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Tuesday, July 23, 2019

Todo está conectado - Jubilate - Cuarto Domingo de la Pascua


Cuarto Domingo de la Pascua – Jubilate
12 de Mayo, A+D 2019
San Juan 16:16-22
Todo está conectado.

     La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.

     Todo está conectado.  Todo.  Y especialmente toda la Palabra de Dios: es súper interrelacionado, de verdad el magno don.  Aunque es producto de más de 30 autores humanos, escribiendo a lo largo de 15 siglos, la Biblia es al mismo tiempo un solo libro, todos los detalles conduciéndonos a un solo punto culminante, una sola doctrina central, un mensaje consolador a los oídos de fe. 

     Considerad, por ejemplo, el porqué de la maldición anunciada a la primera mujer, después de que ella y su hombre se cayeron en pecado.  A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos…
     El hombre, Adán, fue condenado en el mismo momento a una vida de trabajo bochornoso, con sudor en el frente y espinas por todos lados, castigo cotidiano mientras luchaba para ganar su pan.  Por el otro lado, Eva, madre de todos los vivientes, recibió una condena más puntual, pero más aguda a la vez:  En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto,
con dolor darás a luz los hijos… 

     ¿Por qué?  ¿Hay un sentido de la forma específica de la maldición femenina?  Pues, no conozco de ningún pasaje bíblico que nos dé una explicación especifica.  Es importante recordar que Dios con la Biblia no está explicándonos cada tema, sino nos está dando el mensaje que necesitamos para la salvación.  El Señor no explica cada cosa; de verdad hay una multitud de misterios que nos esperan para ser aclarado en el último día, en el día que veremos a Dios, cara a cara.  Pero todo está conectado y no haya frases inútiles o sin importancia en la Biblia. Es simplemente que no podemos comprender todo.

     Todavía, en estos días de mayo cuando la mayoría de los países laudan y celebran a las madres, tal vez nos preguntemos sobre el dolor del parto.  No estoy sugiriendo que el hombre y la mujer no merecían sus distintas maldiciones.  Juntos, nuestros primeros padres arruinaron la muy buena creación de Dios, introduciendo la muerte, el dolor y la separación de Dios, a sí mismos, y a todos sus descendientes.  Pero, al mismo tiempo, nos podríamos preguntar: ¿por qué este castigo específico? 

     Bueno, aunque Dios no nos ha prometido que en esta vida entendamos cada detalle de su plan, Él sí nos ha animado a profundizarnos en su Palabra, al escuchar, leer, estudiar, orar y meditar en la Sagrada Escritura, por la cual el Espíritu nos guiará a toda la verdad.  Y hoy, tal vez el Señor Jesús nos haya dado una pista de la razón por la dificultad del parto. 

     Que interesante que, en la misma noche en que fue entregado, mientras prediciendo su muerte y resurrección a los Doce, Jesús introduce el tema del nacimiento y el fenómeno de las madres olvidadizas.  No puede ser una casualidad. 

     Y que cambio milagroso suele ocurrir con una madre, un momento casi agonizando en el parto, sufriendo mucho, quizás extrayendo promesas solemnes del padre, que nunca lo haremos otra vez: ¡PROMÉTEMELO! …
    … y en el próximo momento, la misma mujer, llorando de gozo, completamente satisfecha con el bebé en sus brazos, feliz y sin memoria del dolor.  Es una verdadera maravilla.

     Las madres después de un nacimiento seguro y sano sobrepasan en el gozo.  Además, los nuevos seres humanos, tan pequeños, con una apariencia graciosa, extraña y atractiva a la vez, provocan una reacción positiva de casi todos. Me llama la atención especialmente como los recién nacidos tienen este poder, incluso con otros bebés no mucho más mayores. Mi nieta tiene un primo solamente 10 o 11 meses más joven.  Cuando lo vio la primera vez, nuestra Heather quedó fascinada con su pequeñito primo.  Es una señal de nuestra creación en la imagen de Dios.  Aunque nuestro pecado ha fracturado esta imagen en nosotros, nuestro amor a los recién nacidos es una pista de la imagen de Dios.  La fascinación y la atracción que tenemos para bebés recién nacidos vienen de Dios. 

     Esto tiene sentido, porque tener hijos fue la primera tarea de Dios para sus seres humanos, “sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra,” un proyecto común entre nosotros y el Todopoderoso.  El Señor ama a los niños, y quiere que haya muchos.  Por eso la Iglesia dice procreación, no reproducción, porque un hombre y una mujer teniendo un hijo participan en una obra divina.  No es como fabricar un coche, es crear con Dios una nueva vida. 

     Bueno, estar en la presencia de un recién nacido es agradable para casi todos.  No es totalmente fácil, este tema.  Puede hacer algunos incómodos, o aun nerviosos.  Muchas veces estas personas sólo necesitan recibir sus propios niños para experimentar el gozo.  Pero no pasa nada.  No emocionarte en la presencia de un bebé no es un pecado. 

     Sin embargo, hay otro fenómeno, algo inédito que ha aparecido en las últimas décadas, el desprecio selectivo de niños.  Nuestra cultura popular hoy dice que tener un hijo es bueno, si estés bien preparado y ser padre o madre no choca con tus sueños o tu libertad de vida.  En el momento adecuado y con el acuerdo de los padres, tener un niño es algo bueno, según el mundo.  Pero, si las circunstancias no son perfectas, o simplemente si la madre está preocupada por todo el esfuerzo y el cambio, entonces nuestra cultura dice que el niño sea totalmente opcional, descartable, como si fuera un proyecto medio acabado, y de repente decidiéramos echarlo en la basura.  No pasa nada, o así se dice. 

     Pero tener un niño no es producir un producto, es crear con Dios, es tener un rol íntimo en la creación de un nuevo ser humano, una persona única y preciosa al Señor. 

     Hoy en día la Iglesia de Cristo tiene una tarea de amor en el mundo, la que es hablar por los niños, y anunciar la verdad, que cada vida humana es preciosa, desde la concepción hasta la muerte, y merece la protección de todos. 

     No es que ser madre o padre no sea difícil.  No quiero decir que no haya fracasos de familias que resultan en tristeza para los niños.  Simplemente tenemos que decir lo que Dios dice sobre el valor de los recién nacidos, y sobre los todavía no nacidos, y sobre cada persona, que cada cual es un alma para quien Cristo dio su vida para salvar. 

     Es un mensaje crucial.  Y aún más, tenemos el privilegio de proclamar que, puesto que Cristo ha amado a todos en su Cruz, hay perdón para todos, aun para las personas, fuera o dentro de la Iglesia, que en un momento dado no han querido o no han protegido a la vida humana como deberíamos.  La sangre de Jesús cubre todos los pecados.       

     Por lo tanto, que alegría estar reunidos juntos, todos nosotros pecadores perdonados, además bendecidos de tener niños en la congregación, como recordatorios del milagro de una madre dando a luz a un bebé, como colaboradora con Dios. 

     Y que bueno oír la comparación de Jesús, de la interrelación cercana entre lo que experimenta una madre, y lo que experimentarán sus discípulos.  La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.

     Así podemos ver que la maldición de dolor en el parto fue, en parte al menos, para ayudarnos entender el acontecimiento más importante de toda la historia.   La pena y el dolor de la Pasión y la crucifixión de Jesús, que son incalculables, ahora son olvidados, borrados de la memoria divina, junto con nuestra culpa y nuestro castigo. 

     Fíjate, el gozo de la Resurrección no fue solamente para los discípulos, ni solo para nosotros.  También es para Dios mismo.  Cristo despreció la vergüenza y el dolor de la Cruz, ¿para qué?  Para llegar al gozo, el gozo de dar un nuevo nacimiento a toda la humanidad, en su nueva vida santa.  Su salida de la tumba, un hombre nuevo entrando en el mundo, no sólo otro hombre, más bien, un hombre nuevo, un hombre mejor, diferente, un hombre-Dios, capaz de compartir su justicia y su gozo con todos. 

     Que gozo, para Dios, y para los hombres y mujeres, el gozo compartido por toda la eternidad por toda la familia de Dios.  Esto es lo que decía Jesús, hablando de los dolores de una madre borrados por el nacimiento.  Jesús en su Cruz, por el gozo puesto delante de Él, soportó todo, incluso toda la angustia y dolor de todas las madres, y todo el sudor y cansancio de todos los hombres, y toda la ira justa de Dios contra nuestro pecado, para hacernos una nueva creación, restaurada y preparada para una eternidad de alegría.   

     Considerad cuán grande es la diferencia entre la angustia del parto y el gozo de abrazar un recién nacido.  Cuanto más grande será nuestro regocijo en el mundo venidero, en el reino de los cielos con Cristo.

     Y no es necesario esperar tanto.  El gozo del cielo es nuestro ya, en el mismo Cristo, crucificado y resucitado.  Seguramente, hoy sólo experimentamos este gozo en parte, en medio de un mundo todavía hundido en angustia.  Pero nuestro gozo es real, porque el Rey de los Cielos está con nosotros, verdaderamente presente con nosotros, su Pueblo creyente, para abrazarnos, para quitar de nuevo nuestras angustias, dolores, y nuestros pecados.  Alimentados con su propio cuerpo y sangre, misteriosamente presente bajo el pan y el vino, de verdad podemos olvidarnos del pasado, del dolor, de la culpa, y empezar de vivir otra vez, verdaderamente vivos, en Él que nos da vida, Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, Amén. 


Sunday, June 24, 2018

¿Por qué estamos celebrando?


Nacimiento del Juan el Bautista            
24 de junio       
¿Por qué estamos celebrando?

     ¿Por qué estamos celebrando el Nacimiento de Juan el Bautista hoy?  Pues, ¿por qué no?  ¿No queremos aprovechar de la oportunidad de cantar villancicos en el verano, dándonos un recuerdo aural de las fechas invernales, los días fríos, llenos de luz y esperanza, especialmente en este día en que un infierno de calor nos está abrumando?  ¡Buena noticia, solo seis meses hasta la Nochebuena!

     Pronto después de recibir en su matriz la concepción inmaculada del Hijo de Dios, la Virgen María fue al campo, para visitar a su prima Elizabet, que estaba en su sexto mes de embarazo con Juan el Bautista.  Por eso, entendemos que Juan nació más o menos seis meses antes de su primo y Señor, Jesucristo.  Por ende, hoy, seis meses antes de celebrar la Nochebuena, celebramos el Nacimiento de Juan el Bautista, el Precursor del Cristo, quién preparó sus caminos, y anunció la llegada del Reino de Dios en la persona de Jesús, Dios hecho hombre. 


     De verdad, hay muchas razones fantásticas para celebrar este acontecimiento.  Por ejemplo, el nacimiento de Juan, junto con lo de Jesús, nos recuerdan el gozo de ser pro-vida. 

     Sin duda, hay una ley que nos enseña ser pro-vida: el quinto mandamiento: no matarás, lo cual Lutero explica así:  Debemos temer y amar a Dios de modo que no hagamos daño o mal material alguno a nuestro prójimo en su cuerpo, sino que le ayudemos y hagamos prosperar en todas las necesidades de su vida. 
     Seguro que el aborto, junto con el eutanasia, son mucho más que un simple daño a nuestro prójimo.  Y es un daño a los prójimos más vulnerables, de cierto.  El Señor Dios es la fuente de toda vida, y como sus criaturas, no tenemos derecho de determinar quien vive y quien muere.  No importa si la vida tiene solo unos días en la matriz del madre, o si es de un anciano, o una persona discapacitada, deberíamos proteger y celebrar la vida, desde la concepción hasta la muerte.

      Muy bien, sabemos la ley, y sabemos nuestra culpabilidad, como una sociedad y como individuos, en relación con este tema.  Pero, con la concepción y nacimiento de Juan y Jesús, aprendemos la razón mejor para ser pro-vida:  el gozo, el gozo de entender, aunque solo en parte, el gran valor que cada vida humana tiene en los ojos de Dios.  Que alegría saber, desde la visita de María a Elisabet, que Dios puede y quiere dar fe en Cristo, aun a un bebé en útero.  Porque Juan, dentro de su mamá, saltó por gozo por oír la voz de la madre de su Señor, dándose cuenta del hecho que estaba por primera vez en la presencia cercana de Dios.  Que gozo oír en el Gradual de hoy la promesa de Dios a Jeremías, que nos indica quien es el Autor de vida, y también nos habla de la importancia de cada vida a Dios, aun antes de su concepción: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué. 

     Dios ama a la vida humana.  El Señor ama a tu vida, aún más que tú.  Él tiene tanto amor para tu vida, que el Mesías, el Salvador, ha pasado por cada etapa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte, para redimir cada etapa.  El amor del Creador para las vidas humanas es tan profundo que provee perdón y salvación en la sangre de Cristo, poderosa para limpiarnos del pecado, incluso el pecado de matar sin justicia.  En Cristo, no tenemos que vivir con la culpa y el miedo de la justicia de Dios por haber participado en matar o adelantar la muerte.  Este pecado también Cristo ha pagado y superado.  Arrepiéntete, tus pecados contra la vida humana son perdonados. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por el gran poder de Dios, realizado a través de criaturas indefensas.  Después de nombrar a su hijo con el nombre “Juan,” como el ángel le había indicado, su padre Zacarías cantó:
Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo,
69 Y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo,
70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;
71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;
72 Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su santo pacto; 

      Todo esto, la llegada de un Salvador poderoso, el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas, la victoria sobre los enemigos, la misericordia y el cumplimiento del pacto de Dios con Israel, todo esto, ya realizado en el bebé todavía creciendo en la matriz de María. 

     Luego Zacarías canta del futuro y la misión su propio hijo:
Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;
77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados,
78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros pies por camino de paz.  
     Impresionante futuro previsto para Juan. 

     Nuestra nieta Heather es muy bonita y muy capaz.  Si todavía no lo sabéis, yo pudiera compartir algunos fotos y videos con vosotros después de la bendición final.  Creo que el futuro de mi nieta Heather será brillante. 

   Pero no tengo expectativas por ella tan altas como las que tenía Zacarías por Juan.  Sobre estos dos bebés, Juan y Jesús, que en el momento de su cántico solo tenían entre los dos un año de vida terrenal, quedaba el cumplimiento y la revelación de toda la Ley y los Profetas y de todas las promesas de Dios a su pueblo, y a toda la raza humana.  Por causa de Juan y Jesús, los primos más importantes de toda la historia, mi nieta, y todos nosotros, de verdad tenemos un futuro brillante, por el perdón de los pecados y el camino de paz que Cristo nos ha construido.  El poder de Dios lo ha conseguido, a través de estos niños, nacidos para compartir amor y misericordia. 

     Celebramos el Nacimiento de Juan por la humildad.  Aunque Juan fue elegido por Dios para realizar un ministerio único y sumamente importante, todavía Juan sabía quién era: un pecador con gran necesidad de un Salvador.  Cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies.  El profeta del altísimo no tenía orgullo en si mismo, todo su orgullo fue en su primo Jesús. 


    Y milagro de humildad, Jesús mismo demostró la humildad por excelencia de toda la historia.  El rey de los cielos, el unigénito Hijo de Dios, se humillo a sí mismo, para cumplir su misión salvadora.  No fue que simplemente bajo del cielo y vivió una vida pobre y dura.  Es que él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

     Hoy celebramos por la consolación: Porque hemos recibido doble por todos nuestros pecados.  ¿Cómo hemos recibido doble?  ¿Tal vez por las dos naturalezas en Cristo, que en Jesús, Dios y hombre son unidos eternamente, y por lo tanto, nuestra seguridad es eterna?  ¿O es porque Cristo se hizo nuestro  sustituto, activo y pasivo, activamente cumpliendo los requisitos de su propia ley en nuestro lugar, y luego pasivamente sufriendo todo nuestro castigo merecido, para liberarnos completamente de la acusación de Satanás?  ¿O quizás es doble por el paz de hoy y la esperanza brillante para mañana que tenemos en Jesús?  ¿Cuál es la razón correcta?  Yo digo “sí” a todas estas posibilidades.   


     Celebramos porque la predicación de Juan continúa, la predicación del arrepentimiento para el perdón de pecados, vinculado al Bautismo, la predicación de la Ley y el Evangelio, culminando hoy en la Santa Cena, donde acercamos confesando nuestro pecado, y confiando que en el Cuerpo y Sangre de Jesús tenemos plena redención. 

      Juan el Bautista predicó con los ojos al futuro, esperando la culminación de la misión de su primo.  Juan predicó, sufrió y murió antes de la Pasión de Jesús, que es la plena revelación de todo el misterio de la salvación.  Por haber muerto antes, a veces la vista de Juan no estaba completamente clara.  Pero los predicadores, y los oyentes de hoy, ya sabemos la plenitud del Evangelio.  Nuestra predicación hacemos con los ojos al pasado, lo que vemos con mucha más claridad que Juan, una claridad recibida por ver todo a través de la Cruz y la Resurrección de Jesucristo.  Y predicamos con los ojos al futuro de gloria y paz eternal, que Él ha ganado para nosotros.

    Entonces, sí, celebremos hoy, y cada día, los niños y primos, Juan el Bautista, y su Señor y Dios, Cristo Jesús, la Palabra de Salvación, en quién tenemos vida, gozo, paz, poder, humildad y la vida eterna, Amén.
         

Sunday, February 4, 2018

El Sembrador Loco y su Santa Semilla

Sexagésima 2018                          Sola Escritura

     Sola Escritura.  Sola Escritura, una de las Cinco Solas de la Reforma Luterana, quiere decir que la Santa Palabra de Dios es la única fuente de doctrina en la Iglesia.  Además, es sólo por la proclamación de la Palabra de Dios que la salvación viene a los pecadores.  La Palabra es la autoridad, y la herramienta, de la redención. 


     Hoy tenemos ante nosotros la parábola del sembrador, el sembrador loco y derrochador, como cualquier granjero podría llamarlo.  No nos sorprende que la semilla sea la Palabra de Dios.  Porque, desde el principio, Dios dice: “Sea” y ahí está: Luz, cielo, tierra, criaturas.  La Palabra de Dios es creativa, causando que las cosas que dice existen.  La Palabra de Dios crea y sostiene nuestra realidad, y todo el universo.  La semilla es la Palabra de Dios. 

     Lo que nos sorprende es cómo se siembra esa semilla.  El granjero de Jesús la lanza por doquier, sin cuidado, un método de siembra que resulta en el aparente fracaso de su propósito, con demasiada frecuencia.  Parece una lección extraña para los discípulos, aprendiendo día a día en su camino hacia el apostolado.  Es lógico que se preguntaban, ¿a quién deberíamos predicar, y cómo?  ¿Y cómo deberíamos juzgar su éxito?  Preguntas cruciales, para ellos y para nosotros.  Entonces Jesús les dice esta parábola.

     El sembrador salió a sembrar su semilla, y en su siembra, esto es lo que sucedió.  Las palabras sembrador, sembrar y semilla nos indican que esta parábola no se trata de los suelos, ni de la lluvia o el sol, sino de la Semilla y su Sembrador.  La Palabra de Dios, la Escritura sola, y cómo Dios la proclama, esto es el tema principal de la parábola.



     Por supuesto, ningún agricultor planta de la manera que Jesús describe, ni en aquel entonces, ni hoy.  Sería como transmitir semillas por un esparcidor montado en un helicóptero:  Unas caen en los campos, otras en el río, en la carretera y sobre las azoteas de los bloques de pisos.  ¡Qué derroche! 

     Hoy hay toda una ciencia para descubrir y mejorar la calidad de los diversos suelos para que las semillas crezcan, y toda una ciencia para adaptar las semillas a los suelos particulares.  El agricultor compra las semillas correctas para sus diversos suelos, y planta esas semillas preciosas ordenadamente en hileras, justo donde la ciencia le ha dicho que las ponga. Si él arrojara la semilla en cualquier lugar, su negocio agrícola sería arruinado.   Seguramente los granjeros en los días de Jesús, mientras que ellos no tenían la ciencia de hoy, todavía sabían que no podían cultivar de la manera que Jesús sugería.

     La forma en que Jesús quiere sembrar la semilla de su Palabra es sorprendente.  Esparce la misma semilla en todas partes, sin mirar el suelo primero para ver qué puede crecer allí, sin comprobar si está demasiado rocoso o demasiado compactado o si ya ha echado semilla allí.  La Palabra de Dios es para todos, y para todos lo mismo: arrepentirse y creer el Evangelio; Jesús el Hijo de Dios es crucificado por tus pecados y tu pecaminosidad, y ha resucitado para darte perdón completo, y vida eterna. 

     Esta predicación no es el "plan B" de la misión de Dios.  Es el "plan A", y no hay ningún "plan B".  La predicación de Cristo es una parte esencial del plan de salvación de Dios.  “Así está escrito, ", dice Jesús, acerca de todas las Escrituras, "que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.” 

     La Palabra es el medio por lo cual Dios salva, específicamente la Palabra de Jesús, quien es la Semilla que debía morir y caer en la tierra para poder llevar una abundante cosecha de creyentes.


     La Palabra salvadora de Dios es para todos, y los apóstoles y pastores y todos los creyentes deben sembrarla en todas partes, al igual que Jesús, el Sembrador que salió a sembrar.  En este sentido, hay un himno cantado en Misuri, que va así:
"Predícales la Palabra con toda fuerza,
a los hombres a quienes les gusta o no les gusta,
La Palabra que perdurará y se mantendrá,
Cuando las flores y los hombres serán olvidados.
¿Y si en un momento dado pareciera
que no está dando frutos? 
¿Qué hay de eso, qué hay de eso? "

     Muy bien, tal vez es fácil para Jesús y el autor de este himno decirlo, pero ¿cómo afrontamos tú y yo el aparente fracaso de la Palabra?  
     Protestamos como granjeros ordenados a utilizar un esparcidor de helicóptero. La difusión de la Palabra de Dios tiene un costo, y esperamos que funcione, de una manera consistente y predecible.  No queremos malgastar; nos parece vergonzoso, como si fuéramos tontos.

     Incluso hay un costo para recibir la Palabra de Dios en nosotros mismos. Podríamos estar haciendo otra cosa con nuestro tiempo, en lugar de estar sentados aquí para tenerla implantada dentro de nosotros. Podríamos estar satisfechos por un tiempo con recibir las otras semillas del mundo, que podrían brotar.  Pero ¿brotar en qué fruto?  ¿Quién sabe?  Pero sí sabemos que las semillas del mundo y de nuestros deseos solo pueden crecer por un tiempo.  Todos ellos perecerán al final, y nosotros junto con ellos, si confiamos en ellos.  Solo la Palabra del Señor perdura para siempre.

     Aun cuando estamos recibiendo la Palabra verdadera para nuestra salvación, todavía existe el costo de diseminar esa semilla. Y en esto somos propensos a mirar a los suelos que nos rodean, es decir las personas a quienes pudiéramos proclamar la Palabra, e intentamos averiguar si vale la pena.

     Ese suelo, ese pecador, se ve bastante rocoso.  Antes él solía molestarme y golpearme.   ¿Qué va a hacer ese tío con la palabra del perdón de Dios?  Es probable que él vaya a pensarme un tonto, listo para otra paliza.

     Y conozco bien a este.  Está bastante asfixiado con las malas hierbas de los placeres de este mundo. No va a aceptar la semilla santa.  Tal vez yo preferiría disfrutar algo de las hierbas malas con él, en lugar de plantar la semilla buena allí.

     Aquel otro es un camino bastante usado. Todo lo que podría ser probado, ya ha hecho él; está endurecido.  ¿Qué uso tendrá para la Palabra de Dios?  Mejor salvar mi aliento, probablemente no vaya a funcionar.  Si lo intento y no funciona de inmediato, me avergonzaré.  Voy a aferrarme a la semilla.  No lo arrojaré sobre él.

     Hermanos, no estamos llamados a ser frugales con la Palabra de Dios, y especialmente no debemos ser tacaños.  Desgraciadamente, a menudo lo somos, por nuestros temores, debilidad de fe, y pecado. Señor, perdónanos por nuestra mezquindad con tu Palabra.

     Perdónanos, e, igual que los apóstoles, enséñanos aplicar generosamente la semilla, incluso cuando no creemos que funcione, incluso donde no ha funcionado antes, incluso cuando creemos que podríamos estar desperdiciando nuestro aliento. Es imprescindible recordar que, a través de ese aliento que nos parece tan desperdiciado, el Espíritu de Dios respira vida eterna, donde y cuando le plazca.

     Por supuesto, esperando ver el "dónde y cuándo" del Espíritu puede ser frustrante para nosotros. Sabemos que Dios habló en el principio, y el mundo fue creado.  Por lo tanto, pensamos que nuestra proclamación de la poderosa palabra de Dios debería producir resultados inmediatos y espectaculares. Si la Palabra de Dios es una espada viva y efectiva de dos filos, que penetra hasta partir el alma y el espíritu, entonces esperamos ver resultados ya.  

     Pero Jesús preparó a sus discípulos para la realidad que conocemos tan bien: algunas semillas caen en el camino y las aves se las comen. O más bien, el diablo viene y la arrebata la Palabra de los corazones duros, sin que la palabra penetre, para que no se arrepientan ni crean.


     Otras semillas caen sobre las rocas, donde brotan bajo el sol y el rocío de la mañana, pero mueren cuando no logran echar raíces. Estos escuchan el Evangelio con mucho gusto en un buen momento, pero en un momento de prueba, apártense y se sequen.

     Y luego hay una semilla que cae entre las espinas, la Palabra estrangulada en el corazón de un creyente, estrangulada por todos los cuidados y riquezas y placeres de esta vida, con el fin de que la Semilla buena no brota en la vida eterna, más bien la semilla mala produzca el pecado y la muerte.

     Conocemos estas historias.  Conocemos a esta gente. Vemos un grado de cada uno en nosotros mismos. Esta es la realidad del mundo en el que los Apóstoles fueron enviados a predicar, y es la realidad de nuestro mundo, un mundo que naturalmente ignora o incluso desprecia la Palabra de Dios. Este mundo necesita redención.

     Nosotros, que hemos sido llevados por la gracia a la fe en la Palabra de Cristo, queremos ver la salvación de todos, ahora mismo.  Pero, como Jesús nos recuerda, la Misión no funciona de esta manera. Se predicará la Palabra, y quizás solo una pequeña parte de los oyentes brotará con fe.  Esto no significa que la Palabra no funciona como debería. Esto no significa que la Semilla es sospechosa o que el plan de Dios es débil.  Ciertamente, no significa que debemos manipularlo hasta que funcione mejor.

     No, lo que significa es que la antigua trinidad impía, el diablo, el mundo y nuestra carne, se oponen ferozmente a la Palabra.  También significa que la Misión pertenece a Dios, no a nosotros.  Sea como sea, la respuesta de Dios a todo esto no cambia:  Permaneced en mi Santa Palabra, y compartidla.  Es sencillo:  la Escritura sola es nuestra autoridad, y también nuestra herramienta para comprender y participar en la enseñanza y la misión de Cristo.

     No hay ciertas personas para quienes la gracia y el perdón de Dios están destinados, y otros no. El sembrador siembra en todas partes, y no es tonto por hacerlo. Porque en el día de la cosecha veremos una vasta multitud, de toda tribu y nación, que han creído en la palabra de Jesús y han sido salvos en él. No olvidéis a Saulo, también llamado Pablo, el perseguidor de la iglesia, a quien Jesús trajo a la fe y perdonó e hizo su apóstol especial para las naciones. Recordad a Pedro, quien negó a Cristo tres veces, y siempre quiso las cosas a su manera, pero de quien no obstante Jesús hizo un fiel pastor. Recordad a los pecadores groseros en Corintio, todavía llamados hermanos en Cristo por Pablo.


     Sobre todo, recuerda lo que el Espíritu a través de la Palabra ha hecho en y para ti.   A pesar de lo que eras por naturaleza, un enemigo de Dios, fuiste lavado, fuiste santificado, fuiste justificado en el Nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.  Aunque a menudo somos suelo duro y rocoso, este es el objetivo de Dios para nosotros, y para todos los pecadores, y el Señor cumple su meta por su santa Palabra. 


    El Señor es fiel, lo hará, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.  

Tuesday, January 2, 2018

La Bendición Mejor

Primer Domingo después de la Navidad
La Bendición Mejor

Lucas 2:22-40, Galatas 4:1-7

     Estamos en medio de una temporada de bendición.  Es verdad que más y más en la cultura actual, estamos escondiendo a Jesús durante la Navidad, o el Jesús que se está presentado es una versión falsa.   Sin embargo, la Navidad todavía es una temporada de bendición.  



     Esto es correcto; así debería ser.  Que siempre intentemos que el verdadero Jesús sea el centro de las fiestas navideñas.  Pero, no es poca cosa que, aun cuando errores fundamentales manchan las celebraciones, todavía durante la temporada hablamos mucho de bendición.  Y siempre que todo el mundo está pensando en bendiciones, haya una oportunidad evangélica para anunciar la verdadera bendición de la Navidad. 

     ¿Cómo lo haremos?  Los evangelios nos ofrecen muchas palabras de bendición para sazonar a nuestras conversaciones.  Podemos recordar la Anunciación, la visita de Gabriel a María, cuando el mensajero celestial anunció la Encarnación del Hijo de Dios en su matriz, y María respondió con la voz de fe, sencilla y profunda:  He aquí, la sierva del Señor. 
     O el mensaje en sueño del ángel que condujo a José a cuidar a María y Jesús:  No teme, José, el Hijo engendrado en María es santo, y va a salvar a su pueblo de sus pecados.  
     Hay la exclamación de Elisabet y el cántico de María que surgieron cuando la prima joven fue al campo a visitar a la mayor, las dos milagrosamente encintas:  Mi alma magnifica al Señor.
   También tenemos el cántico de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, el Bautista, y las propias palabras de Juan cuando Jesús vino a él para ser bautizado:  He aquí, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 




     Y, por supuesto, son consoladoras las palabras del cántico de los ángeles en la Nochebuena, anunciando a los pastores el nacimiento del Salvador, Cristo el Señor, en Belén.  Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres. 

     Todos estos están llenos de palabras de bendición, primero en el sentido de proclamar alabanzas al Dios que hacía estas cosas, “Bendito sea el Señor, Dios de Israel,” y más, como anuncios de bendiciones en el sentido de buenas nuevas para toda la gente, a través del nacimiento del Hijo de María.    
  
     Hoy, tenemos una canción más de bendición, el Cántico de Simeón, cantado por este profeta anciano, desde el Templo, donde los padres de Jesús le llevaron para cumplir los requisitos de la Ley.  Con el Niño en sus brazos, Simeón celebró el cumplimiento de una promesa, y la paz que viene de saber que estás perfectamente preparado para morir.  Con tal confianza en su salvación, la cual fue encarnada en el bebé que estaba en sus propios brazos, Simeón cantó sobre la bendición que es este bebé. 


     De los muchos cánticos de los Evangelios, y especialmente de San Lucas, el de Simeón es el último para llegar a ser parte de nuestra liturgia dominical.  El Nunc Dimittis, en latín, o el Cántico de Simeón, desde muy temprano en la historia de la Iglesia estaba cantado durante Vísperas, la oración de la tarde entrando en la noche, una canción adecuada en la preparación para dormir, puesto que en Cristo nuestra muerte es convertido en un breve sueño, prólogo de la vida eterna.  Entre los luteranos, en los siglos 19 y 20, surgió la idea de también usar el Nunc Dimittis en la liturgia de la Santa Cena.  Después de unos intentos, se encontró un sitio permanente en la Eucaristía Luterana: el cántico post-comunión, una nueva extensión de nuestro entendimiento de las bendiciones que recibimos en la Cena. 

     Primero, Simeón lo cantó con Jesús en sus brazos, declarando su bendición particular, que él estaba listo para salir de este mundo, habiendo visto el Salvador prometido.   Veinte siglos luego, los luteranos, justo después de comulgar, declaran la bendición de estar igualmente preparados, porque en Cristo ya hemos muerto y ya hemos resucitado, y bajo el pan y el vino hemos experimentado una comunión única con Dios, llena de promesa y confianza.  Ahora, Señor, despides a tu siervo, en paz.  ¡Qué bendición!

     ¿Cuál bendición es la mejor de los dos, la de Simeón, o la nuestra? ¿Cuál preferirías tú, tener el Hijo de Dios en tus brazos, hace dos mil años, en Jerusalén, o haber recibido hoy en día el cuerpo y la sangre del mismo Dios hecho hombre, dado y derramado para el perdón de todos tus pecados?  ¿Cuál es la bendición mejor?

     Sin duda, hay ventajas en el abrazar al niño.  Como muchos de vosotros ya sabéis, el 25 de noviembre Shelee y yo nos convertimos en abuelos.  Bueno, de verdad, desde la perspectiva de Dios, nos convertimos en abuelos nueve meses antes, cuando la vida de nuestra nieta, Heather, empezó, dentro de nuestra nuera Teresa.  Pero para nosotros humanos, es más real cuando podemos ver a los nietos, y ya hemos disfrutado de docenas de fotos y videos de ella.  


     Pero en dos semanas, cuando con la ayuda de Dios estaremos en Minnesota, con Heather dentro de nuestros brazos… esto será totalmente otra cosa.  Hay algo especial en abrazar, en contactar físicamente con nuestros seres queridos.  Sí, de verdad la bendición particular de Simeón fue espectacular.   

     Al mismo tiempo, había desventajas de estar presente, de ser un testigo presencial de la vida de Jesús, al lado de Simeón, José y María.  Recordad como profetizó Simeón sobre el niño, y sobre el dolor futuro de María: “He aquí, éste (niño) está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma, María), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.” 

     ¡Qué pena, qué decepción!  Justo después de su cántico de bendición, una profecía de juicio y dolor.  Simeón nos recuerda que la bendición que el Niño iba a otorgar al mundo era la salvación de nuestros pecados.  Fue nacido para morir, en nuestro lugar.  Para rescatar a todos los pecadores, condenado a la muerte eterna.  Seguramente la espada que traspasó el alma de María su madre fue singularmente dolorosa. 

      Pero, es cierto que, para cada persona que vio, escuchó, creyó y tocó al Jesús, y especialmente al fin de su trayectoria, para los que miraron su levantamiento en una vil cruz, fue una pesadilla inimaginable. 


     Por eso también muchas personas quieren evitar hablar del verdadero Cristo durante la Navidad. No queremos que los pensamientos de nuestros corazones sean revelados.  El reconocer de la verdad, que este niño tuvo que pagar para mi maldad, es demasiado difícil.  Contemplar esta caída cuesta tanto.  Mejor durante las fiestas sólo compartir bendiciones anodinas, deseos alegres, pero muy superficiales, porque hablar honestamente sobre el contenido de la vida de este niño es tan duro. 

     Así es, para el mundo, y para nosotros.  No podemos aguantar ver toda la realidad de la que el Bebé de Belén se encargó. 

     Pero Él, sí; Jesús pudo.  Jesucristo, y sólo Jesucristo, lo aguantó, dejando atrás a todos sus amigos y familiares, finalmente aun dejando su madre en el cuidado de su amigo Juan, para enfrentar por sí solo la carga eterna. 

     Y, en un milagro de amor y poder y sabiduría divina, Cristo lo hizo para gozo, el gozo de levantar a todos sus amigos y familiares, y también a sus enemigos.  Lo hizo todo para levantar a todos los pecadores, porque para ellos fue nacido.  ¡Tan temerosa la caída, pero aún mejor y más alegre el levantamiento!  



     De verdad, la comparación de las dos bendiciones es errónea, porque no son realmente diferentes.  El Salvador en los brazos de Simeón es el mismo que recibiremos pronto en la Cena.  La paz del profeta anciano, preparado para morir, fue también la paz de saber que iba a vivir siempre, con Jesús.  Y esta misma paz es nuestra, en el Niño, quien fue al Templo para empezar cumplir su propia ley, y quien finalmente fue a la Cruz, para quitar desde encima de nosotros las amenazas de la ley, y darnos en cambio la libertad de los herederos de Dios. 

     Entonces, cada vez que cantamos el Cántico de Simeón después de comulgar, o antes de acostarnos, podemos regocijar con Simeón, porque, como dijo San Pablo: Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.  4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
     6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.



     Por lo tanto, teniendo paz para con Dios, nuestro Abba Padre, tenemos aún más alegría en el abrazar de los niños hoy.  Porque para nuestra nieta, y para todos que confían en el Hijo de Dios, no solamente esperamos una vida terrenal, a veces feliz, a veces triste, y nada más.  Por el Niño que abrazó Simeón, podemos abrazar a nuestros bebés, y a todos nuestros queridos, con la confianza que ni aun la muerte puede separarnos del amor de Dios, que es nuestro en Cristo Jesús. 

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Amén.