pueblo estaban al punto de ser cumplido.  El Señor Dios de los Ejércitos entró en su salvación, concebido en la Virgen María.  El Señor hacía su parte, lo cual es toda la obra de salvación.

Predicar:  Por la boca del ángel Gabriel, María recibió la predicación del Señor, una Palabra divina y viva, que hace real las cosas que anuncian. “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. … y el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.”  La Palabra viva vino a María, y le dio la fe de creerla.

Consumar:  Se consumará lo que le fue predicado de parte del Señor.  Consumar, o tal vez perfeccionar, es como debemos traducir este verbo.  El verbo griego es tetelestai, que significa perfeccionar, o terminar una vez por siempre, una vez por todos.  De verdad, no es que “cumplir” no sea correcta. Pero mejor usar consumar, porque nos recuerda de la Palabra que Cristo declaró desde la Cruz, cuando su obra era terminada:  Consumado es. Este momento, sumamente triste, pero también buenísimo, cuando el Señor Jesús declaró el fin de su obra, es la consumación de la cual Elisabet está profetizando.

Finalmente, creer:  María fue bienaventurada porque el Espíritu le dio fe de creer que todo, absolutamente todo, saldría bien, no importa tal mal pudiera aparecer la situación.  Al final, todo saldrá bien, a través del Bebe que María llevaba en su matriz. 

   Esta fe en las promesas del Señor, una fe creada en María por el mismo Espíritu, a través de la Palabra, es la misma que tenéis vosotros, y la misma fe que ayudó a Pastor Luis en su muerte y hasta la eternidad.  Es la fe que puede aguantar los pecados de otros y los de nadie, porque esta fe sabe que los pecados de todos son hundidos, enterrados eternamente en la Cruz de Cristo.  Es la fe que nos hacen bienaventurados, con María y Elisabet. 

   ¿Hermanos, ¿qué haremos en faz de tantos problemas, todos causados por el pecado del mundo, y nuestro propio pecado? 

   Seguimos adelante, en pos de nuestro Señor, escuchando a Elisabet, y a María, y cualquiera voz bíblica, porque siempre nos hablan de Cristo,
y nos apuntan a su victoria sangrienta y el futuro glorioso que Él nos da. 

   Las verdaderas voces Bíblicas no nos apuntan a nuestras vidas y obras, porque no son capaces de ayudarnos con los problemas reales.  No, al contrario, las voces bíblicas nos consuelan con la historia de Cristo, trabajando para nosotros.  Las voces bíblicas nos exhortan acudir a Cristo en los lugares donde Él nos ha prometido estar, como aquí, hoy mismo, donde Él nos viene bajo Palabra, Pan y Vino, para ayudarnos con los pecados que nos agobian. 

   Esto es el mensaje de Elisabet, y el gozo de María.  Es la bienaventurada salvación de Pastor Luis, y de ti, en el Nombre de Jesús, Amén. 


Tuesday, July 23, 2019

La Locura Divina - Quinto Domingo después de Trinidad, 2019


Quinto Domingo después de Trinidad, 2019
La Locura Divina
Es una locura. 
     La misión de la Iglesia de Cristo es, de una cierta perspectiva, una locura. 
     Hoy en día, trabajar y continuar en la misión de Cristo es muy difícil. 
     Por ejemplo, la cultura en el oeste está huyendo de las instituciones tradicionales, sobre todo, desde las iglesias históricas.  Las instituciones cristianas, no importa cual rama quisieras considerar, están pasando tiempos difíciles.  No tienen suficiente poder para impresionar a nadie. 
     Popularmente, jerarquía es una palabrota, y cualquier sistema de moralidad se descarta como arma del patriarcado.  La posición cultural de la Iglesia y los cristianos se ha caído mucho en términos económicos, sociales y políticos.  Muchas iglesias sufren investigaciones criminales y pleitos civiles basados en los pecados de sus ministros.  Pocas iglesias tienen bajo el control de sus sedes los recursos económicos necesarios para mantener un programa misional. 

     Por ende, la mayoría de los misioneros, si no están trabajando bi-vocacionalmente para mantenerse a sí mismos y a su familia, tienen que dedicar una cuarta parte o más de su tiempo y más de su energía a la recaudación de fondos, a fin de poder dedicar el resto de su tiempo y energía al ministerio. ¿Qué poder tenemos para seguir adelante, anunciando con valentía el reino venidero de Dios?
     Tenemos el mismo poder que siempre, el de un silbo apacible y delicado.  Ya está.  No hay otra cosa que el Señor nos ha dado para usar en la misión divina.  La locura de la predicación, y no cualquier predicación, más bien, la predicación de la Cruz, siempre ha sido la única herramienta legítima dada por Dios a su Iglesia para expandir el Reino de Dios. 
     Si confiamos en estructuras eclesiásticas o administrativas, si esperamos hasta que la Iglesia tenga buena fama antes de intentar la misión, si pensamos que el Evangelio necesita ayuda terrenal para tener éxito, estamos apartándonos del poder real de Cristo, quien sufrió el desdén y las burlas y fue rechazado por todos, para lograr su meta, la cual eres tú.
     El poder es el perdón de pecados, hallado en la sangre de Jesús, y entregado a través de la Palabra.   

     Hoy en día, trabajar y continuar en la misión de Cristo es muy difícil, porque nadie quiere ser considerado un tonto. 
     En siglos pasados, el mundo miraba a la Iglesia para beneficiar de su sabiduría.  Hoy, no tanto.  Cualquier persona inteligente sabe que las teorías de evolución y del Big Bang nos han dado, sin ninguna duda, el entendimiento correcto del origen del universo y de la vida, incluyendo la vida humana, que es nada más que un accidente aleatorio, siendo nosotros la descendencia de simios, y antes ellos, de langostas y otras criaturas.  Al menos, así es la idea aceptada en la cultura.  Hoy, la historia bíblica de la creación es, para la mayoría, nada más que un cuento lindo, y al peor, enseñarla a nuestros niños es considerado por algunos como maltrato de menores. 
     ¿Y nosotros?  ¿Qué tenemos para combatir la visión evolucionista y materialista? 
     La misma cosa que siempre, un silbo apacible y delicado.  Ya está.  No hay otra cosa que el Señor nos ha dado para usar en el combate ruidoso.  La locura de la predicación, y no cualquier predicación, más bien, la predicación de la Cruz, siempre ha sido la única arma legítima dada por Dios a su Iglesia para enfrentar la oposición del mundo.  
     No quiero decir que nunca deberíamos hacer otra cosa salvo predicar la historia mínima de la Cruz y la Tumba Vacía.  La Palabra entera tiene su centro en la Cruz, es verdad.  Pero hay un sinfín de modos por los cuales podemos y debemos usar la Palabra y la razón que Dios nos ha dado para interactuar con el mundo.
     Nos puede parecer una lucha imposible de ganar.  Pero, de hecho, la armadura aparentemente impregnable del cientificismo que domina en la cultura hoy no es tan imbatible.  La verdad es que cuanto más que la ciencia descubre de la complexidad del universo y de la vida, cuanto menos satisfactorias son las explicaciones materialistas que dominan la academia. 
     Por ejemplo, el ADN, promocionado como prueba final de la evolución darwinista, lleva en sí mismo un gran problema para la misma teoría.  Como ya sabéis, cada célula de cada ser viviente tiene un hilo de ADN, lo que es un código químico de profunda complexidad, un manual de operaciones para todos los miles de procesos que ocurren cada instante para mantener una criatura viva.  Aun en los animales más sencillos, hay este código complicadísimo. 


     El ADN es información compleja, como el código de un ordenador, un código formado desde compuestos orgánicos que se llaman nucleótidos.  No hay vida sin ADN.  ¿Pero cómo fue, por casualidad, que los nucleótidos se organizaron para producir el código del primer ser viviente? 
     Si buscas una explicación, encontrarás afirmaciones como “sabemos que esta organización espontanea ocurrió…      porque tiene que ser así.” 
¿Dónde está el sabio? 
     Se ofrecen algunas ideas para explicar este salto increíble, sin detalles.  Pero hay grandísimas lagunas y muchas asunciones en las afirmaciones, cada uno de las cuales corre en contra de la manera que la información funciona en el universo. 
     Hay miles de científicos escuchando las ondas de radio intergalácticas, esperando discernir alguna patrón o mensaje que sería una pista muy fuerte de la existencia de otros seres inteligentes en el universo.  Es porque cualquier idioma, código o comunicación implica un autor.  Entonces, sin un ser inteligente para organizar los nucleótidos para contener y comunicar su información compleja, (como afirman los darwinistas), es muy difícil entender como esto pudiera haber ocurrido por azar.  Por ende, la teoría tiene un importante problema, en su primer paso.       
     Una vez en el AVE desde Madrid, tuve la oportunidad de conversar un largo rato sobre la teoría de evolución con un botanista de alto rango, un profesor universitario desde Sudáfrica, viajando a Sevilla para dar un discurso en un congreso.  Le pregunté cómo el ADN pudiera haber formado por casualidad.  No tuvo una respuesta.  No me podía ofrecer una hipótesis de cómo, accidentalmente, los nucleótidos podrían haber organizados a sí mismos.  No me ofreció ninguna hipótesis sobre como una mezcla de nucleótidos que un momento no comunicaba nada, en el próximo ofrecieran el código de la vida.    Simplemente me dijo que era “una pregunta importante, pero encontraríamos la solución correcta, eventualmente.”  Una respuesta conveniente cuando no tengas una respuesta robusta, ¿no?  
¿Es este el disputador de este siglo?
     Los proponentes de la evolución darwiniana suelen ser mucho más inteligentes que yo. Pero no tenemos que tener miedo de cuestionar su teoría. Porque no tienen mayor sabiduría que Dios, cuya insensatez es más sabia que los hombres.
     Estamos hablando del área de la teología que se llama la apologética, en la que conversamos con aquellos que oponen a Cristo y su Iglesia. 
     La apologética utiliza la razón y la retórica para indicar las contradicciones y puntos débiles de sus teorías y filosofías, y puede ser muy buena preparación para la predicación, derribando resistencias para ganar una audiencia para la Palabra de la Cruz. 
     Un apologista podría indicar los problemas inherentes en la vida hedonista, o los errores históricos en los libros de los Mormones, o los grandes desafíos que tiene la teoría evolucionista.  Dentro de la capacidad e interés de cada uno, cualquier cristiano puede ejercer la apologética en su vida, siempre con respeto y amabilidad.  Recordemos, Dios viene en voces delicados y silbos apacibles. 
     Además, es sumamente importante que recordemos que, al fin y al cabo, sólo indicar los problemas o errores de la filosofía o la cosmovisión de otro no puede convertir a nadie.  Hay que reemplazar su cosmovisión errónea con la cosmovisión cruciforme. 
     Como hizo Jesucristo con Pedro.  En aquel día en la orilla del lago de Genesaret, Jesús empezó el proceso de reemplazar la cosmovisión de este pescador judío, quitando su perspectiva de un Dios distante, que nos da leyes y requisitos para superar, para que, cumpliéndolos, ganemos su favor. 
     En su lugar, Jesús, en el transcurso de tres años, le dio ojos que ven la realidad a través de la crucifixión y resurrección de su maestro y Señor, Jesús. 
     Por la gracia del Espíritu, Simón Pedro estaba dispuesto de escuchar a este Maestro, este predicador itinerante, mientras limpiaba sus redes, suficientemente interesado para aun prestarle su barca para usar como púlpito.  Pero la asunción de Pedro fue que Jesús era meramente otro hombre.  Sabio, sí, tal vez aun un profeta, pero un hombre, como todos los demás.
     El Señor le dio una nueva perspectiva.  De repente, viendo la gran multitud de peces, con la ayuda del Espíritu Santo, Simón Pedro se dio cuenta de que este hombre fue el Señor, el Santo, Santo, Santo Dios.  Cayendo de rodillas ante Jesús, le rogó:  Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.  Y, en un anticipo del pleno evangelio, Jesús le consoló:  No temas, Simón, desde ahora serás pescador de hombres.
     Esta nueva cosmovisión, que Dios no estaba lejos en su cielo, más bien estaba ahora presente con su pueblo en la persona de Jesús de Nazaret, fue el primer gran cambio que sufrió Pedro. 

     Durante los tres años próximos, una y otra vez Jesús cambió su visión del mundo, hasta que, al final, Pedro entendió y creyó que la Cruz, el triste escándalo más fuerte de todos, es en realidad el poder y la sabiduría de Dios, el Evangelio de amor, entregado y revelado para el perdón y salvación de todos.
     En el largo proceso de la conversión de Simón Pedro, vemos que la misión de la Iglesia de Cristo siempre ha sido, de una cierta perspectiva, una locura.  Según nuestros conceptos de poder y sabiduría, la misión de Dios, realizada en la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, es una locura.  Como bien dice Lutero, Creo que, por mi propia razón o poder, no puedo creer en Jesucristo mi Señor, ni venir a Él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado por el Evangelio, iluminado con sus dones, santificado y conservado en la verdadera fe.” 
     Nuestra situación natural problemática es entendida diferentemente por distintas personas.  Para muchos, es el problema de la muerte, la realidad cruel que, no importa nuestro deseo de vivir para siempre, la muerte se nos acerca más y más, cada día.  Con otros, es nuestra naturaleza intrascendente, que somos entes pequeños, sin importancia en el universo infinito. Con otros, es simplemente el dolor, física o emocional.    
     Para los bendecidos, como Pedro, llegamos a entender que el problema es de ser hombres pecadores destinados a una eternidad de separación de Dios, y de sufrimiento justo.  
     Si no encontramos al Dios que se dio a sí mismo a la crucifixión, o, mejor dicho, si este Señor de la Cruz no nos enfrenta, nos seremos dirigidos a buscar soluciones en la sabiduría humana o el poder de los hombres, o en algo.  A pesar de que algunas personas no conocen la realidad de Dios, con el tiempo todos descubriremos esta misma crisis dentro de nuestra existencia. Somos capaces de buscar una vía de escape en un sinfín de alternativos, desde el cientificismo, hasta la riqueza o el placer, o en otro dios de nuestra invención quien obedezca a nuestro entendimiento del poder y la sabiduría.  Pero todos estos ídolos nos conducen al mismo fin, el fracaso completo del poder y la sabiduría de los seres humanos. 
     Por lo tanto, para nuestro bien, y para el bien de todos nuestros vecinos, sigamos adelante en el camino de la misión de Cristo.  Porque el mismo Espíritu que nos ha llamado por el Evangelio, es decir, por la locura de la predicación de la Cruz, también quiere llamar, congregar, iluminar y santificar a muchos más. 
     El poder y la sabiduría de Dios son para ti.  La locura de la predicación te quita todos tus pecados y te da la vida eterna y bendecida de Cristo mismo.  Y el Espíritu de Cristo seguirá en su obra, aun logrando sus deseos a través de nuestras bocas. 

En el Nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo, Amén.             

Es Todo Acerca del Perdón - Cuarto Domingo después de Trinidad


Cuarto Domingo después de Trinidad
14 de julio, A+D 2019                                  
Es Todo Acerca del Perdón

     Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.  Desde el primer momento mojado hasta nuestra última respiración, la fe y la vida cristiana son, en su esencia, acerca del perdón.

     Hoy es un día especial, en lo que celebramos una confirmación y dos bautizos.  Por ende, es natural que reflexionemos sobre los fundamentos de ser un cristiano, de lo que consideramos lo básico del reino de Dios.  Y por la providencia del Espíritu Santo, obrando a través de las lecturas asignadas para hoy, el Consolador nos está ayudando comprender que el centro de la fe y la vida cristiana es el misericordioso perdón que nos otorga el Señor.  Es todo acerca del perdón. 

     De Génesis capítulo 50 oímos como José nunca pensaría en negar el perdón y reconciliación que Dios ya había realizado entre él y sus hermanos.  Le habían hecho muy mal a José, vendiéndolo a la esclavitud y fingiendo su muerte a su padre, pero lo que sus hermanos querían como mal contra José, Dios lo había encaminado a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.  El perdón superó el odio, para salvar vidas, lo cual es la voluntad de Dios.

     San Pablo nos llama a la misericordia, aun y especialmente con nuestros enemigos y perseguidores.  De hecho, esto es como Dios trató con nosotros, cuando aún éramos sus enemigos. 
Como dice Jesucristo mismo, “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.”

     La vida no te enseña que es todo acerca del perdón.  Aprendemos muy pronto no tanto de perdonar, sino de defendernos.  O tal vez, si eres capaz, aprendes como impedir que los otros te dañen a través de aparecer duro o peligroso.  Pero, este camino de lucha nos dirige a fines males, porque, no importa tan fuerte y duro que seas, eventualmente vaya a venir alguien más poderoso.

     Pero imagínate, el Todopoderoso, el Creador y el Rey del universo, no quiere la venganza (aunque la venganza es suya, como él declara).  No, el todopoderoso Señor se deleita en misericordia, en el perdón, en la bondad.  Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.    

     ¡Qué maravilla!  Pero, puesto que Dios quiere que el perdón sea el centro de su Iglesia, ¿por qué somos tan capaces de pensar que otra cosa debería ser el centro de la fe y la vida cristiana?  De hecho, hay innumerables historias de nuestros esfuerzos de dar prioridad a otra faceta de la Doctrina de Cristo.     

     Muchas veces queremos enfocar en la autoridad.  Discutimos sobre quien tiene el poder en la Iglesia.  Puesto que el Señor es el Todopoderoso, no debería haber mucha duda.  Sin embargo, nuestra tendencia de enfocar toda nuestra energía en agarrar y mantener el poder en la Iglesia es constante. 
     Sabemos muy bien lo que Cristo Jesús específicamente dijo a sus doce discípulos, cuando discutían sobre quién de ellos tendrían más autoridad en el reino de Dios: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos.26 No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, 27 y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; 28 así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.   Es todo acerca del perdón, no del poder o autoridad humana, porque toda autoridad pertenece a Dios, y Él usa su autoridad para salvarnos. 

     Otra cosa que nos gusta poner en el centro de la fe y la vida cristiana son las buenas obras.  Y es cierto que las buenas obras son sumamente importantes.  Hemos sido creados para amar, es decir, para hacer buenas obras para otros.  Pero, verdaderas buenas obras solamente puedan seguir después de la fe salvadora, la cual confía sólo en el perdón de los pecados.  Como dice Jesús en San Juan 15, hablando de la fe creado por la Palabra y también de las buenas obras:  Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.  Jesús quiere ver mucho fruto en sus discípulos, por lo tanto, el perdón tiene que ser en el centro, porque es la Palabra de perdón que nos une a Cristo, para que Él produzca buenas obras en nosotros. 
    Es todo acerca del perdón.  Intentamos elevar otros bienes, como la sabiduría humana, o las bellas artes, o la fraternidad humana.  Cada uno es un don de Dios, lo cual puede servir muy bien en la adoración del Señor y el cumplimiento de los mandamientos de amar y servir a Dios, y a tu prójimo como a ti mismo. 

     Pero nuestra sabiduría nunca hubiera pensado en sacar nueva vida de la muerte del Hijo de Dios.  Nuestro concepto de belleza no encaja con la belleza del amor derramado por el Santo de Dios, moribundo en una cruz.  Nuestra fraternidad puede ser bella, nuestra inteligencia impresionante, pero ninguna de las dos resolverá nuestra enemistad con Dios ni tampoco pueden cancelar nuestra cita con la muerte.  Pero Jesús en su amor sacrificial nos ha convertido en hermanos suyos.  Cristo nos ha vuelto a la fraternidad divina.  En su sabiduría misteriosa nos ha hecho hijos e hijas de Dios, hermosos en los ojos del Padre. 

     Es todo acerca del perdón, pero el mundo no quiere oírlo.  De hecho, considerando todas las maneras por las cuales los cristianos intentan distorsionar la fe y quitar el perdón de su lugar central, parece muchas veces que los cristianos tampoco quieren oír tanto del perdón.

     Esto viene de la voluntad terca de nuestra carne orgullosa.  El mensaje de perdón, junto con el amor que lo acompaña, también nos puede parecer como ascuas de fuego sobre la cabeza, igual como parece a los enemigos de la Iglesia.  La verdad temerosa es que, por nuestra naturaleza, no queremos perdón.  Mejor dicho, no queremos admitir que necesitemos perdón, precisamente porque es el perdón de los pecados.

     No queremos admitir que somos pecadores desesperados, sin la capacidad de merecer el amor de Dios.  Hay un obstáculo de humildad al inicio de la vida cristiana, un obstáculo que suele reaparecer diariamente.   Preferiríamos ser no solamente beneficiarios de la salvación, sino más bien queremos ser socios en la obra de salvación, contribuidores, tal vez con nuestro nombre en el listado de autores acreditados en la cubierta del Libro de Vida.  Pero hay solo un Autor de la Fe, solo Uno que puede recibir el crédito, Jesucristo, el crucificado y resucitado, la fuente de perdón. 

     Por eso, siempre me quedo un poco inquieto con las confirmaciones.  No me malinterpretéis.  Estoy muy feliz de oír la buena confesión de Irene, y será un gozo y un privilegio otorgarle la Santa Cena por la primera vez en algunos minutos.  Pero, una confirmación de la fe nos podría parecer más como un logro, y lo es en un sentido.  Requiere estudio, compromiso, y perseverancia.  Y seguramente es bueno hacerlo, porque Cristo mismo nos llama a confesarle públicamente.  Pero siempre acordémonos del hecho que, al centro de la fe confesada en la confirmación es esta realidad:  es todo acerca del perdón de los pecados.  De hecho, la meta y la gran alegría de la confirmación es compartir juntos en la Santa Cena, otra forma del reparto por parte de Cristo de su perdón, el Evangelio que comemos y bebemos. 

     Hay que cuidar que la confirmación no nos conduzca a pensar en nosotros mismos, en nuestra contribución.  Por eso, por lo bonita que sea la confirmación, mejor es el bautismo de niños. 
     No es que los niños no necesitan crecer en la fe, aprender su contenido, y confesarla para acceder a la Santa Cena.  Queremos ver que el bautismo conduzca a la confirmación, a la Santa Cena, a la recepción del Evangelio en todas sus formas.  Pero en el bautismo de un niño, como hemos visto hoy, la realidad que es todo un don de Dios es bien clara.  Nada viene del parte del niño. 

     Leo y Adrián han sido públicamente adoptados por Dios, declarados santos, unidos por la promesa del Espíritu Santo al cuerpo de Cristo, lo cual es la Iglesia.  Es 100% una obra de gracia y amor, y el perdón de los pecados está en el centro de todo.  En el Bautismo, como en todas formas del Evangelio, Dios nos da a sí mismo, y Él no usa medidas parciales.  No, el Señor siempre nos da una medida buena, apretada, remecida y rebosando, incluido cuando nos da a sí mismo, a través del agua unida a la Palabra.    

     Como en la fe, así también en la vida cristiana.  El perdón es el rasgo central.  Como dice Jesús, el discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.  Y nuestro Maestro Jesús enfocó cada día de su ministerio en una sola cosa: lograr para nosotros el perdón de los pecados. 

     La madera de su pesebre fue convertida en la madera de su cruz.  Todo su enseñanza y ejemplo y servicio a los otros apuntaban al Monte Calvario, donde, aun en los momentos más arduos, Jesús todavía pensaba en el perdón, rezando por sus torturadores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” 
     Ahora, en la nueva realidad redimida que Dios reveló en la Resurrección, estamos libres para vivir de perdón, libres para acudir a Dios diariamente, para limpiarnos de toda maldad, y también para recibir amor y perdón para compartir con otros. 

     Esto es la fe y la vida cristiana, el camino de los bautizados, 
                               en el Nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo, Amén. 


El Buscador Divino - Tercer Domingo después de Trinidad


Tercer Domingo después de Trinidad
7 de julio, A+D 2019
El Buscador Divino

     ¿Alguna vez has estado perdido?  Hoy el Salmista nos pone en la posición del perdido.  Solo y afligido.  Completamente perdido, sin capacidad de encontrar el camino a nuestro hogar.  Hicimos nuestra entrada a la presencia de Dios esta mañana orando como rezaría la famosa oveja, separada de los 99.  Mírame, y ten misericordia de mí, oh Señor, porque estoy solo y afligido.

     Es bueno considerar un rato estar perdido. 

     ¿Alguna vez has estado perdido?  Cuando tuve 5 o 6 años, una vez estaba en Billings, Montana, con mi familia, haciendo compras en una tienda, una versión americana de El Corte Inglés.  Estaba siguiendo a mi madre, peregrinando entre el laberinto de percheros redondos que llenan la sala de ropa de mujeres.  Sé que estábamos en invierno, porque mi madre llevaba un abrigo de lana, de color café, lo cual era mi faro mientras navegaba entre los acantilados de ropa que me rodeaban, intentando evitar sufrir un náufrago contra las rocas.  O así fue en mi imaginación. 

      En un momento dado, el peligro de mi aventura me hizo perder el abrigo de mi madre; y cambié suyo, de color “café con leche” para el abrigo de otra mujer, de color “café cortado.”  No sé cuánto tiempo yo seguía a esta mujer, pero de repente, cuando tiré de su abrigo para preguntarle algo, me encontré perdido, sin mi madre, a solas en un bosque oscuro de ropa.  Aunque no recuerdo que tenía mucho miedo, el hecho de que todavía, casi 5 décadas después, me acuerdo de tantos detalles del acontecimiento, esto sugiera otra realidad.  Estuve perdido, y sentí afligido y amenazado.    

     Puedo reírme ahora, pero en el momento de estar perdido, es temeroso, y preocupante.  Podría ser que nos falla los Mapas de Google, y nos encontramos en un barrio sospechoso a las 3:00 de la mañana, …
    o que perdemos el sendero en las montañas mientras el sol desaparece debajo del horizonte, …
   o también podría ser que no estamos literalmente perdidos, pero no tenemos ninguna persona en nuestra vida en quien podamos confiar.  No importa como llegamos a estar perdidos, es malísimo.     

     Sea lo que sea la causa, estar solo y perdido es una aflicción.  Y si el terreno de nuestra soledad no es geográfico, sino espiritual, puede ser aun peor. 
     Por grande que sea la incomodidad que sufrimos por considerar estando perdido en esta vida, en posible peligro, separado de nuestra comunidad, o alejado emocionalmente de la familia, … peor es considerar la separación de Dios, actual y eterna.

    Porque, cada vez que consideramos honestamente la verdad de nuestras vidas, la distancia que solemos poner entre nosotros y el Señor Dios, y cómo y porqué terminamos tan lejos de Dios, descubrimos de nuevo la realidad de que espiritualmente, no estamos perdidos, temporalmente, sino que somos perdidos.  Ser perdido es nuestra condición natural, y fácilmente pudiera llegar a ser eterna.

     La verdad es que elegimos salir del camino recto y bueno de Dios cada vez que pecamos, y así corremos el riesgo de perdernos.  Con frecuencia buscamos socorro desde otras fuentes falsas, en vez de saciarnos de la fuente de vida.  Simplemente hay que considerar tu vida y conducta según los Diez Mandamientos, y pronto sabrás no sólo de estar perdido, sino que también de la perdición.           



      Pero basta.  No quiero continuar en este camino, es demasiado difícil y triste; no lo podemos soportar.  Mejor que cambiemos el tema, que consideremos el otro lado, de ser un buscador.  ¿Qué hacemos, por ejemplo, cuando perdemos algo valioso?  ¿Qué haces, pues, si pierdas tu móvil, o tu billetera?  

     Igual que hicieron el pastor y la mujer en las parábolas de Jesús.  Cuando perdemos algo valioso, dejamos todo y enfocamos 100% en la búsqueda de la perdida.  Cambiamos planes, reclutamos toda la familia, y no hacemos nada excepto respirar y buscar, hasta que encontremos el objeto valioso.  Y si, Dios nos guarde, lo perdido no sea un objeto, sino una persona, entonces extendemos la alarma a la comunidad.  Hemos visto cómo toda España puede enfocar en un niño perdido.  Y recordamos cómo, hace un año en estas mismas fechas, el mundo entero estaba esperando, orando, y ofreciendo ayuda para que los niños y entrenadores del club de futbol de Tailandia fueran rescatados de una cueva.

     Nuestra concentración y esfuerzos cuando perdemos algo valioso pueden ser maravillosos, y a veces, cuando el resultado está bueno, estas experiencias puedan forjar una familia o comunidad más integrada y solidaria. 

     Otro beneficio para nosotros del pensar en cómo actuamos cuando perdemos algo valioso es que nos ayuda sacar la lección principal de las parábolas de Jesús que oímos hoy:  Dios mismo, cuando perdió su posesión más querida y valiosa, hizo la misma cosa que nosotros hacemos.  De hecho, el Señor hizo mucho más. 

     Por tan malo que sea considerar seriamente nuestra tendencia a perdernos, hasta aun huir de nuestro Dios, y rebelar contra Él,
     y por tan triste y difícil que sea pensar en la soledad actual y eternal que arriesgamos cuando nos apartamos de Dios,
     el mensaje de Jesús para nosotros hoy es aún más consolador.  Porque Dios nos ama, a pesar de cómo somos.   A pesar de nuestros pecados, somos muy valiosos en sus ojos, y él ha estado enfocado en buscarnos y rescatarnos desde la primera vez que elegimos apartarnos de su presencia y amor.  De hecho, misterio de misterios, el Señor ya tuvo su plan para rescatarnos, antes de la fundación del mundo.  Tan fuerte es su compromiso de rescatarnos.        



    La parábola del pastor loco, quien dejó a noventa y nueve ovejas obedientes, y salió de su hogar cómodo y seguro, para entrar en el desierto y buscar a una sola oveja, descarriada y perdida, es una metáfora de la carrera del Hijo de Dios, quien fue reinando en gloria, rodeado por ángeles y arcángeles cantando loores al Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Jesucristo tuvo todo, pero eligió descender de la diestra de su Padre y entrar en nuestro mundo destrozado por pecado.  Y no solo entrar, pero quiso unirse con nosotros, tomando nuestra forma, asumiendo la carne humana en su persona divina, para hacerse el Cristo, Hombre y Dios en un solo ser, el único capaz de ganar nuestra salvación.  ¡Y su objetivo en todo esto eras tú!

     Aunque Jesús no te llevó a casa literalmente sobre sus hombros, esta imagen debería recordarnos de otro evento literal, cuando nuestro Señor soportó una carga en sus hombros, la de una cruz romana, que el Hijo de Dios llevó al monte Calvario.  Aun peor, y más asombroso, Jesús no solamente aceptó el castigo peor de los romanos, nuestro Salvador también aceptó el castigo divino contra nuestros pecados, para deshacer la causa de nuestra separación y perdición.  Lo que fue necesario, Jesús, nuestro Buscador Divino, ya ha hecho, para encontrarte y rescatarte.  ¡Consumado es! 

     Y ahora, anticipamos la celebración.  La última parte de cada de las tres parábolas es sorprendente:  la celebración hecho por cada buscador, fiestas que nos parecen demasiado extravagantes en relación con las cosas encontradas de nuevo. 
     ¿No te parece que reunirse con todos los amigos y vecinos es demasiado, comparado con el valor de una sola oveja? 
     ¿No es que la mujer gastó más que el valor de la moneda perdida para hacer la fiesta después de encontrarla? 
     ¿Y ya habiendo dado la mitad de sus bienes al hijo menor, cómo es que el padre tiene suficientes recursos para poner un anillo en el dedo de este pródigo, matar el becerro gordo y hacer una fiesta tan grande? 
     Las fiestas nos parecen muy desproporcionadas al valor de las cosas encontradas.

     Así sería con nosotros, pero no estamos hablando de nosotros, estamos hablando del Señor Dios, Rey de los cielos, Comandante de los ejércitos celestiales, Creador del universo, y el Buscador Divino.  La grandeza de su gozo está reflejada en los ángeles, regocijándose perpetuamente por la maravilla que es el amor de Dios, revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.   


     Celebremos con los ángeles este Dios, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad.  Nuestro Dios se deleita en misericordia, y tiene misericordia de nosotros.  El Señor ha sepultado nuestras iniquidades, y echó en lo profundo del mar todos nuestros pecados.

     A través del perdón de los pecados, ganado para todo el mundo, Jesús otorga la resurrección a la vida eterna a todas las ovejas perdidas que Él encuentra.  Y las ovejas nuevamente encontradas causan una fiesta entre los ángeles.  Ovejas como nosotros, congregados aquí otra vez en arrepentimiento, para recibir los dones de perdón y salvación, y tomar un anticipo de la fiesta venidera,

En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.