Tuesday, July 23, 2019

Orar en el Nombre de Jesús - Sexto Domingo de Pascua – Rogate


Sexto Domingo de Pascua – Rogate
Orar en el Nombre de Jesús
Recitamos juntos del Catecismo Menor: La introducción y primera petición del Padrenuestro, con explicaciones, (página C-6 del himnario).

De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.

     Orar en el nombre de Jesús es orar como el bautizado. Porque fue en y a través del agua que él puso su nombre en ti, reclamándote como suyo, un hijo o una hija de su padre, incluso invitándote a orar a su padre como tu padre. ¡Y cuan grandes son las promesas que Jesús hace con respecto a tus oraciones!

     Este domingo, el sexto después de la Pascua, se llama en latín “Rogate,” el único domingo en la Pascua o la Cuaresma que no toma su nombre de las primeras palabras del Introito.  Rogate” viene del evangelio de hoy.  Significa “rogad,” o como tenemos en nuestra traducción, “pedid.” Pedid, y recibiréis.  

     Pero, quizás las promesas de Jesús te parecen demasiado Bueno para creer.  Tal vez tu experiencia en la oración te hace dudar lo que Jesús de verdad quisiera decir acerca de la oración en su nombre.  O peor, tal vez tus oraciones te conduzcan a dudar tu fe, tu lugar en el reino de Dios, puesto que tus oraciones no parezcan ser respondidas.

    Entender la oración, especialmente como Jesús la describe, es difícil. 

    Hace siete años, tuve un vicario quien, predicando en el mismo texto, confesó en el sermón su propia lucha en oración.  Él fue un buen hombre y tenía muchos talentos, pero había estado orando muchos años que el Señor le provea una esposa.  Se fue de su año con nosotros todavía soltero.  Pero, la próxima primavera, al mismo tiempo que estaba graduando de seminario y recibiendo su primera vocación al ministerio sagrado, a través de un sitio web para luteranos también conoció, se enamoró y fue comprometido a su futura esposa.  De su experiencia aprendemos dos realidades, primero, que el Señor normalmente responde a nuestras oraciones a través de medios comunes.  El rol del cristiano es orar, y es también trabajar, hacer lo que sea bueno y lógico en búsqueda de tus deseos.  Segundo, hace falta la paciencia.  El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza.  Pero nuestro horario no es suyo, ni es nuestro el mejor.  El Señor es fiel, cumplirá sus promesas, en su tiempo.

     Al mismo tiempo, es cierto que el Señor no nos vayan a dar cada cosa que tú y yo pudiéramos pedir.  Hay otro posible problema, que debemos considerar. 

     Orar en el nombre de Jesús, quien es Dios, es orar como los bautizados, puros y santos, renacidos de Dios, con corazones nuevos que desean todo lo que Dios desea.  Por ende, si estamos pidiendo algo malo, hay que decir que tal oración no sale de ti como un santo, de la nueva persona que Dios ha creado, sino esta petición viene de ti como todavía pecador.  Tal petición no es de verdad una oración en el nombre de Jesús, ni es santificar al nombre de su Padre. 
     Sencillamente, podemos decir que Dios no responde a nuestros rezos si son malos.  Si mis oraciones son motivadas por la codicia, el egoísmo o la lujuria, entonces ciertamente no son hechas en el nombre de Jesús, aunque yo diga esta frase para terminar mi oración.   Por lo tanto, un rezo habitual que necesitamos es que el Padre nos ayude para que no oremos palabras desconsideradas o perversas, para que nuestras oraciones de verdad santifiquen al Nombre de Dios.  

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La segunda y tercera peticiones del Padrenuestro, con explicaciones. (página C-7 del himnario).

     Orar en el nombre de Jesús es orar por la Misión de Dios.  Como nos dice San Pablo hoy:  Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.  Y la verdad en la que nos regocijamos es que, en Cristo, hay salvación para todos, la que ha llegado a nosotros, y que Dios sigue ofreciendo a todos.  Venga a nosotros tu reino.  

     Orar en el nombre de Jesús es orar en unidad con Cristo.  Vosotros, los bautizados, habéis sido crucificado con Cristo, os habéis sido revestidos de Cristo, y habéis sido sellado con su Espíritu.  Por lo tanto, como Jesús ora, así también nosotros oramos.  Y la oración por excelencia de Jesús fue ofrecido en el Jardín de Getsemaní, cuando Jesús pidió a su Padre, que le quitara la Copa de Ira, la cual fue su sufrimiento inminente.  Pero, Jesús no terminó su oración allá. Continuó: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”  Hágase tu voluntad.  Por mucho que Jesús temía sufrir por los pecados de todo el mundo, todavía sometió su voluntad a la voluntad de su Padre.  Así también para nosotros, orar en el nombre de Jesús es siempre de acuerdo con la voluntad de Dios, y no la nuestra.  Hágase tu voluntad. 

     Oración en el nombre de Jesús es oración fiel que sabe que el Padre ha dado Jesucristo a la Cruz, para rescatarnos de una eternidad en el infierno.  Tal Padre, y tal Salvador, ahora resucitado y sentado a la diestra de su Padre, tal Dios nunca nos abandonará.  Nos dará su mejor, a pesar de que, como en la imagen de Cristo agonizando en la Cruz, muchas veces es difícil ver el bien en la forma externa de una cosa.  Pero, descansad tranquilos.  Así como la Cruz es de verdad un cuadro del amor de Dios para con toda la humanidad, así también la voluntad de Dios es siempre mejor para ti que la tuya.  Dios nos puede llevar a situaciones desconocidas y temibles, pero estará con nosotros, y nos llevará a su hogar celestial, pase lo que pase.

     Orar siempre “hágase tu voluntad” es realmente muy libertador.  Orar así es reconocer que somos al mismo tiempo santos y pecadores, que de vez en cuando erraremos con nuestras peticiones, debido a nuestra debilidad, o simplemente nuestra falta de entendimiento.  Al mismo tiempo, estamos libres para pedir cualquier cosa buena, confiando que al Padre le encanta dar regalos buenos.  ¡O él nos dará lo que pedimos, o algo mejor!  Después de todo, él ya nos ha dado a Jesús.  Orar en el nombre de Jesús nos ayuda mirar al futuro con confianza, y vivir con alegría, no importa si hoy vivamos en riqueza o pobreza, salud o enfermedad, porque ya sabemos como la historia de Jesús termina, la cual es también nuestra historia.

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La cuarta y quinta peticiones del Padrenuestro, con explicaciones. (página C-7, 8 del himnario).

     Orar en el nombre de Jesús es orar honestamente.  Esto es bastante fácil en relación con nuestro pan de cada día, puesto que estamos siempre llegando a tener hambre.  Desde luego, necesitamos ayuda para que recordemos dar gracias a Dios, de quien recibimos cada bien, material, emocional o espiritual. 

     Pero más difícil es ser honestos sobre nuestro pecado.  Por esta razón, justo en el centro del Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir, “perdónanos nuestras deudas,” nuestros pecados.  Perdónanos Señor, porque todavía somos pecadores.  Orar en el nombre de Jesús en esta vida, como santos-pecadores, es siempre orar en arrepentimiento.  Oración en el nombre de Jesús es siempre humilde, nunca orgullosa, nunca es auto promoción, más bien es siempre como oró el publicano:  Señor, ten piedad de mí, el pecador.” 

     ¡Y lo tiene!  El Señor siempre tiene piedad de nosotros, por el amor de Jesús.  Siempre debemos orar en arrepentimiento, y podemos orar en arrepentimiento, y al mismo tiempo con confianza y gozo, porque Dios nos ha quitado todos nuestros pecados, en Jesús. 

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La sexta y séptima peticiones del Padrenuestro, con explicaciones.  (página C-8 del himnario).

Esta vida está llena de tentaciones.  Satanás quiere que sometamos al mal, que entraríamos en el mal como si nunca fuéramos bautizados y rescatados por Cristo.  El Señor nos deja pasar por las tentaciones, con la esperanza y expectativa que se conviertan en pruebas leves, porque Él está con nosotros, y siempre nos ofrece la vía de escape, la cual es Cristo mismo, nuestro defensor.  Esta lucha diaria, contra el diablo, el mundo y contra nuestra restante pecaminosidad, es más que demasiado para nosotros.  Por esto Jesús nos enseña orar por la ayuda de su Padre, que no nos deje caer.  Esto es orar en el nombre de Jesús. 

     Y gracia sobre gracia, que bondad sin fin: aunque no deberíamos caer en la tentación, aunque Dios sería totalmente justo si nos rechazara por nuestras caídas diarias, el Señor no es así.  Aun conociendo nuestra debilidad y el hecho de que no íbamos a parar pecando, sin embargo, Jesús nos enseña orar: “mas líbranos del mal.”  Como al principio, igual cada día y hasta la línea de meta, nuestra salvación es obra divina, un rescate que Dios mismo lleva al cabo, o nunca llegaremos.  No somos inertes, como una piedra o un tronco que no contribuyen nada a su movimiento.  No, en Cristo vivimos, y participamos activamente en la vida cristiana, luchando cada día.  Pero nuestra salvación no viene de nuestra lucha.  Alabanzas a Dios por esto, porque nuestra lucha no es tan impresionante. 

     No, nuestra victoria sobre el mal es ya terminado, en y por Cristo.  Su vida de amor y buenas obras es nuestro mérito ante el Padre.  Su sacrificio y sufrimiento en nuestro lugar es nuestra absolución y justicia ante el Padre.  En Él, por Él, y con Él, el diablo, el mundo y nuestra carne pecaminosa son derrotados, y nuestro futuro es seguro.  Mientras vivimos aquí, en un mundo que proclama cada día un mensaje completamente opuesto a este Evangelio, necesitamos oír la promesa una y otra vez.  Nuestra petición para libertad del mal es un sermón pequeñito cada vez que la rezamos, porque esta libertad ya es un hecho, en Él que nos enseño orar en su nombre, Cristo Jesús.   

Recitamos juntos del Catecismo Menor: La conclusión del Padrenuestro, con explicación.  (página C-9 del himnario).

     Orar en el nombre de Jesús es dar el “Amén” a todo lo que Él ha hecho y dicho.  Amén es una palabra hebrea, que ha venido al latín, el griego, el inglés, y el español con un sonido más o menos igual como era en hebreo.  Dependiendo en el contexto, “Amén” significa “de cierto, de cierto” o aun “yo creo.”  Es la respuesta de fe a la Palabra de Dios, la afirmación alegre del Pueblo de Dios al Evangelio.  Es el privilegio de la congregación de decirlo, varias veces en el curso de la liturgia, y en cualquier momento cuando algo verdadero ha sido proclamado.  Cuando el pastor distribuye el cuerpo y la sangre de Cristo, el comulgante puede decir: Amén.  Igualmente, en la despedida de la Santa Cena, cuando el Pastor dice “El cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo os fortalezca y os guarde en la verdadera fe, en cuerpo y en alma, id en paz,” es el privilegio de los fieles responder con un fuerte “Amén.”    

     Así también, terminamos el Padrenuestro con “Amén,” confiando en todo que nuestro Jesús nos ha dado a orar, en su Santo Nombre, Amén. 


Todo está conectado - Jubilate - Cuarto Domingo de la Pascua


Cuarto Domingo de la Pascua – Jubilate
12 de Mayo, A+D 2019
San Juan 16:16-22
Todo está conectado.

     La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.

     Todo está conectado.  Todo.  Y especialmente toda la Palabra de Dios: es súper interrelacionado, de verdad el magno don.  Aunque es producto de más de 30 autores humanos, escribiendo a lo largo de 15 siglos, la Biblia es al mismo tiempo un solo libro, todos los detalles conduciéndonos a un solo punto culminante, una sola doctrina central, un mensaje consolador a los oídos de fe. 

     Considerad, por ejemplo, el porqué de la maldición anunciada a la primera mujer, después de que ella y su hombre se cayeron en pecado.  A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos…
     El hombre, Adán, fue condenado en el mismo momento a una vida de trabajo bochornoso, con sudor en el frente y espinas por todos lados, castigo cotidiano mientras luchaba para ganar su pan.  Por el otro lado, Eva, madre de todos los vivientes, recibió una condena más puntual, pero más aguda a la vez:  En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto,
con dolor darás a luz los hijos… 

     ¿Por qué?  ¿Hay un sentido de la forma específica de la maldición femenina?  Pues, no conozco de ningún pasaje bíblico que nos dé una explicación especifica.  Es importante recordar que Dios con la Biblia no está explicándonos cada tema, sino nos está dando el mensaje que necesitamos para la salvación.  El Señor no explica cada cosa; de verdad hay una multitud de misterios que nos esperan para ser aclarado en el último día, en el día que veremos a Dios, cara a cara.  Pero todo está conectado y no haya frases inútiles o sin importancia en la Biblia. Es simplemente que no podemos comprender todo.

     Todavía, en estos días de mayo cuando la mayoría de los países laudan y celebran a las madres, tal vez nos preguntemos sobre el dolor del parto.  No estoy sugiriendo que el hombre y la mujer no merecían sus distintas maldiciones.  Juntos, nuestros primeros padres arruinaron la muy buena creación de Dios, introduciendo la muerte, el dolor y la separación de Dios, a sí mismos, y a todos sus descendientes.  Pero, al mismo tiempo, nos podríamos preguntar: ¿por qué este castigo específico? 

     Bueno, aunque Dios no nos ha prometido que en esta vida entendamos cada detalle de su plan, Él sí nos ha animado a profundizarnos en su Palabra, al escuchar, leer, estudiar, orar y meditar en la Sagrada Escritura, por la cual el Espíritu nos guiará a toda la verdad.  Y hoy, tal vez el Señor Jesús nos haya dado una pista de la razón por la dificultad del parto. 

     Que interesante que, en la misma noche en que fue entregado, mientras prediciendo su muerte y resurrección a los Doce, Jesús introduce el tema del nacimiento y el fenómeno de las madres olvidadizas.  No puede ser una casualidad. 

     Y que cambio milagroso suele ocurrir con una madre, un momento casi agonizando en el parto, sufriendo mucho, quizás extrayendo promesas solemnes del padre, que nunca lo haremos otra vez: ¡PROMÉTEMELO! …
    … y en el próximo momento, la misma mujer, llorando de gozo, completamente satisfecha con el bebé en sus brazos, feliz y sin memoria del dolor.  Es una verdadera maravilla.

     Las madres después de un nacimiento seguro y sano sobrepasan en el gozo.  Además, los nuevos seres humanos, tan pequeños, con una apariencia graciosa, extraña y atractiva a la vez, provocan una reacción positiva de casi todos. Me llama la atención especialmente como los recién nacidos tienen este poder, incluso con otros bebés no mucho más mayores. Mi nieta tiene un primo solamente 10 o 11 meses más joven.  Cuando lo vio la primera vez, nuestra Heather quedó fascinada con su pequeñito primo.  Es una señal de nuestra creación en la imagen de Dios.  Aunque nuestro pecado ha fracturado esta imagen en nosotros, nuestro amor a los recién nacidos es una pista de la imagen de Dios.  La fascinación y la atracción que tenemos para bebés recién nacidos vienen de Dios. 

     Esto tiene sentido, porque tener hijos fue la primera tarea de Dios para sus seres humanos, “sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra,” un proyecto común entre nosotros y el Todopoderoso.  El Señor ama a los niños, y quiere que haya muchos.  Por eso la Iglesia dice procreación, no reproducción, porque un hombre y una mujer teniendo un hijo participan en una obra divina.  No es como fabricar un coche, es crear con Dios una nueva vida. 

     Bueno, estar en la presencia de un recién nacido es agradable para casi todos.  No es totalmente fácil, este tema.  Puede hacer algunos incómodos, o aun nerviosos.  Muchas veces estas personas sólo necesitan recibir sus propios niños para experimentar el gozo.  Pero no pasa nada.  No emocionarte en la presencia de un bebé no es un pecado. 

     Sin embargo, hay otro fenómeno, algo inédito que ha aparecido en las últimas décadas, el desprecio selectivo de niños.  Nuestra cultura popular hoy dice que tener un hijo es bueno, si estés bien preparado y ser padre o madre no choca con tus sueños o tu libertad de vida.  En el momento adecuado y con el acuerdo de los padres, tener un niño es algo bueno, según el mundo.  Pero, si las circunstancias no son perfectas, o simplemente si la madre está preocupada por todo el esfuerzo y el cambio, entonces nuestra cultura dice que el niño sea totalmente opcional, descartable, como si fuera un proyecto medio acabado, y de repente decidiéramos echarlo en la basura.  No pasa nada, o así se dice. 

     Pero tener un niño no es producir un producto, es crear con Dios, es tener un rol íntimo en la creación de un nuevo ser humano, una persona única y preciosa al Señor. 

     Hoy en día la Iglesia de Cristo tiene una tarea de amor en el mundo, la que es hablar por los niños, y anunciar la verdad, que cada vida humana es preciosa, desde la concepción hasta la muerte, y merece la protección de todos. 

     No es que ser madre o padre no sea difícil.  No quiero decir que no haya fracasos de familias que resultan en tristeza para los niños.  Simplemente tenemos que decir lo que Dios dice sobre el valor de los recién nacidos, y sobre los todavía no nacidos, y sobre cada persona, que cada cual es un alma para quien Cristo dio su vida para salvar. 

     Es un mensaje crucial.  Y aún más, tenemos el privilegio de proclamar que, puesto que Cristo ha amado a todos en su Cruz, hay perdón para todos, aun para las personas, fuera o dentro de la Iglesia, que en un momento dado no han querido o no han protegido a la vida humana como deberíamos.  La sangre de Jesús cubre todos los pecados.       

     Por lo tanto, que alegría estar reunidos juntos, todos nosotros pecadores perdonados, además bendecidos de tener niños en la congregación, como recordatorios del milagro de una madre dando a luz a un bebé, como colaboradora con Dios. 

     Y que bueno oír la comparación de Jesús, de la interrelación cercana entre lo que experimenta una madre, y lo que experimentarán sus discípulos.  La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.

     Así podemos ver que la maldición de dolor en el parto fue, en parte al menos, para ayudarnos entender el acontecimiento más importante de toda la historia.   La pena y el dolor de la Pasión y la crucifixión de Jesús, que son incalculables, ahora son olvidados, borrados de la memoria divina, junto con nuestra culpa y nuestro castigo. 

     Fíjate, el gozo de la Resurrección no fue solamente para los discípulos, ni solo para nosotros.  También es para Dios mismo.  Cristo despreció la vergüenza y el dolor de la Cruz, ¿para qué?  Para llegar al gozo, el gozo de dar un nuevo nacimiento a toda la humanidad, en su nueva vida santa.  Su salida de la tumba, un hombre nuevo entrando en el mundo, no sólo otro hombre, más bien, un hombre nuevo, un hombre mejor, diferente, un hombre-Dios, capaz de compartir su justicia y su gozo con todos. 

     Que gozo, para Dios, y para los hombres y mujeres, el gozo compartido por toda la eternidad por toda la familia de Dios.  Esto es lo que decía Jesús, hablando de los dolores de una madre borrados por el nacimiento.  Jesús en su Cruz, por el gozo puesto delante de Él, soportó todo, incluso toda la angustia y dolor de todas las madres, y todo el sudor y cansancio de todos los hombres, y toda la ira justa de Dios contra nuestro pecado, para hacernos una nueva creación, restaurada y preparada para una eternidad de alegría.   

     Considerad cuán grande es la diferencia entre la angustia del parto y el gozo de abrazar un recién nacido.  Cuanto más grande será nuestro regocijo en el mundo venidero, en el reino de los cielos con Cristo.

     Y no es necesario esperar tanto.  El gozo del cielo es nuestro ya, en el mismo Cristo, crucificado y resucitado.  Seguramente, hoy sólo experimentamos este gozo en parte, en medio de un mundo todavía hundido en angustia.  Pero nuestro gozo es real, porque el Rey de los Cielos está con nosotros, verdaderamente presente con nosotros, su Pueblo creyente, para abrazarnos, para quitar de nuevo nuestras angustias, dolores, y nuestros pecados.  Alimentados con su propio cuerpo y sangre, misteriosamente presente bajo el pan y el vino, de verdad podemos olvidarnos del pasado, del dolor, de la culpa, y empezar de vivir otra vez, verdaderamente vivos, en Él que nos da vida, Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, Amén. 


Las Ovejas y el Pastor - El Tercer Domingo de la Pascua - Misericordias Domini 2019


Tercer Domingo de Pascua
Misericordias Domini
5 de Mayo, A+D 2019, Cartagena, España
Ezequiel 34:11-16, Salmo 23,
1 Pedro 2:21-25, Juan 10:11-16

Las Ovejas y el Pastor

Aquí estamos, en el Tercer Domingo de Pascua, el Domingo del Buen Pastor, con lecturas que conectan entre sí y hacen comentarios los unos a los otros, un domingo con un tema claro, fuerte y consolador. 

En cuanto a este tema, es bueno vivir en España, donde hay todavía muchas ovejas y pastores, cuidando a sus rebaños, en el campo, y en las afueras de las grandes ciudades también.  Todos los españoles entienden lo que es una oveja, un redil, o un pastor.  Que la gente conozca todo esto no es cierto en muchas otras partes del mundo. 

Vivir en un país con muchas ovejas nos da una ventaja, que nos ayuda comprender el mensaje de este domingo.  Para mí, y hay mucha evidencia para mi perspectiva en los relatos sobre ovejas en la Biblia, ser descrito como oveja no es un cumplido.  Por ejemplo, una oveja, en mi experiencia, y como se describe en la Biblia, no es tan inteligente.  Ovejas son propensas a perderse, y son indefensas contra los lobos y otros depredadores.  Sin un pastor, o varios pastores, cuidándolo, un rebaño es un blanco fácil y favorito para los enemigos. 

Pero, en una de mis congregaciones en Montana, otra comarca con muchas ovejas, tuve un miembro, una viuda que se llama Nancy, que era de otra opinión.  Ella me quejaba cada vez que mencioné en un sermón o estudio las características menos favorables de las ovejas.  El marido de Nancy fue un ganadero, y también ella trabajaba en el mismo, aunque menos después del fallecimiento de su esposo.  Ellos tenían vacas, y especialmente ovejas.  Y Nancy siempre me quería corregir cuando dijera que las ovejas no son inteligentes ni fuertes, un animal que necesita mucho cuidado para sobrevivir.  Me decía que eran más inteligentes que los perros, y valientes como padres de sus corderos…  

No sé.  Tal vez Nancy tiene razón.  Al menos es indudable que ella ama a las ovejas, que tienen un valor grande en sus ojos, y esto es bueno. 

Pero, al final, la naturaleza de las ovejas no importa hoy, en el Domingo del Buen Pastor, porque cuando la Biblia habla de ovejas y rebaños y pastores no quiere enseñarnos sobre la ganadería.  El Señor nos está enseñando sobre nosotros mismos.  Nosotros somos los que son poco inteligentes, propensos a descarriarnos, presa fácil para los lobos, en particular uno que se llama Satanás. Seguro, humanamente hablando, hay muchas personas muy inteligentes, con mucha destreza, capaces de hacer grandes cosas.  Pero para con Dios, en temas de la justicia, la moralidad y la espiritualidad, no tenemos sabiduría.  No somos capaces de hacer nada bueno por nuestra propia cuenta.  No podemos protegernos del peligro de pecado, ni continuar recto en el sendero del Señor.  Muy fácilmente nos descarriamos y nos perdemos en el desierto.  Esto es el testimonio bíblico sobre las ovejas, quienes somos nosotros. 

Como cristianos, como los bautizados viviendo la vida cristiana, asistiendo al culto público, intentando organizar nuestra vida según los Diez Mandamientos, tal vez leyendo la Biblia y orando al Señor cada día, es muy fácil que empecemos de pensar mejor de nosotros mismos.  Sí, un niño que traemos a la pila bautismal, y al que enseñamos orar, este encaja bien con la imagen de un cordero, dependiente 100% de Jesús.  ¿Pero nosotros, que llevamos años en la Iglesia?   Somos más capaces, ¿no?  Tal vez éramos ovejas una vez, ¿pero ahora?  No tanto, queremos pensar.  Somos soldados de Cristo, ¿no?  Nos estamos alimentando con la Palabra de Dios, la cual nos hace fuerte y nos engorda con la sabiduría de Señor, para hacer grandes cosas en el nombre de Dios ¿no?  Por supuesto, no decimos que ya seamos perfectos, sin necesidad de ayuda ninguna, pero seguramente no seamos tan débiles como una oveja descarriada y perdida.  Al menos, somos mejor que muchos, mejor que los pecadores fuera de la Iglesia.  ¿Correcto?

Hay dos problemas con tener esta percepción de nosotros mismos.

Primero, es falso.  Como dice Jesús, utilizando otra metáfora agricultora, “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:5)  O, como dice San Pablo en Romanos 14, en términos teológicos, “todo lo que no procede de fe (en Cristo), es pecado.”  Es verdad que Pablo también dice:  “Todo lo puedo.” Pero es imprescindible que terminemos el versículo: “en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:13)  La actitud de la fe verdadera es humildad, porque el cristiano sabio entiende que, sin nuestro Buen Pastor, no podamos mantenernos en su rebaño, nos descarriemos muy pronto. 

Y esto nos dirige al segundo problema.  Si negamos nuestra naturaleza como ovejas, espiritualmente débiles e indefensas, al mismo tiempo nos rechazamos al Buen Pastor.  En dejar atrás el título, tal vez poco agradable, de ser una oveja, dejamos también a Jesús, el Pastor y Obispo de nuestras almas.  Si rehusamos ser ovejas, Él no pueda ser nuestro Pastor.  

En nuestra lectura de Ezequiel, Dios promete venir y ser sí mismo nuestro pastor, una promesa y presagio de la Encarnación del Hijo de Dios.  Pero, justo al final de la lectura, hay una amenaza fuerte contra las ovejas gordas y fuertes.  Dice el Señor:  mas a la engordada y a la fuerte destruiré; las apacentaré con justicia. 

Cualquier oveja del Señor que rechaza ser dependiente de Dios para todo, cualquier oveja orgullosa que quiere jactarse en cuanto a su destreza espiritual, vaya a recibir del Señor el alimento de justicia.  Y por nosotros mismos no podemos digerir la justicia del Señor.  Nos destruirá, porque todos tenemos pecado, todos somos espiritualmente débiles, aun perversos, aparte de Cristo. 

Ante Dios, siempre tenemos que admitir nuestra debilidad, nuestra naturaleza como ovejas débiles, propensas a descarriarnos.  Aunque nos humilla hacer esta confesión, es bueno confesar así.  Porque a cada oveja que confiesa así, nuestro Jesús tiene una buena noticia.  Al fin y al cabo, vas a comer justicia, pero no para castigo.  El Señor apacienta a sus ovejas arrepentidas con la justicia también, pero es la justicia de Dios cumplida en la Cruz.  Allí, nuestro Pastor y Obispo Jesucristo ya ha tragado toda la justicia de condenación y castigo.  Ya está pagado toda la deuda de nuestros fallos y pecados, nuestros y los de todo el mundo.

Ahora, resucitado y viniendo a su rebaño para congregar, apacentar y bendecirlo, el Buen Pastor nos alimenta con su Palabra, y con su Cena, en la cual nos da de comer de su santo cuerpo y santa sangre, dado y derramada para salvarnos.  Nos da para comer su justicia, que no nos daña, sino que nos cubre, convirtiéndonos en corderos amados del Padre, por causa del Cordero de Dios, que nos ha quitado todos nuestros pecados.   

Fíjate como el Buen Pastor nos cuida y nos apacienta.  Él viene para darse sí mismo a nosotros, para unirse con nosotros, y llevarnos en sus hombros a su Padre.  Porque el ama a sus ovejas, y esto es lo que somos, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. 
















Monday, April 29, 2019

El Señor y Dios, quitando dudas, de sus pastores y de todo su rebaño


Segundo Domingo de la Pascua
Misericordia Domini
28 de abril, A+D 2019     
San Juan 20:19-31          

     No deberíamos ser excesivamente decepcionados con Tomás, porque exigía ver y tocar a Jesús por sí mismo, antes de creer.  Es evidente que Jesús hubiera preferido que el Apóstol Tomás creyera la buena noticia desde la boca de sus compañeros, como el Señor dijo:  bienaventurados los que no vieron, y creyeron.  Pero no es verdad que Tomás fue más duro de corazón que los otros.  Todos los Once, aun en este momento de su ordenación al Santo Ministerio de la Iglesia de Cristo, todavía tenían mucho miedo de los judios, y tal vez también de Jesús mismo, y por ende estaban escondidos, estando las puertas cerradas, aunque habían oido ya la noticia de la Resurrección.  No son las acciones y la actitud de creyentes.

     Siempre es así con los ministros de Cristo.  Los hombres puestos en el oficio de ser un pastor bajo el Buen Pastor suelan necesitar más para creer, y seguir creyentes: más evidencia, más tiempo, más atención divina. 

     Es bastante obvia, humanamente hablando, por qué los Apóstoles, los futuros pilares de la Iglesia, necesitaban pruebas tan fuertes como una visita personal de Cristo Jesús, ya resucitado, para creer en el Evangelio. Fue por lo que habían visto, en el arresto, tortura y muerte de su gran amigo y maestro.  Él que, en la presencia de los Doce, había creado miles de panes de unas pequeñas barras, y enseñaba con autoridad y claridad sobre el amor infinito de Dios, Él que andaba sobre el agua y sanó y resucitó a tantas personas, fue, en sólo unas horas, reducido a un hombre callado, indefenso, lastimoso… y finalmente muerto.  El dolor, confusión y vergüenza de los Apóstoles eran inmensos, y les dejaron sin esperanza ni fe. Necesitarían ver con sus propios ojos al Cristo resucitado, para creer. 

     También, fue importante para su trabajo futuro.  Junto con la inspiración del Espíritu Santo, los escritos de los Apóstoles brindan autenticidad a sus lectores porque los autores vivían en directo toda la historia de salvación, desde el bautismo de Juan, hasta la tumba vacía y la Ascensión.  Y lo mismo continuó en sus propios ministerios, en que sufrieron muchas persecuciones y privaciones, todo aguantado por la verdad que supieron con sus propios ojos, la verdad que abrazaron personalmente, en el hombre Jesús, una vez muerto, pero ahora y para siempre resucitado y presente con ellos.  Todo esto realizado en el poder del Espíritu, para revelar y otorgar el amor y la gracia infinita de Dios a los hombres pecadores. 

     Desde entonces, los ministros de la Iglesia Cristiana siempre han necesitado más para continuar, en la fe, y en su vocación.  Porque ni los Apóstoles ni sus sucesores son hombres excepcionales, sino que son pecadores perdonados, como todos los cristianos, luego elegidos para servir por nuestro Dios excepcional, nuestro Salvador maravilloso.  El Sagrado Ministerio, igual como la Iglesia, es excelente no por nosotros, sino por Cristo. Él es siempre nuestro todo en todos.   

     Por la voluntad y la obra del Espíritu de Dios, los ministros después de los Apóstoles no necesitaban ver a Cristo en persona para continuar: bienaventurados los que no vieron, y creyeron, un grupo que incluyen a vosotros, y a los pastores también.  Pero, como pastor, hay que encarar a mucho: ser la primera línea de defensa y el blanco favorito del diablo y del mundo; estar siempre de guardia del rebaño de Jesús, siempre dispuesto de reunirse y acompañar a los fieles en sus momentos oscuros, como las enfermedades, las luchas dentro de la familia, las crisis de fe, y la muerte. También, por la voluntad de Dios, los ministros tienen cargo de los misterios divinos y su reparto público.  No me malinterpretes, son tareas lindas y buenas, un privilegio.  Pero también son exigentes y duras.  Por eso, los ministros de Cristo necesitan más. 

     Gracias a Dios, lo que necesita sus ovejas, el Buen Pastor las otorga, incluidos a las ovejas llamadas a ser pastores.  Por la naturaleza del ministerio, la Iglesia desde su inicio se ha asegurado que sus pastores tengan los recursos y el tiempo necesario para dedicar al estudio de la Palabra, la única fuente de poder y consuelo para creyentes. 

     Esta importante realidad tiene dos resultados imprescindibles.  Primero, que la predicación y la administración del Evangelio de Cristo sean adecuadas: 
   que los sermones sean fieles y útiles para crear y fortalecer la fe de los oyentes…
   que el Bautismo y la Santa Cena se celebren según la forma que Cristo nos dio…
   que la congregación experimente gozo y confort en la oración, y mientras cantamos himnos, salmos y canciones espirituales. 
     De todo esto se preocupa el Dios Trino y su Iglesia, porque inicialmente es a través del ministerio público que el Evangelio sale al mundo que Cristo vino para salvar. 

     También, por el oír de la Palabra en la congregación, los fieles reciben y llevan adentro de sus corazones una palabra de esperanza, un eco del domingo para compartir con amigos, familiares y vecinos en la vida cotidiana:
   La sencilla y buena noticia que Cristo, el Hijo De Dios, ha vivido, ha muerto y ha resucitado para ganar el pleno perdón de los pecados para toda la humanidad. 
     Esto es el Evangelio en lo que se encuentra vida eterna, y es principalmente por este eco de la Palabra en las vidas de los cristianos que el Espíritu atrae más gente a la congregación, para recibir todos los dones en comunidad en el culto público. 
   Y así el círculo continúa…

   Segundo, por el hecho de que el servicio como ministro de Cristo está lleno de desafíos, tentaciones, y sufrimientos particulares, es imprescindible que los ministros reciban suficiente tiempo para profundizarse en la Palabra de Cristo, por su propia fe y resistencia. 

     Por ende, para el crecimiento de la Iglesia y la fe de los mismos ministros, intentamos proveer tiempo y recursos a los ministros para estudiar la Palabra.  Por lo tanto, alegrémonos de tener la oportunidad de enviar       
al seminario nuestro hermano Mario de Cádiz, quien quiere servir en el ministerio de nuestra iglesia.  Él está en Santiago, la República Dominicana, para estudiar en el seminario y practicar bajo un pastor de una congregación allá.  Igualmente, es una bendición poder ofrecer conferencias de estudio teológico para nuestros pastores y seminaristas aquí, Juan Carlos, Adam, Felipe y Antonio.  Demos gracias a Dios por las ofrendas, de fieles luteranos en los EEUU, y también de fieles luteranos aquí, las ofrendas de vosotros, las cuales nos hacen posible ofrecer tales oportunidades a los hombres el Señor está preparando y fortaleciendo para servir, a nosotros. 

    No es fácil ser un cristiano fiel hoy en día.  Nunca ha sido fácil, como nos muestra Tomás.  Ser un militante en el partido de Cristo te expone al desprecio y burla del mundo, porque al centro de nuestra fe es, a la primera vista, una derrota total, la muerte escandalosa de un hombre que supuestamente es Dios hecho carne.  Además, la verdad más difícil del evento de la Cruz es lo que dice sobre nosotros, que Uno tuvo que cargar con toda nuestra deuda de pecado, porque nuestra naturaleza causa que nuestros sacrificios nunca sean puros.  La Cruz nos exige la confesión:  todos somos igualmente culpables, incluso yo.  El mundo, y nuestra naturaleza, como la de Tomás, no quieren aceptar esta realidad. 

     Todos necesitamos la Palabra del Resucitado, incluso la que afirma nuestra naturaleza caída, sí. 
Pero, en este mismo momento, Cristo quita nuestra culpa que causa la muerte, y la cambia por una vida nueva, su propia vida eterna. 
   Y esta vida nueva de Cristo nos libera para regocijarnos en Dios,

   …y amar libremente, como Él nos amó,

   …y vivir humildemente, pero con confianza,

porque ni aun la muerte ni el diablo tienen poder sobre los fieles de Jesucristo. 

   ¡Paz a vosotros! 

   ¡Cristo ha resucitado, y en Él, todos vuestros pecados son remitidos!

   ¡No seas incrédulo, sino creyente! 

     Y con Tomás confesamos:
¡Señor mío, y Dios mío,
hoy, y por los siglos de los siglos, Amén. 

Monday, April 22, 2019

¡Como encarar la muerte y la resurrección, y verdaderamente vivir!


Fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor
21 de abril, A+D 2019        Cartagena, España

¡Cristo ha resucitado!  (¡Sí, ha resucitado de verdad, aleluya!). 

     Cristo ha resucitado, pero la primera reacción de sus seguidores es inesperada. 

     Es muy interesante como el Evangelista San Marcos relata la reacción inicial de las mujeres cuando descubrieron la tumba vacía en aquel domingo famoso.  “Ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.” 

     Dios había terminado su gran obra salvadora.  El joven mensajero espiritual cumplió sus deberes, compartiendo la buena noticia con estas mujeres fieles, fieles al menos a la memoria de su gran amigo y maestro Jesús de Nazaret, comprometidas a darle un entierro adecuado.  El joven mensajero las dio su noticia: “No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.” 

     ¡Muy bien!  ¿Y la reacción de los primeros seres humanos que supieron de la Resurrección del Cristo?   Miedo y silencio.  Muy curioso, ¿no?

     El hecho de que estamos congregados aquí, celebrando de nuevo la Pascua de la Resurrección de Jesucristo, es una prueba de que las mujeres no seguían calladas durante mucho tiempo.  Igualmente, la reacción emotiva mundial al incendio en Notre Dame en París nos recuerda que la Iglesia fundada en la Resurrección de Jesús, aunque ha sufrido mucha turbulencia y división durante los siglos, ha extendido globalmente desde el silencio del primer amanecer de la nueva edad.  La Iglesia sigue teniendo una presencia importante en todas partes.  La historia de la Iglesia Cristiana es fantástica, una prueba del poder del Evangelio y el compromiso de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a su Pueblo, la que es la congregación de todos los fieles de todo tiempo y todos lugares.  Aun con todos sus desafíos y problemas, la Iglesia de Cristo permanece, porque su vida viene de Dios mismo.  Podemos confiar en esto.     

     Al mismo tiempo, es muy servicial considerar la reacción de las mujeres, porque la cristiandad no es solamente una institución, el Pueblo de Dios, la colectiva que se llama la Iglesia.  Es también una colección de individuos, cada cual que tiene que encarar personalmente la muerte y la resurrección.  No somos tan distintos, finalmente, de las mujeres corriendo en miedo del sepulcro.   Ellas no estaban preparadas para la muerte de Jesús, y menos preparadas para su resurrección, no importa que Jesús estaba continuamente prediciendo ambos acontecimientos.

     ¿Por qué tenían miedo?  En nuestros momentos mejores, un encuentro con algo bueno y sorprendente nos puede dar curiosidad y alegría.  Mi hija recientemente tenía la oportunidad de bucear con esnórquel en la costa de Belice, y se maravillaba de los colores y todos los peces y el coral.  Buena sorpresa.  El domingo pasado Shelee y yo volvimos a casa después de tres meses fuera, y estamos todavía descubriendo todas las mejoras y los pequeños arreglos que hicieron en la casa nuestros amigos Argenis y Luisa, mientras cuidaban a nuestro hogar en nuestra ausencia.  Muchas buenas sorpresas.

     Pero, después de haber visto la muerte cruel de Jesús, la sorpresa de la tumba vacía y el anuncio del ángel les dio espanto a las mujeres, quienes vinieron para poner especias en el cadáver de su amigo.  Seguro que una parte de la razón era el hecho de que la resurrección de uno matado por crucifixión era algo inédito, algo, a nuestro entendimiento, imposible.

     Queremos ser maestros de nuestras vidas, pero al final sabemos que la muerte es inevitable e insuperable.  O así pensábamos, hasta que las noticias de Jesús empezaban de llegar a nuestros oídos.  Una chica de 12 años, un hijo único de la viuda de Naín, y, solo unos días antes de su propia muerte, Lázaro, hermano de Marta y María: todos resucitados, por el Nazareno.  ¿Y ahora, Jesús mismo?  ¿Él que no fue simplemente matado, pero fue azotado, torturado y ejecutado en una cruz romana?  ¿Cómo puede ser? 

     Además, ¿qué significa?  ¿Qué deberíamos esperar de este Jesús, si Él de verdad haya resucitado?  Nosotros seres humanos habíamos rechazado, o al menos abandonado, al Nazareno.  Como cantamos el Viernes Santo: “Muchos son los que le hieren, nadie a su socorro va.”  ¿No es que Él nos vendrá con venganza, por nuestra parte en su padecimiento y muerte? 

     Y todos tenemos una parte de la culpa, porque el Cristo no fue a la Cruz por su propio pecado, sino por el nuestro, el Santo e Inocente, soportando la Cruz, cargado de todos nuestros pecados.  Así es lógico que la noticia de su resurrección nos de miedo, ¿no?  Por lo que merecemos de Dios por todos nuestros pecados de palabra, obra y pensamiento, cada uno de nosotros hubiera huido calladamente, igual como las mujeres. 

     Como las mujeres, seguimos mal preparados para la muerte, y para la resurrección.   Tal vez peor que las mujeres.  La vida fue mucho más difícil para ellas.  La muerte en el primer siglo fue un vecino constante, una amenaza experimentada diariamente en cada pueblo.  Ha continuado igual para la gran mayoría de los seres humanos desde el principio, y todavía hoy en día es la realidad de muchas personas en varias partes del mundo, que viven en situaciones precarias, con la posibilidad y la realidad de la muerte por todos lados. 

     Pero nosotros vivimos una vida mejor, ¿no?  Aquí en España, vivimos vidas tan largas y cómodas, casi podemos olvidarnos de la muerte, o podemos esconderla en casas de ancianos y hospitales, y evitar encarar esta realidad, por un rato al menos.  No obstante, aunque evitar la muerte parece mejorar la vida por un tiempo, esta evasión nos deja indefensos cuando lo inevitable venga.  Y va a venir. 

     Por eso, el símbolo principal de la Iglesia Cristiana es una Cruz, la herramienta peor de la historia de la ejecución estatal.  El evento central del Cristianismo es una muerte, lo que debería recordarnos que la muerte, incluidos nuestra muerte y la muerte de nuestros seres queridos, es una realidad venidera.  Y la muerte es un enemigo, el último gran enemigo. 

     Hoy, irónicamente, cuando vivimos largos años y con bendiciones materiales que hubiera sido inimaginables solamente hace unas décadas, una parte importante de la población tiene un fetiche, una fascinación, con la muerte.  Desde la campaña triste para entronar el aborto de niños indefensos como lo mayor derecho de la mujer, hasta el movimiento pro-eutanasia, hasta la fascinación de la cultura para ser entretenido con el horror, los zombis, y los rituales satánicos, nunca ha existido una cultura de muerte igual.  Es como si ya no entendamos como vivir.      

     Esto es precisamente el problema, para las mujeres calladas, huyendo de la tumba de Jesús, y para nosotros en el siglo 21.  Por nuestra falta de entendimiento del poder y amor de Dios, o por nuestro miedo de nuestra propia culpa, o por nuestra ignorancia y deseo de no pensar en la muerte, continuamos existiendo sin saber cómo verdaderamente vivir. 

     Mil millones de gracias a Dios, entonces, que la buena nueva de la Cruz y Resurrección de Jesucristo no duró mucho como un secreto.  Porque solamente en esta muerte y en esta vida nueva podamos conseguir la vida verdadera.   Muy pronto después de la huida callada de las mujeres, Jesús empezó a aparecer a sus discípulos, a María Magdalena, y a Pedro, a los Once a la misma vez, y luego apareció a quinientos discípulos.  Y los primeros Cristianos descubrieron la muy buena noticia que el amor de Dios es tan grande que el Crucificado no vino con ira y venganza, más bien vino en Paz.  Vino anunciando Paz, la Paz que sobrepuja entendimiento, la Paz entre el Santo, Santo, Santo Dios y los rebeldes pecadores de la raza humana.  Hombres moribundos como somos no podemos hacer nada para prevenir nuestro fin justo, lo que es no solamente la muerte, pero la muerte eterna, algo que es mucho peor.  Pero a través de su Iglesia, el Espíritu Santo sigue anunciando la sorpresa eternal:  En Cristo, toda nuestra deuda y culpa está borrada, tragada y destruida por Jesús en su muerte.

     Esto fue el mensaje de Jesús en las cuarenta días después de la Pascua de Resurrección, y con estas reuniones con sus Apóstoles y con todos los fieles, Jesús preparó el núcleo de su Iglesia, un Pueblo que finalmente entendía la muerte, y la vida, y la promesa maravillosa de que esta nueva vida es un regalo, un don gratuito, otorgado a cualquier pecador que esté convertido por este mensaje, el mensaje del pleno perdón de pecados revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesús Nazareno, el Hijo de Dios, y Salvador del mundo. 

     Este es el mensaje que la Iglesia lleva al mundo, y es el mensaje que nos ha congregado aquí, hoy.  A través del Bautismo, la Iglesia une pecadores a la muerte expiatoria y la vida nueva triunfal, de Jesucristo.  En la Santa Cena, el Señor alimenta a su Pueblo con su propio cuerpo y sangre, para renovarnos, perdonándonos una y otra vez. 

     También en la Santa Comunión Cristo nos fortalece para vivir cada día, con él, y aun intentando vivir como Él.  Por la Palabra y el Sacramento, Jesús nos prepara para amar y servir libremente a nuestros prójimos, y para evitar el pecado. 

     También por la Palabra sabemos lo que hacer cuando fallamos:  Confesamos nuestros pecados deprisa, para recibir de nuevo la buena noticia de Dios, a través de sus mensajeros: ¡Cristo ha resucitado! (¡Sí, ha resucitado de verdad, aleluya!)  Por lo tanto, tus pecados son perdonados en Él, has pasado desde la muerte a la vida.  Ya tienes paz con Dios y eres miembro de su Reino Celestial, desde hoy hasta siempre, en Cristo Jesús, Amén.