Wednesday, December 6, 2017

El Señor Viene

Primer Domingo en Adviento, 3 de diciembre, A+D 2017
El Señor Viene, San Mateo 21:1-9

CC 005                                   Redentor Precioso, Ven

1. Redentor precioso, ven; Tú del mundo, la esperanza;
Mi rescate y sumo bien, Ven, en Ti mi fe descansa.
Tu hermosura singular, Cristo, espero contemplar.

El Señor Jesús viene.  ¡Y que gozo sentimos!  El miércoles pasado Shelee y yo pusimos un pequeño belén en la ventana del Centro Casiodoro de Reina, el nuevo templo y también la nueva sede de nuestra iglesia en Sevilla.  Mientras lo arreglábamos, varias personas pararon por afuera para mirar, y aunque no pudimos oír sus palabras, por el tono de sus voces fue obvio que se alegraban de ver el retorno de los belenes. 

Aun muchos incrédulos quieren celebrar la Navidad, y no todos solamente por Santa Claus y por tener una excusa para una fiesta en pleno invierno.  La idea de la llegada de un Salvador pequeño, una esperanza escondida en la forma de un bebé, es muy llamativa, y consoladora, aun para ellos que lo consideran un mito y nada más. 

Por eso, nosotros que confiamos en el Hijo de María tenemos más alegría que nunca, porque durante la temporada de Adviento y Navidad tenemos otra oportunidad de celebrar y anunciar a nuestros vecinos y familiares la buena noticia de que la Navidad y la llegada de un Salvador no es un mito.  El Señor Jesús, Hijo de María e Hijo de Dios, vino una vez, y viene todavía.  Jesús vino y todavía viene para enfrentar nuestras peores dificultades, asumiendo la responsabilidad de corregirlas y quitarlas de nosotros, intercambiándolas con nosotros por su vida victoriosa. 

El Adviento está lleno de alegría, porque la salvación del Cristo que viene en el nombre del Señor es un hecho completado, y un don gratuito.  Pero el Adviento también lleva sus dificultades, y la proclamación de las Buenas Nuevas paradójicamente no está bien recibida.  Como bien sabemos, a pesar de que, en su llegada a Jerusalén montado en una asna, Jesús fue recibido con los loores de la gente, en los días después, su recepción iba a cambiar radicalmente.  ¿Y la razón de esta triste realidad?  La encontraremos en una frase pequeña en la próxima estrofa de nuestro himno: 


2. Entra en este corazón, Santo Rey y Dios sublime;
Haz en mí tu habitación, Todo mal en mí suprime:
¡Qué tesoro encuentro en Ti Cuando moras Tú en mí!

¿Todo mal en mí suprime?  ¿Qué mal?  ¿Y quién eres tú, para acusarme de ser pecador? 

Tal vez estáis pensando que hago referencia a los incrédulos con esto, y sí, es verdad que, especialmente hoy, pero en realidad desde siempre, a los seres humanos no les gustan oír declaraciones de su pecaminosidad.  ¿Cuántas veces hemos oido, “Yo soy una buena persona”?

    Pero, el juicio tiene que empezar en casa.  La verdad es que nosotros tampoco queremos oír tales acusaciones.  Por esta razón, la temporada del Adviento tiene una doble cara.  Sí, Adviento nos trae alegría y felicidad, porque Jesús viene, humilde y bondadoso, el niño cuidado por José y durmiendo en los brazos de María, y como un rey manso y amable, no montado en un caballo de guerra, más bien en el pollino de una burra.  Pero este mismo Jesús también va a venir en gloria, como un juez celestial, un juez que no acepta el pecado.   


     Pensar en una fiesta de alegría y bendición con Dios es agradable.  Confesar que somos oprimidos, con necesidad de ayuda, es, a veces, aceptable.  En nuestros momentos orgullosos, no; cuando pensamos que tenemos la vida controlada y todo va bien, entonces no nos gusta oír de nuestras debilidades.  Pero en los momentos bajos, cuando estamos cansados, presionados, confundidos, o tristes, sí, en estos momentos el recibir de un salvador bondadoso es una cosa buena. 

     ¿Pero escuchar que, en nuestros momentos buenos y en nuestros momentos malos, nuestro principal problema no es otra cosa excepto nuestro propio mal interno, nuestra propia culpa por nuestros pecados?  ¿Oír que Cristo también viene como juez de todos en el día final, para separar las ovejas y las cabras?  No queremos oír que todos los que no sean santos y puros vayan a recibir la condenación eterna.  Ni nosotros ni los incrédulos quieren este tema del Adviento.  Pero es así.

     Por lo tanto, es cada día imprescindible que los cristianos viven la vida de arrepentimiento.  Como dijo Lutero en el primer de sus 95 tesis con lo cual se arrancó toda la Reforma Luterana, “Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “arrepentíos,” ha querido decir que toda la vida de los creyentes fuera de arrepentimiento.” 

     Arrepentimiento es, en total, el reconocimiento y confesión del mal que está en cada uno de nosotros, y la petición a Dios para perdón, por causa de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.  El saber de mi culpabilidad entera es insoportable sin la buena nueva de que Cristo ha vencido mi culpa 100%, quitándola de mí y expiándola en la Cruz.  Este arrepentimiento diario, que conlleva a la vez una confianza eterna en la promesa de Jesús, es el corazón de la vida cristiana, y el mundo necesita ver esto en nosotros. 


3.  Ramos tiendo a Ti, Señor. Con hosannas de victoria:
Tributarte adoración Es mi anhelo y suma gloria.
Respondiendo a tu favor, Canto siempre tu loor.

     Esta estrofa es una expresión buenísima de la voluntad y las acciones de gracias que fluyen naturalmente desde la nueva criatura que el Espíritu ha creado en cada cristiano.  ¡Qué Dios nos ayude hacerlo siempre!  Pero no sea que nos olvidemos de la tensión, de la lucha que está en el centro de la fe cristiana militante, es decir, la vida cristiana en este mundo caído, donde todavía nos acompaña el hombre viejo, el pecador que cada uno de nosotros seguimos siendo.  El favor de Dios a lo que respondemos no es principalmente la providencia de comida, casa, y bienes.  Más bien, es el favor de Dios para con los pecadores, por causa de la Cruz de Cristo.

     Por lo tanto, el contenido de nuestra adoración no es principalmente que Dios es todopoderoso o que sabe todo o que es santo y glorioso y nos da salud y larga vida.  Todo esto es verdad y digno de ser alabado.  Pero nosotros pecadores no podemos vivir con un Dios todopoderoso, plenamente sabio, glorioso y completamente santísimo, sin la buena nueva de que en Cristo tenemos perdón completo, que la santidad de Jesús nos cubre.




     De verdad es difícil pensar que la gente que gritaba: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!” de verdad entendiera que tipo de Rey iba entrando a Jerusalén para salvarles.  Un Salvador que da vida a través de la muerte.   Un Vencedor que gana por una derrota vergonzosa y aparentemente total.  Un Dios, escondido en la forma de un hombre, para salvar a los mismos hombres que le mataban.   Todo esto es un recordatorio para nosotros que, hasta Cristo viene en el Último Día, su presencia será escondido. 

     Es el desafío de la fe:  el fundamento de nuestra confianza no se puede ver.  Se puede oírlo, lavarse en ello, comerlo y beberlo.  Y, más importante, se puede creerlo, porque la fe cristiana es un don del Espíritu Santo quien nos fue dado en nuestros bautismos.  Pero hoy el mundo no puede ver a Cristo, ni tampoco nosotros le podemos ver. 

     Por eso, nuestra fe, y la salvación del mundo, dependen del contacto continuo con la Ley y el Evangelio de Cristo.  Porque a través de su Palabra, el Espíritu mantiene nuestra fe viva.  Igualmente, el mundo necesita que continuemos en estrecho contacto con Cristo a través de su Palabra, para que nuestro arrepentimiento y fe, y las buenas obras que fluyen naturalmente de ellos, sean visibles a nuestros vecinos.  Porque es por estas cosas que Dios atrae otros pecadores a su Iglesia, para oír la buena noticia que Jesús es también su Salvador.

     Entonces, cantemos loores.  Cantemos loores por la salvación que Jesús nos ganó el viernes después de su entrada en Jerusalén.  Cantemos loores por la promesa de su presencia salvadora escondida hoy en la Palabra y los Sacramentos, y por su llegada futura para recogernos y llevarnos a su reino celestial en el Último Día.  También, para que nuestros vecinos y amigos que no confían en Cristo puedan también oír y creer, cantemos hoy y siempre, cantemos loores como estos en nuestra última estrofa, Amén.      

4.  De David Hijo y Señor, 
A los tuyos sé propicio.
Llénenos, ¡Oh Bienhechor!, 
De tu gracia el beneficio,

Oye el canto de tu grey; 
¡Gloria, hosanna a nuestro rey!

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